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Decadencia y Barbarie

Dejando de lado a los propios ciudadanos norteamericanos, para el mundo entero desesperadamente ingenuos desde un punto de vista político, de ninguna manera     habría podido decirse que el reporte que el “Comité sobre Inteligencia” del Senado de los Estados Unidos hizo público la semana pasada tomó a alguien por sorpresa. El reporte (bastante censurado, dicho sea de paso) contiene, desde luego, datos que no siempre salen a la luz, pero realmente su importancia no radica tanto en los detalles factuales, en hechos que de una u otra manera siempre se pueden recabar, a través por ejemplo de filtraciones, de fotografías, de videos o de confesiones que posteriormente dan lugar a escándalos, como lo sucedido en la tenebrosa prisión de Abu Ghraib. La importancia del reporte es más bien de otra índole, es (por así decirlo) simbólica: si bien lo que se denuncia era de hecho del dominio público (tortura, cárceles clandestinas, invención de resultados, etc.), lo que es interesante es que la denuncia haya sido expresada por un órgano de gobierno tan importante (y tan reaccionario) como lo es el Senado de los Estados Unidos, esto es, por un órgano que de múltiples formas apoyó abiertamente la política que se podía prever que era imposible que no culminara en lo que ahora sabemos que sucedió y que sigue pasando. Por qué en el Senado se sintió la necesidad de deslindarse públicamente de las criminales actividades de la CIA es un asunto que da que pensar. Después de todo, el hecho no es nuevo. Desde luego que no es porque la senadora Dianne Feinstein haya padecido una extraña conversión y se haya transformado de pronto en una especie de monjita de la caridad que se horroriza ante acciones y políticas de las que súbitamente se entera y de las que no tenía ni idea. Claro que eso no es así. Después de los atentados a las torres gemelas el Senado proporcionó todos los medios financieros que el gobierno de G. W. Bush le solicitó para desarrollar su “guerra contra el terrorismo”. Cuando tácitamente se sabía que la guerra había sido diseñada e impulsada por el grupo de neoconservadores que de hecho se había apoderado de la Casa Blanca (Richard Perle, Paul Wolfowitz y todo esa clique), el Senado no tuvo empacho en apoyar la invasión de Irak, con todo lo que se sabía que eso tenía que acarrear (bombardeos, masacres, destrucción de ciudades, daños ecológicos irreversibles, etc.). Trece años después, sin embargo, el Senado hace un esfuerzo por deslindarse de las actividades clandestinas y criminales de la Agencia Central de Inteligencia que él mismo propició, reaccionando como si se tratara de un descubrimiento desagradable que se requiere investigar para erradicar sus malignas causas. La verdad es que más que de otra cosa la jugada senatorial tiene todas las apariencias de una estratagema política. El tema del reporte son en efecto las actividades de la CIA en su guerra “contra el terrorismo”, una expresión que de entrada da a entender que todo le estaba permitido, como la tortura (no dejar dormir durante 180 horas, acosar con perros, usar psicotrópicos, sumergir la cabeza en el agua hasta casi ahogar al prisionero, etc.) y en general toda clase de actividades ilegales (como por ejemplo abrir y usar cárceles secretas en Polonia, en España, en Inglaterra, en donde se torturaba a los prisioneros que clandestinamente se llevaba, naturalmente en connivencia con las autoridades de esos países. El presidente Maduro tiene razón al acusar de asesino al antiguo jefe del gobierno español). Por otra parte, sería de una obnubilación mental rayana en la oligofrenia el que se pensara que las actividades ilegales de la CIA empezaron y terminaron en Irak. Yo creo que podemos afirmar con la misma seguridad con que afirmamos que vivimos en la Tierra que no hay un solo país en nuestro planeta en donde la CIA no haya llevado a cabo actividades ilegales y desde luego contrarias a los intereses de los pueblos nativos. ¿Cómo explicarnos entonces esta súbita disociación en público del Senado vis à vis del organismo oficial de “inteligencia” (o sea, de agitación, espionaje, subversión, golpes de estado, persecución política, etc.) de su propio estado, del estado del cual él forma parte?¿Se produjo alguna escisión y si así fuera a qué podría deberse?

          Que la CIA y en general las fuerzas armadas de los Estados Unidos han cometido toda clase de fechorías inenarrables y de actos criminales de todas las magnitudes imaginables es algo que sólo a un niño o a un ignorante podría asombrar. Todos sabemos que a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos entraron en un veloz proceso de expansión imperial que tenía como límites sólo los países del Pacto de Varsovia y China. Como parte de su proyecto de expansión planearon y provocaron la infame guerra de Corea, la guerra de Vietnam, durante la cual se ejercitaron en toda clase de atrocidades, llevando a todos los países cercanos (Tailandia, Laos, Cambodia) la destrucción y la muerte. América Latina, desde Guatemala hasta Tierra del Fuego, padeció la intensa actividad de “asesores” norteamericanos quienes perfeccionaron la práctica del golpe de estado (para fijar una fecha arbitraria, a partir del descarado derrocamiento – demandado por la United Fruit Company – de Jacobo Arbenz, en 1954), sistematizaron y tecnificaron la práctica de la tortura (inaugurada en Brasil, a partir del golpe de estado en contra del gobierno de Joao Goulart, en 1964) y enseñaron en forma científica las técnicas de represión de la población por parte de los cuerpos policiacos, militares y para-militares. Podrían mencionarse también los sabotajes en Cuba (atentados en contra de su producción agrícola, más de 600 intentos de asesinato del líder supremo de la Revolución Cubana, etc.), la formación de los escuadrones de la muerte, el apoyo total a los militares golpistas (en Argentina, Chile, Paraguay, etc.), la asesoría especializada en operaciones tipo Cóndor (en las que lo único que no se respetaba eran los derechos humanos de los detenidos) y así indefinidamente. Con el pretexto de que la Unión Soviética amenazaba al mundo y cubiertos o protegidos por la más impresionante maquinaria ideológica de todos los tiempos, esto es, Hollywood, la televisión y la prensa mundiales (y la desidia e ignorancia de la gente), los Estados Unidos afianzaron su presencia, impusieron sus reglas y acabaron físicamente con prácticamente todos sus enemigos políticos en todas sus zonas de influencia, es decir, en casi todo el mundo. Lo que era imprevisible es que era inevitable que tarde o temprano surgieran problemas, más allá de las dificultades materiales de la política implementada (costos, pérdidas, bajas, etc.). Uno de ellos es, por ejemplo, la descomposición interna de la sociedad norteamericana. Esto requiere algunas aclaraciones.

Mientras la economía norteamericana funcionó con éxito casi total, mientras el pueblo americano no pasó por ninguna crisis seria (desempleo, desigualdades notorias, indigencia, crisis bancarias, etc.), mientras los aparatos de represión del estado no estuvieron dirigidos en su contra, mientras el sistema funcionara, todos esos cuentos del sueño americano y de la pax americana podían sostenerse. Si todo funciona bien en casa, si en los Estados Unidos se consumía cómodamente más de la mitad de lo que todo el mundo producía, lo que pudieran decir los opositores del sistema no podía pasar de ser una muestra de envidia, de incapacidad, de inferioridad. El problema es que, aunque no fuera factible predecir cómo y cuándo, la situación de bonanza que los estadounidenses vivieron sobre todo en los años 50 tenía en algún momento que terminar, es decir, era razonable pensar que no iba a ser eterna. Las cosas en algún momento tenían que cambiar. El triunfo sobre la Unión Soviética fue sumamente equívoco y aunque ciertamente lo disfrutaron y aprovecharon a fondo podemos afirmar ahora, a escasos quince años del suceso, que dicho triunfo los desorientó también a ellos. Se plantearon nuevos retos, surgieron nuevos rivales, perdieron preponderancia económica y todo ello dentro de un marco en el que los instrumentos ideológicos de antaño ya no eran utilizables. Ya no había comunistas que temer y a quienes combatir. Por lo menos un país alcanzó la paridad militar con ellos (y pronto serán dos) de modo que le quedó claro hasta al más fanático de los macarthistas contemporáneos que la resolución última de los conflictos por la fuerza había llegado a su límite (una doctrina que, como lo demuestra el caso de Ucrania, se está tratando de cuestionar y de revertir, sin duda alguna un juego político-militar de lo más peligroso que pueda haber). Es, pues, hasta comprensible que los líderes, los dirigentes, los presidentes y en general quienes toman las decisiones políticas en los Estados Unidos no se hayan resignado todavía no digamos ya a perder sino a ver disminuida su influencia, a ver menguados sus brutales beneficios económicos, a ver retada su autoridad en foros y en organismos internacionales. Es claro que comercialmente, por ejemplo, la competencia con un país como China la tienen perdida y por la fuerza a Rusia no es posible ganarle. Se le puede destruir, pero el precio es su propia destrucción. ¿Cuál era y cuál sigue siendo entonces a los ojos de la gran mayoría de los políticos en los Estados Unidos el mecanismo que permite que su situación de primera super-potencia se siga sosteniendo? La respuesta es clara: la guerra, esto es, la guerra hasta los límites en los que lo que esté en juego sea su propia supervivencia. Lo demás no importa, ni la gente ni la naturaleza. La ineptitud de la gran mayoría de los políticos en los Estados Unidos se manifiesta en el hecho de que sólo logra visualizar la reactivación de la economía y la contención del avance de otras potencias y de otros rivales mediante la guerra. La prueba de que en eso coinciden en general los políticos norteamericanos es el presupuesto militar de un poco más de 520,000 millones de dólares que acaba de aprobar el Congreso para 2015. Pero entonces ¿por qué el Senado, que ha venido promoviendo año tras año el incremento del presupuesto militar, se distancia ahora de las consecuencias de la militarización que él mismo promueve?

Me parece que el caso de la guerra de Irak y de Afganistán algo nos dice al respecto. Desde luego que, entre otras cosas, dicha guerra fue y sigue siendo ante todo Big Business, una guerra de beneficios colosales para algunas compañías, pero ciertamente no para el país mismo, no para la sociedad americana, para su población. Es evidente que la guerra del Medio Oriente fue (es) en un sentido preciso una guerra artificial, es decir, no motivada por amenazas genuinas a la supervivencia de los Estados Unidos, una guerra forzada e impuesta a la población desde las cúpulas de la riqueza y el poder. Ni los niños, me parece a mí, se creyeron alguna vez la historieta de las armas de destrucción masiva supuestamente en poder de un loco llamado ‘Saddam Hussein’. El problema es que una guerra así tenía que tener efectos desastrosos no previsibles. No se puede simplemente desmoralizar a una población, hacer que idolatre Rambos, sin pagar los efectos de esa clase de degradación moral y política. La guerra del Medio Oriente fue el resultado de una operación interna construida desde su gestación a base de mentiras, de datos falsos, de engaño colectivo, de creación de una realidad virtual que se le hizo consumir no sólo al público norteamericano, sino a todo el mundo. Pero dado que esa guerra no era una guerra vitalmente necesaria, una guerra que respondiera a amenazas reales a la seguridad del país, sino una guerra de ambición, una guerra para beneficio de unos cuantos, tenía que ser una guerra que no tuviera nunca como objetivo llegar a una paz duradera, una guerra en la que se pudiera experimentar libremente con las poblaciones locales, con los prisioneros, una guerra en la que los invasores se sintieran libres de hacer lo que les viniera en gana, una guerra de negocios, manipulada a distancia y con toda la tecnología y la experiencia acumulada de 50 años de actividades bélicas continuas. Desde la guerra de Corea, los Estados Unidos no han dejado de pelear con el mundo. El problema para ellos ahora es que ya el mundo no es suficiente: ahora hay que pelear al interior de su propio país, ahora hay que reprimir a su propia población. Pero ¿quién va a hacer eso? Las policías y si éstas no bastan, entonces las “agencias de inteligencia”. Por eso el reporte sobre las atrocidades de la CIA, algo que como dije en cierto sentido no toma de sorpresa a nadie, significa algo a la vez importante y terrible para los ciudadanos norteamericanos, para la idea que el pueblo estadounidense tiene de sí mismo y de sus instituciones, para su auto-imagen. Es porque revela tensiones muy serias al interior del estado norteamericano (no por los datos que proporciona) que el reporte del Senado sobre las actividades de la CIA es de primera importancia. Si la CIA ha cometido toda clase de tropelías en otros países ¿por qué no podría cometerlas también en los Estados Unidos? Si la CIA se convierte en una institución que se maneja al margen de toda legalidad en los Estados Unidos ¿quién la controlaría? Si el ciudadano norteamericano, que ya está vigilado en su correo electrónico, en su teléfono, en su trabajo, etc., quisiera realmente oponerse a la política del gobierno y la policía no bastara: ¿no podría entrar en acción la CIA en suelo americano y usar toda su sabiduría guerrera en contra de su propia poblacion? No veo ninguna imposibilidad lógica al respecto. Es de temerse que el caos en el que los Estados Unidos hundieron a la mitad del mundo los arrastre a ellos también.

Muy rápidamente: ¿cuál es el contenido de dicho reporte? Como se hizo público se le encuentra fácilmente en la red (http://www.intelligence.senate.gov). Se trata de un documento en el que se denuncian las prácticas bárbaras del organismo oficial norteamericano de implantación de terror en el extranjero. Más concretamente, se hace del dominio público el hecho de que la CIA ha venido operando como un organismo al margen de la propia constitución americana y despreciando todos los acuerdos internacionales y las convenciones que tienen que ver en particular con el trato de prisioneros. Queda claro que el recurso a la tortura es precisamente lo que ellos sistemáticamente practican. No sólo está lo que en México se conoce como “pocito”, esto es, la sumersión de alguien en el agua hasta los límites de su resistencia, sino todo la maquinaria de psicólogos y psiquiatras que participaron durante años en lo que era una mezcolanza de experimento, venganza, sadismo y negocios y, como ya sugerí, de política natural cuando lo que se hace es una guerra no popular, una guerra de saqueo, de explotación y de conquista. Pero todo esto uno y otra vez nos hace regresar a la pregunta: ¿por qué entonces ahora en el Senado se siente la necesidad de criticar las actividades “clandestinas” de la CIA, cuando el Senado mismo le dio su aprobación (y su bendición) a la declaración de guerra por parte del gobierno de Bush en contra de un país que nunca intentó siquiera atentar en contra de la seguridad e integridad de los Estados Unidos y que desencadenó toda la miseria y la desgracia que se está ahora viviendo en el Medio Oriente y en partes de Asia?

Una cosa es clara: en los Estados Unidos cualquier cosa puede pasar. Después de todo, ya se dieron el lujo de matar a un presidente y de organizar un atentado mayúsculo en su propio país (la historia de 20 beduinos manejando aviones en Nueva York y eludiendo todos los filtros de seguridad del país más potente del mundo es como un cuento para Disneylandia). Hay  grupos de hombres poderosos e influyentes que se sientan decepcionados por el modo como se usa el poder del que disponen y no se puede descartar la idea de que se sientan seducidos por la idea de tomar ellos mismos las riendas del gobierno; de seguro que hay quienes estén convencidos de que ellos sabrían mejor que los gobiernos civiles cómo sacar al país adelante y más no siendo el presidente un blanco. Dráculas políticos como Richard Cheney abundan y están dispuestos a todo, a acabar con el mundo si es necesario. Es importante adelantárseles y no permitir que actúen por cuenta propia. Es por eso que una y otra vez reverbera en nuestra mente la idea de que no es por casualidad que reportes como el que el Senado hizo público se den ahora a conocer. “Cosas veredes, Sancho!”.

 

Nos volveremos a poner en contacto en enero

 

 

 

La Importancia del Castigo

El objetivo de estas líneas es tratar de realizar un breve ejercicio de aclaración conceptual y mostrar que una simple confusión puede contribuir a reforzar toda una cultura de impunidad y de auto-destrucción. Voy a tratar de articular algunos pensamientos en relación con el castigo y quizá lo primero que habría que contrastar es la idea de castigo con la idea de imposición arbitraria por parte de alguien más fuerte. Esto último no es castigo. Estrictamente hablando, castigo sólo puede haber cuando la pena que se impone es merecida. Supongo que a lo largo de nuestra existencia la gran mayoría de nosotros hemos sido víctimas en uno u otro momento de la arbitrariedad de alguien y que se nos ha convertido en blanco de la prepotencia ajena. Eso no es castigo; eso es victimización. El castigo es un mecanismo de retribución o expiación por algo malo que de hecho alguien hizo. Si porque se le ofendió en la calle o en el trabajo una persona al llegar a su casa se desquita con su hijo, lo que el niño sufre no es un castigo puesto que él no era culpable de nada. El castigo genuino tiene en todo momento que poder ser explicable, justificable. En este sentido, reconozco que creo en el castigo, entendido como mecanismo de reparación, en un sentido laxo o elástico, por un daño ocasionado e injustificado. Yo creo que el castigo es imprescindible en cualquier sociedad y que el repudio de la idea misma de castigo por parte de una sociedad tiene repercusiones funestas para ella.

La idea de castigo es de sentido común. Supongamos (o constatemos) que una cierta empresa tira sus desechos químicos en el arroyo Las Tinajas. A primera vista, lo sensato es imponerle un castigo (cerrándola, multándola, quitándole la concesión.). Lo más absurdo sería no imponerle el castigo apropiado, es decir, una sanción que la empresa en cuestión efectivamente resienta, puesto que la idea de castigo acarrea consigo la idea de proporcionalidad. Si por robarse un litro de leche a una persona le cortan las manos el castigo es desmedido, pero si por contaminar un lago a una empresa la multan con unos cuantos millones el castigo no es proporcional y por lo tanto es insuficiente. De todos modos, lo más injusto que podría hacerse frente a una acción palpablemente lesiva o dañina para toda una población es que no haya castigo en lo absoluto, es decir, que se permita que la empresa siga aniquilando los peces del lago, arruinando sembradíos, envenenando gente y animales como si no hubiera hecho nada! No castigarla es precisamente desvirtuar la noción de castigo: se desliga poco a poco la noción de castigo de la noción de merecimiento y queda entendida como mera represión por parte del más fuerte. Pero eso no es así y nuestros conceptos se rebelan. La prueba de ello es que es a la ausencia de castigo (merecido) que se le llama ‘impunidad’. Quien no quiere la impunidad quiere el castigo, pero nada más imponer algo por la fuerza no es castigar si la idea de merecimiento está ausente.

Es importante percatarse de que las ideas de castigo y de impunidad tienen distintos ámbitos de aplicación. A la misma compañía que contaminó los ríos en Sonora se le murieron en una de sus minas, en tiempos de Fox (quien ni siquiera se dignó poner los pies en el lugar), más de 60 trabajadores. Ahí tenemos un caso indignante de impunidad. Pero dejando de lado los hechos, lo que quiero distinguir aquí son tres ámbitos en relación con los cuales la idea de castigo resulta provechosa. Me refiero a los ámbitos legal, moral y espiritual o religioso (usaré indistintamente estos dos términos). Lo que quiero decir es que en relación con ellos hay una noción de castigo que es importante y diferente en cada caso. Para las acciones ilegales hay castigos previstos en las leyes. Sin embargo, hay otras clases de culpas que no podemos ignorar. No es factible regular el todo de la vida humana. Por consiguiente, siempre habrá acciones que sean malas y para las cuales no habrá códigos de ninguna índole. Por ejemplo, por un chisme mal intencionado se le puede ocasionar un daño a una persona; por estar en una fiesta alguien puede llegar tarde a un hospital y no alcanzar a ver a un ser querido, y así indefinidamente. En casos así no hay castigos legales. ¿Significa eso entonces que no hay ninguna clase de castigo para acciones como esas? No. Lo que pasa es que en esos casos los castigos son de otro orden, a saber, morales y religiosos. Demos un ejemplo.

Supongamos que una persona comete una acción tal que al enterarse de lo que hizo su mejor amigo le quita el habla para siempre. Eso no es un castigo legal. Su amigo reprueba su acción y lo castiga terminando la relación. Más no puede hacer, puesto que no estamos en el ámbito de la legalidad. Ahora bien lo interesante del caso es lo siguiente: la persona en cuestión puede reaccionar, corregir su conducta, ofrecer disculpas, etc., por un castigo que no era de naturaleza jurídica. Una mirada en el momento apropiado y de la forma apropiada puede ser el castigo apropiado, el único quizá, para alguien que, por ejemplo, destruyó con su automóvil unas rosas o los juguetes de un niño o dejó sucio un baño público o escupió en un elevador o cosas por el estilo. No hay sanción legal para acciones así, porque no hay (ni puede haber) leyes al respecto. Pero lo que sí puede haber es un repudio moral por parte de los demás. A la persona no se le puede multar, pero se le puede hacer un reproche, aunque sea en silencio. Eso es castigo moral, esto es, una expresión de desaprobación por parte de otros en relación con acciones que no pueden quedar recogidas en ningún código penal. A mí me parece que una sociedad en la que sus miembros son insensibles al reproche moral es una sociedad que inevitablemente tendrá que pagar en términos de mayores niveles no sólo de inmoralidad, sino también de ilegalidad y por ende de impunidad, porque ¿qué les importa a los inmorales los actos de ilegalidad?¿En qué les afecta, si son inmorales?

Ahora bien, además del castigo legal y de la reprobación moral, hay otra clase de castigo que me parece sumamente importante, aunque se trata de un fenómeno más bien raro. Me refiero al sentimiento de auto-crítica, de vergüenza ante uno mismo, de lo que le sucede a alguien cuando se ve críticamente en el espejo de su alma. Llamo a esto ‘castigo religioso’. En lo que aquí presento como “castigo religioso” no es “el otro” el que expresa su rechazo o su indignación, puesto que en cierto sentido no lo hay. El castigo religioso procede más bien “de dentro” de la persona, viene (por así decirlo) “de arriba”; se manifiesta cuando uno tiene remordimientos de conciencia, cuando está consciente de que hizo algo infame y no puede vivir con ese hecho aunque nadie más esté al tanto de ello (y aunque todo el mundo a su alrededor no pare de decirle que no se preocupe, que no hizo nada grave, etc.). Es muy importante entender que tanto el respeto a la ley como la sensibilidad moral y religiosa son algo que se enseñan y desarrollan y a menudo eso se logra vía sus respectivos castigos, cuando éstos claro está son merecidos. Naturalmente, es muy poco probable que a quien no se le enseñó a respetar la ley, a quien se le enseñó más bien a eludirla, pueda desarrollar su conciencia moral y religiosa, pueda ser receptivo de la desaprobación moral y, más importante aún, pueda ser crítico de sí mismo, de sus acciones. Así, resulta obvio que la ilegalidad, la inmoralidad y la irreligiosidad vienen juntas. Un hombre religioso no cometerá inmoralidades y menos aún ilegalidades, pero un individuo que no respeta la ley es también un inmoral y un sujeto imbuido (aunque no lo sepa) de profunda irreligiosidad. Un sujeto así es alguien que nunca fue castigado.

En mi opinión, lo peor que le puede pasar a una sociedad y a una persona es que se borre de la conciencia social y de la conciencia individual la idea de que el castigo es algo benéfico, una retribución justa por algo malo que se hizo. Cuando eso es lo que sucede, se abren las puertas para cualquier línea de acción; todo se vale. Ya no hay punición, ya no hay nada que temer, ya no hay cuentas que rendir: esa es justamente la mentalidad del hombre dañino, del inmoral y del irreligioso. Obviamente, quien es inmoral e irreligioso no tendrá escrúpulos en ser anti-social. Es comprensible que quien no teme el castigo (porque no tiene el concepto) considere que es de tontos no hacer simplemente lo que más conviene, independientemente de que lo que se haga sea dañino para otros y reprobable desde todos puntos de vista. Ahora bien, se puede ser hábil y eludir el castigo social. De eso los ejemplos pululan. Pero si además se es moral y religiosamente ciego, si uno es insensible a la crítica moral e incapaz de auto-criticarse, entonces realmente se está perdido. Para quien no tiene problemas morales ni inquietudes religiosas, para el hombre que además de corrompido es descarado, todo se reduce a lograr que el castigo, de cualquier índole, sea inefectivo. Por eso, el síntoma más inequívoco de descomposición social y putrefacción espiritual es el rechazo de la idea misma de castigo, la gestación de situaciones en las que se pueden cometer fechorías, del nivel de gravedad que sea, y que no pase nada porque se sabe que no habrá castigo, ni externo ni interno. Muchos de estos nuevos multimillonarios, traficantes de influencias, estafadores profesionales, políticos arribistas, todos esos que impúdicamente exhiben sus riquezas mal habidas, todos ellos son hábiles en cuanto a la manipulación de la ley y a la vez indiferentes al castigo moral y ciegos al castigo religioso. Se pueden contaminar ríos, atormentar animales, torturar personas y así indefinidamente, porque no hay castigo de ninguna índole. Nadie se siente mal. Al contrario! Mientras más ladrones e inmorales más orgullosos están de sí mismos! Todo eso puede pasar porque se vive en una sociedad en la que no se practica la política de contención del mal, esto es, la de imposición del castigo justo, del castigo que se requiere, con todo lo que ésta acarrea, a saber, impartición de justicia y prevención del delito. De lo que no se percata quien comete ilegalidades y que se siente tranquilo y hasta orgulloso de sus actos (contento con sus bienes, que le servirán unos cuantos años) es que además de ser un enemigo social él se convierte en un enemigo de sí mismo. Esta idea es clara, pero no la voy a desarrollar aquí.

Para que una sociedad florezca se requiere que reine tanto una cultura de legalidad como una de moralidad, pues sólo sobre esa base se puede elevar el nivel espiritual de sus miembros. Esto no es mera palabrería, porque hay conexiones reales entre los fenómenos mencionados. Quien logra (porque es todo un éxito) sentirse mal por, por ejemplo, haberle hecho un daño gratuito a alguien, dejará de conducirse de esa manera, puesto que temerá los efectos del castigo, moral si es de los demás o espiritual si es auto-generado. Por eso, curiosamente, el estadio superior en el desarrollo de la conciencia individual es el del auto-castigo, esto es, esa etapa a la que, después de un proceso de educación espiritual, accede una persona y en la cual si hace algo “malo” ella misma se critica, se auto-repudia, se auto-condena. Una persona así no espera a que vengan a castigarla: ella misma se castiga. Por mi parte, estoy convencido de que mera legalidad no es suficiente para tener una sociedad floreciente, para vivir bien. Lo peor de todo es tener que constatar que en México ni siquiera se vive con un nivel aceptable de legalidad, puesto que vivimos en una sociedad de no castigo permanente.

El reino de la legalidad es algo que se impone. ¿Cómo? Se castiga a quien trasgrede la ley. No hay otra forma de hacerlo. La moralidad es también algo que se inculca, no una carga genética. ¿Cómo se logra ser auténticamente moral? Se nos enseña a ser sensibles, a reaccionar frente al repudio de los demás por alguna villanía, algún acto de cobardía, alguna infamia que se haya cometido. Uno aprende a reaccionar, a enmendar la conducta, a ofrecer disculpas. El castigo moral es, pues, igualmente imprescindible, pero tampoco basta. Hay algo así como castigo religioso, que es crucial y que no consiste en miedos respecto a situaciones desconocidas e incomprensibles. El auto-castigo religioso que tengo en mente es algo más complejo, pero quiero decir que es igualmente asequible. Responde a lo que podríamos llamar sencillamente la ‘educación del alma’ y su mejor manifestación es quizá la capacidad de auto-reproche, de auto-condena que lleva a la decisión de no volver a hacer cosas que lastimaron a otros, que no se tenía derecho a hacer, etc., y por las cuales uno se arrepiente, se siente mal, quisiera corregir. El castigo religioso se vive sotto voce. Cuando México sea una sociedad en la que se castiga a quienes infligen la ley, se reprueba a quienes son anti-sociales y cuando sus ciudadanos sean los primeros en fijarse a sí mismos límites en sus conductas, en sus deseos, en sus ambiciones, etc., en otras palabras, cuando la idea de castigo esté activa, entonces México habrá alcanzado su plenitud. ¿Mera utopía? Quiero pensar que no.

 

Futuro Incierto

Si le hiciéramos caso a Televisa tendríamos que concluir que en el mundo no pasó nada más importante a partir del viernes y durante todo el fin de semana que el deceso de Roberto Gómez Bolaños, alias ‘Chespirito’. Sin ni mucho menos tratar de menoscabar lo que significa la muerte de un ser humano, lo que definitivamente resulta hasta indignante es que las matanzas en Siria y en Irak, los bombazos en Nigeria, la abierta confrontación armada descaradamente provocada por la OTAN en Ucrania y tantos otros procesos sociales, bélicos o de otra naturaleza pero de todos modos humanamente importantes, hayan quedado opacados por la cobertura de lo que podríamos llamar la ‘última función del Chavo’! Claro que se podría responder que los eventos a los que hago alusión tienen lugar en países lejanos y que no nos afectan directamente.[1] Pero a eso se podría replicar que no había que ir tan lejos: aquí en México estaban pasando más o menos a la misma hora en que se celebraba la conmovedora misa en honor del Sr. Gómez Bolaños, quien en realidad estaba muerto en vida, cosas que ciertamente nos afectan de manera directa y a las cuales ni mucho menos se les dio la cobertura que ameritaban. Que esto suceda, naturalmente, no es una casualidad, un olvido, un error, sino que responde a la labor sistemática de desinformación y de embrutecimiento de la población por parte de los medios de comunicación, pues es su forma de corresponder en el pacto político prevaleciente entre medios y gobierno. Las concesiones se pagan y Televisa cumple con su parte del pacto, teniendo siempre presente que el objetivo es, al precio que sea, mantener el status quo.

elChavo El hecho que tengo en mente, que me parece importante en sí mismo como un suceso de una clase que los ciudadanos debemos repudiar y enseñar a detestar y que simbólicamente me parece alarmante en grado sumo, es la detención y el interrogatorio en los separos de la SEIDO del estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Sandino Bucio Dovalí. Ahora sabemos cómo pasó todo y podemos sacar a la luz sus implicaciones. Para ello, quisiera primero llamar la atención sobre un aspecto simple del caso, pero muy importante y en mi opinión no suficientemente reconocido por la gente.

Algo que llama la atención en los videos en los que quedó grabada la acción de detención y de privación ilegal de la libertad de Sandino (porque eso no fue un arresto en sentido estricto) fue que si bien hubo quien filmó el evento también es cierto que de hecho nadie intervino, nadie hizo nada. Esto es lo que quiero enfatizar y para resaltar la importancia del detalle permítaseme traer a la memoria algo que Aleksander I. Solyenitzin sostuvo alguna vez en una presentación que hizo, si no mal recuerdo, de su libro Pabellón de Cancerosos. Solyenitzin sostenía que el terror policiaco que imperó en la Unión Soviética, echado a andar y dirigido por criminales y psicópatas de la talla de Yagoda, Yezov y Beria, pudo instaurarse porque cuando se realizaban las detenciones la gente se quedaba callada. En incontables ocasiones los policías llegaban a los departamentos de quienes iban a detener a las 3 o 4 de la mañana y todo se llevaba a cabo en una atmósfera de sigilo y silencio, porque la gente estaba intimidada y no reaccionaba. Solyenitzin era de la opinión, sensata me parece, de que si los parientes y los vecinos hubieran gritado, protestado, hubieran opuesto resistencia, etc., muchísimas detenciones no se habría podido realizar. Pero las personas se callaban y no actuaba y de esa manera contribuían a perpetuar el peor estado de cosas posible para ellas mismas. A mí me parece que algo muy parecido sucede en general en México y claramente fue el caso durante el arresto de Sandino, quien además pedía a gritos que lo ayudaran. Pero la gente no se movió, aparte de un par de comentarios insulsos e inútiles que se oyen en el video. Si algo queremos aprender, si queremos extraer una lección de este evento, es precisamente que esa es la actitud que hay que modificar: no hay que permitir que delincuentes, policíacos o de otra clase, amedrenten a la población, cumplan sus caprichos, se salgan con la suya, extorsionen, torturen y todo les resulte fácil. Si queremos conducirnos con lealtad hacia una víctima que puede en todo momento ser cualquier ciudadano, o sea, si queremos también auto-protegernos, tenemos que aprender a protestar en voz alta, a actuar. Eso es algo que nos deja este (ahora sí cabe usar el adjetivo) lamentable suceso. Pero no es todo.

SandinoBucio

Nosotros hemos en diversas ocasiones hemos apuntado al peligro de la represión cada vez mayor de los mexicanos por parte de un estado que palpable, visiblemente todos los días se prepara y se fortalece para cumplir una tarea así a nivel nacional. El caso que nos ocupa lo pone de manifiesto con horrorosa claridad. En otros tiempos, una manifestación, inclusive si era violenta (¿y cómo no iba a serlo si las “fuerzas del orden”, los guardianes últimos del status quo, los granaderos, la Federal de Seguridad, el servicio secreto, etc., etc., entraban en acción con entusiasmo y enjundia y violentaban a los manifestantes de múltiples maneras?) era un evento con fechas más o menos claras de nacimiento y defunción. Yo también he ido a muchas manifestaciones desde que era niño y presencié golpizas, arrestos, corretizas y demás, pero de todos modos, salvo en casos muy especiales, una manifestación era un evento que empezaba a una cierta hora, terminaba a otra y ahí acababa todo, inclusive si había “actos de violencia”, entendiendo por ‘actos de violencia’ acciones de auto-defensa, porque ¿cómo no puede haber violencia cuando lo están golpeando a uno o a alguien con quien uno está? Pero lo que me importa resaltar es que terminada la manifestación terminaba el acto político. Ahora no: ahora lo persiguen a uno después del acto político, le levantan cargos después, van por uno a su casa o a su lugar de trabajo días después, cuando ya todo pasó. Eso es represión política y todo hace pensar que estamos en los albores de un estado permanente de represión de esa naturaleza. ¿Se va a permitir eso? Creo que no debemos hacerlo. Hay que protestar por todos los medios a nuestro alcance, porque la protesta no es sólo un acto de solidaridad con un estudiante o un obrero (confieso que no recuerdo todavía manifestaciones de banqueros ni de terratenientes, porque los hay, en un país del cual se dice que vivió una reforma agraria!), sino como una medida de estricta auto-defensa: el día de mañana no es Sandino, es usted, amable lector, a quien detendrán en la calle, saliendo de su trabajo, en su casa y entonces verá que si no cuenta con la solidaridad del vecino, el apoyo de su familia, la intervención de los pasantes, etc., lo van a subir a golpes a un auto sin placas, lo van a aterrorizar psicológicamente, a violar (como amenazaron a Sandino) y no pasará absolutamente nada, salvo que su vida se habrá modificado radicalmente y no para bien. Por eso, por sus potenciales consecuencias, el caso de Sandino (a quien no conozco personalmente) es altamente significativo. No basta con filmar: hay que atreverse a protestar, a intervenir, a impedir que se cometan actos concretos de injusticia.

Lo que todo esto revela es el deterioro de los aparatos de estado, el desorden prevaleciente en las fuerzas del orden y el deterioro de los organismos de impartición de justicia en México. Muchos de nosotros hemos visto reportajes en los que a patadas unas personas suben a alguien que iba circulando en su auto por el Periférico, lo detienen, empieza el forcejeo, los golpes, etc., y tres días después se nos aclara que se trataba de un delincuente colombiano que tenía una pandilla operando en el Distrito Federal y que se dedicaba a asaltar casas, a robar autos y a cometer todas las fechorías imaginables. Psicológicamente, el proceso es exactamente el mismo que en el caso de Sandino: la simpatía va de inmediato hacia quien a todas luces parece ser una víctima de un abuso por parte de la autoridad, alguien que es sujeto de una violación flagrante, odiosa de derechos humanos, alguien injustamente tratado por delincuentes, etc. Y sin embargo posteriormente, al enterarnos de que se trataba de un operativo policiaco justificado, esa mezcla de impotencia y coraje que nos embargaba desaparece: qué bien, pensamos, que la policía finalmente atrapó a un bandido y terminó sacándolo del país. Habría que felicitar a la policía. El problema es: ¿cómo distinguir un caso de otro? Si los ciudadanos en general no estamos en posición de distinguir entre una acción policíaca justificable y una acción de represión política injusta e injustificable, ello no es nuestra culpa: es porque las autoridades no nos dan elementos para discernir entre casos, porque vivimos en una cultura de opacidad administrativa, de engaño y mentira permanentes, de falta total de transparencia en cuanto a decisiones y procedimientos, de arbitrariedades judiciales y policíacas. El ciudadano no tiene cómo adivinar y distinguir entre un operativo policiaco genuino y uno de represión interna inaceptable. De ahí que frente a la disyuntiva de protestar y equivocarnos porque la acción policíaca estaba justificada o quedarnos callados y equivocarnos porque contribuimos a que se consumara un acto de venganza política y por ende una injusticia, pienso que es mucho más razonable y saludable optar por la posibilidad de estar en el error pero protestar. Las fuerzas del orden tienen que acostumbrarse a justificar ante la sociedad sus acciones en concordancia con los procedimientos legalmente establecidos, por medio de órdenes judiciales, etc. Eso es vivir en un estado de derecho y no nada más, como en México, en un estado repleto de leyes, normas, códigos, enmiendas, reglamentos y todo lo que se quiera, que se aplican cuando los mandamases del caso lo quieren, cuando conviene, cuando se puede influir en la autoridad competente, etc. Debería quedarle claro a todo mundo que lo peor que nos puede pasar es que las policías actúen como organismos independientes en contexto de instituciones nacionales debilitadas y corrompidas y que no rindan cuenta de lo que están haciendo.

En relación con las manifestaciones hay que preguntarse: ¿tenemos o no tenemos hoy por hoy el derecho a expresar en las calles nuestra indignación por lo que pasa, nuestra oposición a decisiones gubernamentales? Si la respuesta es positiva, entonces ¿por qué las provocaciones policíacas?¿Para posteriormente dedicarse a atrapar dirigentes y líderes políticos cuando van solos por la calle o saliendo del cine o cuando fueron por sus hijos a la escuela?¿Ese es el México que quieren construir y nos quieren legar? Hay que tener mucho cuidado, porque un estado mexicano brutal y represor es lo que le conviene a diversas fuerzas políticas, tanto nacionales como extranjeras, a diversos núcleos sociales conformados por gente miope políticamente, movidos únicamente por intereses mezquinos y de corto plazo (ni siquiera en sus nietos piensan!). Es difícil no tener la sensación de que nos estamos aproximando poco a poco a una disyuntiva fundamental que tiene que ver con la orientación general del país y que obviamente depende en gran medida de lo que decidan hacer los “policymakers” mexicanos en turno. Y lo que viene no puede ser más que una de estas dos cosas: o bien se entra en un auténtico proceso, dirigido desde arriba, de democratización en el manejo de las instituciones, se hace un serio esfuerzo por limpiar las corporaciones no sólo mediante purgas pasajeras sino en estatutos y en costumbres, en tradiciones (¿por qué no es obligatorio que los policías de todos los niveles lleven un curso semestral de ética, por ejemplo? Estoy convencido de que les haría bien. Quizá hasta lo agradecerían!) o bien se orienta al país por la incierta senda de la represión, exitosa siempre al principio pero que, como la historia lo enseña, termina siempre siendo superada. Naturalmente, lo terrible de esa victoria popular última es el costo humano. Ojalá quienes toman las grandes decisiones en este país estén a la altura de sus responsabilidades históricas.

[1] O eso se piensa, porque permítaseme señalar de paso que si alguien todavía cree, por ejemplo, que las alzas y las bajas en los precios del petróleo, con todo lo que eso acarrea, no están manipuladas por quienes manejan el complejo bancario-militar-industrial que rige al mundo es porque se trata realmente de alguien muy ingenuo, alguien que todavía cree en “las leyes objetivas del mercado”, que es el cuento que narran en los manuales de economía y que todo mundo repite a diestra y siniestra. Quizá valga la pena recordar que las leyes de la economía son de naturaleza muy distinta a las de, por ejemplo, la termodinámica o la neurofisiología, en donde se nos habla de procesos que operan por sí solos, a diferencia de lo que pasa en el universo de la economía, en donde la voluntad humana es permanente y decisiva. En el mundo del dinero son personas concretas quienes todos los días, a través de complejas manipulaciones y transacciones, fijan los precios de las mercancías, los valores de las monedas y demás, les guste o no a particulares y gobiernos. ¿No es acaso por razones vinculadas a los grandes intereses mundiales que tenemos que cambiar de horario dos veces al año?

Violencia y Represión

Una estrategia muy socorrida, tanto en un plano individual como en uno colectivo, consiste en acusar al otro (o a un grupo, una comunidad) de eso precisamente de lo que uno mismo es culpable. En un plano individual dicha estrategia es de las más empleadas: se acusa a la pareja de ser infiel cuando es uno quien lo es, se le dice a alguien que no tiene para qué esforzarse y hacer algo que se supone que tiene que hacer porque es uno quien se siente cansado y no quiere hacer un esfuerzo, se le reprocha al cónyuge que está gastando dinero en exceso cuando en realidad es uno quien se ha estado dando ciertos lujos, etc., etc. También en un plano social se aplica a menudo este mismo esquema: se acusa a un grupo, a una comunidad de algo de lo cual quienes elevan la acusación son obviamente culpables. Así, por ejemplo, somos ahora los recipientes de una campaña, desatada por el gobierno y reforzada por sus diversos portavoces, en contra de “la violencia” y de “los violentos”. Se trata de un auténtico bombardeo propagandístico complejo en sus motivaciones e implicaciones y que es importante, aunque sea brevemente, examinar. Reconocemos de inmediato dos elementos que es menester distinguir: el contenido de la acusación de ser violento y la autoridad moral de quien hace la acusación. Para ilustrar: si un hombre honrado me acusa de ser un ladrón y un deshonesto, en principio debería tomar en cuenta su crítica, pero si la acusación me la hace el delincuente más conocido de la zona: ¿tengo también que hacerle caso?¿Debo tomar en serio su queja contra mí de que soy un ladrón cuando él (o ella) es el ladrón más célebre de la región o de la comunidad? Si un ciudadano ejemplar nos dice que matar es inaceptable tenemos que respetar su punto de vista e inclusive si lo rechazamos debemos ponderarlo detenidamente. Pero si quien nos dice que matar es malo es un asesino serial: ¿qué valor tiene su afirmación? Este no pasa de ser un pequeño conundrum, pero como con éste nos topamos a menudo con muchos otros y es importante aprender a distinguir y separar los elementos involucrados. En el caso de la acusación de violencia se filtra de manera tan notoria un elemento de hipocresía que inevitablemente genera desconfianza, recelo y hasta animadversión. Examinar brevemente el tema de la acusación de violencia por parte de las autoridades es, pues, el reto de estas líneas.

Yo creo que lo primero que tenemos que hacer es tratar de elaborar un catálogo, aunque sea elemental o burdo, de las diversas formas que puede revestir la violencia. Quizá la distinción más general que habría que trazar es entre violencia física y violencia psicológica. Esta distinción, aunque hay que tenerla presente no es, sin embargo, la más importante para nuestros actuales objetivos. En segundo lugar, tenemos que la violencia, física o psicológica, puede ser individual o institucional. Esta distinción es más relevante para nosotros. Así, en el marco de esta última distinción (“violencia individual”-“violencia institucional”) nos encontramos con que la violencia puede ser ocasional o permanente. Asimismo, la violencia puede ser activa o pasiva y ni mucho menos es evidente de suyo que la violencia pasiva sea menos perjudicial o dañina que la activa. Por ejemplo, no ayudar a un país en donde se produjo un terremoto y hay miles de muertos y damnificados es una muestra palpable de violencia por omisión, de violencia pasiva. Describir así la situación no sólo no atenta en contra de nuestros modos normales de expresarnos sino que más bien encaja en ellos. No deberíamos olvidar que la violencia, por otra parte, puede también ser individual o grupal. Obviamente, todas estas formas de violencia se conectan entre sí de diverso modo, como por ejemplo lo pone en claro el hecho de que la violencia puede ser una expresión física e individual de ira ante una injusticia o puede ser la expresión institucional de fuerza por parte de alguna autoridad. Para ilustrar: un niño puede reaccionar violentamente porque su papá lo trató injustamente o bien su padre puede ser violento porque de esa manera muestra que no está dispuesto a que se cuestione su autoridad. Por es no se debe perder de vista el hecho de que la violencia puede ser una agresión, pero también puede ser una respuesta a una agresión. El cuadro siguiente nos da una idea de las complejidades del concepto de violencia:

Esquema-01Con esto en mente: ¿cómo entender el discurso actual, casi histérico, en contra de “la violencia”, en abstracto?¿Qué significan esas expresiones de repudio? Para poder ofrecer mínimamente útil un diagnóstico necesitamos tener presente cuál es la situación por la que atraviesa el país. Que los mexicanos constituyen un pueblo sometido a la violencia es algo que ni el más grande de los guasones podría poner en tela de juicio. El ciudadano mexicano medio está permanentemente expuesto, por un lado, al asalto, al secuestro, al robo a mano armada, etc., pero, por la otra, a la inefectividad policíaca, a la corrupción ministerial, a la ineficacia en los servicios de salud y, más en general, a la inoperancia institucional, todo esto con los matices y excepciones de siempre. Así, por ejemplo, unos criminales asesinan a gente indefensa y las instituciones encargadas de aclarar el caso y de impartir justicia no se mueven. ¿Qué hace entonces el individuo, la persona?¿Cómo se supone que debe reaccionar? La vocinglera respuesta institucional, que es la misma cantaleta de siempre: “no reaccionemos con violencia”, “la violencia no es una solución a los problemas”, “la violencia genera más violencia” y así indefinidamente, sólo puede servir para enardecer más a las personas, para generar odio. En el fondo, lo que se espera que pase es lo que en México desde la época de la conquista siempre casi siempre ha pasado: que el pueblo se calle, se someta, baje la cabeza. Pero lo que deberían tener presente los gobernantes y las élites, porque también la historia nos lo enseña, es que eso es viable sólo hasta cierto punto. ¿Cómo interpretar entonces el llamado a la no violencia por parte de quienes manejan las instituciones nacionales? A mi modo de ver de dos maneras diferentes: por una parte, es una exhortación a la sumisión, es decir, a que se acepte la realidad tal como ésta se da aquí y ahora y, por la otra, es una advertencia a la sociedad de que ciertos límites en las protestas no son transgredibles. Esto resulta evidente si entendemos que es la sociedad, personificada en algunos individuos, la que ocasionalmente da rienda suelta a su ira y empieza a protestar violentamente. Por lo tanto, es claro que el mensaje que se está transmitiendo es simplemente que si la protesta no es inocua lo que viene es la represión. Ese es el contenido de este mensaje transmitido mañana, tarde y noche por todos los medios posibles en contra de la horrorosa violencia popular (que yo llamaría más bien ‘simulacro de violencia’). Moraleja: la violencia es legítima si y sólo se ejerce desde el status quo. La violencia institucional, pasiva o activa, es en todo momento justificable; la no institucional es en todo momento inadmisible.

Como todo mundo entenderá, el ejercicio que estamos realizando consiste en tratar de sacar a la luz las presuposiciones de la violencia, individual o colectiva, cuando ésta es una reacción frente a agresiones institucionales permanentes, las condiciones que cuando se dan lo que inevitablemente generan es precisamente violencia. Un caso particular del tema general de la violencia es el del así llamado ‘terrorismo’. El análisis puntual de este caso requeriría muchas páginas y es evidente que no es este el lugar ni el momento para intentar realizarlo, pero consideremos rápidamente lo siguiente. El así llamado ‘terrorismo’ es un fenómeno que no se comprende por sí solo. Es analíticamente verdadero decir que el terrorismo no surge súbitamente de la nada. El terrorismo tiene presuposiciones y la más importante de todas es el terrorismo de estado. No hay tal cosa como terrorismo espontáneo. El terrorismo es siempre una reacción frente a un terrorismo anterior y superior y ese terrorismo es precisamente el practicado por un estado. Lo mismo con la violencia: la violencia física individual o colectiva, cuando es de carácter político, tiene causas concretas. Entonces: ¿cómo se erradica la violencia? No con verborrea, con prédicas, con exhortaciones, ni siquiera con amenazas. Se erradica la violencia eliminando sus causas. ¿Conocemos las causas de la violencia en México? Claro que sí. ¿Por qué no se eliminan esas causas entonces? Porque es más fácil predicar y amedrentar que modificar estructuras, alterar componendas, cambiar prácticas, tocar intereses creados.

Estamos ahora sí en posición de diagnosticar la lucha institucional en contra de “la violencia”: se trata de una campaña ideológica de aletargamiento político, un intento por invertir roles y presentar como violentos a quienes en general son víctimas de la violencia. La violencia en Michoacán, en Guerrero y en otros estados de la República es una violencia causada desde los órganos del poder, desde la plataforma de los ambiciosos sin límite, desde la esfera constituida por gente que perdió el rumbo en un mundo reducido para ellos a los valores más prosaicos posibles, casi podríamos decir “meramente orgánicos” (tener mucha ropa, muchos autos, muchos perros, muchos collares, muchas camisas, etc. ¿Es eso el fin de la vida? Lo dudo!). La violencia nacional, que puede extenderse como un incendio incontrolable, responde a una situación de desesperación, por sentirse víctima de traiciones y estafas políticas, por estar desprotegido institucionalmente. Desde este punto de vista, la prédica en contra de la violencia no sólo es estéril, sino que es hipócrita. Desde luego que quisiéramos que no se tuviera que recurrir a la violencia, pero la pregunta que a mi modo de ver hay que plantearse es: ¿quién tiene derecho a pedirle a las víctimas de la violencia que practiquen la no violencia?¿El inspirado analista de televisión?¿El ministro corrupto de la suprema corte?¿El diputado que trafica con influencias y que vende al mejor postor contratos multimillonarios?¿Son esos violentos institucionales quienes pretenden exigirle a la gente que no incurra en la violencia física para intentar solucionar sus problemas?¿Qué valor moral tiene esa exhortación? A primera vista, ninguno. Pero si una exhortación no tiene ningún fundamento moral, entonces ¿para qué sirve? La respuesta es igualmente inequívoca: pragmáticamente no tiene otra función que la de ser una advertencia.

Lo que debería quedarle claro a todo mundo es que la supresión violenta de la violencia es un expediente pasajero. Los alaridos de todos los representantes del status quo son exactamente lo mismos que habrían proferido Don Porfirio o Hernán Cortés. La violencia no se combate sino que se extirpa y se le extirpa realmente cuando se eliminan sus causas. ¿Cuáles son las causas de la violencia en México? La respuesta la conocen hasta los niños: el bajo nivel de vida de la población (no hay más que echarle un vistazo a lo que es la canasta básica o el salario mínimo para darse una idea de ello. Por increíble que sea, se vivía mejor en tiempos de Echeverría que ahora! Quienes en aquellos tiempos formaban parte de la clase media ahora son parte de clases bajas y no gozan de muchas cosas a las cuales tenían acceso todavía en los años 70), el incremento desmesurado de la criminalidad, la ineficiencia de las instituciones (sobre todo la de las instituciones relacionadas con la impartición de justicia), la venta de lo que queda de la riqueza nacional, la desaparición misma de la idea de nación, su identidad y su pasado, el sometimiento ignominioso hacia los Estados Unidos, un aspecto de la vida nacional que sobre todo a partir de de la Madrid los presidentes no supieron defender, la destrucción del sistema educativo nacional y así sucesivamente. Es como consecuencia de todo eso que surgen las auto-defensas, que se dan las manifestaciones, las huelgas, etc., y que, poco a poco, va haciendo su aparición el espectro de la violencia. No parece, pues, posible extraer más que una conclusión: hacer llamados al aire en contra de “la violencia” en una situación de violencia institucional permanente es en el mejor de los casos perder el tiempo y, en el peor, hacerse cómplice de la situación que genera la violencia y por ende contribuir a que ésta se intensifique. A estas alturas, los llamados demagógicos en contra de la violencia más que otra cosa son contraproducentes. Lo único que puedo comentar es que me gustaría pensar que estoy equivocado.

Sabiduría Popular y Análisis Filosófico

Parecería que si hay algo que merece ser llamado ‘sabiduría popular’ ese algo son los pensamientos generales y las recomendaciones que se plasman en dichos y proverbios, muchos de los cuales tienen versiones ligeramente distintas en diferentes idiomas. Sin embargo, es claro que algunos de esos célebres proverbios son no sólo vagos, inexactos o ambiguos sino declaradamente falsos, lo cual nos hace poner en duda la idea de que efectivamente podemos hablar de sabiduría popular en lo absoluto. El que puedan citarse proverbios un tanto paradójicos (como Quien bien te quiere te hará llorar) o señalar proverbios que se contradicen hace pensar que la sabiduría popular se compone más bien de recomendaciones prácticas que le corresponde a cada quien determinar cuándo se aplican y cuándo no. Independientemente de ello, a mí me interesa en particular uno cuya formulación, por así decirlo “canónica”, está en francés, lo cual en todo caso pone en entredicho con mayor énfasis la sabiduría popular francesa. El dicho corre como sigue: tout comprendre c’est tout pardonner, es decir, comprenderlo todo es perdonarlo todo. A mí este dicho me parece no sólo cuestionable de entrada sino altamente dañino, entre otras razones porque entra abiertamente en conflicto con intuiciones básicas concernientes a nuestra idea normal de justicia. Intentemos aclarar por qué es ello así.

Lo primero que tenemos que hacer es distinguir lo que son dos familias relacionadas pero diferentes de conceptos. Por una parte tenemos nociones como las de explicación, comprensión, verdad, conocimiento, duda, ciencia, etc., y, por la otra, tenemos nociones como justificación, evaluación, valores, bien, maldad, repudio y demás. Claramente se trata de dos universos conceptuales radicalmente diferentes, si bien de hecho los seres humanos manejan ambos grupos de categorías simultáneamente. Para expresar la idea plásticamente: la gente no nada más piensa, sino que también siente. Y esta distinción entre conceptos que podemos llamar ‘cognitivos’ y conceptos que podemos denominar ‘evaluativos’ a su vez se asocia con la distinción entre causas y razones. Así, hay una forma de explicar algo que consiste en buscar y proporcionar sus causas, es decir, aquello que si lo detectamos nos permite manipularlo, y hay otra forma de explicar algo que consiste en ofrecer razones con base en las cuales lo volvemos inteligible. Podemos presentar la idea general como sigue: lo que se explica por causas son ante todo los fenómenos naturales, en tanto que lo que se explica por razones son básicamente las acciones humanas. En relación con los seres humanos tenemos, pues, dos planos explicativos: la explicación de lo que pasa con los cuerpos, los organismos, las presiones sociales, las características psicológicas, etc., y, por otra parte, la de un plano lógicamente independiente del anterior que es el de las razones de la acción, la buena o mala voluntad, las intenciones y demás. Es muy importante entender que es conceptual y lógicamente imposible reducir un plano al otro. En otras palabras: ni las causas hacen redundantes a las razones ni las razones a las causas. Es absurdo intentar una reducción así, sólo que eso es precisamente lo que está implícito en el proverbio mencionado más arriba: se nos está diciendo que el conocimiento de las causas anula el conocimiento de las razones. Es difícil encontrar una confusión mayor!

Lo anterior tiene aplicaciones concretas útiles y que podemos utilizar para conformarnos un cuadro no sólo inteligible sino persuasivo de muchos acontecimientos y decisiones que nos afectan en todos los niveles de nuestra vida social y hasta personal. Si no estoy un error, con base en lo dicho y en ciertos mecanismos elementales del lenguaje, como los son la negación y la conjunción, podemos construir el siguiente esquema de posibilidades de combinación. Así, se puede:

a) explicar algo & justificarlo
b) explicar algo & no justificarlo
c) no explicar algo & justificarlo
d) no explicar algo & no justificarlo

No hay más posibilidades. Como es obvio, el proverbio que nos incumbe está recogido en (a): comprenderlo exhaustivamente algo ya es de alguna manera justificarlo. La idea es que en la comprensión misma ya va contenida la justificación. Ahora bien, a mí me parece dicha idea claramente inaceptable. Por ejemplo, podríamos en principio conocer y comprender todas las causas (psicológicas, sociales, etc.) que llevaron a un sicario a torturar y a asesinar a un estudiante, pero obviamente eso no podría equivaler a una justificación de su acción. Nótese que esta posibilidad es a la que en múltiples ocasiones se recurre en el mundo de los abogados: a menudo se nos narra de manera conmovedora el trasfondo de la vida de un criminal insinuando con ello que se le perdone, se le condone la pena o se le reduzca, etc. Nada más absurdo! En general, a mí me parece que la actitud realmente racional y sensata es (b): una cosa es enterarse de cómo son o fueron los hechos y otra es su apreciación y su evaluación final. Podemos entender el juego, las artimañas, los artilugios de importantes actores políticos, los intereses involucrados, las presiones a que están sometidos, etc., pero eso no basta para justificar sus decisiones y sus acciones. Por ejemplo, podemos en principio entender la maraña política en la que está metido el Procurador de la República, pero no podemos justificar que al día de hoy, a más de un mes de que se hayan producido los indignantes eventos de Iguala, el Sr. Procurador no haya tenido a bien ofrecerle a la sociedad mexicana una explicación completa y congruente de lo que sucedió. En otras palabras, comprendemos la complejidad de su juego político, pero es imposible justificar su ofensivo silencio. Tenemos ciertamente derecho a preguntar: ¿dónde están las declaraciones de los arrestados?¿Por qué no se han hecho del dominio público?¿Por qué no se les ha presentado ante la opinión pública?¿No tiene derecho el pueblo de México a saber quiénes son esos delincuentes ni a una explicación detallada de lo que hicieron con no pocos estudiantes? En todo esto está involucrado un caso de explicación o comprensión aunado a no justificación. Nuestro proverbio, por lo tanto, no sólo parece poco convincente sino que da la impresión de ser sencillamente falso.

Examinemos rápidamente e ilustremos los dos casos restantes. El caso (c) es un típico caso de irracionalidad desbordada, muy común también en nuestros compatriotas. Lo que llama la atención es que mucha gente se ufane de hacer suya esta perspectiva. Es muy común, por ejemplo, oír decir a madres de delincuentes que públicamente se pronuncian sobre las acciones de sus hijos, acciones que no entienden (es decir, ellas no se explican por qué sus hijos hicieron lo que hicieron) que como son sus progenitoras entonces de todos modos los avalan, los respaldan, los justifican. Confieso que sólo en contadísimas ocasiones me he encontrado con un padre o una madre (los míos, por ejemplo) que por lo menos le digan a sus hijos que si delinquen ellos mismos los meten a la cárcel. Un nivel tan alto de moralidad no es muy común en nuestros lares. El caso paradigmático, desde luego, lo tenemos en el Eutifrón de Platón, pero esos son ya niveles excepcionales de rectitud moral, por lo que no tiene mayor sentido traerlo a colación.

El caso que puede ser teóricamente menos interesante es (d), puesto que podría responder a una situación de indiferencia total: ni se sabe del asunto ni se interesa uno en él. Pero como veremos en un momento no tiene por qué ser siempre así. También esta posibilidad tiene sus aplicaciones prácticas. Estaba yo leyendo hace poco el reglamento de tránsito para el Distrito Federal y me encuentro con una serie de prescripciones que comprendo (están en español), es decir, tanto entiendo lo que significan como imagino los procesos de razonamiento que llevaron a ellas. El problema es que por más que me esfuerzo ni me las puedo explicar ni encuentro una justificación para ellas. Considérese el tema de la velocidad en la ciudad. De acuerdo con el reglamento la velocidad máxima en vías rápidas es de 70 kms por hora y en avenidas y calles de 40. Hay por lo menos dos preguntas que de inmediato me asaltan: los diputados o los representantes ciudadanos que elaboraron este reglamento ¿viven en la ciudad de México? y si viven aquí: ¿respetan ellos mismos las prescripciones que les imponen a los demás? Respecto a la primera pregunta la repuesta es dudosa si bien no tiene mayor importancia, pero apuesto lo que sea a que a la segunda pregunta la respuesta acertada es un rotundo ‘no’. Regulaciones como esas son contrarias al interés público, pues entre otras cosas tienen como efecto aumentar los niveles de contaminación. Puedo entender que más de una persona o algunas compañías se beneficien con reglas así, pero por más que me esfuerzo no lo encuentro justificable. Si todos los conductores nos ajustáramos a semejantes reglas tendríamos que manejar en segunda y haríamos de la ciudad un pantano automovilístico. Instintivamente nos rebelamos en contra de ellas. Se trata obviamente de reglas ridículas, contrarias al bien común y, por consiguiente, promovedoras de ilegalidad y de corrupción. Aquí tenemos un ejemplo de algo que ni se comprende ni se justifica, a saber, un reglamento.

El caso más representativo del caos mental que prevalece en el país y al mismo tiempo el más afrentoso para el ciudadano normal es obviamente el caso (a) de comprensión y justificación cuando lo que tenemos en mente son, por una parte, crímenes mayores y, por la otra, nuestro código penal. Estaba viendo por televisión hace unos días al reconocido empresario y promotor del deporte, Nelson Vargas, y nos enteramos por boca de él que los asesinos de su hija ni siquiera han sido sentenciados, después de 7 años de haberse aclarado policialmente el asunto. Como muchos ciudadanos de a pie, yo entiendo la situación pero sin titubeos al igual que todos la repudio, es decir, no la justifico. Esta combinación de hechos aberrantes con pasividad estatal que pragmáticamente equivale a una justificación es de los peores elementos de nuestra atmósfera social y política, pues es por excelencia la actitud promotora de corrupción, de entreguismo, de abdicación.

Como puede verse, un poquito de análisis filosófico puede ayudar no a resolver los problemas, pero sí a aclarar el panorama contribuyendo de esa manera a que nos posicionemos mejor frente a los hechos y, por consiguiente, a que tomemos mejores decisiones. Mi conclusión de este breve ejercicio intelectual es muy simple, pero muy saludable: no hay que dejarse llevar por el primer proverbio que se nos ocurra o que se le ocurra a nuestro interlocutor intercalar en la conversación. Los proverbios pretenden darnos a través de una fórmula simple e impactante una síntesis de sabiduría inapelable, pero esta pretensión no siempre es satisfecha. El caso del que me serví es uno entre muchos. Un ejemplo de proverbios que se contraponen es el de “A quien madruga Dios lo ayuda” y “No por mucho madrugar amanece más temprano”. Claro que hay lecturas, interpretaciones, juegos lingüísticos que pueden hacerlos parecer como compatibles, pero por lo menos prima facie ciertamente no lo son. De manera que mi moraleja en el caso del proverbio que era mi objeto de interés es contraria a lo que la sabiduría popular indica: yo diría que en múltiples ocasiones es precisamente el caso de que mientras más se conoce algo o a alguien más se nos vuelve detestable o despreciable u odioso. Habría que decir entonces que para una multitud de casos lo correcto es más bien afirmar que comprenderlo todo es justamente no perdonar nada. Y esta lección me parece que es útil tanto en un plano social como en el contexto de lo más privado posible.

En Memoria de un Gran Poeta

Hace más o menos un mes se cumplió el aniversario del nacimiento de un gran poeta francés, como era de esperarse un ilustre desconocido en México. Me refiero a Georges Brassens. Por lo que ese hombre representó para mí en la vida quisiera decir unas cuantas palabras.

Yo descubrí a Brassens a finales de los años 60, cuando residía en París y asistía al Lycée Janson de Sailly. Por aquel entonces lo que se tenía eran discos de acetato. De inmediato me impactaron su música y la letra de sus canciones al grado de que, aunque creo que conozco todo su repertorio, dos de las canciones de aquel viejo disco que escuché siguen siendo mis favoritas. Son “Une Jolie Fleur” y “Je suis un Voyou”. Más abajo ofrezco una tentativa de traducción de una de ellas, traducción que de antemano reconozco como sumamente imperfecta, pero lo hago con miras a darle al lector una idea un poco más precisa de lo que es la producción artística de Brassens. Antes, sin embargo, quisiera decir algo acerca de la persona misma, de su obra y de por qué es ésta tan soberbia.

Georges Brassens nació y está enterrado en Sète, en el Mediodía francés. Desde muy chico manifestó sus proclividades artísticas y de hecho algunas de sus más famosas canciones fueron redactadas durante su pubertad y juventud. Como todo poeta que se respeta, Brassens alude, de muy variados modos (remembranza, burla, nostalgia, etc.) al pasado y muy en particular a diversas experiencias de sus años mozos. Todo ello lo hace, sin embargo, sin hablar en primera persona, sin aludir a su “ego”, más que cuando quiere expresar un punto de vista particular sobre algún tema personal o alguno de interés general en especial (la misa en latín, el ladrón que le robó su guitarra, su llegada a París cuando era joven, etc.). Y sus canciones conforman un auténtico arco-iris temático: el amor, la amistad, convenciones sociales ridículas, la muerte, la política, la religión, los funerales y en general las más variadas situaciones humanas, destacando su carácter grotesco o ridículo o ejemplar o conmovedor y así indefinidamente. Su obra es de naturaleza universal, como lo pone de relieve el hecho de que su poesía ha sido traducida a muy diversos idiomas, destacándose por su fidelidad a los textos originales las versiones al italiano de Andrea Belli y al polaco del Zespól Representacyjny. En español hay por lo menos dos discos hechos en América del Sur los cuales, aunque contienen algunos aciertos y sin duda alguna tienen méritos, dejan de todos modos que desear y dan tan sólo una idea muy vaga del valor literario de las canciones originales . No es por casualidad que en 1967 la Academia Francesa le otorgó el gran premio anual de poesía, lo cual no fue más que un reconocimiento oficial de lo que ya para entonces era un reconocimiento popular generalizado.

Algo digno de llamar la atención es la formidable simbiosis de la letra de los poemas y la música en la que Brassens la envuelve. Encajan perfectamente una en la otra al grado de que cualquier alteración de la música, más aún: cualquier “interpretación”, por buena que sea, significa automáticamente una devaluación del producto original. Como es sabido, eso es justamente lo que en general pasa con las copias de las grandes obras de arte, por buenas que sean. Como excelente artista que era, Brassens no necesita otra cosa que su maravillosa guitarra y el acompañamiento de su inseparable contrabajista, el gran Pierre Nicolas. Cada canción de Brassens constituye una pequeña obra de arte completa en sí misma, auto-contenida, por así decirlo. La variedad de tonadas es realmente asombrosa.

Brassens se inscribe dentro de una tradición artística que muy probablemente tenga sus inicios en la obra del gran poeta y aventurero francés del siglo XV, François Villon. De éste, dicho sea de paso, como de algunos otros insignes poetas franceses, como Lamartine o Victor Hugo, Brassens musicalizó en forma realmente brillante algunos de sus poemas. Brassens fue, por lo tanto, además de creador un gran difusor cultural y en ese sentido un educador. Aunque sin duda conocidos y estudiados en el bachillerato, poemas como La Ballade des Dames du Temps Jadis (La Balada de las Damas de Antaño), de Villon, o Gastibelza, de Víctor Hugo llegaron al público en general, esto es, tanto al culto como al inculto. Tiene, por ejemplo, una canción en la que va recuperando y enumerando fórmulas coloquiales, tanto antiguas como actuales, para expresar desagrado, rechazo, repudio y demás, lo cual es una forma muy original de rendirle culto al lenguaje natural. También vale la pena notar su constante alusión a temas de la mitología griega (en particular a Venus).

Algo que a mí en lo particular me encanta de la poesía de Brassens es que lo que él nos regala es poesía genuina, es decir, rimas. No es mi propósito aquí y ahora discutir el tema de cuán poético es realmente el así llamado ‘verso libre’, que con toda franqueza lo menos que puedo decir al respecto es que me deja totalmente frío. Para mí, en general esa forma de hacer poesía es básicamente dar gato por liebre: se supone que a cambio de los versos que se acoplan, que le dan ritmo y musicalidad a la construcción literaria y que constituyen el aspecto formalmente difícil de la poesía, lo que se nos da son pensamientos supuestamente profundos sobre el tema que sea. Empero, salta a la vista que eso es un fraude, porque en general esos esfuerzos en el fondo no son otra cosa que esfuerzos de filósofos manqués, de metafísicos fracasados y, al mismo tiempo, de poetas incapaces. El verso libre es la mejor de sus versiones es esencialmente intelectual, mera geometría lingüística, lo cual en este contexto significa ‘a-emocional’ y precisamente por eso me parece un engaño que nadie se atreve a denunciar. Desde mi perspectiva, si una construcción literaria en verso no suscita emociones entonces no es realmente poética, digan lo que digan los snobs del momento. Definitivamente, cuesta mucho más escribir un buen soneto que muchas páginas de verso libre. Ergo… Brassens, en todo caso, es de los poetas que sí se rompen la cabeza por construir un pensamiento ritmado, un pequeño cuento envuelto en música y en eso es sencillamente insuperable.

Brassens no sólo era un artista de primer orden, sino también un gran observador y en verdad un gran psicólogo. Era también un gran crítico social. Encontramos por ello en múltiples de sus canciones, a través de los personajes que imagina, una recuperación de ciertos valores que la horripilante cultura contemporánea simplemente ha borrado de nuestro panorama cotidiano. Para entender esto cabalmente hay que conocer un poquito la vida a la francesa, así como expresiones coloquiales del francés. Por ejemplo, es muy de los citadinos franceses usar expresiones como ‘Va donc, eh! Pequenot!’, que es una expresión despectiva respecto del provinciano y del campesino (no olvidemos que Francia es uno de los países que mejor ha sabido mantener su campesinado y su vida campirana, a diferencia de países como por ejemplo Inglaterra en donde prácticamente no hay campesinos, en el sentido tradicional de la expresión). Brassens tiene canciones gracias a las cuales uno puede entender que actitudes así son tontas y hace ver que es factible captar la belleza oculta detrás de formas de vida diferentes a las “modernas”. Un ejemplo estupendo de ello es su canción “Les Sabots d’Hélène’, esto es, “Los Zuecos de Helena”. La concatenación de ideas en la canción es más o menos la siguiente: sí, en efecto, los zuecos de Helena estaban llenos de lodo, pero yo me tomé la molestia de quitárselos y encontré unos pies de reina, que guardé para mí; sí, es cierto, la ropa interior de Helena estaba carcomida, pero yo me tomé la molestia de quitársela y encontré unas piernas de reina, que guardé para mí; y sí, es verdad, el corazón de Helena nunca había cantado, pero yo me tomé la molestia de detenerme en él y encontré el amor de una reina y lo guardé para mí”. Obviamente, lo que Brassens dice tiene tanto un sentido literal como uno no literal, un sentido físico y uno psicológico. Estas ideas vienen además enlazadas con la de que precisamente por ser una pobre campesina, una mujer modesta, “los tres capitanes”, es decir, los citadinos a la moda, los de vanguardia en todo lo que son los aspectos superficiales de la vida social, nunca se fijan en ella y, naturalmente, no están conscientes de lo que se pierden.

Para mí Brassens es alguien que, quizá sin proponérselo, satisface la caracterización que ofrece Stendhal del arte, una caracterización que Nietzsche tanto le envidiaba. El arte, dijo Stendhal, es una “promesa de felicidad”. Yo creo que si se le escucha comprendiéndolo, en las circunstancias apropiadas y en la atmósfera ad hoc, eso es precisamente lo que Brassens logra con sus escuchas: hacerlos felices. Te invito, pues, lector, a un momento así con una canción de la cual yo alguna vez hace ya tiempo traduje, porque quería compartirla con alguien que no sabe francés. Se llama ‘Je suis un voyou’, es decir, “Soy un granuja”. A continuación pongo el texto y abajo la canción. Que la disfrutes!

Sepultada está en mi alma una vieja historia
Un recuerdo, un fantasma de un amor de ayer
El tiempo con su guadaña puede hacer destrozos
El afecto que yo siento siempre lo tendré.

Me quedé sin habla el día
Que la observé andar
A la hermosa india María
De huarache y chal

Si las flores del Paseo
Pudieran hablar
Es a la María bendita
En que harían pensar

De inmediato yo le dije
Virgen bella, ven
El buen Dios me lo perdone
No había más que hacer

Que Él me lo perdone o no
Ni un comino doy
Ya mi alma está perdida
Un granuja soy

La preciosa iba a la iglesia
Para comulgar
Entonces mordí sus labios
Que eran un manjar

Ella me dijo muy seria
¿Qué te pasa a ti?
Mas no opuso resistencia
Ellas son así.

Nuestros cuerpos se tocaron
Sin esfuerzo mucho
Que el buen Dios me lo perdone
Cada quien su lucha

Que Él me lo perdone o no
Ni un comino doy
Ya mi alma está perdida
Un granuja soy

Era una muchacha simple
De las que ya no hay
Devoré el fruto prohibido
Que escondía su chal

Ella me dijo muy sería
¿Qué te pasa a ti?
Mas no opuso resistencia
Ellas son así

Y luego con ansias locas
Rasgué to’a su ropa
Que el buen Dios me lo perdone
Pero estaba loco

Que Él me lo perdone o no
Ni un comino doy
Ya mi alma está perdida
Un granuja soy

Me quedé sin habla el día
En que la perdí
Cuando se casó María
Con un beato vil

De seguro tiene ahora
Dos o tres chicuelos
Que lloriquean por sus dosis
De maternal seno

Y yo me alimenté de ella
Mucho tiempo antes
Que el buen Dios me lo perdone
Es que era yo amante

Que Él me lo perdone o no
Ni un comino doy
Ya mi alma está perdida
Un granuja soy

Ci-gît au fond de mon coeur une histoire ancienne,
Un fantôme, un souvenir d’une que j’aimais…
Le temps, à grand coups de faux, peut faire des siennes,
Mon bel amour dure encore, et c’est à jamais…

J’ai perdu la tramontane
En trouvant Margot,
Princesse vêtue de laine,
Déesse en sabots…

Si les fleurs, le long des routes,
S’mettaient à marcher,
C’est à la Margot, sans doute,
Qu’ell’s feraient songer…

J’lui ai dit: “De la Madone,
Tu es le portrait!”
Le Bon Dieu me le pardonne,
C’était un peu vrai…

Qu’il me le pardonne ou non,
D’ailleurs, je m’en fous,
J’ai déjà mon âme en peine:
Je suis un voyou.

La mignonne allait aux vêpres
Se mettre à genoux,
Alors j’ai mordu ses lèvres
Pour savoir leur goût…

Ell’ m’a dit, d’un ton sévère:
“Qu’est-ce que tu fais là?”
Mais elle m’a laissé faire,
Les fill’s, c’est comm’ ça…

J’lui ai dit: “Par la Madone,
Reste auprès de moi!”
Le Bon Dieu me le pardonne,
Mais chacun pour soi…

Qu’il me le pardonne ou non,
D’ailleurs, je m’en fous,
J’ai déjà mon âme en peine:
Je suis un voyou.

C’était une fille sage,
A “bouch’, que veux-tu?”
J’ai croqué dans son corsage
Les fruits défendus…

Ell’ m’a dit d’un ton sévère:
“Qu’est-ce que tu fais là?”
Mais elle m’a laissé faire,
Les fill’s, c’est comm’ ça…

Puis j’ai déchiré sa robe,
Sans l’avoir voulu…
Le Bon Dieu me le pardonne,
Je n’y tenais plus…

Qu’il me le pardonne ou non,
D’ailleurs, je m’en fous,
J’ai déjà mon âme en peine:
Je suis un voyou.

J’ai perdu la tramontane
En perdant Margot,
Qui épousa, contre son âme,
Un triste bigot…

Elle doit avoir à l’heure,
A l’heure qu’il est,
Deux ou trois marmots qui pleurent
Pour avoir leur lait…

Et, moi, j’ai tété leur mère
Longtemps avant eux…
Le Bon Dieu me le pardonne,
J’étais amoureux!

Qu’il me le pardonne ou non,
D’ailleurs, je m’en fous,
J’ai déjà mon âme en peine:
Je suis un voyou.

1 Hay un sitio en la red en el que se encuentran traducidas al español casi todas las canciones de Brassens. El problema es que se trata de meras traducciones literales, con lo cual sencillamente se les hace perder su alto valor melódico.

Comentarios Malévolosi

1) Pocas cosas hay tan apasionantes como polemizar sobre algún tema interesante y más aún cuando con quien se polemiza es un individuo de talla, un erudito, un especialista en algún área del saber o en alguna esfera de la cultura. Naturalmente, este requerimiento emerge con particular urgencia cuando alguien de primer nivel en su disciplina emite puntos de vistas que nos resultan chocantes, inadmisibles, inaceptables. Sentimos entonces una intensa necesidad por intentar refutar los puntos de vista del sujeto en cuestión, por desmentirlo, por desenmascararlo quizá. Eso al menos, debo confesarlo, es lo que a mí me sucedió cuando leí la recopilación de notas de un seminario que a principios de los años 50 del siglo pasado preparara para la Universidad de Harvard el novelista y gran crítico literario de origen ruso, Vladimir Nabokov, sobre la obra maestra suprema de la literatura escrita en nuestro idioma, esto es, el español, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Debo de entrada advertir que me muevo en un área que no es la mía, pero es que el escrito de Nabokov me hace sentir como ostra a la que le echan dos limones ácidos antes de comérsela. La lectura de sus notas, sus comentarios, su evaluación me resultaron más que ácidos, corrosivos, lacerantes, en cierto sentido incomprensibles y, sobre todo, yo diría ‘descaradamente’ injustificados. Reconozco que Nobokov, para decirlo de manera colquial, me picó la cresta e hizo nacer en mí lo que tal vez no sería errado llamar ‘nacionalismo lingüístico’. Y reconozco que aguijoneó con particular intensidad mi deseo de protestar públicamente el hecho de que no me haya topado todavía ni siquiera con un esbozo de respuesta apropiada. Por sorprendente que parezca, los pocos comentarios a los que he tenido acceso no pasan de ser meros resúmenes más o menos aprobatorios de diversas secciones del contenido total del texto de Nabokov, pero todavía no he encontrado a nadie (ni en España ni en América Latina) que se enfrente a él con al menos la intención de rebatirlo. No sé si yo pueda aspirar a tanto, pero de lo que sí estoy seguro es de que no quiero quedarme callado.

Vladimir Nabokov2) Dejando de lado la multitud de detalles debatibles concernientes a las diversas partes del libro que Nabokov tiene en la mira, el mensaje general, crítico y reprobatorio, es bastante claro, dejando de lado el hecho de que él no intenta en lo mínimo ocultar su apreciación global de lo que para nosotros es de hecho el libro con el que se inicia la literatura en lengua hispana. Es cierto que está el romance del Cid campeador, que hay poesía como la del Marqués de Santillana, textos espléndidos previos al Quijote. Pero es igualmente cierto que el español de esos textos no es todavía el nuestro, el cual oficialmente arranca con la obra de Cervantes. A grandes rasgos entonces: ¿qué nos dice Nabokov al respecto?

En sus notas, Nabokov se pronuncia con displicencia tanto sobre Cervantes como sobre su Quijote. De Cervantes nos recuerda que “no es un topógrafo”, lo cual explicaría el caos geográfico de las andanzas del gran héroe de su novela. Dice el ruso “…el cuadro que Cervantes pinta del país viene a ser tan representativo y típico de la España del siglo XVII como Santa Claus es representativo y típico del Polo Norte en el siglo XX” (p.22). La burla es fuerte. Y prosigue señalando que prácticamente ninguna de sus descripciones es “verificable”: “El autor huye de las descripciones que, por descender a lo concreto, pudieran ser verificadas” (p. 23). Pero estas son minucias frente a lo que viene después, a saber, lo que Nabokov tiene que decir sobre el personaje mismo del Quijote. No sorprenderá a nadie que Nabokov se ensaña todavía más con quien para múltiples generaciones de lectores siempre pasó por un personaje simpático, esto es, el escudero del Quijote, el gran Sancho Panza. Una breve lista de juicios condenatorios nos será aquí muy útil para dejar en claro que no estoy ni mintiendo ni exagerando. De acuerdo con Nabokov:

a) “los chascarrillos y los refranes de Sancho no suscitan gran hilaridad, ni por sí mismos ni por su acumulación repetitiva” (p. 37)
b) “Sancho, el de la barba desaliñada y la nariz de porra, es, con algunas reservas, el payaso generalizado” (p. 37)
c) Don Quijote “No tiene malicia; es confiado como un niño” (p. 41)
d) Don Quijote: “demuestra una imaginación de escolar bastante limitada en materia de barrabasadas” (p. 41)
e) Más en general “Decir que en el humor de este libro se contiene, como dice un crítico, ‘un tesoro de hondura filosófica y humanidad genuina, cualidades en las que no le ha aventajado ningún otro escritor’, me parece una exageración fuera de toda medida. El caballero, desde luego, no tiene gracia. El escudero, a pesar de toda su prodigiosa memoria para los refranes, tiene todavía menos gracia que su señor” (p. 53)
f) No faltan las comparaciones afrentosas, en particular con Shakespeare: “Discrepo de afirmaciones como las de que ‘la percepción de Cervantes era tan sensible, su inteligencia tan flexible, su imaginación tan activa y su humor tan sutil como los de Shakespeare’. No, por favor: aunque redujéramos a Shakespeare a sus comedias, Cervantes seguiría yendo a la zaga en todas esas cosas. Del Rey Lear, el Quijote sólo puede ser escudero” (p. 29).

La lista podría extenderse mucho todavía (prácticamente todo el libro es así), pero para estas líneas con estas muestras de abierta animadversión basta. Nabokov acusa a Cervantes de haber escrito un libro esencialmente cruel, plagado de relatos de golpizas, engaños y burlas. En resumen, él sostiene que “Las dos partes del Quijote componen una auténtica enciclopedia de la crueldad” (p. 90). Posteriormente viene un escueto “análisis” del personaje de la Dulcinea y del papel de la muerte en el libro. Los documentos de Nabokov contienen un resumen de muchos capítulos del libro de Cervantes y en los que lo que hace es básicamente repetir el contenido insertando por aquí y por allá frases, comentarios, descripciones y evaluaciones que cualquier abogado decente calificaría de ‘dolosos’. Nabokov dio a conocer su repulsiva lectura de la gran obra de Cervantes ante una gran audiencia en Harvard y muy probablemente todo habría quedado allí si no hubiera sido porque sus notas fueron recopiladas y publicadas póstumamente. Es interesante y revelador, dicho sea de paso, que él mismo no las haya mandado imprimir.

3) Ese es nuestro material. Lo primero que se nos ocurre preguntar es: ¿por qué merecería ser considerado seriamente? ¿Por qué no simplemente ignorarlo? Después de todo, Don Quijote no necesita muletas para seguir andando. Pero entonces, una vez más: ¿amerita realmente una respuesta un texto así, inundado de insultos, de interpretaciones deliberadamente tergiversadas, plagado de lo que a todas luces son incomprensiones?¿Cómo nos explicamos entonces que quien sin duda alguna era un gran erudito y un novelista haya podido producir un texto tan obviamente errado en concepción y en sus objetivos? Y, lo más importante de todo: ¿es factible concederle la razón a Nabokov?¿Es sensato pensar que la razón podría asistirle?

Yo pienso que no. Yo creo, por lo pronto, que no es ni imposible ni inapropiado aplicarle a Nabokov sus propios métodos y su propio enfoque y disecarlo a él a través de un examen, por superficial e incompleto que sea, de sus notas. Algo así es, por consiguiente, lo que, de manera directa y breve trataré de hacer en lo que sigue.

4) Lo primero que llama la atención es el hecho de que Nabokov se pronuncia sobre un texto cuyo original es incapaz de leer, puesto que no sabía español. No importa qué versión al inglés haya elegido, pero de lo que podemos estar seguros es de que el texto al cual él tuvo acceso tenía que literariamente muy inferior al original. A mí por ejemplo siempre me ha divertido constatar que por lo menos en las traducciones al inglés, al francés y al polaco la primera oración del texto, la muy conocida “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme,…” ni dice lo mismo ni concuerda enteramente con la oración en español. Eso da una idea tanto de la originalidad del lenguaje de Cervantes como de las complejidades del lenguaje natural, pero no ahondaré en esta temática. Me interesaba simplemente indicar que de entrada el escritor ruso se coloca a sí mismo en una situación de desventaja: está criticando un texto cuya belleza y potencia literarias en alguna medida inevitablemente se le escapan.

Un segundo punto ilustrativo de la interpretación tendenciosa del libro de Cervantes por parte de Nabokov está en una flagrante contradicción que irradia la primera parte de sus notas. Afirma Nabokov. “Vamos a no tratar de conciliar la ficción de los hechos con los hechos de la ficción” (p. 19). En otras palabras, vamos a desproveer al Quijote de toda aspiración a ser un reflejo de la sociedad de los tiempos de Cervantes, vamos a considerar de entrada que no forma parte de los objetivos de Cervantes legar alguna clase de información sobre la vida y las costumbres de la gente de sus tiempos. Su libro es un mero “cuento de hadas”. Sea! Pero entonces ¿por qué acusa a Cervantes de ser tanto un mal geógrafo como un mal historiador? Yo aquí me atrevería a recordarle a Nabokov que, además de geógrafo e historiador Cervantes da muestras de ser un gran psicólogo y hasta podríamos hablar de él como de un perspicaz lógico, como lo pone de relieve el hecho de que plantea algo parecido a la paradoja de Russell cuando Sancho está en su ínsula y sus nuevos súbditos lo ponen a prueba retándolo con acertijos y enredos de diversa índole. Yo sinceramente dudo que Nabokov hubiera podido dar cuenta de la paradoja, pero regresando al punto crítico general: o Nabokov ve el Quijote como un libro de fantasía, pero entonces no puede acusar a Cervantes de ser un mal guía factual o bien Cervantes efectivamente es un mal guía, pero entonces su libro no es un mero cuento de hadas. Aquí el ilógico es claramente Nabokov y un error tan elemental como este de inmediato nos hace sospechar que nos las habemos con un texto que no es del todo serio.

Un aspecto un tanto más tenebroso del texto de Nabokov es lo que yo calificaría de ‘crimen literario primitivo o infantil’, consistente en una burda u obscena comparación entre autores, como lo sería si lo que comparáramosa fueran filósofos, músicos o pintores. ¿Quién es mejor: Mozart o Beethoven?¿Tolstoy o García Márquez?¿Picasso a Leonardo? Preguntas así son de un cretinismo exasperante. Bueno, pues algo así es precisamente lo Nabokov hace al equiparar a Shakespeare con Cervantes. El caso del que se vale es el rey Lear. A mí me parece hasta un mal ejemplo. Empero, yo no voy a caer en la trampa nabokoviana de denigrar a un gran autor sólo para ensalzar al de mi preferencia. A mí Shakespeare me parece espléndido desde todos puntos de vista y sólo vería un aspecto débil en algunas de sus obras: es en algunas de sus piezas esencial, excesivamente inglés (si cabe aquí el adverbio) y es en esa medida más difícil de disfrutar para lectores de otras culturas que otros escritores. El mundo de Ulises nos es totalmente ajeno en más de un sentido, pero es imposible no disfrutar de principio a fin de La Odisea; pero el mundo de Macbeth ya no resulta tan fácilmente compartible. Desde este punto de vista, Don Quijote ciertamente no es vulnerable. Por otra parte, en relación con esa semi-absurda comparación, lo primero que de inmediato quisiéramos preguntar es: ¿por qué viene a cuento?¿Por qué o para qué decir algo así? Y aquí inevitablemente tenemos que argumentar, aunque sea mínimamente, ad hominem. Lo que habría que entender es que la mentalidad, el perfil psicológico de Nobokov es típicamente el del emigrado, el del individuo que hace todo por ser asimilado a su nueva nación, en este caso los Estados Unidos, como si estuviera tratando de congraciarse con ellos quitándole méritos a un producto que es de otra sociedad y otra cultura que aquellas a las que aspira a integrarse. Así entendida, la conducta de Nabokov resulta aunque comprensible, patética. Es muy raro no encontrar rastros de odio en el alma del émigré, de quien se vio forzado a dejar su país, su pasado, su idioma por causas totalmente ajenas a él, como le pasó a la reaccionaria familia rusa de Nabokov al poco tiempo de haber estallado la revolución bolchevique. El problema es que ese odio lo encauzó en contra de un libro del que se nutren millones de personas y que no tiene nada qué ver con sus desgracias personales. Su comparación de Cervantes con Shakespeare automáticamente me hace pensar en otra: la del Quijote con Lolita. Sinceramente, dudo mucho que Nabokov mismo hubiera disfrutado dicho contraste.

5) Es evidente de suyo que no vamos a agotar en unas cuantas páginas un texto tan negativamente rico como el que Nabokov les legó a sus fans. Sus notas ciertamente son dignas de un curso semestral en el colegio de Letras Hispánicas de cualquier facultad de humanidades, a pesar de que podamos estar seguros de antemano de que una crítica puntual y definitiva de sus convicciones es factible. Lo único penoso en este asunto es la constatación de que a Nabokov se le escapó entre los dedos la grandeza de Don Quijote, el minucioso estudio de caracteres y costumbres fantásticamente descrito por Cervantes, la multitud de situaciones humanas de las que siempre se extrae alguna lección importante, su peculiar y originalísimo tratamiento de la locura, su crítica de las para entonces rebasadas novelas de caballería y más en general la crítica y superación de la literatura medieval y tantas otras cosas que podríamos sobre tan maravilloso texto.

Muy a grandes rasgos, yo diría que la producción literaria conforma una especie de espectro en el cual se transita desde las obras clásicas, desde las grandes joyas de la literatura universal, hasta los pasquines de calidad ínfima o nula, los best-sellers y los inacabables sub-productos del show-business del mercado literario de nuestros días, un bazar al que cualquiera puede entrar y que permite que cualquiera pueda sentirse novelista o poeta. Entre unas y otros encontramos toda una variedad de escritos de mayor o menor calidad. Todo éstos se pueden criticar, sobajar, convertirse en objeto de escarnio, etc., pero parece innegable que lo más torpe que podría hacerse es hacer precisamente eso con las obras ya consagradas, tratar de bajar de su pedestal a las que ya pasaron el test del tiempo. Intentar devaluar el Fausto o La Guerra y la Paz o El Sueño de una Noche de Verano o cualquiera de esas construcciones literarias que sólo pueden deparar un inmenso placer estético a quien las lee es lo más ridículo que pueda intentarse. Quien lo hace en el fondo realiza un esfuerzo, fallido de entrada, por llamar la atención sobre él; es a no dudarlo alguien con graves problemas de personalidad y de auto-imagen y mucho me temo que ese sea justamente el triste caso de Vladimir Nabokov.

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Todas las citas están sacadas del texto de Vladimir Nabokov, Curso sobre el Quijote (Buenos Aires: Del Nuevo Extremo, 2010).

Putrefacción Social a la Mexicana

1) La gente normal se horroriza, lo cual es más que comprensible, ante los terribles sucesos que tuvieron lugar hace alrededor de un mes en Iguala, Guerrero. Sin embargo, esa minoría de gente de buena voluntad, gente sencilla que todavía vive con restricciones morales, que no se cree todo permitido, desafortunadamente no siempre razona correctamente frente a las situaciones que la aterrorizan y la asquean y por ello rara vez logra forjarse una idea correcta de la situación in toto. Es, pues, muy importante hacer un esfuerzo y elevarse por encima de la descripción casi anecdótica de hechos particulares y tratar de tener una visión de conjunto para poder ofrecer un diagnóstico general apropiado. Ya ni me detengo a hacer el recordatorio de que, sobre todo en situaciones de conflicto social profundo como el que aqueja a nuestro país, pocas cosas hay que resulten tan inútiles y repulsivas (por hipócritas) como las rasgaduras de ropa y los golpes de pecho, esto es, las estériles declaraciones de indignación moral, que no sirven para absolutamente nada y menos aún cuando provienen de gente que no es ninguna autoridad moral para nadie. Desde hace mucho tiempo sabemos que los conflictos sociales no se resuelven por medio de imprecaciones morales y que el papel de plañidera política en el fondo no es más que una forma perversa de reforzar la situación general prevaleciente, el status quo. Ciertamente, no es esta la vía por la que nos interesa a nosotros adentrarnos.

2) A mí me parece que hay por lo menos dos formas de delinear el perfil del México de nuestros días. Una es a través de descripciones, esto es, por medio de palabras; otra es por medio de imágenes. Sugiero que intentemos por esta segunda vía. ¿Cómo es entonces México? ¿Cómo habría que pintarlo? No estando ya entre nosotros el magnífico Diego Rivera, que era quien veía por el pueblo de México y quien le dio rostro a su historia, ¿quién podría pintarnos un retrato del país? Yo creo que nadie. No obstante, podemos recurrir a la fotografía. Debo decir entonces que me parece que nada nos pinta mejor la faz social de México que el rostro mutilado, destrozado, torturado del joven estudiante que llevó en vida el nombre Julio César Mondragón. Lo que quiero decir es que si tuviéramos que plasmar plásticamente el rostro de México nada lo representaría mejor que el rostro desfigurado de ese pobre muchacho, víctima de un acto de salvajismo que en nuestro país ni mucho menos es inaudito. De acuerdo con el parangón, así es México, es decir, un país destrozado. No voy desde luego a solazarme con los detalles necrológicos del caso, sino que intentaré más bien reflexionar un momento sobre su posibilidad misma. ¿Cómo es posible que algo así suceda? ¿Qué clase de seres humanos genera un país en el que hay individuos capaces de ensañarse con una persona al modo como lo hicieron con Julio César, desollándolo vivo, arrancándole los ojos, el cuero cabelludo y quién sabe cuántas barbaridades más? ¿Qué clase de bestia puede hacer algo así? Y una decepcionante confirmación de que nuestra sospecha respecto a México es correcta es que suben ya hasta las narinas los hedores de la putrefacción social en la que estamos inmersos consistentes esta vez en las aburridas filípicas de siempre, plagadas de argumentos descaradamente inválidos, en contra de la sugerencia misma de que habría que condenar a muerte ya a los asesinos de Julio César. ¿Cómo es que llegamos a todo esto y cómo haremos para modificar el curso de lo que a todos luces se presenta como un tormentoso futuro?

JulioCesarMondragon

3) Yo pienso que, si es escueta, la respuesta es muy simple: en México se ha venido practicando con espantoso éxito a lo largo del último medio siglo la receta perfecta para el desmoronamiento de un país. Recordemos velozmente algunos hechos relevantes. Yo creo que podríamos aceptar in extremis que, como él mismo lo proclamaba, el gobierno de López Portillo fue el último gobierno revolucionario, sólo que él se quedó corto. Tenía que haber añadido que a partir de él empezaba la etapa de la contrarrevolución. Se dio, por ejemplo, la desnacionalización, la entrega irresponsable y criminal de la banca (ya se preparan las de la electricidad, el petróleo y demás bienes nacionales), la consciente destrucción del sistema de educación básica imponiendo un sindicato abiertamente corruptor y violentamente represor para poder controlar el movimiento de los maestros, un movimiento iniciado en los tiempos de Othón Salazar y que fuera brutalmente reprimido durante el período de López Mateos, se instauró un programa de desinformación permanente y de embrutecimiento sistemático de la población a través de los medios de comunicación (para dar un ejemplo: un noticiero mexicano es basura frente a, digamos, uno argentino), se sembraron las semillas de toda forma concebible de corrupción, tanto en el sector público como en el privado, triunfó la delincuencia organizada que pasó del mundo de las sombras al de las estructuras públicas (policíacas, judiciales, políticas, etc.) a las que inundó y medio controla, se convirtió a los rateros más grandes de la historia de México en ejemplos a emular, en grandes personajes de la vida pública, se les dio la palabra a pseudo-intelectuales mediocres, portavoces de una dizque nueva historia, destructores de los grandes héroes del pasado de México [1]  y dedicados a denigrar a nuestros héroes nacionales, por lo menos de Hidalgo en adelante (cómo odian a Juárez todos estos mentecatos que se lucen en televisión, que escriben sus articulitos de periódico porque sus escritos rara vez son aceptados en revistas especializadas). En esas condiciones, al pueblo de México no le quedó otra cosa que asirse de objetivos pueriles y de ideales nocivos, que es con los que se le bombardea mañana, tarde y noche. Al mexicano medio se le quitó hasta la posibilidad del lenguaje, como lo muestran los datos referentes a sus niveles de educación, a sus capacidades escolares y demás. Todo eso aunado a una explotación brutal (baja constante en los salarios, disminución del contenido de la “canasta básica”, desempleo sistemático, etc.), al espectáculo de los contrastes sociales cada vez más marcados y escandalosos (pensamos en gente como la pareja Fox y se nos revuelve el estómago), tenía que dar como resultado lo que estamos padeciendo ahora. La estrategia de nulificación de México, muy probablemente orquestada desde el extranjero, dio resultado. Tenemos ahora una población inculta, pobre, sin futuro, endeble y, por ende, susceptible de realizar las peores acciones. Ahí está la conexión con las masacres de Guerrero.

4) Cabe preguntar: ¿por qué sucede lo que sucede ahora si antes, digamos hace medio siglo, la gente no era así? Siempre ha habido delincuencia, prostitución, tráficos de todo tipo, pero todo eso estaba confinado a ámbitos relativamente reducidos de la vida social. ¿Cómo fue que pasamos de ser un país sin duda con problemas, rezagos, injusticias pero relativamente estable y hasta cierto punto optimista al monstruoso país de nuestros días, un país de mentiras permanentes en todos los niveles y sectores de la vida social, un país vendido al extranjero, un país al que le robaron hasta a sus héroes patrios, sus tradiciones, su cultura, un país en el que se vive con un miedo cada vez mayor, un país en el que, como lo diría un gran artista nacional, literalmente “la vida no vale nada”? Porque es muy importante entender el punto general: lo que pasó en Ayotzinapa pasa y va a seguir pasando en cualquier parte del país, en todo momento. Es una tontería pensar que lo que pasó en Guerrero es un suceso casual, único, irrepetible. Pensar eso es ridículo. Al contrario y los hechos lo confirman día tras día: allá se fueron a buscar los cadáveres de los estudiantes abducidos y se encontraron con fosas comunes de las que no tenían ni idea y lo que pasa en Guerrero pasa en Veracruz, en Tamaulipas y de hecho en cualquier estado de la República. Lo de Guerrero es un caso, particularmente espeluznante, de lo que pasa a diario en México. ¿Por qué se cometen crímenes tan horrendos en México? Porque se llevó al país a una situación de penuria, de embrutecimiento, de brutalidad en la que la vida se vuelve insoportable. Pero ¿quién comete crímenes así? La respuesta, me parece, es más que alarmante: un aspecto terrible de esta situación es que en México casi cualquier persona, millones de personas, pueden fácilmente enrolarse en las files de la delincuencia, organizada u otra, y actuar en consecuencia. A cualquier persona en México se le ocurre mandar asesinar a su vecino sólo porque tuvo algún altercado con él, bajarse de su auto con un arma en la mano por un incidente de tráfico, organizarse con otros para robar dentro de su propia institución, desfalcarla, desviar fondos, etc., etc. O sea, lo que al ciudadano medio de muchos países ni siquiera se le ocurre, aquí a millones de personas no sólo se les ocurre sino que se les antoja, aspiran a eso. Eso es México hoy y es por eso que su rostro social es el ya aludido. ¿Es mi contrastación exagerada? Me temo que no.

5) Los seres humanos no son esencialmente ni buenos ni malos. Que afloren en ellos más virtudes que vicios, que su existencia sea más justa que injusta, etc., todo eso depende en gran medida de las circunstancias por las que fluye su existencia cotidiana. Los humanos son mucho más exitosos para sobrevivir que el resto de las especies precisamente porque, entre otras cosas, tienen una mucho mayor capacidad de adaptación. Desde esta perspectiva, hay que entender que el alza en las tazas de criminalidad en México no se debe a ninguna maldad particular del mexicano, sino más bien al hecho de que su particular modo de vida quedó desquiciado, desbalanceado, truncado. La reacción natural de una población que vive en las circunstancias de insalubridad, ignorancia, hambre, falta de trabajo, etc., como lo es la que prevalece en México es naturalmente orientarse hacia lo que presenta todas las apariencias de superación de esas circunstancias y si hay algo que se presenta de esa manera es la vida delincuencial: dinero fácil, satisfacción de necesidades biológicas básicas, surgimiento de sentimientos fuertes (emociones, solidaridad, protección de la familia, etc.). El problema obviamente es que quienes se encaminan por esa senda no perciben sus peligros, no entienden que ellos mismos serán víctimas de sus propias malas elecciones, de decisiones tomadas porque no veían alternativas. Frente al mundo de la corrupción institucionalizada que lo agobia, el ciudadano no ve otra cosa para sobrevivir que la ilegalidad, pero la ilegalidad conduce directamente a la brutalidad. Esa es la situación en la que nos encontramos. Ésta no se supera con estériles y aburridas prédicas morales. Los problemas sociales se resuelven políticamente, pero esto puede querer decir dos cosas: o por paquetes de medidas urgentes y efectivas en beneficio de las grandes masas o por otros medios. Dependerá de si quienes dirigen al país se atreven a dar la batalla en el frente político o si optan comodinamente por dejar que la situación actual se intensifique, que México se deslice por vía de las grandes reformas o por la de las grandes conflagraciones. Si la vida ilegal, hasta ahora casi por completo despolitizada, se llega a politizar, vamos a vivir un México para el cual hasta la fotografía aquí empleada va a resultar totalmente insuficiente.

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[1] Ahora está de moda ensalzar al ambicioso y despiadado criminal llamado ‘Hernán Cortés’, elogiar a quien aspiraba a ser el emperador de los mexicanos, el desheredado Maximiliano de Habsburgo y compadecerse de su esposa, la demencial Carlota, ante quienes habríamos tenido que doblar la cerviz y besar la mano de rodillas, ensalzar la supuestamente brillante labor económica pionera del dictador oaxaqueño, Porfirio Díaz, etc. Todo esto y mucho más es tergiversación histórica sobre pedido.