Category: 2015-I

Fatalismo realista

La idea filosófica de fatalismo es la idea de que el futuro está ya configurado y que la única diferencia con el pasado es que en tanto que conocemos o podemos conocer los hechos del pasado no podemos conocer los hechos futuros. Esta idea de que aunque desconocido el futuro está ya determinado se funda en diversas nociones y tesis filosóficas y quizá la primera en la que habría que pensar sería la idea de que todo lo expresado por una oración gramaticalmente correcta es una genuina proposición y es por ello verdadera o falsa. Lo que puede suceder es que nosotros no podamos determinar aquí y ahora si lo que se afirma es verdadero o falso, pero esa incapacidad nuestra no altera la esencial naturaleza de la proposición, que es la de ser o verdadera o falsa. Por diversas razones, los hablantes se ven inducidos a pensar que aunque no puedan determinarlo, de todos modos una oración como ‘el 20 de abril de 2020 lloverá en la Ciudad de México’ es ya, ahora, verdadera o falsa, aunque para determinar su verdad o falsedad haya que esperar hasta esa fecha. En general, la gente expresaría coloquialmente la idea de esta manera: “Yo no sé si va a llover ese día o no, pero lo que sí sé es que o llueve ese día o no llueve ese día”. O sea, es cierto ahora que ese día o lloverá o no lloverá y eso ya está desde ahora determinado, sólo que nosotros no podemos saberlo sino hasta que pase. En otras palabras, los hechos futuros están tan configurados y determinados como los del pasado. Lo que cambia es nuestro acceso cognoscitivo a ellos: en unos casos podemos verificar lo que afirmamos, en otros no.

Intuitivamente sentimos que algo debe estar profundamente mal en esta concepción, pero ¿qué? Por razones comprensibles de suyo, no puedo extenderme en el tema todo lo que quisiera, pero me gustaría hacer unas cuantas observaciones que, si se desarrollaran, podrían quizá permitir elaborar algún argumento que echaría por tierra la visión determinista del futuro, la concepción fatalista de la realidad. La primera concierne a la noción filosófica de proposición, esto es, lo expresado por una oración, su sentido. En el marco de una concepción filosófica estándar del lenguaje el problema no tiene solución, pero si en lugar de proposiciones hablamos de movimientos en los juegos de lenguaje, entonces el panorama se aclara. Podemos entender entonces que decir que el sol estallará dentro de varios miles de millones de años no es todavía aseverar nada: es simplemente indicar que esa oración es significativa y que podría en principio emplearse en el momento y lugar apropiados. Pero eso es, por así decirlo, una promesa de proposición, no una proposición propiamente hablando. En segundo lugar, habría que señalar que cuando se habla normalmente se asume sin cuestionar que hay una relación “interna”, es decir, necesaria o esencial, entre lo que se dice, su verdad o falsedad y la verificación de la proposición por parte de los hablantes. Si quitamos el elemento de comprobación, el uso del lenguaje perdería su sentido. Nada más imagínese qué pasaría si siempre que dijéramos algo nunca nadie pudiera confirmar, checar, verificar, comprobar o refutar lo que se dice. Entonces ¿para qué decirlo? La práctica de la aseveración perdería su sentido. Eso es lo que pasaría con las oraciones en futuro si nada más sirvieran para emitir proposiciones. De hecho, nos estaríamos contradiciendo, puesto que estaríamos dando a entender que hay proposiciones (en este caso acerca del futuro) a las que no se puede ni en principio adscribirles un valor de verdad y que, por lo tanto, estrictamente hablando, no son proposiciones. En cambio, si nos fijamos en la utilidad que prestan las oraciones en futuro la cosa cambia. Aquí hay que preguntarse: ¿para qué diría alguien algo acerca del futuro cuando sabe que no puede ni verificarse ni refutarse lo que se dice? Desde luego que se pueden hacer predicciones, pero entonces entramos en el juego de las probabilidades. Y desde luego que hacer predicciones no es lo único para lo que sirven las oraciones en futuro. Imaginemos un diálogo entre dos personas en el que una de ellas le dice a la otra: “yo sé que usted me pagará mañana’. Eso puede ser una amenaza, una insinuación, una manera de ponerle fin a una conversación, una adivinanza, la expresión de un deseo y muchas cosas más. Para lo único para lo que una afirmación así no serviría sería para emitir una proposición. Pero si no es una proposición lo que está en juego entonces, en concordancia con lo dicho, ya no se está aludiendo a ningún hecho futuro y ya no se podrá afirmar que o será el caso o no será el caso eso que se afirma. Lo que pasa es que con muchas afirmaciones en futuro se hace un uso diferente del lenguaje que meramente enunciar hechos, pero si el lenguaje en futuro no sirve para enunciar hechos entonces el fatalismo se desmorona.

Yo creo que el problema filosófico del fatalismo y de la supuesta determinación del futuro es un típico pseudo-problema, pero no por ello quisiera deshacerme de la noción no filosófica de fatalismo. Yo soy de la opinión de que el futuro le plantea a la humanidad problemas mucho más serios que el de si sus hechos son contingentes o no. Y es precisamente en relación con uno de estos problemas, muy grave en mi humilde opinión, que quisiera por un momento dar expresión a algunas divagaciones. Me quiero preguntar entre otras cosas si la situación actual tenía que ser la que es o si bien el mundo habría podido evolucionar de un modo diferente.

Cuando uno logra despegarse de los hechos cotidianos relacionados con las exigencias de la vida práctica y logra conformarse una visión, por rudimentaria que sea, de alguna totalidad (de la existencia, esto es, de la totalidad de las experiencias, del mundo, es decir, de la totalidad de los hechos), siempre se sienten ganas (independientemente de cuán justificados podamos estar en ello) de hacer afirmaciones de la forma “Pero claro, tenía que ser así!” o “Visto a distancia resulta obvio que no habría podido ser de otra manera” o “Contemplado retrospectivamente, salta a la vista que no era posible otro desenlace” y así sucesivamente. “Visiones” así son visiones de corte fatalista en un sentido no filosófico de la expresión, pero no por ello igual de inútiles o menos significativas. Lo que yo quiero sostener es que una visión fatalista y pesimista de la situación actual del mundo lo hace a éste más comprensible, más inteligible y nos da elementos para esperar, con un grado aceptable de razonabilidad, un desenlace tenebroso en la secuencia de hechos que, a la manera de una tragedia griega, cotidianamente la humanidad teje. Son dos puntos de vista fatalistas, es decir, dos afirmaciones que nos llevan a aseverar que las cosas no habrían podido ser de otra manera, en favor de los cuales me quisiera rápidamente pronunciar. El primero tiene que ver con el sistema democrático y el segundo con la guerra.

Lo primero que quiero sostener (de manera vaga, lo admito, pero creo que como todo mundo me puedo permitir yo también cierto grado de vaguedad) es que eso que se llama ‘democracia’ en los regímenes presidencialistas y que es la forma de organización política propia del sistema bancario y financiero especulativo que rige al mundo, termina inevitablemente por generar un sistema político bicéfalo, esto es, termina por construir un estado con dos gobiernos. Por una complejísima evolución, lo cierto es que en la actualidad en los sistemas democráticos de modalidad presidencialista los poderes ejecutivos tienen que compartir su poder con los poderes legislativos: el presidente y las cámaras, el presidente y los representantes, los primeros ministros y las cortes, el presidente y el congreso, etc. La nomenclatura realmente no importa. El hecho es que la democracia se convierte por una evolución natural en el sistema en el que muchas de las decisiones que se toman a nivel gubernamental son sistemáticamente negociadas entre los dos grandes poderes. Naturalmente, estos poderes pueden chocar, por multitud de razones, y entonces boicotearse mutuamente. Por ejemplo, los congresos redactan leyes que no son las que los presidentes promueven y los presidentes vetan los acuerdos a los que los congresos llegan. El caso paradigmático de esta situación lo constituyen los Estados Unidos y un ejemplo contundente de la clase de conflictos al que da lugar lo proporciona el tema del tratado nuclear con Irán: la Casa Blanca aspira a manejar “diplomáticamente” a Irán (recurriendo claro está a toda clase de presiones, trampas, espionajes, provocaciones, mentiras, chantajes y demás), en tanto que el congreso norteamericano, abiertamente manejado por otras fuerzas y otros intereses, hace todo lo que puede para que dicho acuerdo no se firme. Pero no sólo eso. Digamos que, aunque sea a su manera, el presidente busca la paz con Irán, pero los congresistas buscan la guerra con ese país precisamente. Quién prevalezca frente a quién es algo de lo que nos enteraremos muy pronto, pero a mí por el momento lo que me interesa subrayar es simplemente que, contemplada a distancia esa pequeña totalidad, podemos decir algo como: claro! vistas así las cosas, entendiendo que operan permanentemente tales y cuales fuerzas políticas, financieras, propagandísticas, etc., eso que está pasando en los Estados Unidos es precisamente lo que tenía que pasar y muy probablemente lo que le pasará a todos los sistemas democráticos de corte presidencialista. Ahora bien, yo pienso que si aceptamos que eso tenía que pasar, dado que ese país es decisivo para el resto del mundo, tendremos que aceptar también que hay otra situación hacia la que el mundo al parecer también ineluctablemente se está aproximando. Me refiero a una situación de guerra total que, si bien se ha venido posponiendo, no se ve cómo se pueda evitar. Al parecer, tiene que ser así. Veamos de qué se trata.

Los Estados Unidos parecen estar dispuestos a enfrentar, y a llegar en ello hasta sus últimas consecuencias, el reto que representan el poder económico de la República Popular China y el poder militar de la Federación Rusa. Como los estados tienden (en general, porque hay excepciones de las que a veces resulta indigesto acordarse) a defender su autonomía, su patrimonio, su población, su pasado, el manejo y control de las colonias (lo que antes se llamaba el ‘tercer mundo’) se ha vuelto cada vez más complicado (salvo, repito, en relación con algunos países cobardes que, confieso, prefiero no mencionar y que optaron por el entreguismo y el derrotismo y por si fuera poco en forma alegre y triunfalista). Estos cambios explican en parte el brutal asalto del que es actualmente víctima el continente africano. Ello tiene una explicación relativamente simple: en África hay petróleo, diamantes, madera, oro, playas, etc., etc., todo lo que ahora cuesta más trabajo extraer de los países colonia. Por lo tanto, hay que conquistar África, cueste lo que cueste, y no serán ni las poblaciones locales ni los remanentes de leones, hienas y gacelas lo que detendrá el “progreso” y la “democratización” del continente. Es por eso que las masacres, los golpes de estado, las divisiones de países, el derrocamiento de regímenes establecidos no tienen fin. Añadamos a esto las interminables y espantosas guerras del Medio Oriente y de Asia, las cuales no son el resultado de improvisadas aventuras, sino de complejos cálculos económicos, políticos y militares. El problema es que esos cálculos han venido fallando pero las políticas de un imperio que, como el norteamericano, paulatinamente está entrando en una etapa crítica siguen sin modificarse. Se va generando entonces, y cada día con mayor intensidad, un escenario de confrontación global. El Medio Oriente está destruido y eso tarde o temprano va a afectar a todos los países de la zona (el agua va a faltar, las refinerías van a explotar, etc., etc.). Como las sublevaciones se multiplican y como por todos lados surgen guerrillas, milicias, ejércitos populares, los Estados Unidos incrementan vía sus aliados la represión militar. Obviamente, como los problemas no se van resolviendo de manera racional sino en concordancia con la lógica de la muerte y de la destrucción, los frentes van aumentando en número día con día. Ahora, por ejemplo, hizo su aparición en el teatro de guerra Arabia Saudita, y lo hizo bombardeando Yemen, el país vecino, sin ninguna clase de advertencia y menos aún de declaración de guerra. Sin embargo, a pesar de la sorpresa y la alevosía, lo que parecía una victoria fácil está empezando a complicarse y es evidente ahora que el conflicto no se va a solucionar en un futuro cercano. Por otras razones, conectadas de uno u otro modo con lo que pasa en el Medio Oriente y en Asia, porque todo está conectado con todo en el tablero de la política mundial, está el problema, completamente artificial de Ucrania, un problema literalmente inventado por la OTAN. Lo peligroso aquí es que las dos grandes potencias militares del mundo (¿cuál es la diferencia entre una super-potencia, como lo es Rusia, y una hiper-super potencia como los son los Estados Unidos? No hay victoria posible en un caso de ataque nuclear sorpresa y los mandos militares de ambos países lo saben) ya no se están enfrentando nada más a través de sus aliados, sin que ellos mismos están empezando a tener roces militares concretos. Ya se han producido varios incidentes aéreos entre aviones rusos y aviones norteamericanos e ingleses. Y eso va in crescendo. No estará de más recordar que los rusos no despliegan maniobras militares en el Golfo de México, pero los americanos sí lo hacen en el Báltico; que los rusos no tienen armamento táctico de alta tecnología en Cuba, pero los americanos sí quieren instalar nuevos equipos militares (“modernizarlos”) en Polonia, en la República Checa y en Ucrania. Desde la semana pasada los americanos tienen soldados en suelo ucraniano, esto es, en un país que ni siquiera es de la OTAN, supuestamente para entrenar al ejército del gobierno títere ucraniano porque simplemente éste no puede lidiar con los separatistas ucranianos pro-rusos. Como era de esperarse, los rusos respondieron levantando la prohibición de venta de los temibles misiles S-300 a Irán, lo cual enfureció al gobierno israelí. Las cosas, por lo tanto, se van complicando poco a poco pero inexorablemente y lo que es muy importante entender es que muy fácilmente se pueden configurar situaciones que los actores que contribuyeron a construirlas sencillamente no puedan ya mantener bajo su control. Es en condiciones así que puede producirse la catástrofe mayúscula. La pregunta es: ¿es lo que se está viviendo ahora una situación inevitable?¿Era verdad hace 50 años que el mundo de hoy estaría al borde de un cataclismo como no se ha visto otro? Me temo que en algún sentido la repuesta no puede ser más que positiva.

En gran medida, el punto de vista que adoptemos dependerá desde luego de la amplitud de la perspectiva que se maneje. En el plano de los hechos por así llamarlos ‘inmediatos’ ninguna previsión así era posible. Era inimaginable hace 50 años que estaríamos hoy en los límites de la convivencia y a punto de entrar en un escenario de confrontación entre las grandes potencias, una confrontación en la que, si se diera, inevitablemente tomarían parte todos los países con armas nucleares (9, si no me equivoco. Es demasiado para el planeta). Sin embargo, vistas hoy las cosas a distancia, ello ya no parece una hipótesis tan estrafalaria. Así como un búfalo al que los leones derriban pelea hasta el último momento, así los dirigentes de un imperio que se desintegra prefieren llevarse al mundo por delante antes que ver perdidos sus privilegios y sus ventajas. Y la situación es más frágil todavía cuando el estado crucial tiene de facto no uno sino dos gobiernos, que es lo que acontece con los Estados Unidos. La retórica militar de los congresistas es realmente o un gran blof y una práctica propagandística de lo más irresponsable que pueda haber o el resultado de un delirio colectivo que sólo puede tener como consecuencia una confrontación entre los grandes poderes del mundo.

La situación es sin duda alarmante, pero cuando vemos la miseria cotidiana de tantas familias, la injusticia en la que viven tantas personas, el hambre y el sometimiento por los que pasan millones de seres humanos, el horror en el que viven millones de niños en todo el mundo, cuando constatamos la esencial vacuidad y la superficialidad de la cultura imperante, cuando nos enteramos de los desastres ecológicos causados por todos en todos lados, desde el Polo Norte hasta la Antártida (eso también ahora parece que era inevitable en un mundo en el que reina la idea poco religiosa de que el lugar en donde vivimos es para explotarlo al máximo), cuando no podemos no ver la horrenda esclavitud a la que han sido sometidos los animales y las plantas del mundo, entonces nos preguntamos si ese temible potencial desenlace que parece inscrito en la naturaleza misma del sistema bancario-corporativista que nos tiene sometidos a todos y nos obliga a vivir como no queremos vivir no es en el fondo algo sumamente deseable, algo profundamente bueno, algo así como la expresión de un secreto designio corrector de un dios amoroso.

De Fracaso en Fracaso

1) Una muestra contundente de sabiduría es saber perder. Este “saber perder” puede tomar cuerpo en el reconocimiento, tanto público como “interno”, de que uno se equivocó y de que es inevitable intentar remediar el entuerto mediante acciones concretas. Otra forma como puede materializarse la modalidad de sabiduría que tengo en mente es reconociendo, aunque sea para sí mismo, que las cosas cambiaron y que se establecieron nuevos límites, que nuestro horizonte de acción se encogió y que es preciso adaptarse a las nuevas circunstancias. Y una tercera forma como se puede mostrar que se aprendieron las lecciones de la vida es reconociendo que no es ya uno quien encarna el “espíritu de los tiempos”, que las banderas que uno enarboló ya no motivan a los demás, pues se volvieron obsoletas y dejaron de ser populares. Esto que casi inevitablemente enuncio en términos personales se puede extender a países y es ese realmente el tema que me interesa abordar aquí, a saber, el de la sabiduría o ceguera de las naciones que se rehúsan sistemáticamente a admitir errores, a aceptar restricciones a sus incontenibles apetitos, a reconocer que el mundo evolucionó y que surgieron para ellas nuevos límites, limitaciones que antes no existían y a las que ahora se tienen que someter, a admitir que no representan ellas ya el ideal, el modelo a seguir. En mi opinión, salta a la vista que hay en la actualidad un país que simplemente no quiere asimilar que sus tiempos como única nación abrumadoramente dominante están en el pasado y que lo único que la mantiene en su pedestal es su todavía incuestionable poderío militar. Me refiero, obviamente, a los Estados Unidos. Intentemos justificar esta perspectiva.

2) Es a partir del auto-golpe de estado que se dieron los norteamericanos hace 14 años que se inicia su intento de reconquista del mundo, partiendo desde luego del Medio Oriente. Es claro que la dizque “guerra contra el terror”, que resultó ser, como lo podemos constatar aquí y ahora, un fracaso total, tiene como una de sus fuentes la desaparición de la Unión Soviética. Los gobernantes americanos, “sometidos” a los caprichos y a las fantasías de su clase militar, decidieron aprovechar el vacío generado por la tristemente célebre perestroika e intentaron volver a imponer su presencia militar, sus corporaciones, sus intereses económicos y geo-estratégicos sobre todo en el Medio Oriente y Asia. Pero ahora todos somos testigos de que no lograron su cometido, a pesar de la destrucción del régimen de Saddam Hussein (y de su forzosa y muy discutible expulsión del mundo) y de la invasión de Afganistán. Las pseudo-razones para intentar justificar todas las matanzas, bombardeos, destrucción, desestabilización, tortura que esa política generó no son mi tema en este momento. Todos entendemos que, examinadas seriamente, no resisten el análisis ni tienen ningún valor teórico. Lo que en cambio sí me interesa es considerar algunos casos concretos de situaciones conflictivas actuales en relación con las cuales los políticos y militares norteamericanos han mostrado en forma grotesca una formidable miopía política, una falta de sabiduría y una diabólica maldad. A estas alturas, dadas las correlaciones de fuerzas, ellos deberían abiertamente aceptar que se equivocaron, que fallaron en sus predicciones y que es sólo por su colosal armamento, su increíble soberbia, por su profunda incapacidad para entender la evolución del mundo, que siguen empeñados en implantar políticas fracasadas a priori y que a lo más que pueden llegar en su intento de dominio mundial es a la destrucción de buena parte del planeta, los Estados Unidos incluidos, desde luego. Los casos que tengo en mente para ilustrar mi convicción son Cuba, Ucrania e Irán.

3) Consideremos primero Cuba. Empecemos por recordar (porque el recuerdo nos es grato) que hubo un líder que vapuleó política y diplomáticamente a 10 administraciones norteamericanas, a saber, el comandante Fidel Castro. Con él no pudieron ni en sus mejores tiempos. De ahí que el “encuentro” entre Raúl Castro y Barack Obama no pueda ser visto como el resultado de un acto de magnanimidad por parte del presidente de los Estados Unidos. Estamos más bien ante el reconocimiento de facto de que el estado más poderoso del planeta no pudo acabar con la Revolución Cubana. El fenómeno de acercamiento es a no dudarlo interesante e importante, porque para explicarlo entran en juego no sólo los actores políticos directos, sino muchos más. A los americanos les importa mucho, por ejemplo, disociar a Cuba de Rusia y toda esa zalamería y esos encabezados del New York Times y en general de la prensa norteamericana sobre el “encuentro histórico” entre Raúl y Obama es una pantalla de humo. Podemos con confianza afirmar que los dirigentes norteamericanos están completamente equivocados si creen que van a poder desmantelar los logros de la Revolución y hacer que Cuba regrese a situaciones pretéritas y rebasadas. Cuba nunca volverá a ser un garito y un lupanar para norteamericanos depravados. A diferencia del estadounidense, el pueblo cubano es un pueblo instruido y políticamente alerta. 50 años de Comités de Defensa no se esfuman por tramposas promesas de inversiones, creaciones de Disneylandias o incremento en el turismo. Obama tuvo que hacer lo que otros presidentes no pudieron hacer, porque las condiciones no estaban dadas. ¿Y cuáles son esas condiciones? En primer lugar, el costosísimo fracaso militar de los Estados Unidos en Asia; en segundo lugar, el resurgimiento de Rusia como super-potencia (con un super-líder al frente) y el acelerado e incontenible desarrollo económico y militar de China. Todo mundo entiende que en cualquier escenario de guerra total, los adversarios serán siempre los Estados Unidos y la OTAN (e Israel), por un lado, y China y Rusia, por el otro. Cada día estamos más cerca en el que los Estados Unidos simplemente no sólo no podrán ganar el enfrentamiento militar, lo cual ya es el caso, sino que podrían perderlo. En esas condiciones, la mano tendida a Cuba no es un gesto de humanismo, no es el reconocimiento de que se practicó durante medio siglo una política bárbara contra toda una población. Es la expresión de una derrota política y diplomática. El problema es que esto no se quiere reconocer. Esto, como argumentaré, es un error.

4) La aventura americana en Ucrania es también el símbolo de que se está llegando al fin de una era, la era de la mal llamada ‘Pax Americana’ (sencillamente nunca hubo “pax” mientras ellos dirigieron los destinos del mundo). El caso de Ucrania es el de una peligrosa escalada en la política de provocación en contra de Rusia. Los roces entre bombarderos y cazas en el Báltico se están multiplicando y eso puede desencadenar una confrontación muy seria, muy peligrosa y lo peor: gratuita. Las raíces del problema no tienen nada que ver con la auto-determinación de los pueblos ni nada que se le parezca. Ucrania y Rusia siempre han vivido en un estado de simbiosis. Nikita Kruschev, ni más ni menos que el sucesor de Stalin, era ucraniano. Lo que no se esperaban los americanos fue la reacción de Vladimir Putin en Crimea y el límite que les marcaron las brigadas pro-rusas de Ucrania. Los americanos, todo mundo lo sabe, no cumplen sus promesas, no respetan sus propios protocolos (por ejemplo, en el uso de drones), no respetan a las poblaciones civiles, no se ajustan a los tratados que firman (léase, por ejemplo,‘Tratado de Libre Comercio con México’), es decir, no se imponen a sí mismos límites cuando están en posición de usar la fuerza. Para ellos todo es factible, todo está permitido. Por ejemplo, ahora ya sabemos a ciencia cierta que el avión malayo de pasajeros no fue derribado desde tierra por los milicianos pro-rusos, sino por aviones del gobierno ucraniano usando para ello armas americanas y obviamente siguiendo instrucciones de la OTAN. Sin duda los esfuerzos de desestabilización en las zonas fronterizas con Rusia responden a muy variadas razones, pero no hay duda de que una de ellas fue que Putin prácticamente eliminó del panorama político y económico a quienes en Rusia la gente llamaba los ‘oligarcas’, esto es, los que de hecho con la ayuda del alcohólico Yeltsin se robaron prácticamente toda la riqueza de la Unión Soviética, casi todos ellos de origen judío. Esa medida de Putin le ganó el odio de los poderosísimos grupos sionistas de los Estados Unidos, los cuales decidieron castigar a Rusia y como el gobierno norteamericano está casi totalmente en el bolsillo del AIPAC (Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelí) y de decenas de otras asociaciones como esa, entonces se implementó la política de agresión contra ese país en todos los frentes menos el militar. Rusia, sin embargo, no es Siria y por lo tanto sólo la puede destruir el país que esté dispuesto a ser a su vez destruido. Se instauró entonces una política de bloqueo y de aislamiento para poner de rodillas a Rusia, sólo que no les funcionó. El problema es que los americanos y sus secuaces no parecen entender que ellos ya no fijan solos las reglas ni pueden configurar las situaciones que se les antoje sin que paguen las consecuencias. Así, si bien es cierto que su política generó problemas económicos en Rusia, porque bajaron dramáticamente los precios del petróleo a sus más bajos niveles en muchos años, porque la inflación subió, etc., lo único que lograron fue tener ellos mismos problemas económicos y que Putin ampliara y extendiera sus relaciones con otros países europeos y asiáticos. Dicho de otro modo, el tiro les salió por la culata. Esa política anti-rusa de bloqueo les ha generado a ellos problemas económicos, de suministro de alimentos, de intercambios culturales, comerciales, financieros, etc., y Rusia se vio obligada a diversificar sus contactos, entre otros con diversos países europeos que ya no están dispuestos a ir hasta donde los Estados Unidos pretendan llevarlos. Se acabó, pues, la completa preponderancia de los norteamericanos hasta con sus aliados. ¿Cuál es el problema? Que no lo quieren ver, que no lo quieren reconocer. Los americanos se niegan a admitir que ya no sólo ellos fijan la agenda y los tiempos del mundo.

5) El tercer caso es Irán. Primero, hay que enfatizar que tuvieron que negociar con Irán un tratado de no proliferación de armas nucleares. En otros tiempos, como en 1953 cuando los servicios secretos americanos y británicos derrocaron a Mossadegh, quien había sido democráticamente elegido y había nacionalizado el petróleo, el gobierno norteamericano impuso en Irán al execrable, al detestable Shah, quien obviamente de inmediato le abrió las puertas a las compañías petroleras norteamericanas. Después de la revolución del Ayatollah Khomeini, hasta su embajada fue asaltada y, en tiempos de Carter, se inició una operación militar que terminó en el más grande ridículo cuando las fuerzas americanas aterrizaron en el desierto, en lugar de hacerlo en Teherán. Desde entonces Irán creció, se fortaleció y ahora golpes de estado como los de hace 60 años ya no son ni imaginables. Ahora el gobierno norteamericano tiene que negociar, cosa que ellos no hacen si pueden imponer sus acostumbradas leyes de cow–boys. Desde luego que militarmente podrían acabar con Irán, pero eso tendría tan terribles repercusiones en el Medio Oriente y más allá que no les queda otra cosa que hacer que negociar. Y cuando nos enteramos de las peripecias y el resultado de la negociación confirmamos lo que dijimos más arriba: los Estados Unidos ya no fijan arbitrariamente y a su gusto las reglas del juego político internacional. Y una vez más: ¿qué lograron con toda esa presión económica que han venido ejerciendo sobre Irán? Si conjugamos el conflicto de Crimea con el problema de Irán e Israel, lo natural y previsible era que Rusia levantara la prohibición de venderle a Irán los misiles S-300. Y eso es precisamente lo que pasó. Irán ganó una negociación y se fortaleció. El problema, lo repito, es que los norteamericanos no quieren aprender la lección de la historia. Su situación es más o menos como la de un imaginario emperador romano que de pronto apareciera en el siglo IV y quisiera mandar en Roma como en la época de los Césares. ¿Qué pensaríamos? Que no entendió nada. Algo así, mutatis mutandis está pasando con los policy-makers y sobre todo con los militares norteamericanos. Estos últimos, hay que decirlo, sí representan un grave peligro para todos, porque pueden querer a toda costa forzar a los distintos gobiernos civiles de los Estados Unidos a que impongan una política que lo único que podría acarrear sería la destrucción de todo.

6) Algo que es muy preocupante es que no sólo los americanos no quieren aceptar la evolución del mundo y tratan infructuosamente de forzarla para orientarla en la dirección que a ellos convendría, sino que otros gobiernos y otros políticos tampoco entienden sus propias lecciones históricas. En la reciente cumbre de las Américas, el papel triste, deprimente, vergonzoso lo hizo México. Ciertamente, el actual presidente de México no se comportó como lo hizo Fox en la anterior Cumbre, en donde hizo gala (como era su costumbre) de una lacayuna actitud frente a Bush. Fox, hay que decirlo, es simplemente insuperable en lo que a ridiculez y vulgaridad atañe, cualidades que resaltan todavía más cuando se le compara con personajes como Hugo Chávez, Lulla da Silva y Néstor Kirchner, con quienes tuvo el privilegio de interactuar en aquella ocasión (relación asimétrica, desde luego). En esta ocasión, el contraste fue más bien entre las suaves afirmaciones del presidente de México y los decididos discursos de la presidenta de Argentina y de los presidentes de Bolivia y de Ecuador. Yo no tengo idea de quién le prepara sus alocuciones al presidente, pero desafortunadamente lo que éste leyó fue un texto que nosotros calificaríamos como de ‘típicamente priista’: demagógico, vacuo, pueril, superficial, retórico en el peor sentido de la expresión, un discurso de esos a los que los mexicanos ya están acostumbrados, pero que está totalmente fuera de lugar en foros como el de Panamá. Pero el punto al que quería llegar es simple y es el siguiente: los americanos no quieren aprender su lección, pero por lo visto los mexicanos tampoco la suya. Todo indica que así como los dirigentes de los primeros se siguen creyendo omnipotentes cuando ya no lo son, así también nuestros dirigentes una y otra vez rechazan asimilar la lección histórica mexicana por excelencia, la más palpable y obvia que pueda haber, a saber, la triste verdad de que lo peor que se puede hacer es venderse a los Estados Unidos, entregar nuestra autonomía, nuestras riquezas (o lo que queda de ellas), dejar que penetren en nuestro territorio a través de sus organismos policiacos y así indefinidamente. Si los americanos no aceptan sus lecciones vitales cometerán errores y el desenlace será peor para ellos. Y si los mexicanos no entienden que hay que apostarle a la independencia, a desarrollar al máximo los vínculos con los países de América Latina, a diversificar nuestras relaciones culturales, financieras, comerciales, militares, deportivas etc., con otros países (con Rusia, por ejemplo), si no aprenden de una vez por todas a deslindarse de los voraces intereses de los vecinos, si no quieren entender que hay valores que son irrenunciables, entonces seguiremos todos pagando las consecuencias de no haber asimilado una lección histórica tan grande como el maravilloso continente en el que vivimos.

Aclaraciones en torno a un artículo de Guillermo Hurtado

1) Inevitablemente, para estas líneas un tanto improvisadas y que no tenía proyectado redactar, tendré que hacer un poco de publicidad no deseada, pero mucho me temo que simplemente no haya opción. Voy a tener que publicitar, violentando levemente mis principios y valores, las aportaciones periodísticas de un destacado colega, ex-director él mismo del instituto donde trabajo, y digo ‘violentando’ porque, por razones que iré ofreciendo y como podrá apreciarse, tengo que confesar que sus declaraciones y pronunciamientos han generado en mí una cada vez más pobre impresión, tanto literariamente como desde el punto de vista del contenido. Aunque haré un esfuerzo para no extenderme sobre el tema (sobre el cual se podría decir mucho), diré de todos modos más abajo unas cuantas palabras sobre lo que podríamos llamar ‘potenciales motivaciones panfletarias’. Esta propaganda involuntaria acarrea, no obstante, un cierto beneficio consistente en que quienes se sientan atraídos por el cebo periodístico tendrán la oportunidad de delinear por cuenta propia el perfil del interfecto y podrán extraer sus propias conclusiones. Por mi parte, admito que no quisiera repetir la experiencia, por lo que trataré de responder en forma tajante y definitiva a lo que me parece que es un intento fallido más de estigmatización de un mexicano ilustre por parte de alguien incomparablemente menor. Permítaseme que me explique.

2) En una de sus últimas contribuciones como articulista de periódico, Guillermo Hurtado afirma lo siguiente:

Entre diciembre de 1934 y abril de 1935, Caso debatió en las páginas de El Universal con Francisco Zamora y Vicente con Lombardo Toledano sobre el materialismo histórico. En aquella ríspida polémica, Caso fue tachado como un intelectual conservador, e incluso como un enemigo de la Revolución. Pero hoy podríamos decir que Caso era, en realidad, un revolucionario de los de entonces —para usar la frase de Luis Cabrera— y que los marxistas como Narciso Bassols y Vicente Lombardo Toledano eran los enemigos de la Revolución original, la de Francisco I. Madero.

Aquí hay precisiones que hacer.

3) En relación con su dicho, Hurtado amerita que se le refresque la memoria. Hay algunos hechos que no debería haber pasado por alto, sobre todo para evitar ese tonito de “small talk”, superficial y barato, que a menudo adopta para hablar de temas de historia nacional que merecen respeto y otra clase de tratamiento y enfoque. Vayamos, pues, por partes.

Primero, dada la redacción de Hurtado, cualquier lector extrae fácilmente la conclusión de que el Lic. Bassols estuvo involucrado en la famosa controversia sobre el materialismo. No es el caso. Obviamente Hurtado ignora que hay una carta de Antonio Caso, de cuando fue maestro de lógica en la Preparatoria Nacional, en la que (cito de memoria porque no tengo el texto a la mano) elogia la inteligencia y la dedicación de su más brillante alumno, a saber precisamente Narciso Bassols. Lo cierto es que la relación entre el Mtro. Caso y el Lic. Bassols siempre fue de mutuo respeto, independientemente de sus respectivas posiciones en relación con diversos temas de interés nacional. Pero hay que enfatizar que el Lic. Bassols nunca entró en polémica pública con Don Antonio Caso, su ex-maestro de lógica.

Segundo, seamos claros: la esencia del maderismo es el anti-re-eleccionismo (“Sufragio Efectivo-No Re-elección”). Ahora bien, cuando Madero hizo su entrada triunfal en la Ciudad de México Narciso Bassols tenía 14 años y a diferencia de Hurtado el joven Narciso Bassols abiertamente apoyaba al partido anti-re-eleccionista. Al igual que mucha gente que así se auto-denomina, Hurtado se declara ‘maderista’ cuando en realidad su conducta indica que repudia el maderismo, porque ¿acaso no fue él re-elegido director del Instituto?¿En qué consiste entonces su adhesión al maderismo? Eso de declararse maderista es una buena pose, porque en general lo que se hace es decir que se es maderista pero de hecho lo que se promueve (en general con pésimos argumentos) es lo contrario, esto es, la re-elección – de diputados, senadores, gobernadores, etc., todo ello como parte de una inevitable campaña previa para poder finalmente plantear el álgido tema de la re-elección presidencial. O sea, los maderistas actuales, como Hurtado, son quienes promueven la política más anti-maderista que pueda haber! Para nosotros lo importante, sin embargo, es que por cómo sucedieron los eventos en la capital del país, por la muerte prematura del caudillo, etc., el maderismo no pasó de lo estipulado en el Plan de San Luis y en él no hay prácticamente nada sobre educación. Por ello, lo más grotesco, lo más absurdo que se puede hacer sea contraponer el maderismo con los programas educativos de los años 30 en México, cuando el país se encontraba en una situación completamente diferente (se había vivido no sólo un terrible movimiento armado, sino la espantosa guerra cristera) y tenía nuevas aspiraciones y objetivos. En pocas palabras: no tiene nada que ver una cosa con la otra. Inferir, por lo tanto, que el Lic. Bassols y el Mtro. Lombardo Toledano eran “enemigos de la revolución maderista” es absurdo y es un non-sequitur colosal, poco digno en verdad de alguien que se supone que llevó por lo menos un año de lógica en la universidad. Yo infiero que el Lic. Bassols, al igual que el Mtro. Caso, habría podido enseñarle a Hurtado a extraer lo implicado en las premisas, pero no ahondaré en el tema. Me es suficiente con hacer ver que hay mala fe en la “argumentación” de Hurtado.

Tercero, Hurtado no parece haberse enterado de que el Lic. Bassols no tuvo formalmente mucho que ver con lo que se llamó la ‘educación socialista’ y no porque no simpatizara con un proyecto así, muy de la época dicho sea de paso, sino porque cuando se implantó él ya no era Secretario de Educación. Es altamente probable que Hurtado se haya confundido y haya mezclado el tema de la educación socialista con el muy grave conflicto que llevó al Lic. Bassols como Secretario de Educación a chocar con el retrógrada clero mexicano, el cual manipulaba a las asociaciones de padres de familia, por haber implantado lo que se denominaba la ‘educación sexual’. Sería bueno que Hurtado, quien supuestamente investiga el pasado ideológico reciente de México, se informara en serio sobre la reforma educativa implementada por el Lic. Bassols desde la Secretaría y con el ejemplo, una reforma alabada por más de algún historiador (algunos de ellos extranjeros) y sobre todo, que recabara datos sobre lo que era la educación en México y sobre cómo y quién la impartía previamente a la labor desarrollada por el Lic. Bassols desde la Secretaría. Es de suponerse que él, que es “fan” de Vasconcelos (“el gusto se rompe en géneros”, como dicen), debería poder hacer un trabajo comparativo objetivo e iluminar a su público. Por ahí le recomiendo el librito de S. Novo, “Jalisco-Michoacán”, el cual quizá podría serle útil. A ver si todo ello le infunde un poquito de perspectiva histórica, que buena falta le hace.

Cuarto, es lamentable tener que constatar que le falta a Hurtado familiaridad con la vida intelectual del México de los años 30 y 40. Si no fuera así, él sabría que ese distinguido Secretario de Educación al que alude, esto es, Jaime Torres Bodet, era un individuo que aunque ciertamente no comulgaba con la perspectiva progresista del Lic. Bassols, de todos modos lo admiraba y respetaba profundamente. De hecho se tuteaba con Doña Clementina Batalla, esposa del Lic. Bassols. Ni mucho menos es descabellada la idea de que el libro de texto, que Torres Bodet hizo realidad cuando fue Secretario de Educación, a finales de los años 50, está inspirado en mucho de la labor educativa del ministro Bassols. Las contraposiciones y contrastes fáciles que tanto gustan a Hurtado, para lo cual lo único que se requiere son etiquetas y clichés, lo único que logran es enturbiar el pasado del país y claramente se fundan en un soberbio desconocimiento de primera mano de muchas personas y situaciones, pero revelan también la presencia de otros factores que es imposible no percibir. Por eso yo me pregunto: realmente ¿para quién escribe Hurtado?¿Qué persigue? ¿Con quién quiere quedar bien? La verdad es que preferiría no entrar en detalles, pero sí me resulta imposible no decir unas cuantas palabras sobre tan escabroso tema.

4) Debo reconocer que si tuviera por la fuerza que elegir entre leer un artículo de Ricardo Alemán y uno de Guillermo Hurtado creo que sin mayores titubeos elegiría uno del primero. Por lo menos en ese caso uno ya sabe qué esperar; más aún, ya se sabe que no hay ninguna reflexión seria de por medio sino mera labor de zapa del más burdo nivel. Pero debo reconocer que Hurtado es desconcertante. En lo que a mí concierne, no me resulta fácil combinar su formación con productos tan desesperadamente  banales y vacuos como su artículo sobre “queremos vacaciones”, su loa a uno de los presidentes más execrables y detestados de todos los tiempos, i.e., Miguel Alemán Valdés, el uso personalizado que hace de una columna de un diario de distribución nacional, la presentación de pequeños panfletos sobre temas de interés académico pero que no podrían nunca adquirir el status de artículos en revistas profesionales. Sólo eso basta para que uno se desinterese de dicha “producción” y no habríamos pasado de ahí. Pero cuando Hurtado mediante comparaciones amañadas, recurriendo a formas de presentación tendenciosas, intenta (a final de cuentas, sin lograrlo) manchar la reputación de la poca gente verdaderamente ilustre que ha dado este país, entonces nos vemos forzados a volver a leerlo y a responderle. Muchos en el medio sabemos qué clase de motivaciones tiene Hurtado, de cuán delirantes pueden llegar a ser sus aspiraciones a hacer una carrera de administración académica y es imposible no vincular todo eso con lo que afirma en el periódico en el que escribe. Hurtado ha de pensar que bien vale París una misa y que si por un poquito de amarillismo politiquero, de difamación velada, de tergiversación ad hoc queda bien con alguien bien ubicado y que (por las razones que sean) quiere ver publicado lo que él firma, entonces se vale, es legítimo. El problema es que es difícil ocultar motivos y propósitos. Como por casualidad, los escritos de Hurtado siempre concuerdan con la línea que automáticamente se marca desde los puestos de poder, académico o de otra clase. Lo irónico es que es altamente probable que Hurtado se engañe, porque lo que México necesita es justamente lo contrario, es decir, gente que piense libremente, que sea crítica de nuestras instituciones, de las políticas que se imponen. México no necesita sofistas, intelectuales a sueldo, sino espíritus libres, gente genuinamente preocupada por el destino de este pueblo golpeado y mancillado una y otra vez, gente que realmente se preocupe tanto por nuestro pasado como por nuestro presente y nuestro futuro, gente que tenga motivaciones impersonales. Es precisamente en pretender denostar a personas que trabajaron denodadamente para este país, que entregaron su vida por él en circunstancias muy adversas y ciertamente muy diferentes de las agradables circunstancias que a Hurtado le tocó vivir que consiste el anti-nacionalismo intelectualoide de nuestros días. Pero que ni Hurtado ni nadie se olvide de que, en última instancia, no fueron los sofistas sino los Sócrates y los Platones quien pasaron a la historia y si tuviéramos eso en mente no tendríamos que estar haciendo aclaraciones como las de esta un tanto forzada y precipitada contribución.

Comentarios sobre el argumento ontológico de San Anselmo

I) Justificación

Para ser sincero, quisiera darle al lector un respiro (y dármelo a mí mismo) y dejar por un momento los temas a la moda, los temas “de actualidad”, en relación con los cuales las más de las veces lo que los comentaristas hacen es volver a contar un episodio (volver a narrar lo que todo mundo ya sabe) y decir al respecto lo que les viene en gana, lo cual no es una faena particularmente difícil. Siento, por lo tanto, la necesidad de dejar de hablar de elecciones, democracia, delincuencia y múltiples otros temas parecidos para concentrarme, aunque sea momentáneamente, en alguna clase de reflexión más impersonal, sobre un tema de interés universal y en relación con el cual podamos en alguna medida ejercer nuestras limitadas facultades de raciocinio. Se me ocurrió entonces que podría decir algo relacionado con el curso de filosofía de la religión que imparto en el Colegio de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Hace unos 9 años, más o menos, impartí un curso parecido, pero contrastando mis notas de aquel curso con lo que he preparado ahora me doy cuenta de que mi punto de vista se modificó en relación con un tema específico y que lo que antaño me pareciera una argumentación inválida ahora me parece ser (como a algunos otros pensadores que respeto y admiro, como Normal Malcolm) básicamente correcta. Para no mantener al lector en la expectativa, le diré que mi tema (de un par de sesiones) es una auténtica joya filosófica. Me refiero al famoso argumento articulado por un monje que vivió hace 10 siglos, San Anselmo, y que pasó a la historia como el “argumento ontológico”. Para mí, el problema no es ya la legitimidad de la conclusión, sino cómo interpretar el resultado. Veamos, pues, de qué se trata.

II) El trasfondo

En este curso he venido desarrollando una tesis, controvertible desde luego, concerniente a la gestación y desarrollo del teísmo clásico, esto es, la creencia en un Dios, creador, omnisciente, omnipotente, ilimitado, protector, etc., y he tratado de hacer ver que dicha creencia fue el resultado de la fusión de diversas fuerzas “culturales”. En particular, encontramos elementos de platonismo, ya que fue Platón quien primero habló no de un creador pero sí de un diseñador del mundo, a quien llamó el ‘Demiurgo’. Se deja sentir también la presencia del aristotelismo puesto que, muy en la línea platónica pero con otro aparato conceptual y más ambicioso quizá, Aristóteles postuló su Motor Inmóvil, esto es, Dios, inteligencia pura, no corpórea sin la cual, sin embargo, el movimiento en el mundo no se explicaría. Pero es en el siglo III después de Cristo cuando, sintetizando la sabiduría de los griegos, con el gran pensador de origen africano pero que desarrolló en Roma su inmenso trabajo filosófico, Plotino, que la espiritualidad alcanza su máxima expresión. El producto fue la así llamada ‘teoría de las emanaciones’, una compleja pero muy bien armada concepción mediante la cual Plotino explica la racionalidad del universo y el puesto del Hombre en él. Todas esas construcciones son, aparte de edificantes, apasionantes y hermosas pero adolecen de un defecto: son demasiado intelectualistas y no tienen la capacidad de generar una religión. Definitivamente, con un pensamiento como el de Plotino las delicias de la vida espiritual quedan reservadas para unos cuantos privilegiados susceptibles de comprenderlo y disfrutarlo. No obstante, las bases racionales para el surgimiento de la religión estaban dadas, sólo que faltaba algún componente importante.

Éste vino del Medio Oriente y, más precisamente, del judaísmo, mas no del judaísmo ortodoxo sino de la rama disidente representada por Jesús de Nazaret y su pequeña secta y recogido y elaborado a través de los grandes mitos creados por San Pablo, el verdadero diseñador de la religión católica. Lo que con el cristianismo se difundió fue el monoteísmo, la idea de un Dios único, y fue con la fusión del pensamiento racionalista griego y romano con el monoteísmo de origen judío que surgió una religión que muy rápidamente se apoderó del mundo occidental dominado a la sazón por Roma, esto es, básicamente Europa, el norte de África y el Medio Oriente. Los grandes mitos paulinos (Dios crucificado, Dios Hijo inmolado para salvar a los pecadores, Dios nacido de una virgen, etc.) se fueron poco a poco apoderando del imaginario colectivo y terminaron por arraigarse en las mentes de los hombres de aquellos tiempos junto con las instituciones correspondientes que se fueron paralelamente creando. Sin embargo, faltaba todavía mucho por hacer para que doctrinalmente la religión católica, por así decirlo, cuajara. Hacer que así fuera fue labor de los Padres de la Iglesia, empezando por San Agustín, en el siglo V. Como puede verse, el proceso de formación de eso que ahora es dado in toto, como una unidad, llevó muchos siglos y muchas controversias conformarlo y más que eso, porque las controversias para ajustar la doctrina, seleccionar los Evangelios, etc., eran a menudo violentas, como lo cuentan las reconstrucciones de los grandes concilios ecuménicos.

Con la idea monoteísta de Dios en circulación casi automáticamente se fueron creando en el lenguaje natural (es decir, no técnico o teológico) la familia de nociones religiosas que se requería, conformada por nociones como las de fe, pecado, milagro, rezo, infierno y muchas más. La vida se fue canalizando a través de la institución de la Iglesia Católica y de la creencia en Dios. Poco a poco, los conceptos religiosos se fueron más o menos aclarando, salvo uno: el de Dios! Qué situación tan curiosa: toda la vida giraba en torno a la noción de Dios y nadie podía resolver el problema fundamental que dicha noción planteaba. ¿Cuál era dicho problema? La respuesta es obvia: determinar si efectivamente hay un ser así. Eso nadie lo podía demostrar. Pero eso era demasiado paradójico: como dije, todo giraba alrededor de la idea de Dios, pero no se sabía si Dios existía! A partir de la obra de San Agustín, pasaron 6 siglos hasta que entró en escena el primer gran pensador que ofreció lo que él consideró una prueba irrefutable de la existencia de Dios. Su prueba pasó a la historia como el ‘argumento ontológico’. Ocupémonos rápidamente de él.

III ) Los argumentos de San Anselmo

Es en su libro Proslogio que San Anselmo presenta entremezcladas dos líneas de razonamiento claramente discernibles y que apuntan a lo mismo. El primer argumento, que es inválido, es el siguiente: podemos pensar en un ser mayor que el cual ningún otro puede ser concebido. O sea, podemos pensar en un ser más perfecto que el cual ningún otro puede ser concebido. Pero si efectivamente lo pensamos, es decir, lo tenemos en la mente, entonces ese ser tiene que existir también fuera de la mente, porque de lo contrario no habríamos estado pensando en el ser más perfecto que el cual ningún otro puede ser concebido, puesto que podríamos pensar en otro que, además de ser concebido, efectivamente existiera en la realidad. Por lo tanto, si logramos pensar en el ser mayor que el cual ningún otro puede ser concebido, entonces tenemos que admitir que ese ser existe, pues de lo contrario nos estaríamos contradiciendo.

Dije que el argumento es una joya de pensamiento porque de inmediato nos pone en contacto con diversas problemáticas filosóficas, de lógica filosófica y teoría del conocimiento en especial. El argumento presenta varias fallas, pero voy a limitarme aquí a señalar una de ellas, porque otras requieren de explicaciones técnicas y no es ni factible ni deseable presentarlas en este espacio. La objeción que me parece más fácil de aprehender consiste simplemente en decir que Anselmo no respeta la fundamental intuición de que las cuestiones de existencia no se dirimen por medio de definiciones, sean éstas las que sean. Podemos postular lo que queramos, pero determinar si eso que postulamos existe en la realidad o no requiere de una investigación que no puede ser meramente de carácter semántico o lingüístico. Hay, como dije, otros argumentos en contra del de Anselmo, que tienen sobre todo que ver con la noción de existencia y que ciertamente lo echan por tierra. Lo interesante, sin embargo, es que Anselmo tiene otro argumento, que no es tan fácil de nulificar. Intentemos reconstruirlo.

El segundo argumento de Anselmo es de carácter modal, es decir, en él se apela a nociones modales, como las de necesidad o posibilidad. Se nos dice lo siguiente: es posible pensar en un ser cuya no existencia no es posible, es decir, cuya existencia es necesaria. Un ser así es más perfecto que cualquier otro cuya no existencia sí es posible, esto es, no es necesaria (es contingente). Pero si efectivamente podemos concebir que no existe ese ser cuya no existencia no es concebible, entonces en realidad no estábamos pensando en el ser cuya existencia es necesaria. Tenemos que aceptar, por lo tanto, que si efectivamente concebimos el ser cuya no existencia no es posible concebir, entonces tenemos que aceptar que dicho ser existe en la realidad. Dicho ser se llama ‘Dios’.

IV) Breve discusión

Yo pienso que Anselmo tiene razón, sólo que la conclusión que él extrae requiere de interpretación. El primer argumento no es demostrativo y el segundo lo que demuestra es que Dios es un ser necesario. Pero lo que estos dos resultados implican es pura y llanamente que el teísmo clásico es falso, porque el teísmo presupone que Dios es un objeto (un ser) y el primer argumento falla en demostrar que hay tal objeto; y lo que el segundo argumento prueba es que Dios es un ser necesario y por lo tanto no es un objeto, es decir, no es realmente un objeto más. ¿Por qué? Para decirlo un tanto paradójicamente, porque un objeto necesario no es un objeto. Un objeto necesario tiene sólo propiedades necesarias. Esto concuerda con nuestra noción usual de Dios: todos hablamos de Él como todopoderoso, infinitamente bueno, ilimitado, que existe necesariamente etc. Como entonces ya no nos las habemos con un objeto más, tenemos que tratar de determinar de qué hablamos cuando hablamos de Dios como de un ser necesario, a sabiendas de que no hablamos ya de un objeto particular, por especial que sea.

Esto nos lleva al terreno de la interpretación y de cierta especulación filosófica. Queríamos saber qué significa decir que Dios es un ser necesario. Dijimos que significa, por lo menos en parte, que todo lo que prediquemos de Él tiene el carácter de necesidad (bondad, indestructibilidad, sabiduría, etc.). Pero el siguiente paso ahora es preguntarnos: ¿para qué queremos un concepto así?¿Por qué los seres humanos sintieron la necesidad de construir el concepto de un ser más perfecto que el cual ningún otro puede ser concebido? Y para responder a esto tenemos que salirnos del ámbito de la argumentación para pasar al de la aclaración conceptual. ¿Por qué es el concepto de Dios, entendido como un ser necesario, tan importante en o para la vida humana?¿Por qué, si Anselmo tiene razón, no podemos decir significativamente que Dios no existe?

El concepto de Dios, entendido como ser supremo, es indispensable por razones de ética. Hasta el más perfecto de los individuos ha cometido alguna injusticia, ha matado algún animalito que nunca le hizo nada, ha tenido algún desliz, ha cedido a alguna tentación. Entonces si alguien se arrepiente sinceramente por algo que hizo y necesita, por la razón que sea (porque lastimó a un inocente, porque humilló a alguien humilde, porque destruyó una familia, etc.), pedir perdón, quiere sentirse redimido: ¿quién lo va a juzgar?¿Alguien que, por decente, correcto, bueno que sea, de todos modos es como él, es decir, imperfecto? No. Tiene que ser alguien absolutamente intachable, algo que esté por encima de cualquier falla imaginable, alguien perfecto. Sólo Dios es así. Es por eso que el concepto de Dios es indispensable: porque sólo Él me puede condenar o perdonar. Lo demás es justicia humana y ya sabemos todos lo que eso es. De manera que si no tuviéramos el concepto de Dios tendríamos que conformarnos con la injusticia humana y entonces estaríamos perdidos. Como bien dijo Ludwig Wittgenstein: “¿De qué te sirve tener todo el dinero del mundo si tu alma está perdida?”

Unas cuantas palabras acerca de la realidad religiosa del mundo actual se imponen. El hombre de hoy no cree en Dios. Los intelectuales, los científicos no creen en Dios porque ridículamente imaginan que creer en Dios es asumir el teísmo clásico. No parecen ser capaces de entender que el teísmo clásico no es más que el resultado de una interpretación del lenguaje religioso. O sea, no saben fijarse en las funciones reales de dicho lenguaje. Y, por otra parte, la gente se entusiasma con el dios teísta, con el dios con el que pueden comerciar, rogarle para que les vaya bien en los negocios, en toda clase de andanzas, hasta para el crimen. Todo eso son formas irracionales de religiosidad, superchería, como diría Kant mera (y mala) “ilusión trascendental”. La verdadera vida religiosa es totalmente interna, silenciosa, pues se expresa sobre todo a través de las acciones que se realizan, moviendo siempre al individuo por el intenso deseo de complacer al ser mayor que el cual ningún otro puede ser concebido. Es esa una lección que nos sirve hoy y que podemos derivar del pensamiento que nos legara un monje benedictino que escribió hace 10 siglos.

Todos Unidos con Carmen Aristegui!

Mentiría si afirmara, aquí y ahora, que concordaba en todo o que me gustaba en forma irrestricta el programa de noticias conducido por Carmen Aristegui en MVS radio, oficialmente de 6 a 10 de la mañana. Ciertamente no es el caso. Hubo días en los que me quedé con la sensación de que el programa había tenido tintes amarillistas y hasta de mal gusto, como el caso de la anciana de Zongolica; tuve la impresión en ocasiones de que el repertorio de temas se estaba haciendo cada vez más estrecho y que no salíamos ya de los aburridísimos tópicos de elecciones, democracia, partidos y demás, temas quizá políticamente actuales, pero existencialmente mortales; me pareció que faltaba exposición y discusión de política mundial (Venezuela, Ucrania, Medio Oriente, etc.); asimismo, sentí (sobre todo de un tiempo para acá) que había un exceso de anuncios y me desesperaba un tanto que la conductora llegara casi a las 7.00 am, lo cual representaba, para nosotros los madrugadores, una hora casi perdida. De igual modo, las cápsulas “infantiles” de la red o la lista de nombres por los onomásticos siempre me generaron alguna clase de escozor. Pues con todo y eso sigo pensando que el programa de Aristegui era, en su género, el mejor de la radio en México. Se sigue lógicamente que su supresión, planeada o no, constituye un golpe al público nacional, al hombre de la calle que ansía encontrar un programa con el que no se le embrutezca más, al hombre sencillo al que se le quita el único programa de análisis político serio que había en el espectro de la radio y la televisión (supongo que nadie en sus cabales querrá llamar ‘análisis político serio’ a las charlas de bar a las que someten a sus respectivos públicos cautivos las televisoras, con la obvia excepción del programa de Porfirio Muñoz Ledo) en el que se decía algo que no representara puntos de vista oficiales, en el que no se elevaban críticas que más bien son como burlas por lo inocuo y lo superficial, defensas descaradas de intereses creados y fácilmente identificables, todo ello desde la perspectiva del lenguaje coloquial y carente por completo de cientificidad, tal como ésta toma cuerpo en discusiones de politología. En su programa, Aristegui no se presentó nunca como haciendo ciencia política, pero de inmediato podía sentirse que detrás de esa voz había alguien que sí fue a la universidad. Pues eso precisamente fue lo que nos quitaron, con lo cual se incrementó en un grano de arena más el descontento y el resentimiento populares hacia gobernantes y oligarcas.

El programa de Aristegui se presentaba como un noticiero, pero la verdad es que fue rápidamente evolucionando para convertirse en un programa de análisis político. Aristegui (a quien no tengo el gusto de conocer) adquirió renombre precisamente porque en su programa no se hacía lo que en prácticamente todos los demás: refritearse noticias y seguir directivas. Es obvio que, gracias a su estupenda preparación, Aristegui podía interrogar a miembros de la Suprema Corte, a gobernadores, a políticos y a gente destacada, siempre haciendo preguntas y observaciones pertinentes, siempre incisiva y hasta mordaz. Por otra parte, Aristegui, con su ejemplo, le dio una lección de honor y respeto por uno mismo a sus competidores, dizque académicos venidos a locutores (en el mejor de los casos) y dispuestos a todo con tal de seguir percibiendo las jugosas quincenas que es plausible pensar que reciben. Por lo que puede observarse, Aristegui, convirtiéndose en un emblema de dignidad y profesionalismo, siempre tuvo su renuncia lista. Es obvio que ella no estaba ahí para cobrar un salario. Que ella misma estuviera ligada a intereses es tan inatacable como en el caso de … y de … y de … y así ad nauseam. Es legítimo y tenía derecho, como todos los demás. Con eso no se rompe ninguna regla. Pero el punto importante es que, inclusive admitiendo que ella estuviera ligada a algún potentado o a algún magnate, difícilmente podría sostenerse que su trabajo se veía afectado por ello. De hecho por esa actitud se ganó la admiración de amigos y el respeto de sus competidores, en general muy inferiores en fineza argumentativa. Una prueba de eso es que ella es de las pocas periodistas mexicanas que han trabajado como entrevistadora en CNN. Si esa agencia de información y Carmen Aristegui coinciden en posiciones políticas o no es algo que, por lo menos al ojo externo, es imposible determinar, porque ella es una periodista profesional, no una amateur, una improvisada, una arribista. Y de eso hay tanto …!

El conflicto con la estación MVS Radio tiene todas las apariencias de un conflicto artificial. Si ello es así, como todo parece indicarlo, lo que se le puso a Aristegui fue una celada. Es difícil creer que la decisión de los dueños de la estación, los hijos del millonario Joaquín Vargas, de desprenderse de la conductora del programa de carácter político más escuchado en México haya tenido una causa interna. En este como en muchos otros casos, las apariencias son la realidad y lo que las apariencias dicen es que se trató de un castigo. Aristegui, con la audacia que la caracteriza, se atrevió a dar noticias y a hacer señalamientos importantes e inusitados en un país de borregos en el que se nos pretende hacer creer que porque se bala ‘democracia’ a diestra y siniestra automáticamente se goza de las ventajas de un país realmente democrático. Aquí tenemos una demostración palpable de que en lo que nosotros vivimos es en el país de la pseudo-democracia vociferante. Qué tan caro haya la estación de radio vendido a Aristegui, es decir, a cambio de qué prebendas, negocios, licitaciones o exenciones de impuestos es algo de lo que, obviamente, por el momento no nos vamos a enterar. Tendremos que esperar un poco más de tres años para que empiecen a emerger del lodazal de la vida pública algunas verdades que harán que nos estremezcamos. Por el momento, como siempre en este país, a lo que el ciudadano de a pie habrá de enfrentarse será un muro de silencio, decenas de chismes regados por todos los medios para desorientarlo (tácticas de desinformación) y desde luego a todo lo que haya que hacer para que no se le recontrate y vuelva a salir al aire. Pero va a ser difícil que MVS radio recupere su audiencia. No es ciertamente con las banales (y en ocasiones filosóficamente absurdas) cápsulas de Gaby Vargas como se va a recuperar el público que ya desde hoy dejó de sintonizar la estación. Es verdad: perdimos a Aristegui, pero ganamos una estación de música estridente, de programas frívolos y estériles, de más basura radiofónica. ¿Quién quiere sintonizar MVS? Yo no y hasta donde logro percatarme prácticamente nadie. ¿Ya ven qué caro sale una voz independiente?

El punto siniestro en todo esto, desde luego, lo señaló Aristegui misma, cuando en su último o penúltimo programa, esto es, cuando ya el conflicto era abierto y se sentía que no habría solución, ella dijo (casi poéticamente) que había vendavales de autoritarismo en México, un regreso a prácticas pasadas que creíamos definitivamente rebasadas. Aquí tocamos el núcleo del problema. Suprimir el programa de Aristegui, mediante la estratagema que se quiera, es intentar volver a ponerle al pueblo de México una mordaza, es regresar a prácticas porfiristas (debidamente actualizadas), algo que se pudo hacer en alguna medida gracias a todos esos ideologuillos que no han parado desde hace varias décadas de resucitar al desalmado Cortés, al petulante y ambicioso Maximiliano, al criminal Porfirio Díaz, a quienes quisieron re-escribir la historia de México ensalzando a sus enemigos naturales en detrimento de sus héroes nacionales, como Juárez, Ocampo y Calles. Esa atmósfera intelectual de traición al país por parte de los oportunistas del momento (en economía o en política, en educación o en ecología) contribuye a la gestación de un médium que le facilita al Estado la toma de decisiones abiertamente anti-nacionales. Y aquí está el resultado, porque preguntémonos: ¿por qué realmente se acaba el programa de Carmen Aristegui?¿Por un conflicto que tiene una resolución jurídica evidente y fácil? No. El programa de Aristegui se acaba porque no se quiere permitir que en México se hable en voz alta, porque se quiere mantener a más de 100 millones de personas en la ignorancia y en la sumisión. Pero eso no va a ser posible, porque no nos vamos a quedar callados y a menos de que se transforme México en una inmensa cárcel o en una inmensa fosa común, la cultura de nuestros tiempos seguirá impulsando al ciudadano, cada vez con mayor fuerza, a decir lo que quiere, lo que piensa, a expresar sus aspiraciones. Lo realmente delincuencial es intentar acallar la conciencia de las personas. Lo veo difícil.

Hay por lo menos dos temas recientes (hay más, pero mencionaré solamente estos dos) sobre los que Carmen Aristegui no sólo con valentía sino con toda razón puso su vigilante ojo y exhibió en toda su obscenidad, Me refiero a la nominación del nuevo miembro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Eduardo Medina Mora, y el asunto de la así llamada ‘casa blanca’, esto es, la compra de la fastuosa casa en la que estuvo involucrada la esposa del presidente. Si todo ello responde o no a maniobras políticas es irrelevante, puesto que la periodista juega en concordancia con las reglas por todos admitidas en la actividad de difusión de la información. Lo que no se vale es la trampa, es decir, presumir que aquí se juega con ciertas reglas y luego ser el primero en suprimirlas. El asunto de Medina Mora es políticamente más escandaloso. El Lic. M. Bartlett escribió en el periódico El Universal un estupendo y contundente artículo al respecto, por lo que en cierto sentido Aristegui es simplemente un chivo expiatorio. Mucho me temo que México así lo entiende y entiende también lo que está sucediendo: se está construyendo el trasfondo adecuado para múltiples reformas constitucionales que están por realizarse. Cuando están en juego intereses tan grandes hasta la más modesta de las voces puede tornarse insoportable, sobre todo si es denunciante.

No siempre es así, pero a menudo el triunfo de una causa justa exige la inmolación de su portavoz. Si hay algo de lo que Aristegui es portavoz es de una de las causas más nobles y por las que más hemos luchado, en los más variados contextos, a saber, la libertad de expresión. Nosotros no queremos ni que se anule nuestra libertad de expresión ni perder a Carmen Aristegui. Por eso le deseamos un triunfo legal arrollador y que regrese pronto a una estación de radio digna, que se enaltezca dándole la difusión que merece y que todos requerimos, estemos o no de acuerdo con todo lo que ella afirma. De hecho, no sólo lo pedimos sino que lo exigimos. Por lo pronto, nos olvidamos de los noticieros, los programas de analistas, los entrevistadores (?), etc. No vamos a recibir ya información maloliente, filtrada, tergiversada, inútil. De manera que, parafraseando al Sub-Comandante Marcos cuando estuvo en Ciudad Universitaria, desde aquí te decimos:

Carmen Aristegui: Ciudad Universitaria te saluda!

¿Habrá Resucitado o Nunca Murió?

Durante mis estudios de licenciatura, cuando era yo estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, tuve un amigo, fallecido hace unos 37 años pero del cual guardo su imborrable imagen de un joven brillante, risueño y muy ingenioso. Me acuerdo que tenía lo que desde entonces me parecía la mejor fórmula simple para, en unas cuantas palabras, describir México. Solía decir, cuando la cuestión lo ameritaba, que no había nada de qué extrañarse, puesto que “todos sabemos que México es el país en donde la razón no vale!”. Frases como esa he escuchado por montones, pero confieso que ninguna me convence tanto como esta. Cuántas veces, para mi desaliento, he tenido que constatar lo certero del pensamiento de aquel inolvidable gran estudiante y amigo que fue César Gálvez. Oportunidades para desconfirmar su dictum no han faltado, pero una y otra vez, como si se tratara de una maldición, tengo que volver a reconocer lo atinado de su pensamiento. Desafortunadamente, en efecto, se trata de una verdad cuyo feo rostro se nos aparece de calle en calle, de trámite en trámite, de proceso social en proceso social, de conflicto político en conflicto político. Conste que hablo aquí de nuestra idiosincrasia, no de fenómenos universales que tienen que ver con la razón humana en general, como la akrasia o la elección en contra de lo que es nuestro mejor juicio. Tengo en mente más bien fenómenos locales, expresiones culturales propias de lo que es México. Me interesa tratar de determinar cómo se aplica lo que mi amigo decía cuando examinamos transacciones sociales de la índole que sean o el modo como se “resuelven” muchos de los conflictos políticos que nos aquejan. Una forma nuestra de irracionalidad es, por ejemplo, la siguiente: los mandamases están convencidos de que pueden mentir descaradamente y, por ejemplo, anunciarnos que el asunto de la matanza de los jóvenes de Ayotzinapa es un caso cerrado, que fue exitosamente resuelto, aunque la población en su conjunto esté totalmente convencida de que eso es una vulgar mentira. El problema es que como la gente ya automáticamente se asume que los dirigentes políticos son unos mentirosos, entonces la gente también se siente justificada en mentir y se genera así una cultura en la que la gente elude pagar impuestos, hacer negocios a costa de las instituciones, no buscar más que su bienestar personal de corto plazo, no pensar en que los daños ecológicos que genera van a afectar a sus nietos sino es que también a sus hijos y hasta a ella misma, etc., etc. Así, pues, esos políticos por una parte se salen con la suya, pero por la otra ellos mismos se generan problemas que preferirían no tener. En México los casos de conducta incomprensible abundan. Para ilustrar: aquí cualquier economista le puede espetar en su cara a un indigente que el tema del hambre es un gran mito, puesto que las cifras de la macro-economía no mienten y que por lo tanto el país se está moviendo y está creciendo. Así son los noticieros en México: programas de mentiras secuenciadas que todo mundo sabe que son mentiras, pero que a pesar de ello todos siguen viendo. Así de absurdas pueden llegar a ser las situaciones por las que se nos hace pasar y con las que tenemos que convivir.

Cuando se discute la política impuesta por la presidencia del país nos volvemos a topar con situaciones de alarmante irracionalidad. Se toman decisiones que abiertamente atentan en contra del bienestar de las mayorías, se sabe que ello es así y se sigue adelante. Siempre hay, desde luego, apologistas fervientes, los ilustrados de este negro periodo histórico que nos tocó vivir, empeñados en justificar las políticas diseñadas desde las cúpulas de poder (sean cuales sean: esa es otra característica típica de nuestra inteligencja). De manera que, si de lo que hablamos es de lo que está pasando, no va a haber forma de mostrar que se está dirigiendo mal al país, que se están tomando multitud de decisiones por las que otras generaciones van a pagar y muy caro. Sin embargo, dado que en este país la razón no vale, a menos de que sea uno más corrupto que los más corruptos, algo difícil de lograr, no le queda al individuo otra cosa que ver y, como diría Voltaire, cultivar su jardín, es decir, ocuparse de sus asuntos personales.

No obstante, a sabiendas de que no hay crítica sana que no quede de inmediato refutada, voy a intentar aquí una estrategia diferente. No voy a referirme a las magníficas razones que se nos dan para justificar el hecho de que México sea un país cada día más endeudado y dependiente, un país cada vez más sometido y entregado a los salvadores (grandes inversionistas, banqueros, etc.), tanto nacionales como extranjeros. Propongo entonces que momentáneamente nos olvidemos de lo que pasa en nuestro país y que traigamos a la memoria algunos de los “logros” de la política de un país que pasó por una fase de locura social muy similar a la mexicana pero que, por una extraordinaria coyuntura política, salió en alguna medida de ella y hasta donde se pudo logró reconstituirse. Sostengo que es altamente probable que ese esquema será también (lo es ya en parte) el de México. Quiero, pues, decir unas cuantas palabras sobre uno de los presidentes más odiados de un entrañable país. Me refiero a Carlos Saúl Ménem, dos veces (!) presidente de Argentina.

No estará de más decir de entrada que lo que de Ménem me importa no son sus ridículas exhibiciones como futbolista o bailante de tango, sus andanzas con vedettes, las vicisitudes de su familia y en general el anecdotario personal, simplemente porque todo ello es irrelevante para nuestros propósitos, no porque no haya muchas cosas que comentar al respecto. Lo que quiero hacer es más bien ver a Ménem como actor político que puede a nosotros, los mexicanos, decirnos algo a través de su lamentable actuación como presidente; me interesa reconstruirlo no como persona sino como programador político de un país para, aunque sea de manera un tanto superficial, dejar en claro a dónde lo llevó y, por consiguiente, tratar de adivinar a dónde podemos llegar nosotros. ¿Cuál es, pues, el legado de Ménem?¿Qué le dejó Ménem al pueblo argentino? Preguntas así son importantes, porque habrá después que hacérnoslas en relación con nuestros propios “policy makers”.

A mí me parece que podemos afirmar que Ménem fue el gran vende patrias argentino. Era el “fan” absoluto de la privatización. Él desmanteló el Estado argentino como nadie. Durante su primer periodo sobre todo se remataron las grandes y emblemáticas empresas nacionales argentinas. Se fueron por la borda ni más ni menos que Aerolíneas Argentinas (la Mexicana de Aviación de allá), los Yacimientos Petrólíferos Fiscales (YPF, es decir, el Petróleos Mexicanos de Argentina), así como se vendió lo que era la compañía nacional de Teléfonos (digamos, Telmex, antes de que pasara a manos privadas para convertir a quien oficialmente es su dueño en el segundo hombre más rico del mundo), los ferrocarriles, la televisión, el agua, los servicios de recolección de la basura, carreteras y muchas otras cosas más. El campo argentino sufrió tremendamente con Ménem: los pequeños propietarios prácticamente desparecieron debido a la incomprensible dolarización de la economía y quedaron las grandes extensiones listas ya para la producción de soya desplazando a la ganadería por la cual Argentina era (y sigue siendo) reconocida en el mundo entero. El ataque a las universidades públicas fue feroz: se congelaron fondos y se propició en cambio el surgimiento de multitud de universidades privadas. Dejo de lado la política exterior criminal del ex-presidente, su protagonismo que rayaba en lo grotesco. Ménem, hay que recordarlo, restableció las relaciones con Gran Bretaña, a 10 años de la humillación y la pérdida de muchas vidas que los generales argentinos con Galtieri a la cabeza le causaron a su pueblo a través de una guerra que estaba perdida de antemano. Aunque ya había un movimiento en ese sentido, Ménem lo acentuó otorgando el perdón a militares y torturadores profesionales con su famosa amnistía. Con vergüenza recordamos el apoyo a los tristemente célebres Contras, en Nicaragua, así como la venta ilegal de armas a Ecuador y a Croacia, aventura que como todos sabemos desembocó, para acabar con pistas, en la explosión de una fábrica militar que destruyó de paso media ciudad. Viéndolo retrospectivamente, es increíble cuánto mal puede hacer un individuo en tan poco tiempo!

A estas alturas, me parece que podemos afirmar que es un hecho que Ménem estaba llevando a Argentina no sólo por un proceso de decadencia, sino a algo mucho más grave. La prueba es que, al poco tiempo de haber dejado la presidencia, se produjo el escandaloso suceso conocido como el ‘Corralito’, una medida que le habría tocado a él tomar de haber ganado la presidencia por tercera vez. Pero en medio de todo ese fango y esa podredumbre sucedió algo fantástico: cuando Argentina estaba entrando en una situación caótica, casi de inicios de anarquía, se produjo el milagro: llegó Néstor Kirchner a la presidencia y rescató a su país. En el periodo que con él se inicia – de reequilibrio frente al gangsterismo político del menemismo, el Estado argentino fue recuperando poco a poco algunos (no todos) de sus bienes. Se renacionalizaron, resistiendo los embates tanto de la oligarquía argentina como de fuerzas extranjeras (del gobierno español, por ejemplo), las empresas vendidas a los peores postores: Aerolíneas Argentinas, YPF, los ferrocarriles nacionales, etc. Queda mucho por hacer, pero hay algo que es preciso decir en voz alta: en Argentina se produjo una chispa de instinto político, se reactivó la política de defensa de los intereses nacionales y Argentina reorientó su camino, a un costo alto pero valientemente pagado.

Si me he ocupado superficialmente de aquellos aciagos días es porque creo que se puede construir un argumento que contribuya a cerrarle la boca a los doctos en democracia o en tasas de interés, enfrentándolos con hechos crudos. El argumento es por analogía, pero no por ello es inválido. Así, podemos afirmar que nadie, ni el más fanático de los menemistas, puede negar que la política de Ménem fue de principio a fin un fracaso total, una desgracia para el pueblo argentino, un timo político, una estafa de dimensiones históricas. Y ¿dónde está Ménem ahora? En el banquillo de los acusados. Pero si lo que pasó en Argentina es lo que está pasando en México ¿no ocurrirá lo mismo acá?¿No será imposible no echar marcha atrás dentro de 10 o 15 años a la ahora eufórica política de privatización, de auto-desmantelamiento por parte del Estado mexicano?¿No se están viendo ya a lo lejos espectros tenebrosos que son las secuelas de las políticas anti-nacionales que se implementan en la actualidad?¿No es hora de gritar ya: ¿dónde están nuestros Néstor y Cristina Kirchner?¿Por qué nada más tenemos Ménems y no tenemos Kirchners?

Si, dicho de manera muy abstracta, es acertado decir que lo que en México se está haciendo es seguir los pasos del menemismo, tomando a este último como un símbolo, y éste feneció en el fracaso y el desprestigio, la conclusión se sigue por sí sola. Aceptemos que el menemismo inevitablemente desemboca en el fracaso. Nuestra pregunta es: ¿es ese esquema político el que se está aplicando en México? Me temo que sí. No es que el fenómeno en México sea nuevo. Se inició inclusive antes que en Argentina. Lo interesante del caso argentino es que es un proceso terminado y que se puede examinar a distancia como un todo acabado: se ve en él nítidamente y en pequeño lo que en México está pasando ahora y es en grande. Los grandes procesos de privatización, como Ménem lo enseñó, vienen sistemática e inevitablemente envueltos en una inmodificable atmósfera de corrupción. No se puede vender los bienes de una nación sin hacer trampas, sin vender a la población, sin traicionar al país. Es lógicamente imposible y Argentina (o la Rusia de Yeltsin, para no ir más lejos) lo demuestra. La euforia de la época de Ménem es similar a la que prevalece en nuestros días aquí en México. La sumisión lacayuna al consenso de Washington es la misma en ambos casos. Con el entusiasmo típico de la gente cegada por ambiciones desmedidas, por objetivos prácticos de corto plazo, se está cuidadosamente preparando la venta de la electricidad, del petróleo, del agua, tratando de convertir a México en un país de mano de obra para trasnacionales, obedeciendo al pie de la letra los mandatos de la banca mundial. Ante nuestros ojos se está construyendo, paulatina pero sistemáticamente, el estado empresarial, en detrimento del estado nacional. Es probable que, siguiendo las mejores tradiciones de nuestra sinrazón, muchos políticos mexicanos ni siquiera entiendan qué están haciendo realmente. Simplemente actúan en función de los intereses de hoy, si bien se les olvida los de pasado mañana. Cuando vemos eso parecería que el espectro de Ménem viene hacia nosotros y es con horror que entonces nos preguntamos: ¿habrá resucitado o nunca murió?

Netanyahu ante el Congreso: una oportunidad manquée

Me permito sugerir que una forma útil de clasificar a los hombres de Estado es la siguiente: hay algunos que se vuelven grandes, que adquieren una dimensión histórica porque detectaron y no dejaron escapar las ocasiones excepcionales en las que la historia los colocó y porque supieron aprovechar la oportunidad que la vida les estaba brindando para aportar algo nuevo, para desconcertar a todo mundo con una propuesta hasta entonces no imaginada, para salir de un impasse político, para innovar y lograr no sólo alcanzar sus propios objetivos sino también para abrir nuevos horizontes para la vida en el planeta; y hay, por otra parte, los hombres de Estado que, ubicados en posiciones excepcionales y teniendo todo para remodelar las situaciones prevalecientes, dejan pasar la oportunidad en aras de posiciones pragmáticas de corto plazo, por miopía política, por un fanatismo ilimitado y, en última instancia, por un complejo fenómeno de auto-engaño generado por ambiciones desmedidas y por una colosal confianza en sí mismo y en sus capacidades. De seguro que hay muchos casos en los que la clasificación sería controvertible y polémica pero en todo caso, para bien o para mal, podemos afirmar con relativa seguridad que Benjamín Netanyahu no cae dentro de nuestro primer grupo de hombres de Estado. Inteligente, decidido y consciente de su poder se dio el lujo de espetarle al mundo, vía el Congreso de los Estados Unidos (y la prensa mundial), lo que quería decir y en la forma como quiso hacerlo, mostrando una gran seguridad en sí mismo, sabiendo que estaba respaldado por los grupos económicos más fuertes del mundo, con todo lo que eso entraña. El problema es que el contenido de su alocución no sorprendió a nadie. Es triste decirlo: Netanyahu no aportó absolutamente nada para la resolución de los graves problemas por los que pasa el Medio Oriente ni aportó la más mínima idea para resolver pacíficamente las tensiones con Irán. Más bien, hizo todo lo contrario: su discurso fue una mezcolanza indigerible de propaganda incendiaria, de caricaturización política, de propagación de odio y de expresión de amenazas ya no tan veladas. La verdad es que, por lo menos para quienes no somos otra cosa que observadores distantes, es casi imposible entender qué fue a hacer Netanyahu a los Estados Unidos.

Si efectivamente Netanyahu, a pesar de su aplomo y dominio total de la tribuna, no dijo absolutamente nada que pudiera despertar la curiosidad de alguien, entonces ¿cuál fue el propósito de su viaje?¿Para qué retar públicamente a la Casa Blanca aceptando una invitación no avalada por el presidente de los Estados Unidos? En cierto sentido, como bien lo señaló de inmediato Nancy Pelosi, la líder de la minoría demócrata en la Casa de Representantes, el discurso del primer ministro israelí fue un atentado a la inteligencia de los congresistas. No les dijo nada que no supieran. Yo creo que la Sra. Pelosi tiene razón, pero lo importante es lo que podemos inferir de ello y lo primero que podemos “deducir” es precisamente que el discurso no estaba dirigido a los miembros del Congreso. Entonces ¿a quiénes se dirigía Netanyahu con su discurso vía el Congreso? A mí me parece que él tenía varios destinatarios en mente. Veamos cuáles de seguro lo eran.

El primer destinatario del discurso fue, evidentemente, el gobierno (y el pueblo) de Irán. El mensaje, solapado, sepultado entre toneladas de slogans y de retruécanos baratos, tras una parodia de clase de historia, fue: si los Estados Unidos no adoptan y refuerzan la política de sanciones y aislamiento de Irán y si no lo fuerzan a que acepte el diktat israelí, entonces “Israel irá solo”. ¿Qué es lo que estaba diciendo Netanyahu?¿A dónde puede ir solo Israel? Eso no puede ser entendido de otra manera más que como una pre-declaración de guerra. El asunto es grave.

El segundo destinatario obvio del discurso de Netanyahu era el congreso mismo, pero en otro sentido: Netanyahu fue a los Estados Unidos a asegurarse que, en caso de guerra con Irán, el Congreso norteamericano seguirá apoyando incondicionalmente al gobierno de Israel. También en este caso Netanyahu habló sin titubeos: los Estados Unidos e Israel “comparten un mismo destino”. En otras palabras, si Israel entra en guerra, también lo harán los Estados Unidos de América.

Un tercer destinatario era, obviamente, el público israelí, de frente a las elecciones que habrán de tener lugar en Israel dentro de un par de semanas. En este caso el mensaje es diferente: lo que Netanyahu le quiso decir a la población israelí es que, en el espectro político existente en Israel, sólo él puede defenderlo del enemigo externo, del enemigo realmente peligroso y que por lo tanto, a pesar de los fracasos en la política interna (los conflictos con los sindicatos, la pobreza en muchos sectores, el estado permanente de guerra, los choques con los sectores religiosos más radicales por, e.g., el servicio militar, etc.), deberían votar por él.

Y el último gran destinatario del discurso de Netanyahu está constituido por los gobiernos del mundo, y en particular por los gobiernos de las grandes potencias. Lo que Netanyahu fue a decir es que Israel no va a tolerar que haya un país en toda la zona (bastante extensa, dicho sea paso, porque en principio realmente abarca desde Marruecos hasta Paquistán) que rivalice con él y que esté habilitado para ponerle un límite a sus políticas expansionistas y de guerra permanente.

Que el discurso del primer ministro israelí no tenía como objetivo enunciar hechos lo deja en claro no sólo la retahíla de mentiras con las que aderezó su exposición, sino el recurso histriónico de presentar a un sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, un pobre anciano que muy probablemente ni cuenta se dio de cómo estaba siendo utilizado. Que Netanyahu se haya prácticamente burlado de los miembros del Congreso lo pone de relieve la sarta de falsedades que expresó ante ellos, quienes conocen la situación tan bien como él. Un ejemplo claro de manipulación política: Netanyahu aseguró que Irán era el responsable del bombazo de la AMIA, en Buenos Aires. El problema es que, por lo menos hasta donde la investigación va en este momento, eso no sólo no ha sido demostrado sino que parece ser una explicación que cada día pierde verosimilitud. Asimismo, presentó en forma casi infantil a Irán como un estado terrorista, como si se tratara de asustar niños, cuando es en Israel y en los territorios ocupados en donde todos los días mueren palestinos asesinados por las fuerzas armadas o por los violentos y fanáticos ocupantes de los nuevos asentamientos. Habló del antisemitismo promovido por Irán, cuando todo mundo sabe que los miembros de las pequeñas comunidades judías de Irán no quieren (como tantas otras de otros rincones del mundo) emigrar a Israel y viven tranquilamente en ese país. Habló del hostigamiento anti-cristiano de Irán, pero se le olvidó mencionar cómo se trata a los cristianos en Jerusalem (no hay más que echar un vistazo a videos en Youtube para ver cómo las monjas se cubren con paraguas de los escupitajos de mucha gente). Hay un sentido, por lo tanto, en el que desde el punto de vista del contenido el discurso de Netanyahu simplemente no fue serio.

El núcleo del supuesto desacuerdo con la administración Obama respecto a un potencial pacto con Irán concierne a las instalaciones de este último y a los tiempos. Netanyahu dejó en claro que a lo que él aspira es a ver de rodillas a Irán, para lo cual éste tiene que desmantelar todas sus instalaciones de producción de energía atómica y se tiene que hacer de modo tal que Irán no pueda, en caso de desacuerdo con los Estados Unidos, tener tiempo para producir una bomba atómica. Realmente el cinismo de Netanyahu no tiene límites y sólo nos hace recordar las palabras que en relación con otro tema expresara hace muchos años el gran Stefan Zweig. Dijo: Quod Deus perdere vult, dementat prius: A quien Dios quiere perder le quita la razón. Este es el caso de Netanyahu: él está exigiendo cosas que son pura y llanamente imposibles de conceder. Y su posición es: o eso o vendrá la guerra. Netanyahu no fue a los Estados Unidos a dar un discurso e implorar ayuda. No: fue a advertir lo que va a pasar si el gobierno iraní no se ajusta a sus exigencias y el pacto con los Estados Unidos no satisface sus requerimientos. Él entiende perfectamente bien que una vez que Irán disponga de armas atómicas ciertas políticas ya no podrán implementarse. Se le olvidó decir, sin embargo, que Israel tiene (según cálculos que son de dominio público) más de trescientas ojivas nucleares, aparte de que tiene, al igual que algunas otras grandes potencias, armamento químico y armamento biológico. El gran problema es el inmenso costo, no sólo pecuniario, del potencial conflicto con Irán. Si el discurso de Netanyahu es un último intento por intimidar a Irán en la fase final de las negociaciones para que ceda todavía más en lo que concierne a sus investigaciones e instalaciones nucleares, es decir, si es un mero blof o si es una amenaza real, eso es algo que sólo Netanyahu y sus allegados más cercanos saben. Nosotros, como el resto del mundo, lo sabremos muy pronto.

Lo que a mí en lo personal me queda claro es que nunca la opción en favor de la guerra es la mejor a mediano y largo plazo. El problema aquí es que ni siquiera a corto plazo se ve una ventaja tan grande por parte de Israel que valga la pena intentarla, a menos de que el gobierno israelí esté decidido ya a usar armas de destrucción masiva, armas atómicas, quizá bombas atómicas tácticas. Pero es evidente que eso acarrearía reacciones impredecibles por parte de otros gobiernos y otros pueblos. Me parece que Netanyahu está jugando irresponsablemente no sólo con la vida de millones de seres humanos, sino con el destino del pueblo cuyos intereses dice defender. En mi opinión, hay indicios de que lo que se está fraguando es una situación apocalíptica. Por el momento, dado el marco dentro del cual se dan los acontecimientos, lo único que nos resta por desear es que Netanyahu no gane las elecciones en Israel. Un conflicto en gran escala es lo peor que puede pasarle a todos. Lo preocupante es que todo parece indicar que el Congreso de los Estados Unidos ya le dio su asentimiento (esto es, su apoyo, que es inmenso) y que la Casa Blanca parece haber finalmente aceptado que Israel actúe por cuenta propia. Esperemos que no tengamos nunca que decir algo como “Ay! Si tan sólo Netanyahu hubiera sopesado mejor las cosas, si tan sólo lo hubiera pensado dos veces!”. Quiera Dios que estemos totalmente equivocados.

Excesos de Soberbia

Empecemos con un parangón. Imaginemos que un propietario de la zona más rica de una ciudad tiene como vecinos, después de turbios manejos relacionados con lo que ahora son sus respectivas propiedades, a los miembros de una familia de gente paupérrima y que, por las razones que sean, el individuo opulento y quienes viven en la choza de al lado empiezan a atacarse mutuamente. El multimillonario les manda a su jauría, un grupo de Dobermans entrenados para atacar y, evidentemente, éstos causan destrozos en el terreno de al lado. Los vecinos, sin embargo, se desquitan y arrojan piedras, con lo cual rompen vidrios y ocasionalmente algún vitral caro de la casa del magnate. Éste, furioso, arremete contra ellos usando a sus abogados, a sus ingenieros, por medio de los cuales él “demuestra” que originalmente el terreno era de él y se va apropiando poco a poco de todo lo que la famélica familia vecina tenía. No contento con ello, el sujeto compra la imprenta de la esquina y todos los días manda pegar por todos lados panfletos y boletines denostando a los vecinos a los que, de paso, no sólo ya les quitó el agua y la luz sino que les roba su correspondencia, intriga para que ningún vecino los reciba e impide que los ayuden con una limosna. Por si fuera poco, organiza fabulosas fiestas en su casa, en donde se degusta lo mejor de las tiendas de alrededor y come y bebe plácidamente frente a quienes se esfuerzan en vano, porque cada vez que va a haber una cosecha el vecino rico se las envenena, las contamina, etc. Por todas las actividades que despliega, todos los invitados a la casa grande, sistemáticamente, pasan al balcón para ver de arriba a abajo a los peligrosos y nefandos vecinos y, en las salas de la mansión, en los diversos comedores o en los jardines, todos se asombran de que pueda haber gente tan infame como los niños de al lado y le expresan al señor y a su familia sus más dolidas y sinceras condolencias por tener que tratar con seres que no se han hecho merecedores del status de “humanos”. Y un punto culminante (no desde luego el único en esta singular historia de impiedad e infamia) se alcanza cuando, en un acto de perversión jurídica inenarrable, el juez de la calle le ordena a los miserables, que no tienen ni en dónde caerse muertos, que le paguen por daños y perjuicios el mal que le han ocasionado al admirable dueño de la hermosa casa.

Lo que aquí he someramente descrito (habría podido extenderme tanto cuanto hubiera querido) es, obviamente, una narración meramente fantasiosa, pero cumple no obstante una función. La idea es plantear una situación para imaginativamente ubicarse en ella y visualizar lo que serían nuestras reacciones normales o espontáneas. El problema es, claro está, que cuando trasladamos el ejemplo a la realidad tratando de anclarlo en alguna situación que efectivamente se dé, ni nuestras reacciones son espontáneas ni lo que en general se diría correspondería a lo que sería nuestro juicio en el caso del cuentito de más arriba. Preguntémonos entonces: ¿a qué situación en el mundo corresponde el contenido de la historieta? No creo que se requiera ser ni particularmente ducho en cuestiones de geo-política ni singularmente instruido para de inmediato apuntar a uno de los conflictos más desbalanceados, injustificables, horrendos de la historia. Me refiero al conflicto entre Israel y el pueblo palestino. Dada la situación, me parece que sería hasta ridículo, por redundante, indicar quien es quien, el gobierno israelí y el pueblo palestino, en el relato inicial.

Antes de explicar y comentar algunos de los paralelismos entre la fantasía y la realidad, valdría la pena hacer ver por qué no hay nada que corresponda en la realidad a lo que en el cuento serían las reacciones espontáneas del testigo. La razón salta a la vista: la prensa mundial, los comentaristas políticos de periódicos, los locutores políticos de radio y televisión, los dueños o amos del mundo de las letras y de la cultura, todos, cotidianamente, escriben, debaten, polemizan, anatemizan el caso e inducen o fuerzan a decir que los culpables del conflicto, los enemigos de la raza humana, los desalmados terroristas, etc., etc., son los palestinos, esto es, en la historieta, los vecinos pobres. De ahí que cuando alguien quiere emitir un juicio puede hacerlo, pero ya no será espontáneo, puesto que ya habrá pasado por el prisma de la mediatización, que es un arma más en este caso del poderoso y por ahora vencedor en la contienda. Pero dejemos la fantasía y ratifiquemos que efectivamente ésta da una idea de lo que es el conflicto actual.

Todos sabemos que Palestina fue barrida por los sionistas triunfantes quienes, a partir de la Declaración Balfour – mediante la cual los ingleses declaraban a Palestina un “protectorado” – se dedicaron a preparar el terreno para la formación del Estado de Israel. Durante el periodo que va más o menos de 1925 a 1948, a través de organizaciones terroristas como el Irgún (para no mencionar más que una), los sionistas sembraron el terror en Palestina y obligaron a miles a abandonar sus tierras. Una vez constituido Israel, los sucesivos gobiernos israelíes se dedicaron a expandir su país, un país que no tiene oficialmente fronteras, porque no se sabe hasta dónde habrá de extenderse el Gran Israel. Claro que cuando uno habla del conflicto palestino-israelí a la gente se le olvida que no es esa la ecuación que da cuenta de los hechos, porque el conflicto es entre palestinos e israelíes gozando estos últimos en todos los contextos del apoyo incondicional de los Estados Unidos, no, desde luego, por casualidad, ni porque los políticos norteamericanos sean generosos y desinteresados socios, sino por otras razones que tienen que ver con la realpolitik mundial y en las que no tenemos para qué entrar en este momento. En estas condiciones, es realmente difícil rastrear en la historia un conflicto más desproporcionado que el que se da entre Israel y los Estados Unidos, por un lado, y Gaza y Cisjordania, por el otro.

Todo esto viene a cuento porque el lunes 23 de febrero del presente, un juez en Nueva York falló en contra de los palestinos, representados por la Autoridad Palestina y por la Organización por la Liberación de Palestina (OLP), y los condena a pagar alrededor de seiscientos cincuenta y cinco millones de dólares! O sea, un juzgado en los Estados Unidos le da curso a una demanda de particulares en contra de las instituciones que funcionan como el estado palestino por 33 muertos y unos 450 heridos (no todos heridos físicamente, pero sí psicológicamente), bajas ocurridas entre los años 2002-2004, por ataques palestinos en territorio israelí. Esto es como cobrarles los vidrios rotos a los muertos de hambre que habitan junto al vecino rico y poderoso en un terruño cada vez más pequeño.

Aquí hay varias cosas que distinguir. Por una parte, unos particulares (ciudadanos americanos y judíos norteamericanos) demandan a un gobierno casi fantasma en estado de guerra permanente. Pero ¿qué lógica es esta? Si un gobierno o una población están en guerra, por las razones que sean (porque se les destruyen sus ciudades de la manera más vil y alevosa, porque tienen a sus ciudadanos abarrotando cárceles en el país con el cual se está en guerra, porque todos los días les roban terreno para construir permanentemente nuevos asentamientos, porque no se les deja ni que reciban ayuda internacional, etc., etc.), lo más absurdo es demandarla por estar en guerra. Pero, por la otra: ¿dan acaso los tribunales norteamericanos cabida a juicios por parte de palestinos en contra del gobierno israelí por sus innegables atrocidades? Ni por pienso! La situación de los palestinos, por consiguiente, es similar tanto en el terreno militar como en el terreno legal: se les privó del derecho a defenderse. Los aviones israelíes (otro regalo de los congresistas de los USA) pueden destruir Gaza, pero si un desesperado palestino, desesperado porque le mataron a su familia, lo torturaron o le expropiaron su propiedad en Israel (algo muy común), ya sin opciones de vida se decide a inmolarse y ataca a un transeúnte, entonces la prensa mundial pone el grito en el cielo por el “terrorismo” palestino y vienen las represalias que son literalmente 100 veces más pesadas. Basta con hacer el cálculo de cuántos muertos palestinos hay por cada israelí que haya sido víctima de un atentado para darse una idea de la desproporción. Pero en todo caso el mensaje que la ley americana está enviando ahora es muy claro: los palestinos no tienen derecho ni a defenderse físicamente ni a defenderse legalmente. Claro, esto en principio vale para Israel y los Estados Unidos , pero dado que lo que vale en los Estados Unidos se hace valer en la mayor parte del mundo, entonces el sino de los palestinos está prácticamente sellado.

Quizá sea pertinente (por no decir ‘urgente’) hacer una aclaración antes de seguir adelante. De ninguna manera estamos regocijándonos por la muerte de nadie y menos de civiles, de gente no relacionada directamente con lo que sucede en el teatro de operaciones, esto es, en Palestina, que es el fácil campo de batalla preferido de los gobernantes israelíes, así como no podemos reír o sentir alguna clase de satisfacción al ver como un avión destruye edificios, escuelas, etc., en un lugar en donde no hay baterías anti-aéreas y con gente dentro. No es ese el punto que estoy estableciendo. De lo que nosotros estamos en contra es de las matanzas de civiles y más en general de la guerra, pero lo que resulta particularmente indignante es la guerra desproporcionada, ventajosa, alevosa, desigual, innecesaria, fundada en mentiras. La guerra en contra del pueblo palestino rebasa ya los límites de toda cordura, de toda decencia, de toda comprensión. Es muy importante que los líderes israelíes y sus amigos entiendan que su causa es incompartible por la humanidad, que aunque se sea un ignorante instintivamente la gente se solidarizará espiritualmente con los palestinos, porque el sufrimiento hermana. El odio y la crueldad sionistas no son parte del judaísmo, por lo que es absolutamente falso que ser anti-sionista sea ser anti-semita. Nosotros, por ejemplo, somos pro-semitas como somos pro-palestinos. Lo que está pasando con el pueblo palestino es algo que ningún ser humano normal o real podría avalar. No se le puede pedir a nadie que sea testigo de la aniquilación de un pueblo y que permanezca indiferente. No hay ser humano normal que haga eso y las triquiñuelas políticas también llegan a un fin.

Es claro que vivimos la época del triunfo sionista, un triunfo casi mundial y casi total en Occidente. No tiene caso negar realidades. En algún sentido, quizá hasta podría afirmarse que es perfectamente explicable. El problema es que el sionismo actual está llevando al mundo por un mal derrotero, porque está generando dolor en exceso, dolor injustificado e injustificable.  Pero si se reconoce su inmensa fuerza ¿quiere eso decir que no hay entonces ya nada que hacer? Desde luego que no y pienso que no se le podría dar a una pregunta así una simple respuesta afirmativa. El mundo da cambios inesperados. Pero más que eso, yo estoy seguro de que así como hace 2000 años hubo un individuo que se insubordinó en contra de la doctrina de que sólo unos cuantos eran los “hijos de Dios”, que enseñó que todos lo somos, que lo hizo con valentía y amor y que triunfó totalmente a pesar de los todopoderosos de la época, así también irán surgiendo del seno de la sociedad israelí misma los ciudadanos judíos conscientes de su humanidad y que de ellos, paulatinamente, surgirá el movimiento liberador para todo el Medio Oriente, ellos incluidos. Cuando la población israelí ya no se deje manipular por negociantes internacionales y por gente ebria de poder, cuando el simple ciudadano israelí quiera vivir y convivir y compartir su cultura y sus tradiciones con sus vecinos, con sus congéneres de siempre, entonces la paz regresará al Medio Oriente y todo este horrendo periodo que nos tocó presenciar quedará  como una etapa vergonzosa del cual nadie querrá acordarse.

Bienvenido, Señor Presidente!

Difícilmente podría negarse que los gobiernos norteamericanos nos han ido poco a poco acostumbrando a espectáculos grotescos y que serían risibles sino fuera por la seriedad de los asuntos involucrados. Sin duda uno de estos eventos, que terminó en un auténtico circo político, fue la relección de G. W. Bush. El país de la democracia se vio envuelto en un escándalo electoral que la más bananera de las repúblicas le habría envidiado. Tardaron finalmente más de un mes para convencer al mundo de que efectivamente Bush junior era el vencedor. Qué fuerzas entraron en acción nos las podemos imaginar, pero sobre lo que estoy llamando la atención en este momento es sobre el carácter contradictorio de la situación: el país de la libertad, de los derechos civiles, de los valores más altos, por una parte, y lo que a todos luces fue un fraude avalado simplemente por un modo peculiar de contar los votos, por la otra. En números, todos sabemos que Al Gore ganó la presidencia, pero quien fue ungido presidente fue Bush, lo cual constituyó una tragedia para el mundo de la cual todavía no vemos el último acto.

En estos días asistimos a una nueva escena que debe tener a muchos líderes del mundo destornillándose de risa. La verdad es que el caso por una parte es en efecto un tanto cómico, pero desafortunadamente lo que está detrás de dicho evento es todo menos risible. El hecho es que, como ya todo mundo está al tanto de ello, el presidente de la Cámara de Representantes, el republicano John Boehner, sin consultarlo con la Casa Blanca, esto es, con la presidencia de los Estados Unidos (presidente, vice-presidente, secretario de estado, etc.) hizo una invitación pública para que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, pronuncie un discurso ante la Cámara, lo cual habrá de ocurrir un par de semanas antes de que tenga lugar un importante proceso electoral en Israel, proceso en el que estará en juego el futuro político del propio Netanyahu. La invitación, por lo tanto, venía cargada de intenciones y no tenía nada de espontánea ni de ingenua. Se trata de un movimiento político muy cuidadosamente calculado. Lo más probable es que haya sido planeado en Israel y ello por toda una variedad de motivos, entre los cuales destacan los siguientes. Primero, porque es potencialmente un acto político beneficioso para Netanyahu. Éxito en su maniobra significa su reelección a mediados de marzo; segundo, porque Netanyahu quiere no meramente hacer llegar un mensaje al Congreso norteamericano para que boicotee todo posible acuerdo con Irán en relación con su programa nuclear, sino que quiere decírselo personalmente a los congresistas; tercero, de paso humilla a un presidente con el que ha tenido roces, que casi va de salida y con quien ya no tiene mayor sentido dialogar ni negociar; cuarto, porque justamente con este viaje se da también el banderazo de partida para la carrera por la elección presidencial de 2016 en los Estados Unidos. Esas y algunas otras cosas más llevaron a que se reconociera oficialmente lo que de hecho fue la auto-invitación de Netanyahu para hablar ante la audiencia más importante de los Estados Unidos. Pero ¿no es eso algo insensato?¿No es acaso una decisión así una provocación peligrosa cuando el agraviado es el gobierno del país más poderoso del mundo?¿No es absurdo retar y ofender públicamente al presidente de los Estados Unidos, sea quien sea? A final de cuentas ¿no es Israel un pequeño país cuya existencia está siempre en la cuerda floja y sobrevive únicamente gracias al apoyo norteamericano, un apoyo que puede en cualquier momento cesar?¿Hay en el mundo otro hombre de estado que podría hacer lo que Netanyahu se permite? Realmente, los niveles de tolerancia y benevolencia del gobierno norteamericano son extraordinarios!

El problema es que la situación no es en lo más mínimo como se presenta al ojo superficial. Si Netanyahu se permite semejante provocación no es porque esté haciendo alguna clase de cálculo heroico: es porque sabe que puede hacerlo. De inmediato se plantea entonces la pregunta: ¿por qué, cómo es que puede alguien darse el lujo de ningunear al presidente de los Estados Unidos? Tan pronto intentamos responder a esta pregunta dejamos la faceta chusca del asunto y nos adentramos en un aspecto turbio pero crucial de la historia reciente de los Estados Unidos, digamos de los últimos cien años. Tiene que ver con el proceso que llevó a una pequeña pero poderosísima comunidad ni más ni menos que a adquirir el control del estado norteamericano. Esa comunidad es la comunidad sionista de los Estados Unidos. ¿Cómo se materializó dicho proceso?

La explicación gira en torno a muchos elementos, pero algunos de los más importantes son los siguientes: el juego democrático-bipartidista de los Estados Unidos no puede echarse a andar y funcionar sin inmensas cantidades de dinero. Los candidatos de los partidos tienen que buscar sus propias fuentes de financiamiento y propaganda política. El dinero para las campañas de senadores, gobernadores, representantes y presidente proviene de distintos sectores, pero quienes invierten en grandes magnitudes en el juego político son los grupos sionistas, muchos de los cuales actúan de manera coordinada. Estos grupos, como por ejemplo el AIPAC (American Israel Public Affaires Committee) proporcionan a los contendientes enormes cantidades de dinero que, obviamente, no son meros regalos. Los candidatos son prácticamente comprados y, naturalmente, cumplen con su parte del pacto, que es la defensa a ultranza del estado sionista y el apoyo incondicional a sus políticas. Este apoyo reviste muchísimas formas, como por ejemplo la donación diaria de 800 millones de dólares al estado de Israel por parte del Congreso, casi en su totalidad controlado por las organizaciones sionistas. Israel recibe además apoyo militar, logístico, diplomático, cultural, etc., y goza de total impunidad gracias al derecho de veto al que permanentemente recurre el gobierno norteamericano en la ONU y en todo foro internacional en donde se discuta el caso de las políticas interna y externa de Israel. Los dos grandes partidos políticos de los Estados Unidos son cautivos del inmenso poder financiero y mediático de los grupos sionistas de ese país. Con el control casi total de los medios de comunicación (Hollywood, televisión, radio, periódicos, etc.), del control de la banca a través de la Federal Reserve y del poder político a través de los senadores, representantes, gobernadores subvencionados por dinero sionista, a más de los grupos insertos en el Pentágono, en el Departamento de Estado, etc. (en donde en su momento jugaron su papel magistralmente personajes tenebrosos como Richard Pearl y Paul Wolfowitz, entre muchos otros), el gobierno norteamericano está simplemente copado. Lo dijo claramente, antes de que lo durmieran para siempre, Ariel Sharon, cuando durante una discusión con gente de su gabinete que manifestaba temor por la potencial reacción americana ante ciertas decisiones del gobierno israelí, respondió: “Estoy harto de oír este argumento. Nosotros, el pueblo judío, controlamos a los Estados Unidos”. Puede ser que haya sido un poquito cínico, pero negar que era verdad lo que decía es como pretender tapar el sol con un dedo.

Con ese trasfondo, el caso del discurso de Netanyahu ante la Cámara de Representantes se explica solito. Lo que hay que entender, y si no se entiende no se comprenderá nunca la situación del mundo (las guerras del Medio Oriente, la utilización de Ucrania en contra de Rusia, la tragedia palestina, etc., etc.), es algo a la vez muy simple y asombroso y es que el centro de poder para muchísimos efectos pasó de Washington a Tel Aviv. Es en la capital política del estado de Israel en donde se toman decisiones y Washington las acata, quiera o no. Y, naturalmente, tener bajo su control al gobierno norteamericano es controlar el mundo, o casi!

A pesar de lo anterior, también es cierto que en política a veces hay que guardar las formas, independientemente de que se trate de una farsa. Para mantener un aire de dignidad, como una “reacción” de enojo ante lo que a todas luces es un agravio tanto político como personal, el presidente Obama hizo saber que no se encontraría con su homólogo israelí; el vice-presidente Biden hizo lo suyo y, como muestra de valiente autonomía, se auto-organizó un viaje para no asistir y tener que ir a aplaudirle al verdadero jefe cuyo principal objetivo, muy probablemente, sea dictarle en vivo y en directo al gobierno americano los lineamientos a seguir en su política con Irán. En este como en muchos otros casos, los intereses americanos no son lo que importa, ni su imagen ni el degradante papel que se les hace jugar. Lo que cuenta son los intereses de Israel y punto. Y Netanyahu va a dejar bien claro quién manda en los Estados Unidos.

Dado que lo que en realidad se está haciendo es darle al presidente de los Estados Unidos una bofetada con guante blanco, algunos congresistas americanos tuvieron la osadía de protestar porque “no se siguieron las reglas del protocolo”. Esto es una pobre justificación. La respuesta, sin embargo, no se hizo esperar, de modo que el magnate de casinos, Sheldon Adelson, un entusiasta seguidor del primer ministro israelí, dejó bien en claro que iban a hacer público cuáles de los congresistas demócratas no habrían asistido al discurso del primer ministro israelí. Y, para no dejar espacio para dudas, Mort Klein, la cabeza de la Organización Sionista de América., añadió que la única forma como se justificaría la ausencia de alguien durante el discurso de Netanyahu sería presentando un certificado médico. Más claro ni el agua. Sin embargo, la política (como ya insinué) tiene sus reglas a las que en ocasiones hay que respetar aunque se tenga todo para ignorarlas si fuera eso lo que se quisiera. Por ello y a pesar de todo, la insolencia de Netanyahu puede costarle más de lo que él cree. Si las tensiones con el gobierno americano se intensifican más allá de ciertos límites, entonces, en aras del bienestar de Israel si hay que sacrificar a Netanyahu se le sacrifica. Al día de hoy el viaje del primer ministro israelí no se ha modificado, a pesar de algunas voces israelíes que han protestado por el deterioro de las relaciones con los Estados Unidos que genera la ahora cada vez más descarada prepotencia sionista. Pero eso también es un juego: desde mi punto de vista, en este momento histórico al menos el gobierno israelí no tiene absolutamente nada que temer de los Estados Unidos de Norteamérica. Las aguas están alcanzando su nivel y cada quien juega el rol que de hecho le corresponde.

Para un observador distante lo realmente interesante de todo esto son las lecciones históricas que se pueden extraer del caso del discurso de Netanyahu. Queda demostrado que se puede doblegar al más poderoso y uno de los más belicosos gobiernos que han existido sobre la Tierra, que en ocasiones las conspiraciones, los planes de grupos o sociedades secretas sí tienen éxito, que grupúsculos emanados de un pueblo durante muchos siglos satanizado y perseguido pueden convertirse en los dueños del mundo, que se pueden manejar las instituciones y ponerlas al servicio de intereses particulares. Todo eso y más. ¿No es entonces el espectáculo que ofrecen aquí y ahora los Estados Unidos a la vez jocoso y triste? En las próximas semanas todos podremos apreciar si lo que aquí afirmamos tenía visos de verdad y si en efecto la mejor forma de recibir a Benjamín Netanyahu en el Congreso era diciéndole: “Bienvenido, señor Presidente!”.

Divagaciones sobre la Educación en México

Las relaciones entre los países y entre las culturas, por no hablar ya de civilizaciones, son de lo más irregular que pueda uno imaginar. La convicción más simple al respecto, que raya en lo absurdo, es la idea de que la mera posterioridad automáticamente acarrea progreso en todos los sentidos. Pensar eso es realmente una bobada. Desde luego que en ciertos rubros el progreso es lineal o ascendente, pero eso se explica por la naturaleza de aquello que se considere. Si hablamos de conocimiento y de tecnología, entonces es evidente que el mundo de hoy es más avanzado que el mundo de hace 10,000 años, pero se necesita ser muy superficial y muy torpe para entonces pretender inferir que en todos los contextos se produce el mismo fenómeno de avance y mejora. No tenemos que ir muy lejos para presentar contraejemplos. Así, podemos afirmar que no hay entre los ilustres pintores contemporáneos uno solo que pueda equipararse en imaginación, destreza, técnica, en otras palabras, en calidad pictórica con el desconocido artista de las cavernas que dejó plasmada su creación en las grutas de Altamira. Ni la colección de toros de Picasso se compara con esas pinturas rupestres en las que se combinan en forma increíble color, fuerza, movimiento, imaginación, magia y algunas otras cosas más. De manera que es claro que, por lo menos en pintura, avance en el tiempo no acarrea progreso o superioridad. De igual modo, yo sospecho que el hombre de nuestros días es muchísimo más cruel, más despiadado, más bruto que el sencillo homo sapiens sapiens que vagaba por las planicies de África o del Medio Oriente. Ciertamente, nuestros primeros antepasados mataban a sus presas y eventualmente a sus enemigos, pero podemos estar seguros de que los bombardeos de nuestros días, el sicariato, los asesinatos masivos, la proliferación de los paraísos sexuales (México ocupando uno de los primeros lugares en abuso sexual infantil), toda la maldad desplegada por los servicios secretos, agencias de inteligencia, ejércitos, policías, paramilitares y demás, así como los rastros, los experimentos con animales en laboratorios, las corridas de toros, etc., etc., todo ello y todo lo que no mencionamos pero que sabemos que sucede diariamente los habría hecho palidecer y muy probablemente se habrían avergonzado de tener semejantes descendientes, esto es, “nosotros”, los seres humanos del siglo XXI. Moralmente, por lo tanto, dudo mucho que pueda hablarse de progreso frente a los humanos simples de edades pretéritas. En lo que a ciencia y tecnología atañe sin duda los dejamos atrás. Ellos peleaban y mataban uno a uno; en la actualidad un avión puede destruir una ciudad con 20 millones de habitantes en unos cuantos segundos. En eso, a no dudarlo, somos mejores.

El fenómeno disparejo de progreso y retroceso se palpa en cualquier comparación que se haga entre dos países. Tomemos por caso los Estados Unidos y México. En muchos sentidos, de nuevo, en todo lo que tiene que ver con el conocimiento y la tecnología, vamos a la zaga. Pero ¿también en racismo y en otras clases de segregacionismo, en violencia, en nuestras respectivas concepciones de la familia, en nuestras diferentes relaciones hacia la naturaleza, en religiosidad? Es debatible y desde luego hay un sentido en el que los modos de organización social no dependen de la buena o mala disposición de los habitantes, sino de fuerzas materiales, políticas y culturales, de tradiciones y de muchos otros factores que son totalmente independientes de la voluntad individual. No obstante, la comparación objetiva a menudo es conveniente tanto para corregir equivocaciones al emular al que nos aventaja como para preservarnos de sus errores cuando seguimos nuestra propia ruta. El gran problema es no dejarse hipnotizar por el progreso científico y lo que éste acarrea, porque entonces se tiene muy fácilmente la impresión de que el país más avanzado científica y tecnológicamente lleva la delantera en todo y pensar eso es ser presa de una confusión.

Siempre será importante, como dije, estudiar a otros países más avanzados que México entre otras cosas para extraer lecciones de sus fracasos y no recorrer su mismo derrotero y equivocarnos como ellos. Consideremos el caso de la educación. En los Estados Unidos todo, la educación incluida, es sometida a las así llamadas ‘leyes del mercado’. Dicho de otro modo, la educación no es más que una mercancía más. Dado que el Estado no interviene para regular nada (para eso está la Reserva Federal, que es una especie de sindicato de bancos y que es, desde luego, una entidad totalmente privada), el sino de la educación varía en función de fenómenos económicos: inflación, desempleo, tasas de interés, crisis de bienes raíces, etc. En épocas de auge económico la educación es de acceso generalizado, pero cuando los indicadores económicos bajan entonces la educación deja de ser un bien al alcance de todos. En la actualidad, grandes conglomerados de jóvenes sencillamente no tienen acceso a la educación superior y si lo tienen es porque se auto-financian sus estudios. ¿Cómo lo hacen? Por medio de contratos que, para decirlo crudamente, los esclavizan prácticamente para siempre. En esas condiciones, la educación no cumple más que un fin: preparar al joven para que cuando termine sus estudios obtenga un trabajo y pague su deuda. Esto, obviamente, atañe sobre todo a las clases bajas y medias. Naturalmente, siempre habrá estudiantes provenientes de medios sociales menos desfavorecidos y sus orígenes sociales cada vez se decantan con mayor precisión. La educación en los Estados Unidos es eminentemente piramidal. Obviamente, un país tan fuerte y rico siempre tendrá estudiantes en sus escuelas y universidades, pero en relación con sus propios niveles y estándares es innegable que a lo que asistimos es a un retroceso social escandaloso.

Ahora bien ¿cómo nos sirve a nosotros en México lo que podría llamarse el ‘desastre educativo norteamericano’? Yo simplemente asumo que le debería quedar claro a las autoridades mexicanas que el camino recorrido por los Estados Unidos no es el nuestro. Aquí necesitamos que el Estado intervenga para garantizar la educación de la población. Nosotros no podemos darnos el lujo de tolerar siquiera la idea de que la educación en México pueda convertirse en una mercancía más de la cual en última instancia sólo quienes pagan por ella puedan disfrutar. El acceso a la educación es un logro de los sangrientos procesos de transformación social ocurridos en México en la primera mitad del siglo XX, así como lo es el que ésta sea obligatoria, gratuita y laica y es obligación del Estado garantizarla. En otras palabras, desde nuestra perspectiva y en concordancia con nuestra historia, la educación no es ni una prerrogativa de unos cuantos ni algo que se pueda negociar. No es tampoco un favor que el Estado le hace a la población. Los mexicanos tienen derecho a la educación y si el Estado falla en garantizársela lo que se comete es una violación de derechos humanos, lo cual no es el caso en los Estados Unidos, puesto que allá el Estado no quedó articulado o constituido de modo que fuera una de sus obligaciones garantizarle a sus ciudadanos el acceso a la educación, como tampoco lo es garantizarles el acceso a los servicios de salud (eso le corresponde a las compañías de seguros, todo un debate en la actualidad en los Estados Unidos). Prevalecen entre nuestros países realidades sociales, concepciones e ideales políticos prima facie diferentes, por no decir radicalmente opuestos. No cometamos, pues, los errores de otros.

Cómo serían los Estados Unidos si ellos nos copiaran a nosotros y si se concibiera allá la educación “a la mexicana” (con su infraestructura, sus capacidades materiales, sus grandes instituciones de investigación avanzada, etc.) es un tema sobre el que podría divagarse amenamente cuanto se quisiera, pero no voy a solazarme en ello. Me interesa más bien especular sobre cómo debe organizarse la educación en México de modo que se cumplan los preceptos constitucionales y que el rendimiento educativo sea cada vez mayor y más tangible sin, para ello, seguir los pasos de nuestro poderoso vecino. ¿Qué principios generales que no sean meramente utópicos (“queremos un México sin crímenes” y exabruptos similares) deben regir esta primordial función estatal? Obviamente, no se pueden hacer valer las mismas reglas y los mismos principios en todos los niveles pedagógicos. A nivel de Primaria y Secundaria, por ejemplo, es vital efectuar una reforma educativa en la que la columna vertebral sea la despolitización del sector. O sea, hay que echar marcha atrás y deshacer el entramado que durante sexenios los gobiernos mexicanos armaron transformando el sindicalismo en un brazo político operando a base de corrupción e intimidación para mantener callado al sector magisterial. Sindicato tiene que haber y defensa de los derechos laborales de los profesores tiene que darse, pero los maestros pueden organizarse solos, sin la ayuda de la mafia gubernamental que nada más genera enriquecimiento ilícito (y ofensivo), ineficacia, prácticas delictivas de todo tipo, promoción de la inmoralidad y cosas por el estilo. Si el Estado se atreviera a dejar de controlar al sector y cumpliera su función de garante proporcionando los medios (salones dignos, pizarrones, computadoras, salarios decentes, etc.) para la obtención de los fines fijados por la constitución muy pronto dejaríamos de tener las masas de niños y púberes ignorantes, desorientados y carne de cañón para la delincuencia organizada que hoy pululan. Aquí la clave es instrucción en concordancia con los planes de estudio y educación física (nuestros niños no saben no digamos ya nadar: no saben correr! No se tiene derecho a dejarlos tan indefensos). A nivel del sector medio (Preparatoria) se necesita introducir un poco más de rigor: establecer mecanismos efectivos para acabar con el detestable ausentismo, vigilar más de cerca el trabajo desarrollado en las aulas, alentar al alumnado con competencias académicas en todas las materias, examinar periódicamente a los maestros, etc. Como no se les da lo que tiene derecho a recibir, es comprensible que el alumnado carezca de ímpetu, de interés (más que cuando es propio, alentado en la casa, etc.) y de conciencia del esfuerzo que la nación hace para que se eduque. Hay mucho por hacer para mejorar la educación media y todo ello factible. ¿Por qué entonces no hacerlo? La educación superior, por su parte, plantea otros retos. Una vez más, debe formar parte de nuestros objetivos y fines ser diferentes de lo que hacen nuestros vecinos, quienes nos aventajan en muchos otros campos. Sin embargo, nosotros tenemos algunas ventajas sobre su modelo, porque nosotros de hecho fomentamos (algo que se debe reforzar) el estudio de las humanidades, de (por así decirlo) “ramas del saber” que no dependen de su éxito o fracaso mercantiles. No puede ser nunca parte de nuestros objetivos el crear una sociedad en la que se haga depender la poesía, la filosofía o el teatro de si se venden boletos, de si la gente compra o no libros o de si se hace depender la promoción de “momentos estéticos” de potenciales ganancias pecuniarias. Hay que evitar hasta donde se pueda la maldición capitalista, esto es, la cosificación de todo: educación, relaciones personales, producción artística, investigación desinteresada, etc. Pero para que el esfuerzo fructifique es menester también reformar los procesos educativos en las instituciones de educación superior. Desde luego que hay que generar profesionistas para que se incorporen al mercado de trabajo lo mejor preparados posible, pero ello inevitablemente requiere elevar el nivel académico de quienes ingresan a las universidades. Una reforma universitaria seria tiene que proponerse acabar con el amiguismo académico, con la confección de plazas (prefiguradas para tal o cual persona), con el manejo discrecional (casi privado) de las publicaciones, con la implantación de políticas independientes de personas concretas o de intereses de grupo. Sería ingenuo (y más que eso) pensar que hay oasis sociales y que hay instituciones que podrían sustraerse a la atmosfera general prevaleciente en un país. México es un país de corrupción y ese fenómeno es invasivo, por lo que las instituciones no están exentas de él. Es importante, por lo tanto, en aras de las generaciones que vienen y del futuro del país, implantar políticas destinadas a evitar la formación de grupúsculos semi-profesionales-semi-politiqueros que no hacen más que pelearse los presupuestos, desterrar de una vez por todas la práctica del despilfarro (como cambiar de computadora cada año o tener tres computadoras porque se está en tres programas diferentes), luchar contra el caciquismo académico, tan dañino en las universidades como en las asociaciones obreras. Las universidades se deben regir por mecanismos académicos transparentes, por procedimientos sometidos a regulaciones objetivas, por principios de honestidad intelectual que hay que hacer respetar contra viento y marea. Algo de esto hizo o pretendió lograr, un tanto a tientas y a locas pero bien intencionado, el reciente movimiento estudiantil del Instituto Politécnico Nacional. A mí me parece que el alumnado politécnico puso el ejemplo y fijó el camino. De lo que se trata ahora es de seguirlo.

Modelos de Organización Política

A primera vista, la humanidad ya produjo a lo largo de su historia todos los modelos de organización estatal imaginables. Afirmar algo así me parece que es, entre otras cosas, revelar una miopía política y una imaginación tan pobres que hasta risa da. Me parece que se podría argumentar a priori que, si todavía hay seres humanos poblando el planeta (lo cual es todo menos obvio) habrá dentro de un siglo formas de organización social y política que no han encontrado todavía a su Julio Verne. Mucho de las limitaciones que la mente humana en nuestros días se auto-impone en cuanto a concepciones políticas concierne se debe en alguna medida a los obstáculos intelectuales que impone el modelo democrático reinante y, peor todavía, a la presión moral y política que en su nombre sistemáticamente se ejerce. Por razones que no sería muy difícil proporcionar, el ciudadano contemporáneo, no importa de dónde sea, se ve bombardeado mañana, tarde y noche con toda clase de mensajes, tanto burdos como subliminales, para que al despertarse grite a todo pulmón y se vaya a dormir inscribiendo en su conciencia la consigna obligatoria, tanto política como moralmente, de que la democracia es el non plus ultra en cuanto a sistemas de vida y de organización gubernamental atañe. Ahora desde el más inteligente hasta el más tonto de los habitantes repiten como sonámbulos aburridas y vacuas proclamas de la forma “La democracia es el bien supremo”, “Sin la democracia no queremos vivir”, “Todo se lo debemos a la democracia”, etc., etc. Y, naturalmente, está activa también la faceta menos agradable de la “defensa de la democracia”, a saber, la mirada colectiva sospechosa sobre quien se atreve a poner en duda sus bondades, la denostación pública del escéptico, la animadversión grupal hacia quien osa cuestionar el modelo. El crítico de la democracia puede tener algunos titubeos, pero hay algo sobre lo cual puede tener certeza: para sus objeciones, por razonables que sean, no habrá mecanismos de difusión, no habrá un auditorio mínimamente objetivo, no habrá paz.

Y sin embargo, cuando echamos una ojeada no ya al futuro, puesto que eso no se puede, sino al pasado, nos encontramos con que eso que ahora es exaltado con fanatismo era visto más bien con condescendencia y hasta con desdén. Los griegos, tan sabios en todo, sentían una particular aversión por la democracia. De los tres gigantes del pensamiento occidental que fueron Sócrates, Platón y Aristóteles, ninguno de ellos se inclinaba por la democracia. De hecho Sócrates fue una víctima de ese sistema y Platón, el divino, hasta fue vendido como esclavo por estar promoviendo ideales anti-democráticos. De los grandes pensadores políticos que vinieron después, ni San Agustín, ni Sto. Tomás, ni Maquiavelo, ni Leibniz ni Hegel ni Marx ni muchos otros eran partidarios de la democracia. La democracia se gestó y se fundamentó filosóficamente en el mundo anglo-sajón. Sus grandes representantes son Locke, Mill, Russell (con reticencias) y posteriormente los politólogos norteamericanos. Como los anglo-sajones se quedaron con el mundo impusieron su sistema, un sistema que les funcionó a ellos (hasta hoy, porque es debatible el que seguirá funcionando todavía por mucho tiempo) y acerca del cual nos quieren a toda costa convencer de que efectivamente es el mejor. Independientemente de todo, es innegable que la democracia genera políticos de una mediocridad superlativa. Recuerdo al vicepresidente Dan Quayle diciendo, justo antes de iniciar un viaje por América Latina, cuando se le preguntó sobre cuál era su mensaje a los gobiernos del continente, que elocuentemente respondió: “Democracia, democracia y más democracia”. El sistema democrático está íntimamente asociado con la demagogia y la vacuidad retórica. Nadie negará que con argumentos como el de Quayle resulta en verdad un poquito difícil polemizar. Lo interesante del caso es que (estoy seguro) nunca le cruzó por la mente a Quayle el famoso dictum de Heráclito Todo pasa, nada permanece. Según yo, esto se aplica por igual a la democracia la cual, como todo, tiene su momento de florecimiento y también de descomposición. El escándalo de la reelección de Bush, por ejemplo, es un síntoma inequívoco de que el sistema democrático de los Estados Unidos está desgastado y está empezando a agotarse. No creo que lo que paulatinamente lo remplace sea magnífico (más bien me temo lo contrario), pero el bipartidismo estéril, el triunfo de las trasnacionales, la sumisión total a las políticas de la Federal Reserve, el racismo cada vez más intenso en el que se vive, la presencia cada vez mayor de los órganos de represión, el espionaje permanente de los ciudadanos, etc., etc., no permiten augurar nada maravilloso. Yo creo que no es descabellado pensar que cuando finalmente caiga, el derrumbe del sistema democrático será estrepitoso.

Como decía más arriba, se nos quiere inculcar la idea de que el sistema democrático es la culminación natural en la evolución política del Hombre. Yo creo que la historia enseña otra cosa. El desarrollo histórico y político no es tan simple. Consideremos nuestro país. ¿Qué se logró con la democracia en México? La respuesta es simple: afianzar, reforzar, radicalizar el status quo. La democracia mexicana (o a la mexicana) ha tenido resultados palpables que es imposible no percibir. Permítaseme mencionar algunos. Con la democracia, México perdió autonomía en el plano internacional. Nunca los gobiernos democráticos de México han desarrollado una política internacional tan digna como la de la época de López Mateos o de Luis Echeverría; las sumas de dinero gastadas para mantener el sistema partidista (que es la modalidad democrática de la lucha política) son obscenas y afrentosas, sobre todo para lo que es una población hambrienta, desarrapada, sin instrucción, de gente que vive al día y todo lo que ya sabemos; con la democracia creció exponencialmente la corrupción en México. Lo que antes unos cuantos hacían a escondidas ahora lo hace quien puede a la luz del día y presume por ello; si de algo podemos acusar al sistema democrático es de haber impulsado, reforzado, potenciado la impunidad. Las estadísticas hablan por sí solas: de 100,000 averiguaciones previas que se inician no se concluyen exitosamente ni 50. Vivimos, gracias en gran medida al sistema democrático-corrupto-propiciador de la impunidad en la indefensión y en la injusticia. México siempre fue un país de contrastes pero ahora, gracias a la bendita democracia, lo que eran límites borrosos en otros tiempos se transformaron en límites nítidos, profundos, infranqueables entre grupos sociales. En México conviven universos que se yuxtaponen, pero que no se tocan. El sistema que nos rige fomenta el caos, ya que esa es la única forma de protesta política lógicamente compatible con él. El sistema es una auténtica burla. Por ejemplo, se nos dice que diputados y senadores son “nuestros representantes”. No sé qué pasará con otras personas, pero confieso que no me siento en lo más mínimo representado por gente que ni conozco ni me conocen, gente que no recorre la zona donde vivo, que no entra en contacto con los vecinos más que en periodos de elecciones y eso a distancia, él o ella sobre una tarima y los asistentes, acarreados o no, abajo y de lejos, gente que cuando deja su puesto abandona lo que caía bajo su radio de acción en peores condiciones que cuando asumió el poder. Pero al parecer todos estos flagelos, estos males que la democracia le ha acarreado al pueblo de México se justifican por los beneficios que, se nos quiere hacer creer, la democracia nos ha traído, a nosotros los ciudadanos comunes y corrientes. Preguntémonos entonces: ¿cuáles son dichos beneficios? La respuesta es tan obvia como inmediata: los efectos negativos de la democracia (de inmediato se nos aclara: no lógica sino sólo contingentemente vinculados a ésta) son el precio que hay que pagar por la participación del ciudadano en la vida política del país. Y ¿cómo se manifiesta, cómo toma cuerpo dicha “participación”? Hasta un niño lo sabe: el ciudadano tiene el derecho, el privilegio, de ir a depositar su voto en una urna una vez cada 6 años, si la elección es presidencial, de gubernatura estatal o para la Cámara de Senadores y una vez cada 3 años para elegir a su diputado o a su delegado. El ciudadano tiene el inalienable derecho de tachar unas hojitas y expresar así, desde lo más hondo de su alma, su voluntad política. Ese es el gran avance político que representa la democracia para el hombre de la calle y por el cual es menester soportar con estoicismo los males que casualmente implica.

No nos engañemos: el juego político de la democracia tiene dos frentes. Uno es el de las relaciones entre el poder (las autoridades) y el ciudadano y otra es el de las relaciones entre los miembros de la clase gobernante, en todos los ámbitos relevantes. En relación con éstos ciertamente el juego cambió: pasamos de un presidencialismo autoritario al juego de la democracia parlamentaria, de las elecciones (siempre truqueadas, siempre falseadas) que es lo que entretiene, interesa y beneficia a los actores políticos. Lo que con la democracia se modificó fueron las reglas internas de la contienda política: ahora se puede interpelar al presidente, se pueden hacer coaliciones con adversarios y ganar posiciones, etc., etc. Ese es el gran logro de la democracia: una revolución para beneficio de la clase política, de la clase constituida por la gente que toma decisiones. Ahí se produjo un cambio evidente. Pero eso ¿en qué beneficia eso a la población? Propongo que se lo pregunten a los estudiantes de Ayotzinapa.

Podemos distinguir entonces entre dos grandes aspectos de la vida política de un país: el aspecto formal, que es donde la democracia es relevante, y el aspecto material, en donde la democracia es más que inocua, dañina. Proporcionalmente, desde un punto de vista material el pueblo de México no vive mejor ahora que en los años 70. El comercio mundial se expandió y ahora los humanos explotan sin misericordia alguna hasta el último rincón del planeta (imagino que si la Tierra fuera un ser vivo preferiría estar muerta a seguir siendo tratada como lo es en la actualidad. Afortunadamente no se trata más que de una imaginación que en ocasiones se desboca). Pero aun así hay más gente que vive peor hoy que hace 40 años. La criminalidad, la inseguridad, la contaminación, etc., no tienen comparación. Podemos ahora entender por qué el juego de la democracia es un juego político perjudicial: se antepone el aspecto formal al material y el aspecto material de la vida, que es el que le importa al ser humano de carne y hueso, se mantiene en los límites de lo aceptable y si es necesario se le baja o disminuye, como por ejemplo se reducen a su mínima expresión la canasta básica y el salario mínimo. Todo ello en aras del bienestar de minorías infames, voraces, sin límites. Si todavía el lenguaje religioso tuviera el sentido y la fuerza que tuvo en otros tiempos, yo diría “de minorías sin Dios”. Por todo eso y muchas cosas más que podrían decirse reconocemos que la democracia no convence, no gusta, no se le quiere. Toda la verborrea desplegada para ensalzarla en el fondo no es más que una artimaña para mantener en una situación permanente de sumisión, de sometimiento, de sobajamiento, de humillación a millones de personas, de seres de nuestra especie que podrían florecer, desarrollarse, aportar alegría, arte, conocimiento, toda clase de logros, pero que viven con sus potencialidades mutiladas o canceladas. En verdad, la clase política mexicana y sus portavoces a sueldo no tienen nombre!

¿Qué queremos? ¿Regresar al pasado, a sistemas políticos rebasados? En política no hay regresos, por lo tanto, esa no es una opción. No es eso lo que se quiere, pienso yo, aunque si se nos pone en la disyuntiva de elegir entre un poder tirano pero benefactor material de su población o un régimen democrático pero inepto o incapaz en lo que a producir bienestar material concierne, estoy persuadido de que millones de personas (sobre todo si piensan en sus hijos) sin vacilar preferirían lo primero y con mucho. Pero esa disyuntiva es puramente teórica. Yo creo que lo que la gente quiere es un modo de vida en el que se dé el juego democrático, si esa es la condición, pero a cambio de convertir a este país no sólo en un país de leyes sino en uno en el que se apliquen las que tiene y que a sí mismo se da, un país en el que por tener la población tan desvalida y desprotegida que tiene haya un gobierno que se erija en protector del pueblo, llámesele como se le llame (a sabiendas de que no faltarán los doctos que de inmediato se levantarán en contra de la idea de un gobierno “paternalista”, “populista”, “benefactor”, “proveedor”, etc., etc., todas esas desde luego categorías importadas por los portavoces de la democracia de los países en donde ésta no se contrapone a los intereses nacionales), que cuide a su población, a su infancia y no que esté permanentemente velando por los intereses de los grandes capitalistas mexicanos. Yo no veo en México más que a un político susceptible de reprogramar al país dentro del marco del sistema democrático, pero sobre él hablaremos en otra ocasión.

Sobre la Libertad de Expresión: algunos comentarios sueltos

Soy de la opinión de que una de las tareas intelectuales más difíciles de realizar con éxito es la de establecer límites. Es difícil, por ejemplo, establecer límites respecto al significado de nuestras expresiones. Consideremos brevemente la palabra ‘perro’. ¿Hasta dónde llega su aplicación’. Supongamos que decimos que los perros son animales carnívoros que viven en casas de personas y acompañan a la gente. Bueno, alguien podría tener un su casa un coyote (que como sabemos es carnívoro) y que éste lo acompañara todo el tiempo. Tendríamos entonces que decir que ese coyote es un perro, lo cual obviamente no nos va a dejar satisfechos. O supongamos que alguien dice que una mesa es una plancha de madera sobre cuatro patas. De inmediato le mostramos artefactos de plástico, de acero, de tres patas, de una, de vidrio, etc., a los que también llamamos ‘mesas’. Entonces ¿hasta dónde llega el uso correcto de la palabra? Hay desde luego formas objetivas de indicar los límites de aplicación de las expresiones, pero si dificultades así se plantean con nociones tan simples como la de perro y mesa podemos de inmediato inferir que cuando lidiemos con entidades o fenómenos abstractos los problemas crecerán de manera exponencial. Eso es justamente lo que creo que pasa con nociones como la de “libertad de expresión”. ¿Hasta dónde tiene sentido hablar de “libertad de expresión” y a partir de dónde deberíamos hablar más bien de mal uso o de abuso de la libertad de expresión? Por otra parte, ¿qué o quién fija los límites de dicha libertad?¿Se pueden acaso establecer dichos límites sin caer en autoritarismos inaceptables? El tema es importante, por diversas razones. La libertad de expresión se conecta directamente, por una parte, con la libertad de acción, de la cual es una modalidad (hacemos lo que decimos), y por la otra con la libertad de pensamiento, que es como su presuposición más básica (decimos lo que pensamos). El tema que nos concierne, que es sumamente elusivo, es, pues, de interés permanentemente, pero su importancia resalta y se impone cuando surgen problemas como el del semanario francés atacado la semana pasada en París. A mí me parece que para poder pronunciarse de manera mínimamente racional sobre el tema en cuestión hay que haberse forjado previamente alguna idea de qué clase de privilegio es dicha libertad y de hasta dónde se puede aplicar legítimamente la noción sin distorsionarla. El asunto, como dije es esquivo, entre otras razones porque mucho de lo que hay que decir es un asunto de grados. Lo que esto significa es que no deberían esperarse respuestas contundentes, tajantes y definitivas, puesto que si lo que digo es acertado entonces es lógicamente imposible formular respuestas de nitidez matemática.

El tema del derecho a la libre expresión es un tema tan eterno como el Hombre, pero a nivel masivo es un tema más bien reciente. Lo primero es fácil de hacer ver: a Sócrates, hace unos dos mil cuatrocientos años, no lo mataron porque estuviera organizando conspiraciones o preparando golpes de estado, sino pura y llanamente por decir lo que pensaba, sólo que lo que pensaba le resultaba incómodo a ciertas élites y a diversos personajes y entonces (para expresarme en terminología que todo mundo conoce y entiende) le “armaron un operativo”, lo llevaron ante los jueces y lo condenaron a la ingestión de cicuta, esto es, a muerte. Pero el problema general de la libertad de expresión, no reducible al caso particular de un individuo genial y excepcionalmente honesto, es diferente. Se trata de un tema típico de la época de la cultura del flujo de información. Prima facie, no parece congruente por una parte desarrollar toda la tecnología de la información de la que ahora se goza y que presupone investigación, inversiones, contratos, mercados, etc., y por la otra pretender imponer límites a los beneficios que dicha industria genera. De manera natural, el horizonte de la libertad de expresión tiene hoy que ser mucho mayor que el de cualquier otra época del pasado y por ‘libertad de expresión’ en la actualidad debe entenderse el derecho no sólo a decir en voz alta sino a difundir literalmente lo que le venga a uno en gana. No obstante, también es conceptualmente incoherente pensar que entonces ese derecho no está o no debe estar sometido a restricciones de ninguna índole. El problema consiste más bien en proporcionar los criterios y los mecanismos para el establecimiento de límites racionalmente aceptables en relación con un derecho que hoy por hoy la cultura mundial le concede al individuo. El problema es: ¿dónde están esos criterios?¿Quién los formula?¿En qué se fundan?

Yo quisiera empezar por sugerir que pasa con la noción de derecho a la información y a la libre expresión algo parecido a lo que pasa con la noción de derecho humano. Son conceptos, por así decirlo, “negativos”. Sirven ante todo para indicar límites. La importancia del concepto de derecho humano no es que permita apuntara una serie de derechos positivos especiales que serían los derechos humanos. No hay tal cosa. “Derecho humano” sirve para indicar que los derechos positivos de los ciudadanos, los derechos reconocidos en constituciones y leyes, fueron violados por las autoridades encargadas de hacerlos valer. Así, si un ladrón le roba a una persona comete un delito, pero si a la persona le roba la Secretaría de Hacienda, entonces se violan sus derechos humanos. Si un doctor particular no quiere prestar un servicio, en última instancia está en su derecho (aunque en principio también su acción podría resultar criminal), pero si un doctor del ISSSTE le niega el servicio a un paciente que tiene derecho a él, entonces lo que hace es violar su derecho humano de derecho a los servicios de salud. Lo que es importante, por lo tanto, en relación con los derechos humanos no es una potencial lista de derechos, lista que es inexistente, sino el concepto de “violación de derechos humanos”. En el caso de la libertad de expresión pasa algo similar: lo que es importante son las restricciones ilegítimas a la libertad de expresión o las que se deberían imponer para que dicho derecho no sea mal empleado. Tenemos entonces dos interrogantes. Primero: ¿cómo se restringe de hecho la libertad de expresión? y, segundo, ¿qué clase de restricciones habría que imponer para evitar que, como a menudo sucede, se hace un ejercicio indebido de él?

Obviamente, en la sociedad en la que vivimos (capitalista, tecnológica, etc.), la forma más usual (y muy efectiva, dicho sea de paso) de limitar el derecho a la libertad de expresión es restringiendo el acceso a los medios de comunicación. Aquí empiezan a verse las asimetrías y las desigualdades que prevalecen en relación con este derecho. Por ejemplo, si un palestino se inmola en prácticamente todos los periódicos del mundo occidental se pondrá el grito en el cielo y en forma estridente se hablará de terrorismo, pero si se bombardean poblaciones inermes en Gaza entonces o no se da la noticia o se menciona un dato como cuando se da el precio de un producto. O sea, considerada en abstracto ciertamente hay algo así como ‘libertad de expresión’, pero en concreto es falso que todos podamos ejercerlo sistemáticamente. Peor aún: eso puede suceder inclusive si uno pretende justificadamente defenderse. El problema contemporáneo con la libertad de expresión, por lo tanto, tiene que ver en primer término con la posesión o el control de los canales de información. Antes eran los gobiernos los que los controlaban, pero poco a poco fueron cediendo sus derechos a particulares. El núcleo del problema está por consiguiente en cómo regular el manejo de la información por parte de particulares (compañías de televisión, periódicos, estaciones de radio, etc.). En este caso se entrevé una salida: se tiene que establecer una lista de principios por medio de los cuales se regule legalmente la función social de difusión de la información. Obviamente, le corresponde al estado fijar establecer dicho marco jurídico.

Hay, sin embargo, otra forma, mucho más insidiosa y no necesariamente legítima (aunque sí legal), de limitar o pretender limitar el derecho de expresión, la libertad de palabra. Esta tiene que ver con un fenómeno muy complejo que es el de la manipulación de la información. Que no se nos diga que estamos viendo conspiraciones donde no las hay, porque desafortunadamente el fenómeno de la manipulación de la información está a la orden del día y todo mundo lo padece. Manipular la información es importante para manejar la opinión pública y esto a su vez es crucial para controlar a las poblaciones. Hay multitud de técnicas para ello: no proporcionar todos los datos relevantes, ser deliberadamente inexactos, repetir un dato falso cientos de veces, dar la información entremezclada con evaluaciones subjetivas o de grupo, confundir a los receptores por medio de juegos de palabras, imágenes, modelos y así indefinidamente. La desorientación informativa es característica del México de nuestros días y a ello en gran medida se le debe que nuestro país sea uno de los peor informados de América Latina. El mexicano medio no sabe ni quién era Chávez ni qué son las FARC ni qué sucede en el Medio Oriente ni … La ignorancia del mexicano, evidentemente, no es innata ni genética: se debe simplemente a que no se le da la información que en principio tiene derecho a recibir. Esto pone de relieve otro dato importante: el derecho a la libertad de expresión trae aparejado el derecho a la recepción de la información. Si no se ejerce uno probablemente tampoco se ejercerá el otro.

El punto crucial en relación con el derecho a la información y a la libertad de palabra es que, de facto, por el efecto de fuerzas sociales operantes, invisibles o no, hay cosas que no se pueden decir, hay verdades que no se pueden publicar. Aquí sí tocamos los límites del derecho a la información y del derecho a la libre expresión. No importa si lo que se quiere decir es verdad, si urge que la gente esté enterada de ello, si es injusto que no lo esté, etc.: hay verdades que no se pueden decir. Aquí es donde se traba la lucha decisiva: ¿qué hacer cuando los límites a la libertad de expresión los fijan intereses particulares, de personas o grupos humanos relativamente fáciles de identificar pero que, por las razones que sean, de hecho son intocables?¿Qué hacer en esos casos? Aquí se conjugan todos los obstáculos: se restringen los canales de difusión de ideas, se ponen en marcha los mecanismos culturales para frenarlas y se recurre a la fuerza, en todas sus modalidades, para impedir que efectivamente se den a conocer? El mundo occidental se jacta de ser el mundo de la libertad de expresión, pero podríamos sin problemas hacer una lista de temas que de inmediato reconoceríamos como tabúes. Conclusión: sí hay libertad de expresión para lo estrictamente personal, lo banal, lo intrascendente, etc. Poco a poco se transita hacia temas en relación con los cuales hay que pelear para poder expresarse libremente y, finalmente, hay temas prohibidos y que acarrean sanciones si alguien se atreve a tocarlos. Dejo al amable lector la no muy difícil tarea de elaborar una lista así.

Abordemos el asunto desde esta otra perspectiva: ¿qué es hacer mal uso del derecho a la libertad de expresión? Es esta una pregunta inmensamente compleja y para la cual muy probablemente sea imposible encontrar una respuesta satisfactoria. Una razón de ello salta a la vista: al usar la palabra ‘mal’ nos introducimos en el mundo de las valoraciones, las evaluaciones, las jerarquizaciones, etc., y al hacerlo abandonamos el terreno de la objetividad y el conocimiento. Me parece a mí que ‘mal uso’ sirve para indicar que se emplea una técnica, se pone a funcionar una industria, se utiliza una empresa de la información de tal manera que sus actividades en principio entran en conflicto o chocan teóricamente con los valores encarnados en las leyes vigentes. Así, si un periódico se burla del modo de vestir de la gente de, digamos, Pakistán, ese periódico estará teóricamente violentando valores de toda sociedad en la que se supone que se respeta el modo como a la gente le gusta vestirse, por estrafalario que éste sea. Si se hacen caricaturas ofensivas de gente lisiada se está generando un corto-circuito con los valores de la sociedad la cual, a través de sus leyes y códigos, nos enseña a respetar a los demás y prohíbe que se humille o se convierta en objeto de escarnio a una persona y más aún si ello es por alguna deficiencia física. A fortiori, en las sociedades occidentales es claro que si un periódico se burla de una religión, sea la que sea, estará teóricamente entrando en conflicto con los valores de su propia sociedad, pues en general en las leyes de estas sociedades se condena la mofa de algo tan serio como los contenidos de una doctrina religiosa particular. Así entendidas las cosas, podemos preguntarnos: el ahora mundialmente conocido semanario francés “Charlie”: ¿estaba rebasando los límites del derecho de la libertad de expresión? Yo creo que esa pregunta se responde por sí sola, de manera que me la ahorro. Pero esto me lleva al punto crucial: ¿qué hacer con el famoso derecho de libertad de expresión cuando éste se ejerce para burlarse de un grupo humano, una religión, una persona, cuando se sabe que no va a haber castigo, multa, penalización alguna por ello y cuando la posibilidad de responder en forma equivalente de hecho está clausurada?¿Qué se supone que tienen que hacer los afectados? No quiero retomar el caso del semanario parisino porque, a pesar de la desinformación sistemática a la que se ha sometido a la población mundial, a estas alturas ya quedó claro que todo lo que allá pasó estuvo planeado y orquestado desde otras latitudes, con objetivos políticos muy concretos y que es realmente un cuento de hadas la historieta de que los jovenzuelos cazados por la policía francesa hayan sido realmente los autores del atentado. La pregunta es: ¿qué se puede y qué se debe hacer cuando se es víctima del mal uso del derecho a la libertad de expresión?

El tema tiene mil aristas y es de una gran complejidad y, por lo tanto, no es en unas cuantas líneas como estas que se puede ofrecer una respuesta satisfactoria a semejante inquietud. Sin embargo, me parece que tener conciencia de que se puede hacer mal uso del derecho a la libertad de expresión es algo positivo por cuanto genera en nosotros nuevas obligaciones. En efecto, así como están las cosas en la actualidad, en la que ciertos grupos manipulan la información en función de sus intereses y que no hay nada que hacer al respecto (no podemos ni siquiera soñar en la estatización de todos los medios de comunicación del mundo), lo que el individuo tiene que hacer es aprender a defenderse del mal uso de la libertad de expresión al que está permanentemente expuesto. Pero eso ¿cómo se logra? Por lo pronto, tenemos dos nuevas obligaciones tan pronto nos hundimos en el mundo de la información (noticias, editoriales, etc.). La primera es que, en esta época de caudales de información accesible en todo momento, las personas tienen que aprender a aprovechar la información disponible, la que está ya al alcance de su mano; en la red, en periódicos de otros países, etc.; y, en segundo lugar, la gente tiene que enseñarse a sí misma a leer o a escuchar críticamente la “información” que recibe, de manera que la distorsión informática pueda rectificarse, aunque sea en alguna medida. Eso es lo que, si no me equivoco, en México de manera instintiva se hace o se tiende a hacer. Por ejemplo, se nos dice que un individuo solo mató a Colosio: ¿cómo reaccionamos los mexicanos? De entrada no lo creemos, creemos más bien lo contrario y entonces buscamos la información genuina en la red, en libros, en hemerotecas, etc. Como dicen, no hay mal que por bien no venga!

En Contra de Todas las Formas de Terrorismo

1) A principios de la semana tuvo lugar un suceso sangriento y ciertamente reprobable en uno de los lugares donde menos nos imaginaríamos que pudiera producirse: ni más ni menos que en el corazón de la capital de Francia. El suceso en cuestión, como todos sabemos, fue el ataque a la sede de un conocido semanario caracterizado por sus sátiras y críticas políticas. Me refiero al ahora internacionalmente famoso Charly Hebdo. El resultado del ataque fueron 12 muertos, pero si contamos sus secuelas la acción habrá producido por lo menos una veintena de ellos.

Yo pienso que cualquier persona no imbuida de fanatismo, mínimamente sobria, con dos dedos de sesos, condenaría la acción a la que, en la medida en que causa la muerte de personas inocentes o que no están directamente vinculadas con los hechos controvertibles que generaron el ataque, habría que calificar de ‘terrorista’. Yo en lo particular me uno a la condena. Sin embargo, me parece que, como en tantas otras ocasiones, en este caso el evento en cuestión es de inmediato aprovechado por la mafia política universal, es utilizado negativamente para generar más odio entre las poblaciones y es descaradamente canalizado para sacarle provecho en detrimento de la comprensión del acto, de sus motivaciones profundas y de su significado. Yo creo que, como en cualquier otra situación, de la naturaleza que sea, salvo si estamos directa y personalmente inmersos en la situación, es importante tratar de entender las dos perspectivas involucradas, reconociendo de entrada que todo lo que sea atentar en contra de inocentes es inaceptable. Pero ¿quién es totalmente inocente en este caso? El que esté libre de culpe que arroje la primera piedra!

2) Me parece que lo primero que se tiene que hacer es dimensionar correctamente el asunto. La muerte de una persona es tan dolorosa en París como en el Chad, que dicho sea de paso durante más de un siglo fue propiedad (i.e.., colonia) precisamente de los franceses. En México todos los días se encuentran fosas clandestinas con cadáveres en estado de descomposición y la prensa mundial no hace mayor alharaca al respecto. Todos entendemos, naturalmente, que por tratarse de París además de lamentar sinceramente el suceso en cuestión tenemos también que rasgarnos las vestiduras y expresar nuestra pena hasta desgañitarnos. Pero esa exigencia cultural me parece un poco fuera de lugar, porque podemos preguntar: ¿acaso Francia no llevó el horror, la muerte y la explotación a Argelia, a Marruecos, a toda África Central, al Medio Oriente, a Vietnam? Como dije, cualquier persona sensata desde luego que está en contra de los asesinatos de personas inocentes, pero hay que preguntar: ¿quién tiene la autoridad moral (no nada más el poder militar y policiaco) para quejarse y hablar de “actos de barbarie” (como lo hace el renegado socialista, el actual presidente de Francia) cuando se ha hecho exactamente lo mismo o peor aún?¿Estoy acaso históricamente equivocado al afirmar que Francia construyó en gran medida su riqueza, llenó sus hermosos museos, colocó su magnífico obelisco, se benefició de las riquezas naturales de muchos países durante siglos, traficó con esclavos, etc., etc., a costa de otros pueblos y que eso exigió la implantación del terrorismo francés en múltiples lugares de este planeta? Si se piensa un poquito en las poblaciones de África del Norte lo que dan son escalofríos (para no ir tan lejos: piénsese en el bombardeo de Libia para acabar de tajo con un estado reconocido por la ONU). Una vez más: lo sucedido en París es inadmisible, pero colocado sobre el trasfondo de lo que de hecho ha sucedido y sucede todos los días en Palestina, en Irak, en Siria, en México y en muchos otros lugares la perspectiva cambia y lo que vemos es otra cosa. La pregunta es: ¿qué?

3) Europa encarna mejor que nadie la civilización occidental. Esta civilización ha generado muchos de los productos más espléndidos creados por el ser humano: el Partenón, la filosofía, el contrapunto, Shakespeare, etc. Desafortunadamente, Europa ha sido también la cuna de guerras sin fin (territoriales, comerciales, culturales, etc.), un continente con países beligerantes y expansionistas, un continente de campos de concentración, de bombardeos, de masacres en grande (nada más la Segunda Guerra Mundial cobró la vida de más de 50 millones de personas. Eso no se ha visto en otros continentes, hasta donde yo sé. Ni en China!). En particular, esta hermosa civilización europea fue durante un par de siglos la plataforma para el ataque sistemático al Islam, porque si no me equivoco eso fueron las Cruzadas. Desde sus orígenes, siempre ha habido una gran rivalidad entre civilización cristiana y civilización islámica. Ya en nuestros tiempos, la lucha por razones de orden religioso resulta un tanto obsoleta, porque la vida contemporánea ya no gira en torno a la religión como lo hizo durante más de 10 siglos. El problema es que la disminución del encono religioso y el que las distintas religiones hayan poco a poco aprendido a convivir unas con otras no anula las rivalidades en otros terrenos y contextos. Los diamantes de África, el petróleo de Irak, el gas de Afganistán, etc. etc., siguen siendo razones para seguir odiando o despreciando a otros pueblos y, desde luego, a tratar de seguir sojuzgándolos. La diferencia es que, como dije, las bases de dicha rivalidad (en particular con el Islam) ya no es de carácter religioso, sino más bien económico (como siempre lo fue) y político.

Dado lo anterior, la situación de algunos países de Europa Occidental resulta ser paradójica, por no decir absurda. Por un lado, el imperio francés (como el de los ingleses y hasta me atrevería a decir también que el de los españoles, si examinamos lo que año tras año extraen sus bancos de América Latina) se aprovechó de múltiples regiones, zonas, poblaciones, etc., a lo largo y ancho del planeta por lo cual inevitablemente se establecieron vínculos fuertes entre la metrópoli y sus provincias. Lo globalización, la internacionalización del capitalismo, obligó a los antiguos imperios a abrirles las puertas a los nacionales de sus antiguas colonias. Éstos, obviamente, (como los mexicanos en Estados Unidos, quienes – permitiéndome citar verbatim al inefable Vicente Fox – “hacen el trabajo que ni los negros quieren hacer”), es decir, los marroquíes, los nigerianos, los libaneses, etc., se fueron integrando poco a poco a la vida en Francia, de la cual hoy son una parte inalienable. Como era de esperarse, ellos llevaron consigo desde luego su fuerza de trabajo, pero también sus tradiciones, sus costumbres, sus religiones. Llegan entonces a un lugar en donde se les prohíbe a sus mujeres que lleven el velo, se les encajona en zonas concretas de las ciudades, se les hostiga de muchas maneras y, lo cual ya es llegar a un límite, se burlan de su religión. Preguntémonos y respondámonos con franqueza: ¿qué le pasaría a un desorientado en México que escribiera panfletos burlones sobre Cristo, que hiciera caricaturas del Papa, que se burlara de la Virgen María? Uno también podría apelar a ideas magníficas como la de “libertad de expresión” o “privilegios de la democracia”, etc., etc., pero no creo que sirvieran de mucho. La respuesta a la pregunta recién planteada es obvia: lo lincharían y en ese caso ni la policía intervendría. Pero entonces, tratando de ser equilibrados, hay que tratar de contestar a la pregunta: ¿cómo se supone que tiene que reaccionar una musulmán cuando, viviendo en las condiciones en las que vive, con el pasado que lo acompaña, es testigo de una mofa descarada de lo que son los fundamentos de su cultura?¿Tiene que soportar eso y más por la “libertad de expresión”?¿Hasta dónde llega ésta? Intentando visualizar una posibilidad de reacción no violenta: ¿se supone que él tiene que ir al semanario y hacerle ver a sus periodistas, jefes, directores, etc., que hacen mal en ridiculizar al profeta Mahoma? O ¿podría darse el caso de que le permitieran a él escribir un artículo y que se lo publicaran? Es evidente que no. Pero entonces: ¿qué se supone que tiene hacer un musulmán cuando es agredido culturalmente? Yo desde luego repudio el asesinato, pero la verdad es que me quedo sin respuesta. La pregunta es más general: ¿cómo tiene que actuar el sojuzgado para romper las cadenas de su esclavitud? Le dejo al lector la respuesta.

4) Quiero terminar estas líneas diciendo que yo tengo confianza en la sabiduría política del pueblo francés, un pueblo políticamente mucho más maduro y avanzado que, por ejemplo, los pueblos anglosajones. Yo creo que los franceses tienen la capacidad de extraer las moralejas adecuadas de este lamentable evento y una de ellas es que deben aprender a entender que no hay forma imaginable de sometimiento que no desemboque tarde o temprano en la rebelión y en la violencia, porque la sumisión total (que es lo que buscan algunos) es sencillamente imposible. Los franceses pueden aprovechar la ocasión para mostrarle al mundo que efectivamente son más maduros si no permiten que se use lo que pasó para excitar más los odios inter-raciales, para denigrar más las costumbres, tradiciones y religiones de otros pueblos (y en particular los de aquellos con los, quieran o no, tendrán que convivir), si hacen un esfuerzo para entender al “otro”, al meteco, y, sobre todo, si no se dejan manipular por una prensa amarillista, vitriólica y tendenciosa, al servicio como siempre de las peores causas. El ciudadano francés tiene que entender que la acción terrorista individual, por injustificada que sea, es una reacción frente al terrorismo estatal y cultural, que es permanente, anónimo e impersonal. Si el amable lector tuvo a bien echarle un vistazo a un artículo anterior mío, “Sabiduría Popular y Análisis Filosófico”, entenderá que, según yo, se puede comprender un fenómeno humano sin por ello justificarlo. Lo importante de hechos como el ataque al semanario francés es que deben servir para encontrar la forma de reforzar la armonía entre las personas y las culturas, para acabar con los detestables segregacionismos (de la índole que sean), para borrar odios, para eliminar deseos insanos de venganza, para combatir la intolerancia y la cacería de brujas. Después de todo, el suceso en cuestión no es sino una expresión de una situación que llega ya a sus límites. Como dicen en Francia, À bon entendeur, salut!