Category: 2017-III

Por qué Tiene Razón
Andrés Manuel López Obrador

Sin duda uno de los vicios más alegremente practicados en México consiste en “discutir” con un rival previamente vituperado y descalificado. El procedimiento es muy simple: cada vez que el adversario u opositor elegido hace una declaración, a ésta de inmediato se le distorsiona, se le tergiversa de manera que queda, por así decirlo, desfigurada y entonces se le pone a disposición de la opinión pública. Obviamente, no es nunca la afirmación original lo que se discute, sino una nueva versión de ella que en realidad no es otra cosa que un travesti lingüístico. De esta manera, el punto de vista real del adversario queda desvirtuado ab initio sin haber nunca realmente polemizado con él. Esta forma de actuar tiene (sería inútil negarlo) obvias ventajas prácticas, pero tiene también algunas desventajas intelectuales y, desde luego, morales. Las primeras se reducen en última instancia a la devaluación de una persona que ni mucho menos es imposible que en el fondo sea, desde diversos puntos de vista, muy superior a sus detractores. Por otra parte, la desventaja más notoria del recurso a esta “estrategia” es que muy fácilmente convierte a sus practicantes en discapacitados verbales, esto es, en gente incapaz de entrar en un intercambio genuino de ideas y en seres que quedan satisfechos con sus pseudo-polémicas con (así llamados) ‘hombres de paja’. Y a menos de que yo esté seriamente equivocado, esto es lo que parece haber sucedido en el caso de esa odiosa caterva de “analistas” y “comentaristas” que le dedican su tiempo y sus liliputenses esfuerzos mentales a denigrar, denostar, desprestigiar y calumniar al Lic. Andrés Manuel López Obrador. Realmente, la práctica mencionada de tergiversación sistemática de lo que el adversario sostiene ya se volvió algo así como el deporte nacional en el terreno de la charla politiquera cotidiana, sobre todo si es el Lic. López Obrador el interfecto. Para que vea que no exagero, invito al lector a que de manera espontánea haga un recorrido por periódicos y noticieros y cuente la cantidad de ilustres redactores de artículos (de algunos de los cuales nos gustaría mucho que se hiciera público el dato de para quién trabajan. Más de una persona se iría para atrás si se enterara de alguno que otro secreto editorial de más de uno de estos “especialistas”) dedicados cotidianamente a ensuciar la imagen de un hombre que, lo admitan o no, al día de hoy la mantiene inmaculada. No estará de más observar, en passant, que como todo en la vida prácticas nocivas como la mencionada le sirve en ocasiones a quien tiene objetivos aviesos e inconfesables para alcanzar sus fines pero, insospechadamente, tienen también consecuencias negativas para sus adeptos. Uno de esos resultados contraproducentes para los buitres periodísticos a los que aludimos es que ellos, más que cualquier otra persona o factor, han hecho de Andrés Manuel López Obrador el político más conocido en todo México! Sin tener que gastar los cientos de millones de pesos que tienen que dispendiar los portavoces de sus respectivos partidos, el Lic. López Obrador se ha beneficiado doblemente de la política que podríamos llamar de ‘difamación permanente’: por una parte, las intenciones son tan burdas y los argumentos tan mediocres que en realidad resultan infectivos y, por la otra, le hacen a diario una publicidad gratis fantástica: no hay campesino de Coahuila o empleado de Mérida que no sepa quién es Andrés Manuel López Obrador y no porque ellos hayan ido a buscar información al respecto, sino porque los ataques en cuestión son parte de la política nacional de la cual a final de cuentas nadie se sustrae. Ahora bien, como las elecciones, en un país como el nuestro con una población como la nuestra, en alguna medida dependen simplemente de que se sepa cómo se llaman los candidatos, resulta entonces que quienes mejor y más consistentemente han trabajado para el Lic. López Obrador son … sus peores enemigos! La única moraleja que se me antoja extraer de esta situación es simplemente que al mentiroso sus mentiras terminan por hundirlo. Aquí la única duda es si los mentirosos profesionales de la prensa, el radio y la televisión están siquiera capacitados para entender por qué su situación es desesperada. Digámoslo nosotros: porque si no critican al Lic. López Obrador le dejan el camino libre, pero si lo critican le hacen su campaña, trabajan para él. Mi conclusión, que desde luego nada más para mí extraigo, es que es mejor tener causas nobles y poder actuar honrada pero libremente que a la inversa. Esto lo digo con cierto pesimismo porque, con toda franqueza, no creo que los aludidos lo entiendan.

Lo anterior viene a colación, en parte al menos, por la inesperada declaración del Lic. López Obrador, un pronunciamiento que a más de uno le habrá puesto (y no sin razón) los cabellos de punta, concerniente al narcotráfico. Concretamente, me refiero a su propuesta de ofrecer una amnistía a la gente metida en el negocio del narcotráfico de manera que se pueda llegar a algún arreglo importante a nivel nacional con los grandes capos mexicanos. Bien vistas las cosas, la propuesta llama la atención por lo modesto de su alcance. Ojalá se pudiera llegar a un arreglo con los grandes jefes del narcotráfico de los países en donde realmente se consume la droga y se lava el dinero que de ella se obtiene, pero como no es ese nuestro problema no queda más que tratar de arreglar algo a nivel local. En todo caso, lo primero que habría que preguntar sería: ¿de qué clase de arreglo estamos hablando? Yo creo que responder a esta pregunta implicaría entrar en multitud de detalles, pero es obvio que no tiene mayor sentido entrar aquí y ahora en discusiones puntuales. Para nosotros en cambio lo más interesante sería preguntar: ¿ya se pensó, siquiera un momento, en lo que implica o significa una negociación así? Porque si no se tiene ni idea de qué es lo que se requiere y lo que se tiene en mente para poder hacer un planteamiento de esta índole, entonces ¿sobre qué bases y con qué derecho se critica y descarta la propuesta en cuestión? A mí me parece que habría que empezar por examinar ese aspecto del asunto.

Yo creo que a toda persona mínimamente sensata y razonable le queda claro que el primer gran objetivo que se pretendería alcanzar con una propuesta como la del Lic. López Obrador es (obviamente) detener la violencia y la masacre cotidianas que asolan a este país. Violencia y masacres implican miedo, abandono de negocios, de tierras, de propiedades, de familias. No se puede vivir en medio de la violencia, sobre todo cuando ésta es tan brutal y tan palpable. La propuesta del Lic. López Obrador está, por lo tanto, inspirada en el deseo de ofrecerle un respiro a la población, un respiro que en la actualidad las fuerzas del orden sencillamente no le dan y no le pueden dar. No sé quién podría negar que la instauración de una verdadera paz en el territorio nacional es algo que los partidarios de la política actual sencillamente no han logrado implementar. Más bien, habría que decir lo contrario: fueron ellos quienes promovieron y exacerbaron la violencia que azota al pueblo de México. Por angas o por mangas, lo cierto es que en la actualidad la situación del país empieza a ser francamente insostenible y es evidente que se trata de una situación que no puede eternizarse. Es claro que esta situación general del país va a evolucionar, pero si lo hace será para empeorar, es decir, irá madurando hasta pasar a la siguiente fase de su desarrollo y ésta, lógicamente, será todo lo que se quiera menos una etapa de paz, de tranquilidad y de progreso. Por lo tanto, el objetivo de calmar al país tiene que ser uno de los objetivos supremos de toda política nacional sensata y, naturalmente, habrá un costo que pagar por ello. En mi opinión, ningún mexicano en sus cabales podría estar en contra de dicho objetivo, pero si dicho objetivo es realmente tan valioso y uno de los medios para alcanzarlo es la negociación (no la rendición o la capitulación) con el alto mando de la delincuencia nacional: ¿por qué entonces no entablar una negociación seria con ellos? El punto es: si no se tiene, y se ha demostrado que no se tiene, una política efectiva para contrarrestar la violencia imperante: ¿qué se hace entonces? Es obligación de los gobiernos responder a preguntas como esa. Si meter a los delincuentes a la cárcel lleva a la mortífera situación que se vive hoy en día: ¿no es siquiera permisible imaginar una línea de acción gubernamental diferente? Pudiera ser que la propuesta del Lic. López Obrador a final de cuentas resultara fallida o fuera inoperante, pero si no queda refutada teóricamente, entonces ¿por qué se le condena de antemano y por qué se cierran las puertas a un potencial mecanismo de resolución de un muy grave problema nacional?¿Por qué México tiene que vivir en medio de las balaceras, las matazones y las vendettas?¿Para darle gusto a quién?

Supongamos, en aras de la deliberación, que la propuesta del Lic. López Obrador es escuchada y resulta viable. Con todo y ello, desde mi perspectiva el tema de la negociación con los jerarcas del narcotráfico no seguiría representando más que la punta del iceberg. Lo realmente sugerente es lo que la propuesta en cuestión entraña y que de manera natural acarrearía. Detener la violencia física de la que son víctimas fatales cientos de personas al día es el objetivo inmediato por su carácter de urgente, pero se podría sostener que lo que realmente cuenta e importa es lo que está, por así decirlo, detrás de la negociación de la que habla el Lic. López Obrador, esto es, de lo que tendría que venir concomitantemente para que dicha negociación fuera realista. ¿Qué es eso que de alguna manera está metido en la propuesta de López Obrador, pero que ni siquiera se menciona?

La génesis y la expansión del narcotráfico en México son fenómenos sumamente complejos y de los cuales yo ni intentaría siquiera dar cuenta en unas cuantas páginas. La explicación la encontramos en toda una serie de fuentes, alicientes, catalizadores, reacciones, etc., y que abarcan tanto motivaciones personales como todo un mosaico de causas sociales. Sin duda alguna hay jóvenes de entrada proclives a las tropelías y los desmanes y que con gusto se unen a las bandas y a las pandillas, pero de seguro que también hay muchos otros, probablemente la inmensa mayoría, que se ven arrastrados al mundo del narcotráfico y más en general de la criminalidad porque sencillamente no tienen genuinas opciones de vida alternativas. En casos así, que es el de lo que habría que denominar la ‘carne de cañón del narcotráfico’, slogans como “el individuo siempre puede optar” y frasecitas de café como esas no sirven para absolutamente nada. Hay muchas personas que aunque hubieran querido tomar otros rumbos en la vida de facto no tenían opciones. De ahí que no se contribuye en nada a la discusión con vacuidades como la mencionada. Independientemente de ello, yo creo que podríamos fácilmente llegar a un acuerdo generalizado respecto a la afirmación de que la causa social fundamental de que tantas vidas se pierdan en los pantanos del hampa son la miseria y la falta de oportunidades de trabajo y de desarrollo. Y aquí es donde empiezan las cosas a ponerse interesantes, porque la miseria es a su vez el efecto directo de un sistema de distribución de la riqueza terriblemente inequitativo e injusto. Eso significa que, además de otras clases de causas, la delincuencia y en particular el narcotráfico tienen un origen social. Éste ciertamente no es el único factor, pero cuenta y en verdad cuenta mucho (¿suena familiar?). Y esta idea está implícitamente vinculada con la a primera vista estrafalaria propuesta del Lic. López Obrador. Yo creo que los estrafalarios (por llamarlos de algún modo) son más bien sus críticos.

Si lo que hemos dicho es acertado, se sigue que hablar de amnistías en relación con la gente que estuvo en el mundo del narcotráfico es estar haciendo una propuesta de cambio político radical. De hecho, una vez desarrolladas sus implicaciones a lo que en última instancia equivale una propuesta como la de López Obrador, que tanto ha indignado a los bien pensantes especialistas, es a una re-distribución de la riqueza. En otras palabras, si no me equivoco lo que el Lic. López Obrador está sosteniendo, y yo concuerdo plenamente con él, es que el eje de la lucha en contra de la peste del narcotráfico no puede ser la aplicación a ciegas del código penal, sino que consiste más bien en crear fuentes de trabajo, generar oportunidades para la población en su conjunto, así como la posibilidad de reinserción en el vida social sobre bases nuevas y aceptables para entonces estar en posición de llevar una existencia digna. Y es justamente ahora que se nos plantea el problema más difícil de resolver: ¿cómo se construyen bases así?

Es evidente que la propuesta de López Obrador es una propuesta política y por lo tanto está relacionada con los mecanismos de la producción de la vida, siendo la maquinaria económica con mucho la determinante. Es de lo que pase o no pase en el sector de la producción de la vida material que dependen los cambios en otros sectores, como el educativo o el de salud. Lo que por lo tanto a través de una propuesta de diálogo se está diciendo es entonces que la lucha efectiva contra el narcotráfico inevitablemente exige un cambio radical, ante todo o en primer lugar, en las políticas fiscal y laboral. Es obvio que no es con un risible aumento de 8 pesos al día como se va a transformar la sociedad y modificar las condiciones de vida. En lo que el Lic. López Obrador está insistiendo, por lo tanto, es precisamente en que parte de la solución del inmenso problema del narcotráfico depende directamente de la transformación social. Si no hay cambios profundos, la lucha contra el narcotráfico está perdida, porque en el fondo ya dejó de ser una lucha contra una o dos bandas de maleantes para convertirse en una lucha contra una sociedad desprotegida y resentida y cuyo descontento se expresa engrosando los ejércitos de la delincuencia.

Si con lo que estamos afirmando nos movemos en la dirección correcta, entonces queda claro que la propuesta del Lic. López Obrador es en el fondo una propuesta de un nuevo pacto social. Lo importante de esta propuesta es que no arranca, por así decirlo, con palabras y demagogia, es decir, no se limita a dejarnos contentos con, por ejemplo, la promulgación de leyes olvidándose al mismo tiempo de sus condiciones de aplicación. Proceder de esa manera sería hacer algo tan absurdo como lo que se hizo en la Ciudad de México, cuando el gobernador M. A. Mancera todavía soñaba con que sería el representante del “Frente” y que éste lo llevaría directamente a la silla presidencial. La verdad es que no sabría decir qué calificativo es más apropiado para su actuación, si ‘grotesca’ o ‘ridícula’, pero en todo caso debe quedar claro que la propuesta del Lic. López Obrador no es de esa clase. Él propone empezar por la parte pesada del cambio y dejar para después su conceptualización jurídica. La propuesta del Lic. López Obrador es la de un nuevo pacto social real, porque todos sabemos que la promulgación de leyes no es más que la expresión jurídica de un estado de cosas subyacente y por lo tanto es esto último lo que importa. Las leyes, evidentemente, sancionan y refuerzan un determinado status quo, pero si no están fundadas en realidades sociales no pasan de ser mera palabrería, que es en lo que desembocó la deplorable y desmedida ambición de Mancera en relación con la constitución de la Ciudad de México. Lo que importa es, por consiguiente, la transformación social, la cual se logra sólo con decisiones y acciones políticas concretas o determinadas en los ámbitos relevantes.

A mí me parece que todos los días nuestra realidad social nos hace guiños para que la comprendamos y actuemos en consecuencia. Son señales de alarma que recibimos todos los días, de las más variadas formas. El deterioro de nuestra vida colectiva es palpable: nuestros autos se arruinan con calles como las que tenemos en la Ciudad de México, una ciudad plagada de peligros, contaminación, basura. No tiene caso engañarse con propuestas de solución que por insinceras y parciales resultan ser fantasiosas y desde luego inefectivas. Lo más difícil es aprender a cambiar de óptica, a pensar de un modo diferente. Es menester entender que los modelos estándar de “delincuencia-persecución del delito-condena”, etc., ya no operan en las condiciones en las que está el país. Hay que elaborar nuevas políticas, políticas que hasta hace unos lustros eran inimaginables e inaceptables. Pero la situación de México cambió y la persistencia en la aplicación de políticas fracasadas lo está llevando al desastre total. Por eso la propuesta del Lic. López Obrador es digna de ser ponderada y discutida. No digo que haya que aceptarla a ojos cerrados, ni es así como él la echó a andar. Pero tampoco se vale descartarla sólo porque viene de él. Si se hace ver que en efecto su propuesta no es la más conveniente se le descarta y se acabó, pero lo que no se tiene derecho a hacer es a descartarla sin haberla debidamente sopesado. Y más despreciable aún es pretender usarla para descreditarlo a él, como persona y como candidato, aunque estamos conscientes de que va a ser muy difícil acabar con esa práctica. En todo caso, en este como en cualquier otro contexto, quien tenga una mejor propuesta que la ponga en el tapiz del debate. Automáticamente veríamos entonces de qué lado están los mexicanos sensibles e inteligentes.

El Futuro de México

No es mi intención darle a mis lectores un duchazo de agua fría, pero quisiera que se me permitiera empezar estas reflexiones con unas breves y superficiales consideraciones de metafísica. Empiezo, pues, siguiendo en esto a grandes pensadores, con la afirmación de que lo real es el presente. Lo real, a diferencia de lo soñado, lo imaginado, lo fantaseado es eso que vivimos, que experimentamos aquí y ahora. Esto suena bien, pero es obvio que una concepción de lo real que se circunscribiera al presente sería en última instancia inaceptable. Yo creo, por consiguiente, que podemos incluir también como parte de lo real al pasado. Bien, pero ¿sobre qué bases haríamos tan atrevido movimiento? Bueno, fundaríamos nuestra sugerencia en que podemos hablar de “hechos pasados” puesto que podemos verificarlos, inclusive si la verificación se lleva a cabo forzosamente en el presente. Por ejemplo, podemos verificar, apelando a testimonios, documentos y demás, que Don Benito Juárez nació en Guelatao, Oaxaca. Se trata de un hecho que podemos de una u otra manera corroborar, pero si nos las habemos con un hecho entonces nos las habemos con un (por así llamarlo) trozo de realidad. Se sigue, según mi leal saber y entender, que también el pasado es real. Alguien muy puntilloso podría querer modificar esta afirmación y sostener que lo único que se sigue es que sólo son reales los hechos pasados que efectivamente son verificables, pero que como no se puede verificar todo entonces el pasado, aunque real, no tiene el carácter homogéneo que uno estaría tentado de adscribirle. Esto último se puede rebatir, pero independientemente de estas y muchas otras sutilezas que podríamos ir añadiendo, para nuestros propósitos podemos contentarnos con la tesis de que prima facie el pasado es real. Pero aquí de inmediato nos asalta otra inquietud: ¿qué pasa con el futuro? En este caso no podemos apelar a ningún hecho, puesto que es evidente de suyo que no podemos adelantarnos en el tiempo y verificar ahora lo que sucederá dentro de no digamos ya un siglo, sino dentro cinco minutos y en verdad dentro de medio minuto! El gran pensador austríaco, Ludwig Wittgenstein, plasmó la idea (como siempre y en relación con el tema que se quiera) en una oración impactante: “El futuro”, nos dijo, “es un libro cerrado hasta para el más perspicaz de los hombres”. Es desde luego debatible, pero a mí me parece que no es descabellado pensar, por la fecha en que escribió lo que acabamos de citar y por el contexto político de la época, que a quien tenía Wittgenstein en mente era básicamente a K. Marx. El pensamiento de este último, como sabemos, ha sido sistemáticamente tergiversado por gente que lo ha utilizado para tratar de adivinar lo que va a suceder no desde luego a nivel individual, sino a nivel social! La pretensión misma de predecir la evolución de la sociedad (en este caso, la de la sociedad capitalista) raya en el delirio, pero es hasta cierto punto explicable. En realidad se debe a una extraña mezcla de confusión intelectual y de wishful thinking, esto es, de pensar subordinando nuestros pensamientos a nuestros deseos. Y ¿en qué consiste la confusión? Básicamente y dicho de manera sumamente general, en identificar la lógica del sistema con su evolución. Lo primero es una cuestión de racionalidad, en tanto que lo segundo un asunto empírico y nada nos garantiza que lo segundo se ajustará a lo primero. En relación con el sistema capitalista a lo más que podríamos llegar sería a establecer las condiciones tales que si se dieran, entonces tales y cuales otras cosas pasarían. Pero obviamente nada nos asegura que esas condiciones se dan o se van a dar. Por lo tanto, no podemos inferir nada respecto al futuro, el cual sigue siendo un “libro cerrado” para nosotros. La vida, tanto individual como colectiva, es mucho más compleja de lo que una teoría, por magnífica que sea, podría contemplar. Esto, aunado al hecho de que el futuro no es real, si nuestra metafísica no es errada, nos lleva a concluir que no podemos saber nada acerca de lo que se nos viene encima. Por ello, a menos de que mi razonamiento sea vergonzosamente falaz, creo que habría que hacer nuestra dicha conclusión.

Como siempre en metafísica, apenas acabamos de dejar asentada una idea que de inmediato nos entran unas ganas inmensas de refutarla y siempre se encuentran los medios para ello. Y esto viene a cuento por el tema de la nueva “Ley de Seguridad Interior”, promovida por el presidente Enrique Peña Nieto y aprobada en la Cámara de Diputados, básicamente por el PRI, el Partido Verde y amplios sectores del PAN y del PRD. (Es muy importante que la ciudadanía identifique a quien ahora toma decisiones cuyas espantosas consecuencias no es improbablemente que se hagan sentir muy pronto). Por ahora lo que tenemos que hacer es formular el esquema de nuestro razonamiento, que es el siguiente: en principio si se dan ciertos hechos, si se configuran ciertas situaciones, entonces se habrán dado las condiciones para hacer valer la ley de la que hablamos. Tenemos, pues, que presentar aunque sea a grandes rasgos el contenido de la “Ley” (y debo de inmediato decir que ni mucho menos estoy convencido de que, si se le examina a fondo, resulte ser una ley congruente con nuestra Constitución) y luego ver qué tendría que pasar para que se cumplieran las condiciones de su implementación. Por lo tanto, queda claro que no estoy haciendo predicciones de ninguna índole, sino simplemente examinando la racionalidad de la ley en cuestión. Necesitamos, por consiguiente, hacer dos clases de consideraciones: primero, una presentación de lo que más nos interese de dicha ley y, segundo, una descripción (mínima) de su trasfondo y su contexto. Después nos pronunciaremos sobre si estamos haciendo futurología o si no más bien estamos analizando en serio la situación de nuestro país.

¿Qué enuncia la ley de seguridad interior? Si el interés fuera el de recitar un texto podría sin problemas citarlo in extenso, pero eso realmente no tiene para nosotros ningún sentido. Nosotros no somos ni leguleyos ni arribistas de ninguna índole. Lo que nos incumbe es aprehender su contenido, captar debidamente la idea motriz y ésta es muy simple: es sencillamente que el presidente de la República puede de ahora en adelante, sin consultar a nadie, ordenar que el ejército mexicano intervenga toda vez que se detecte una “amenaza” a la seguridad nacional. Hay multitud de “detalles” que podríamos ir cuestionando (dejando de lado las idioteces usuales de redacción, pero no olvidemos que los diputados son casi iletrados y no tiene mucho sentido esperar de ellos textos literarios), pero lo importante es ir al núcleo del tema. Lo que es crucial es que el poder ejecutivo se está auto-dotando del derecho de usar la fuerza pública mayor, esto es, el ejército, cuando el presidente en turno así lo decida, aunque sea contra la población en su conjunto. Obviamente, una prerrogativa como esa es altamente peligrosa. Para entender esto sería conveniente contrastar esta jugada política del gobierno mexicano con diversas declaraciones de políticos y militares norteamericanos. El presidente D. Trump, por ejemplo, en uno de sus arrebatos aseguró que destruiría a la República Popular de Corea del Norte (incluyendo, desde luego, a los niños, los ancianos, a los enfermos, a las mujeres, a los animales, etc.) con una fuerza y una furia como el mundo no ha conocido hasta ahora. Lo interesante es que casi de inmediato un general norteamericano declaró públicamente que si el presidente le ordenaba usar armas atómicas para bombardear Corea del Norte él no lo obedecería. Afortunadamente, en nuestro país todavía no se ha planteado una situación semejante o equivalente, pero no está de más preguntarnos: ¿qué pasaría si el presidente ordenara, fundándose en tan controvertida ley, que el ejército disparara sobre la muchedumbre?¿Lo obedecería el ejército porque hay una ley vigente que así lo ordena? Señores diputados, aunque esto que voy a decir no tiene el menor impacto en sus conciencias, recuerden y grábense en su memoria que si alguna tragedia social mayúscula sucede por culpa de la ley que ustedes aprobaron, ustedes se habrán convertido en miembros honorarios de ese gran conjunto de políticos irresponsables que han llevado a México a las puertas del desastre. Pero, dejando de lado posibilidades lógicas: ¿hay razones para tener un temor tan grande?

Yo creo que sí. Es obvio que un artículo crucial de dicha ley es el artículo 8, de acuerdo con el cual si hay protestas político-electorales pacíficas, es decir, inocuas, la ley no se aplica, pero automáticamente queda abierta la posibilidad de hacer intervenir al ejército si las protestas no son, por decirlo de algún modo, como de borregos enojados. Imaginemos entonces que se produce un fraude electoral colosal. Para ser más precisos: supongamos por un momento que quien legal y legítimamente gana las elecciones presidenciales del año entrante es Andrés Manuel López Obrador pero que, como previsto, entran en acción todos los ya bien conocidos mecanismos de fraude de manera que, por tercera vez consecutiva, se le estaría robando el triunfo. Supongamos ahora que las autoridades se niegan a reconocer la victoria de MORENA y que, movida por la indignación (y la desesperación), la población sale a la calle a protestar y a intentar revertir un resultado tramposo e ilegal. En ese caso, se cumplen las condiciones de “amenaza a la seguridad nacional”, aunque sea el pueblo quien “amenaza”, y entonces el presidente puede aplicar la “ley” de “seguridad interior”. ¿Qué pasaría en ese escenario? Se produciría una confrontación entre las fuerzas armadas y la población civil a menos, claro está, de que un militar nacionalista se insubordinara y se rehusara a acatar una orden anti-popular. Pero supongamos que la ley se hace valer. Visto desde cierta perspectiva, eso se llama ‘golpe de estado’; visto desde otra, ‘revolución’.

Lo anterior, como es obvio, son meras especulaciones, meros ejercicios de la imaginación, por lo que la pregunta que tenemos que hacernos es: ¿hay razones para pensar que podrían cumplirse las condiciones de aplicación de la ley en cuestión? Dicho de otro modo: ¿nos permiten el pasado y la evolución de México hacer inferencias respecto a su futuro? Necesitamos echarle un vistazo, aunque sea a vuelo de pájaro, a la realidad mexicana para tratar de discernir qué clase de continuidad se puede seguir dando en ella.

Consideremos entonces la Revolución Mexicana. A estas alturas yo creo que podemos afirmar con toda seguridad, y ciertamente no nos faltarían razones y datos, que ésta tuvo un periodo de gestación, uno muy breve de implementación y uno de declive y supresión. Yo diría que el primer periodo, arranque donde arranque, con el triunfo de Francisco I. Madero o con su muerte, culmina con la llegada del Gral. Álvaro Obregón a la presidencia. Allí empieza, a tanteos, el segundo periodo mencionado, el cual tiene su expresión mayor en la presidencia del Gral. Plutarco Elías Calles y durante lo que se denominó el ‘maximato’, periodo durante el cual el general operaba como el Jefe Máximo de la Revolución. Con Lázaro Cárdenas se inicia el declive del proceso revolucionario y se siembran las bases del sistema actual. O sea, realmente la transformación generada por la Revolución Mexicana duró de 1920 a 1936, que es cuando Lázaro Cárdenas expulsa del país al Gral. Calles. Para entender procesos así hay que tener un poquito de imaginación, pero sobre todo muchas ganas de comprender las situaciones y no tergiversarlas o deformarlas. Los cambios de una etapa a otra no son bruscos sino continuos, los resultados no se perciben de inmediato sino años después, etc. Lo que en todo caso es innegable es que la designación de M. Ávila Camacho como candidato a la presidencia significa claramente el fin del proceso revolucionario y la entrada de México en una etapa de institucionalización, proletarización, aburguesamiento y, desde luego, saqueo de la riqueza nacional. El símbolo supremo de esta nueva etapa la encontramos, naturalmente, en la presidencia de Miguel Alemán.

¿Qué pasó con México desde entonces? No necesitamos ninguna “interpretación” de nada. Lo único que se requiere es describir una evolución en relación con los hechos que nos incumben. La Revolución Mexicana casi súbitamente le abrió los ojos a los jerarcas de la época sobre la inmensa riqueza, real y potencial, del país. México era potencialmente un paraíso; tenía de todo. Vino entonces un periodo de abierto pillaje de los bienes de la nación sólo que la nación era tan rica que a pesar de ello seguía creciendo. El problema es que con las nuevas élites y los sucesivos gobiernos se desarrolló brutalmente la corrupción, las asimetrías sociales se fueron agudizando, la injusticia social se fue generalizando y la venta del país se fue convirtiendo en el instrumento preferido de los gobernantes para mantenerse en el poder. A pesar de sus múltiples rezagos, México era todavía en los años 60 y principios de los 70 (que es probablemente cuando mejor se vivió en este país) un país que todavía alimentaba esperanzas y objetivos elevados. Esto es un asunto en parte de datos y cifras, pero es obvio que no todo es medible de esa manera. Por ejemplo, la población en México tenía por aquellos tiempos esperanzas genuinas de vivir decorosamente, había en el aire ilusiones sociales, no se vivía en el miedo ni se estaba a merced de la delincuencia, organizada u otra. Nada de eso es medible, pero no por ello es menos real. Lo cierto es que había un tejido social que poco a poco, a base de políticas represivas en todos los sectores de la vida (económico, educativo, etc.) se fue rompiendo. México entró entonces, a través de sus gobernantes, en una fase acelerada de entreguismo y putrefacción social. Nociones como las de nacionalismo, patriotismo, justicia, honradez y cientos de otras emparentadas con ellas quedaron ridiculizadas y prácticamente expulsadas del lenguaje cotidiano. Y así llegamos, poco a poco pero de manera sistemática, a la situación actual. Sobre ésta quisiera decir unas cuantas palabras.

¿Qué panorama ofrece nuestro país en la actualidad? No es muy difícil de enterarse. La corrupción terminó por carcomer las instituciones, por hacerlas inefectivas (piénsese, por ejemplo, en la impartición de justicia, en los servicios médicos, en la seguridad que el Estado debe brindar y cada vez brinda menos, etc.), el despotismo de las autoridades es cada vez más marcado (a este respecto, es de primera importancia entender y tener presente que nadie le ha quitado al habitante de la Ciudad de México tantas libertades como Miguel Ángel Mancera, el actual gobernador de la ciudad, y ello sin romperse demasiado la cabeza: con un maldito reglamento de tránsito mediante el cual le vaciaron los bolsillos a la gente y tienen a los conductores de casi 5 millones de autos maniatados como lo pueden estar los conductores. Obviamente, la imposición descarada de un reglamento bastardo, mal concebido, lleno de parches, totalmente artificial, inspirado en reglamentos de países en donde se vive de manera completamente diferente, fuente inagotable de “ingresos” ilegítimos, etc., etc., fue posible por la asombrosa pasividad y por el ya legendario aguante del mexicano, un ciudadano acostumbrado a no defender sus derechos. Es increíble y tendremos todavía que soportar, quién sabe por cuánto tiempo más todavía, un reglamento típico de una dictadura), la vida criminal (en gran medida como una respuesta social frente a una situación cada vez más desesperante) triunfó y se estableció como una modalidad más de ganarse el pan de cada día y así indefinidamente. El hecho es que la pirámide social ha venido ensanchando su base y minimizando su cúpula: cada vez hay más pobres y los grupos privilegiados por el sistema son cada vez más privilegiados y más ricos. Hay que entender lo siguiente: eso sólo puede pasar si otras cosas pasan también. El Estado tiene que tener apoyos y si éstos no son internos, porque la población lo repudia, entonces tienen que ser externos y esto a su vez significa que México tiene que ajustar su política general a los intereses externos, que son de lo más variado, pues van desde el petróleo, la plata, la banca y las playas hasta el aguacate y las sardinas. Aquí un veloz esbozo de diagnóstico de la situación resulta indispensable.

La política de los sucesivos gobiernos mexicanos, con la posible excepción (parcial) del de Luis Echeverría, ha consistido en congraciarse con las élites nacionales y con los Estados Unidos, para ponerle nombre y apellido. Esa política ha constituido a lo largo de decenios un atentado en contra del bienestar popular. De la clase media de los años 70 queda poco y de la canasta básica de aquellos años menos aún. Los grupos privilegiados, por lo tanto, están ligados por intereses con políticas pauperizantes y entreguistas. No podría ser de otra manera. El problema es que esas políticas se practican indiscriminadamente al grado de convertir la vida de la población en un calvario de todos los días. Se puede vivir así durante mucho tiempo, siempre y cuando haya esperanzas de cambio a no muy largo plazo. El problema es que México ya lleva medio siglo así y no se perciben posibilidades de cambio. Por ahora el resentimiento social no se ha politizado, en gran medida por las efectivas políticas de idiotización que se aplicaron durante muchos lustros, pero por idiotizado que esté un pueblo llega un momento en que también reacciona. Hasta ahora la reacción se ha canalizado por la vía de la criminalidad, pero ésta ya está rebasando los límites de lo viable, de lo soportable y de lo controlable. Ahora bien ¿qué sucede si toda esa inconformidad se canaliza políticamente, en primer lugar en el juego electoral, y, segundo, qué pasa si efectivamente Andrés Manuel López Obrador gana y la gente lo apoya? Es evidente que el gobierno y las élites, las clases privilegiadas, los grandes beneficiados del sistema van a hacer todo lo que puedan para impedir que tome posesión. O sea, ellos el día de hoy ya saben que van a perder las elecciones inclusive haciendo todos los chanchullos y las trampas electorales imaginables. Pero ¿qué van a hacer si pierden? No queda sino criminalizar la protesta social.

Que las fuerzas del status quo van a oponer resistencia lo pone de manifiesto la elección del candidato del PRI a la presidencia de la República. J. A. Meade es el personaje ideal para la situación prevaleciente: no pertenece a ningún partido, no tiene una trayectoria política en el sentido genuino de la expresión, no ha sido otra cosa que un burócrata, un administrador de oficinas, nunca se ha destacado por su nacionalismo (recuérdense sus declaraciones cuando se iniciaron las discusiones de lo que quizá será el nuevo Tratado de Libre Comercio: absolutamente despreciables e indignantes), no tiene fuerza política ni la riqueza suficiente como para ser independiente, etc. Meade es, pues, el candidato de un México trasnacionalizado, sometido a la banca mundial y totalmente descapacitado para defender los intereses del país frente (sobre todo) a los de los Estados Unidos. El gobierno de Peña Nieto, por lo tanto, ya indicó, por no decir, ya gritó en qué dirección se va a mover el Estado mexicano. ¿Había alguna duda? Allí está la nueva ley de seguridad interior como respuesta.

Podemos ahora sí retomar nuestro tema y preguntar: ¿estamos haciendo futurología? En lo más mínimo, por la sencilla razón de que no sabemos y no podemos saber si se van a dar las condiciones para su aplicación. Lo que hemos hecho es un breve ejercicio de reflexión en torno a la lógica que subyace a tan peligrosa ley, una ley curiosamente ad hoc a las políticas monetarias, sociales, exterior y demás practicadas en particular por este gobierno. Ahora sí que las cartas están sobre la mesa. El mensaje del gobierno es que no se permitirán cambios en el Estado mexicano y que todo intento en este sentido, por legítimo que sea, se enfrentará con las fuerzas armadas. Aquí ya no es el narco lo que se combate. No es para eso que se promulgó esta “ley”. Esta ley está diseñada para defender los intereses económicos de diversos grupos privilegiados que prefieren ver incendiado a este país antes que ceder algo de sus cuantiosas ganancias (como lo pone de manifiesto el “aumento” de ocho pesos al salario mínimo). Lo importante, sin embargo, es entender que si estas son las medidas que el Estado, adelantándose a potenciales situaciones conflictivas, ya está tomando, es porque ya se sienten pasos en la azotea y porque saben que, si llega a estallar la furia popular, no habrá ni mecanismos ni privilegios que los pongan a salvo de la justicia revolucionaria.

Violencia: desbocada e incomprendida

Difícilmente se podría, en mi opinión, poner en cuestión la afirmación de que la vida en México se está abaratando y cuando digo eso no estoy aludiendo a un casi inimaginable control estatal de precios o a una inexplicable recuperación del salario o del poder adquisitivo de la moneda. Me refiero simplemente al hecho de que en la actualidad es muy fácil perder la vida en este país. Cada vez somos más las personas que salimos todos los días para ir a nuestros trabajos o hacer las diligencias que tengamos que hacer haciendo votos para que podamos regresar a casa sanos y salvos, pero también conscientes de que no es improbable que lo atraquen a uno a la mitad del camino, si bien nos va, o que simplemente por defenderse de un asalto o por un banal altercado con algún automovilista exaltado le pongan a uno una bala en la sien o en el corazón. Eso no es un fenómeno inusual en el México de nuestros tiempos. El incremento y la intensificación de la violencia es una realidad en relación con la cual ya no podemos seguir fingiendo que no existe. Es evidente que las autoridades están rebasadas: las policías están infiltradas por el hampa, están plagadas de ineptos, encuadradas en marcos jurídicos absurdos, nunca debidamente coordinadas, etc. La verdad es que en condiciones así es difícil ganarle la batalla no sólo a la delincuencia organizada, sino a la delincuencia simpliciter. La pregunta que una y otra vez todos nos hacemos es: ¿por qué nos pasó eso?¿Cómo es que se permitió que el país se encaminara por la senda aparentemente irreversible de la criminalidad? A mí me parece que para que resultara realmente explicativa y aclaratoria la respuesta tendría que venir en muchos volúmenes puesto que, como es obvio, se trata de un fenómeno social tremendamente complejo, simultáneamente causa y efecto de muchos otros. Es infantil suponer, por ejemplo, que la corrupción, promovida ante todo desde las esferas del poder y de los sectores económicamente privilegiados de la sociedad, no tendría efectos contundentes en la criminalización de la vida nacional. Al respecto vale la pena señalar que una de las grandes falacias consiste en pasar en silencio, e.g., la evasión fiscal de miles de millones de pesos por parte de unos cuantos consorcios al tiempo que se pone el grito en el cielo porque un automovilista le paga su multa al policía que arbitrariamente lo detiene y en identificar esto último con la esencia de la corrupción! En todo caso, en lo que a la violencia atañe los índices actuales, espeluznantes dicho sea de paso, lo dicen todo. El resultado neto es que si bien es cierto que el ciudadano mexicano no está expuesto a los peligros a los que lo están los ciudadanos de, por ejemplo, Siria o Irak, de todos modos el ciudadano medio no vive con la tranquilidad con que viven cientos de millones de personas a lo largo y ancho del mundo. Se trata, obviamente, de una cuestión de grados. Es posible que en la actualidad no haya un país totalmente seguro, pero es innegable que a escala mundial México ocupa uno de los más deshonrosos lugares en lo que a la inseguridad personal concierne. Por eso es una verdad inatacable la afirmación de que en México en cualquier momento cualquier cosa le puede acaecer casi a cualquier persona.

En relación con el tema de la violencia que se ejerce en nuestra sociedad, me parece que deberíamos distinguir por lo menos tres enfoques distintos. Está en primer lugar el ámbito meramente factual de las acciones violentas realizadas por tales o cuales personas en detrimento de tales o cuales otras. Nos encontramos aquí en el plano de la descripción de lo sucedido: cómo mataron a una persona, con qué armas, por qué fue victimada, etc. Hay un segundo plano, un poco más abstracto, que tiene que ver con la investigación de las causas sociales de la violencia. De lo que se trata en este segundo nivel es de encontrar los fundamentos de las graves conductas anti-sociales que asolan al país y de, por así decirlo, hacernos entender la lógica y la dinámica de la violencia. En este caso corresponde a los científicos sociales explicar el fenómeno generalizado de la violencia: el papel desempeñado por los niveles de pobreza, las injustificables asimetrías económicas que marcan a la sociedad mexicana (el reciente aumento al salario mínimo es de alrededor de 8 pesos al día, es decir, de algo así como de 250 pesos mensuales. Es una burla desde todos puntos de vista, pero es evidente que los comerciantes, los industriales, los banqueros, etc., no están dispuestos a darle el visto bueno a un reparto un poquito más equitativo de la riqueza que aquí se produce), el embrutecimiento sistemático durante casi medio siglo de la población como resultado de una política de represión y corrupción de sindicatos de maestros, de privatización de la educación y de tolerancia absoluta con la nefanda programación de la televisión mexicana en general, el triunfo avasallador y desmoralizante de la impunidad, etc., etc. Por lo pronto queda claro que así como el primer plano era el de la investigación policiaca, este segundo plano es el de la investigación científica. Pero el tema de la violencia no queda agotado con esto. Falta un tercer plano, que es el del análisis filosófico, esto es, el del análisis conceptual. Y si en relación con los dos primeros encontramos carencias y huecos gigantescos, en relación con este tercer nivel nos encontramos prácticamente en medio del desierto. Antes de decir cualquier cosa sobre el tema de la violencia desde la perspectiva de este tercer nivel es menester dejar en claro por qué en efecto es éste fundamental.

Supóngase que se quiere estudiar un determinado grupo de mamíferos, pero que se incluyen en las caracterizaciones iniciales de éstos características propias más bien de los batracios. Es evidente que las descripciones, las explicaciones y las predicciones que se hagan inevitablemente serán las más de las veces un fracaso total. ¿Por qué? Porque el objeto de estudio quedó mal delineado ab initio. Si es así, aunque se hagan experimentos costosísimos, aunque se construyan nuevos laboratorios, aunque se traigan a especialistas de todos los rincones del mundo, etc., la investigación empírica de los mamíferos va a dar malos resultados porque su objeto de estudio quedó mal caracterizado. Deseo sostener que lo mismo sucede, mutatis mutandis, con la violencia: si ésta no es comprendida cabalmente, todo lo se investigue y se haga al respecto tendrá inevitablemente resultados pobres, equívocos, falseados y demás. Nuestra pregunta ahora es: ¿realmente pasa eso con la violencia en México, es decir, está en lo fundamental el concepto de violencia mal entendido y aplicado? Alternativamente: ¿es la violencia incomprendida? Yo creo que hay mucho de eso, como argumentaré en lo que sigue.

Para efectuar cualquier consideración sobre la violencia quizá lo más aconsejable sea partir de un dato que sea tan universal y tan obvio que sería ridículo tratar de cuestionarlo y el dato que en mi opinión habría que tomar como punto de partida es simplemente que en la historia del ser humano, del Homo sapiens sapiens, en la historia de la humanidad la violencia ha estado presente tanto como el hambre o la reproducción. Por simple que sea esta constatación, a mí me parece que de inmediato hacer ver que es semi-infantil hablar de la “erradicación total” de la violencia. Quien sugiere algo así sencillamente no puede ser tomado en serio. El problema con la violencia, por lo tanto, es un poco como el problema con la diabetes: desde luego que hay que tratar de erradicarla, pero lo urgente en todo caso es controlarla y mantenerla dentro de niveles manejables, asumiendo para no auto-engañarnos que hágase lo que se haga de todos modos se va a materializar. En segundo lugar, es importante insistir en que no hay tal cosa como la “esencia de la violencia”. De ahí que quien pretenda ofrecer una definición en términos de propiedades necesarias y suficientes en realidad se está burlando de la gente. El concepto de violencia se aplica de diverso modo en diversos contextos, siendo quizá el paradigmático la idea de violencia física. Es obvio, sin embargo, que además de la violencia física hay muchas otras formas de violencia: violencia psicológica, como cuando alguien chantajea sentimentalmente a otra persona o la aterroriza o la seduce y la maneja como quiere, etc., violencia intrafamiliar, violencia social (de clase, digamos), violencia gubernamental, violencia entre países, violencia institucional, violencia en defensa propia y así indefinidamente. En todo caso, de lo que podemos estar seguros es de que siempre que seres humanos interactúen unos con otros de uno u otro modo se hará patente alguna modalidad de violencia. Los humanos, a todas luces, no saben o no pueden vivir sin agredirse mutuamente. En todo caso, para nuestros propósitos lo que es crucial es entender que al hablar de violencia podemos estar aludiendo a líneas de conducta que son parecidas (la violencia que ejerce un esposo sobre su mujer se parece a la que ejerce un gobierno invasor sobre el gobierno invadido), pero nunca idénticas. O sea, no hay un elemento común a todas las formas de violencia. Por consiguiente, para que la lucha contra la violencia pueda ser efectiva es imperativo que se acote el ámbito o la forma de violencia que se tiene en mente y que se quiere contrarrestar. Hablar de la violencia en general termina siendo básicamente un entretenimiento conceptual baladí.

Habría que decir que es sobre la base de los errores mencionados (rechazo de la universalidad de la violencia y aceptación de una forma de esencialismo) que automáticamente se genera un tercer peligro “teórico” y por el cual la noción de violencia queda, por así decirlo, desfigurada. Me refiero al hecho de que se trata de un concepto de fácil ideologización. Por ejemplo, ahora está de moda, por decirlo de algún modo, el tema de la violencia contra la mujer. Huelga decir que sólo un psicópata o un depravado o alguien así podría cuestionar la validez del enojo, la indignación y la queja por la violencia física que algunos hombres ejercen en contra de algunas mujeres, pero eso no sirve para fundamentar la pretensión de erigir la violencia contra la mujer como el más horroroso de los casos. En el caso de la violencia padecida por mujeres, lo que potencia nuestra indignación natural es el hecho de que en incontables ocasiones los culpables no son castigados. Es la combinación de enojo profundo por el daño causado y la impunidad de la que gozan los delincuentes lo que hace que se tienda a singularizar el caso de la violencia contra las mujeres. Sin duda se ha producido, lo cual es más que deplorable, un incremento en los asesinatos de mujeres. Eso, que quede bien claro, es algo que debemos no sólo repudiar sino combatir. No obstante, dicho incremento no debería hacernos perder de vista dos cosas: primero, que concomitantemente se ha producido un aumento todavía mayor de asesinatos de hombres y, segundo, que también se genera en la sociedad mucha violencia de mujeres contra hombres, como lo pone de manifiesto el tristemente famoso caso de las así llamadas ‘goteras’ (mujeres que se ponían ciertos productos en el cuerpo gracias a los cuales dormían a los hombres con los que estaban para después desvalijarlos). Tampoco se debería olvidar que además de la violencia contra mujeres hay violencia contra niños y violencia contra ancianos, tan odiosas y repudiables unas como otras. Es, pues, muy importante entender que con quien tenemos un compromiso, hacia quien debe ir dirigida nuestra ayuda y nuestra conmiseración es hacia la víctima de la violencia, sea quien sea. Sufre tanto la pobre joven violada y estrangulada en los suburbios de Ciudad Juárez como el joven secuestrado durante un mes, torturado y posteriormente ejecutado, inclusive si sus familiares pagan lo que los secuestradores les pedían. Lo que desde mi punto de vista resulta inaceptable es la idea misma de jerarquización del dolor de las personas, como si de manera natural unas fueran más susceptibles de sufrir, más sensibles que otras (en todo caso si así fuera, los niños me parecerían, con mucho, los candidatos más viables para ocupar ese “primer lugar). Por ello, el intento por apropiarse del concepto de violencia para auto-victimizarse de manera excepcional es una especie de golpe de estado conceptual que resulta sencillamente inaceptable. Esto está conectado con un tema acerca del cual no puedo decir aquí más que unas cuantas palabras.

Lo que revela la pretensión de singularizar a un determinado grupo social como encarnando por excelencia la victimización y tratando de erigir a dicho grupo como el grupo no sólo más vulnerable posible sino como el que representa simbólicamente mejor que nadie el dolor humano, etc., etc., es que los conceptos relevantes, como los de violencia y sufrimiento, quedaron tergiversados y están siendo usados en conexión con intereses particulares. En el caso de la violencia contra las mujeres lo que obviamente está enturbiando el asunto es la yuxtaposición, por no decir la fusión, del concepto de violencia con el concepto de género. Es la idea misma de “perspectiva de género” dándole forma al concepto de violencia lo que inevitablemente promueve confusiones, complica el estudio de la violencia por parte de los científicos sociales (incluyendo a los juristas) y enreda innecesariamente las investigaciones policiacas. El concepto de género es totalmente irrelevante en relación con la violencia social, porque cuando se examinan casos de violencia física lo que nos incumbe son los statu y las relaciones sociales entre individuos, entre seres humanos, independientemente de si son de género masculino o de género femenino. El género sencillamente no entra en el escenario. Cuando se realiza una investigación policiaca la idea de género es no sólo redundante sino entorpecedora de la investigación misma, puesto que es un factor que sólo sirve para desviar la atención respecto a lo que es relevante para la investigación, como lo son los móviles, los antecedentes, los mecanismos, los utensilios, etc., del victimario y de la víctima. En cambio, con la idea de género no se aporta absolutamente nada para el esclarecimiento del crimen. Esto queda claro una vez que sacamos a la luz la presuposición fundamental, radicalmente falsa, del enfoque de género, a saber, que la mujer es víctima de violencia por parte del hombre sólo por ser mujer. Aquí se puede claramente percibir la diferencia entre el enfoque de género y un enfoque racista de la violencia, siendo el racismo una realidad imposible de negar. Cuando un racista ataca a un individuo de una minoría la motivación de su ataque es, por ejemplo, el color de su piel. La motivación es injustificable, pero es (en algún sentido emocional) entendible. En cambio, el que alguien mate a una mujer sólo por ser mujer es simplemente ininteligible y es algo que no concuerda con lo que de hecho sucede. Una mujer puede ser víctima de un bandolero porque fue violada y lo reconoció, porque tenían hijos con un sujeto a quien ella se los quitó, porque alguien quería robarle algo y ella se dio cuenta, porque ella lo engañó con su mejor amigo, etc. Todo eso y más es imaginable y factible, pero que alguien mate a una persona “sólo por ser mujer”, sin que medie ningún interés u objetivo, eso es un mito, una historieta inaceptable. Dicha idea es sospechosa a priori, puesto que si se le desarrolla en forma coherente a lo que da lugar es a un cuadro incomprensible y absurdo del ser humano. Desde luego que se ejerce violencia sobre los seres humanos de género femenino, pero siempre por causas concretas y el ser mujer no es una causa. Una vez desechado el presupuesto falso del enfoque de género podemos entender que es el maltrato y el abuso de una persona por otra lo que es repudiable, condenable, criticable y aborrecible, independientemente del género de los involucrados. Si entendemos esto entendemos eo ipso que el problema de la violencia es un problema que atañe y afecta a todos por igual y que no permite un tratamiento parcial o sectario.

Regresando a la realidad social: lo que nos debe importar es cómo bajar de manera palpable y rápida los índices de violencia que prevalecen en México en la actualidad, una tarea urgente porque de hecho todos los días la vida de miles de personas está siendo afectada por la violencia. Yo desde luego que me uno a las personas que gritan “Ni una mujer más asesinada”, pero de inmediato añado “ni un niño más asesinado” y también “ni un hombre más asesinado”. Lo que no logro considerar como algo laudable es la jerarquización del sufrimiento, la distribución selectiva del dolor, la auto-victimización. Con eso definitivamente no estoy de acuerdo. A mi modo de ver no puede darse una lucha genuina de defensa de la mujer que no sea al mismo tiempo una lucha en favor del hombre libre de violencia.

Atemos entonces cabos: es sumamente improbable, por no decir internamente incoherente, inclusive en la más utópica o fantasiosa de las teorías del ser humano, hablar de una sociedad, de una vida sin violencia. Eso ni infantil es; es simplemente tonto. Por consiguiente, el objetivo por alcanzar sólo puede ser el de cómo controlar las manifestaciones más brutales de violencia en el seno de una sociedad supuestamente estable, es decir, que no está oficialmente en estado de guerra ni nada semejante. ¿Se pueden obtener logros significativos en este dominio? ¿Se puede reducir el nivel de violencia en nuestro país? Aunque no sea una labor fácil, yo creo que sí. Aquí se produce, dicho sea de paso, lo que podríamos llamar la ‘paradoja de la violencia’, porque en mi opinión la naturaleza de la violencia es tal que el éxito de la lucha en su contra inevitablemente la involucra. A los violentos patológicos, a quienes no saben de otros mecanismos para la resolución de problemas que el llamado a la violencia más brutal posible, etc., a esos no se les doma con sermones. Tratando entonces de ser propositivos: ¿qué es lo que sensatamente se podría proponer como principios generales de una política de lucha sistemática en contra de la práctica de la violencia?

Yo pienso que lo primero que habría que hacer sería establecer un orden y determinar qué formas de violencia son las más dañinas, las más evidentes y concentrarse en ellas. Desde esta perspectiva, el primer objetivo es restarle lo más que se pueda el atractivo que pueda representar para muchas personas el recurso a la violencia física, la expresión de violencia más fácil de identificar. Pero ¿cómo se combate la violencia mayor? La violencia no va a desaparecer de nuestro horizonte vital por un acto de magia. Yo creo que la primera medida es la creación de un marco legal con castigos severísimos, vigilando que la impunidad sea desterrada y que no se hagan excepciones a la ley. El castigo fuerte y efectivo (i.e., muchos años de cárcel, cadena perpetua, etc.) es, por lo tanto, un instrumento fundamental para acabar con el fácil expediente del recurso a la violencia física. Pero obviamente eso no basta. Tenemos que entender, bajando al nivel de la investigación empírica, que la violencia es también una respuesta social de malestar generada por una insatisfacción permanente en relación con los temas más básicos de la vida: la alimentación, la habitación, la vida sexual, etc. La insatisfacción permanente en relación con los temas mencionados (y otros como ellos) es una fuente inagotable de violencia física (yo no usaría en relación con esto la noción de causa). Naturalmente, niveles decorosos de vida (no hablo de igualitarismos socialistas ni nada que se les parezca) bastan para aminorar la tendencia a tener reacciones violentas. Y está desde luego la violencia institucional, la cual me parece una de las más siniestras formas de violencia, puesto que es violencia efectiva y permanente pero silenciosa. Para una defensa efectiva de la mujer yo me centraría en la luchas contra la violencia institucional (oportunidades, salarios, derechos, etc.).

Por último, no hay que olvidar que siempre habrá temperamentos violentos y por lo tanto, como ya se dijo, siempre habrá acciones y reacciones violentas entre los humanos, vivan como vivan. Es claro también, sin embargo, que esta clase de violencia es en última instancia mínima, porque muchas de las reacciones violentas de las personas son una manifestación de incultura, la expresión de una incapacidad para resolver problemas de manera racional y esto es en última instancia un asunto de educación. Inclusive en la más civilizada de las sociedades habrá siempre un caníbal y un barbaján, pero serán como hongos, uno por aquí y otro por allá. Lo que es indudable es que en una sociedad de gente bien educada no tendrían muchas oportunidades para dar rienda a suelta a su violencia. Y ello hace nacer en nosotros el triste pensamiento de que si la violencia no ha sido extirpada de la vida social es a final de cuentas porque los seres humanos no han interiorizado todavía una idea tan simple como la de que se puede y es mejor vivir en paz.

Tramposos, Ineptos y Malos Perdedores

Quizá deba empezar por confesar que me cuesta mucho imaginar que pudiera haber alguien que, en estado normal, pretendiera cuestionar la verdad apabullante de la afirmación de que el espectáculo que ofrece el mundo es sencillamente horroroso. ¿Cuál es ese panorama que genera semejante sentimiento? Presentado de la manera más abstracta posible, lo que percibimos a nivel mundial es un orden social tremendamente injusto, impuesto por la fuerza, sostenido por todo un aparataje mediático y en el cual cientos de millones de personas viven prácticamente en calidad de esclavos. Yo creo sinceramente que ni el más ingenuo de los hombres podría dudar de la existencia a escala mundial de la esclavitud, desde sus formas más brutales, como la trata de blancas, hasta las formas establecidas y aceptadas de jerarquización social. Quizá no esté de más señalar que el sometimiento sexual de la mujer es todavía mucho más notorio y humillante que el del hombre y no depende forzosamente del status social. A final de cuentas, si bien no tan ultrajadas como las mujeres a obligadas a ejercer la prostitución en la vía pública (un tema cuyas espeluznantes presuposiciones y consecuencias la gente simplemente ignora), también las mujeres del jet set, como las grandes artistas de Hollywood, mujeres que ganan millones de dólares al año, tienen que pasar por su via dolorosa consistente en hacer “favores sexuales” a directores y productores so pena de ver truncadas sus carreras. Quienes mandan en la jungla hollywoodense de buena gana transforman a una mediocre actriz en super-estrella si ésta pasa los tests de sus caprichos sexuales, como lo pone de manifiesto el caso del repugnante Harvey Weinstein, quien con toda seguridad en privado ha de jactarse de tener un récord impresionante de violaciones de artistas. Pero igualmente patético es el silencioso destino de millones de esclavos muertos de hambre (campesinos, obreros, desempleados, gente de la tercera edad, etc.) de cuyo futuro podríamos decir a priori que de hecho está fijado de antemano: hay gente que nació para trabajar para otros y que nunca podrá modificar su status social, en tanto que hay otros que (sin merecerlo desde luego) por un sinnúmero de causas viven y seguirán viviendo como buenos parásitos del trabajo de millones de personas. Como, al igual que las personas, las clases sociales se reproducen, el status quo, la estructura del mundo perdurará mientras haya seres humanos sobre la faz de la Tierra.

Un elemento escalofriante que viene a contribuir al espantoso panorama que ofrece la vida en este planeta es el hecho de que, paralelamente a la esclavitud física, nos topamos con la espantosa realidad de una esclavitud que podemos llamar ‘intelectual’ o ‘psicológica’ o ‘mental’ o, eventualmente, ‘cultural’. Si en el caso de la esclavitud material o física el objetivo es que muchos trabajen para que unos cuantos (literalmente) lleven una vida material sin problemas ni restricciones, en este segundo caso de lo que se trata es más bien de forzar a la gente, como si fueran borregos que hay que mantener en el redil, a pensar de una determinada manera, a evaluar de cierto modo, a reaccionar de una forma particular previamente diseñada para su inoculación y permanente reforzamiento en las mentes de los seres humanos. Uno de los principales objetivos es, naturalmente, la conformación de una concepción política básica que, a manera de casco, se pretende que todo mundo incorpore y porte permanentemente. Los instrumentos para la obtención de los fines deseados en este caso son, principalmente, la prensa, la televisión, el cine, el radio e internet, con todo lo que ello implica (“analistas”, “especialistas”, “intelectuales orgánicos”, “comentaristas” , videos y demás) y los mecanismos son los bien conocidos de desinformación sistemática, repetición ad nauseam de mentiras, supresión permanente de información relevante, etc., etc. El punto importante es simplemente que así como hay una estructura jurídica, un ejército, policías, instituciones, hospitales, etc., para mantener el status quo social en su variante material, así también hay todo un ejército destinado a imponer una determinada forma de pensar, lo que sería el sistema de valores más afín posible al modo de vida y al orden político y social prevaleciente. Hablo de lo que en general pasa desde luego en México, pero más allá de nuestro país en el mundo de las oligarquías, las plutocracias, los monopolios, etc., es decir, del mundo occidental en su conjunto.

De que a grandes rasgos quienes mandan en el mundo de las ideas están ganando la guerra en contra de la libertad de pensamiento y de que tienen prácticamente arrodillada mentalmente a la población mundial es algo que difícilmente podría cuestionarse. Las pruebas de ello abundan. El que el pueblo argentino, por ejemplo, haya votado (y siga haciéndolo!) por Macri es una demostración palpable de que el embrutecimiento político de la gente es no sólo posible sino efectivo, inclusive si se trata de un pueblo con un nivel de educación más que decoroso. En México, por ejemplo, podemos estar seguros de que la gente que ha sido engañada una y mil veces por el partido en el poder, esto es, el PRI (el partido de la contradicción hasta en las siglas: Partido Revolucionario Institucional: ¿cómo se institucionaliza la revolución?), votará en las próximas elecciones por ese mismo partido que tanto daño le ha hecho. La clave es, una vez más, el embrutecimiento mental sistemático, pertinaz, debilitante, ensordecedor. Esto es hasta cierto punto comprensible: sería ingenuo pensar que los medios de comunicación no son un pilar fundamental en la estructura de la sociedad contemporánea y no cumplen a cabalidad con su función.

Si lo que hemos dicho tiene visos de verdad, no queda más que concluir que vivimos en medio de dos clases de guerras: guerra de clases al interior y guerra con propuestas de vida alternativas al exterior (del mundo occidental, desde luego). Obviamente, el mundo de la cultura y de las ideas es un frente más y es el ejército de los medios masivos de comunicación la institución cuya misión es vencer en ese campo de batalla particular. Y aquí es donde de inmediato empiezan a brotar las contradicciones tangibles u obvias del sistema capitalista contemporáneo. Por una parte, en el modo de vida en el que nos tocó vivir se ensalza, se exalta, se postula como uno de sus valores supremos la libertad de expresión y se pretende hacernos pensar que ésta consiste esencialmente en la libertad de expresión no de los individuos, sino de los medios de comunicación. Sin embargo, esos mismos medios y toda la infraestructura institucional de la sociedad lo que más temen y con más encono combaten es precisamente la libertad de expresión cuando es ejercida por quienes no piensan como ellos quieren que pensemos. Así, pues (primera gran paradoja), lo que más se teme, lo que más se repudia, lo que más se aborrece y combate en los países de la libertad es precisamente la libertad de expresión! No se tiene ni siquiera que dar ejemplos de ello, puesto que los tenemos ante los ojos y abundan, como los narcisos amarillos (jonquilles) en primavera.

Podemos entonces afirmar que vivimos día a día una guerra mediática desatada en contra de la libertad de expresión, lo cual quiere decir, primera mas no únicamente, en contra del individuo intelectualmente rebelde, de quien se niega a ser sometido mentalmente, pero también y como era de esperarse, de las agencias de noticias alternativas que luchan por liberar el mercado de las ideas de las garras de los mass-media establecidos. Consideremos los casos separadamente.

¿Cómo se combate al individuo que no quiere limitarse a expresarse dentro de los estrechos márgenes que los medios de comunicación (inter alia) fijan para él? Salta a la vista que hay toda una gama de posibilidades. Una forma de hacerlo consiste en armarle una campaña permanente de desprestigio. Yo creo que, por ejemplo, el Lic. López Obrador tendría algo que decir respecto a esta clase de canalladas. No deberíamos pasar por alto tampoco el hecho de que esta estrategia viene en general acompañada del silenciamiento del blanco elegido: a éste se le critica por todos los medios (en todos los sentidos de la expresión), pero no se le da la oportunidad de defenderse. Así son las reglas del humanismo capitalista. Prácticamente no hay nadie en el mundo que sea inmune a un ataque mediático. Por ejemplo, el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, tuvo que recurrir y aferrarse al twitter para poder romper el bloqueo y la campaña de desprestigio orquestada en su contra por CNN, el New York Times, el Washington Post y cientos de publicaciones diarias que dependen de estos últimos en todas partes del mundo. Si eso le pasa al presidente de los Estados Unidos: ¿se imagina el lector la clase de linchamiento al que está expuesto un ciudadano común y corriente que aspire a hacer valer su inalienable derecho a la libertad de expresión? Pero puede ser peor. Una forma más drástica de proceder con quienes quieren decir lo que piensan o dar a conocer lo que saben es, naturalmente, suprimir físicamente al periodista insolente o al conferencista desafiante. México, como todos sabemos, es el campeón mundial en este rubro: es el país en donde más mueren periodistas y, por si fuera poco, impunemente. Sobre la tristemente célebre “Fiscalía para Delitos en contra de Periodistas” que, por lo menos hasta donde yo sé al día de hoy no ha resuelto un caso de los cerca de 110 periodistas asesinados desde el año 2000, no me pronunciaré en este artículo. Mi objetivo era simplemente llamar la atención sobre los procedimientos a los que se recurre cuando hay que ponerle coto a un osado trasgresor de las leyes de la esclavitud mental.

Mutatis mutandis, lo mismo pasa cuando el enemigo de los dueños del pensamiento público son no individuos aislados, sino agencias de noticias o institutos de información adversos. En general, dadas las magnitudes de las organizaciones establecidas (Agencia France-Presse, Reuters, Associated Press, CNN, etc.) sencillamente no hay posibilidad de competir con ellas, mucho menos de desplazarlas en lo que de hecho es sumercado, su coto. Los grupos de periodistas independientes no tienen ni los fondos ni la estructura ni el personal ni, más en general, las posibilidades de rivalizar con las grandes corporaciones internacionales que manipulan los flujos de información y comercian con ellos en función de los intereses políticos y económicos de sus dueños. Pero ¿qué pasa si la agencia que entra en el escenario para competir con ellos es una agencia estatal de un país no subordinado? Obviamente, el sistema de trampas que se le aplica al individuo ya no se puede utilizar en contra de instituciones rivales. Se requiere hacer intervenir a sus propios gobiernos. Es de esta manera como los medios de comunicación que conocemos hacen valer la “libertad de expresión”. Quisiera al respecto decir unas cuantas palabras, si se me permite.

Antes de ir a los hechos para ver qué es lo que sucede cuando un periódico realmente independiente entra en el mercado quisiera llamar la atención sobre las presuposiciones de la situación. Primero, se supone que la arena en la que nos encontramos es la del “libre mercado”, esto es, la de la competencia en concordancia con reglas previamente establecidas y válidas para todos y, segundo, asumimos (para seguir con el juego del auto-engaño) que estamos en un mundo en donde podemos dar expresión verbal libre a nuestras ideas y pensamientos. Pero ¿qué es lo que está pasando con lo que con mucho y sin que quepan dudas al respecto es el mejor periódico en internet, esto es, Russia Today (RT)? Para empezar, recordemos que se trata de un periódico que aparece desde luego en ruso, pero también en árabe, en alemán, en inglés, en francés y en español. O sea, es un periódico que realmente informa a grandes sectores de la población mundial. Hasta donde yo sé, no hay otro periódico en el mundo que desde este punto de vista pueda comparársele. Pero lo interesante es enterarse de que tampoco hay punto de comparación en cuanto a la transmisión de información. Russia Today proporciona una cantidad asombrosa de datos que simplemente sería impensable encontrar en la estereotipada y aburrida prensa estándar. Por si fuera poco, la información que está en el portal efectivamente está en el portal para los lectores, no como el New York Times que en un mes no permite leer más de 10 artículos o el El Universal, que bloquea el acceso a determinadas páginas. Pero además Russia Today proporciona información científica interesante, montones de videos de situaciones extravagantes que cotidianamente suceden y de las que no tendríamos ni idea si no fuera gracias a este magnífico portal, análisis interesantes de toda clase de temas. Y si nos vamos a los contenidos de los artículos, hay que decirlo y en voz alta: no hay comparación. La seriedad de los contenidos, por otra parte, no impide el recurso al sarcasmo, a la ironía, el sacar a la luz las motivaciones, las incoherencias o los absurdos de toda clase personajes políticos y hasta lauto-crítica, lo cual hace la lectura amena y fluida. Por ello considero plenamente justificada mi posición, que es la siguiente: habiéndole dedicado mucho tiempo a la lectura de periódicos tan variados como Le Monde (Francia), El País (España), La Nación(Argentina), el El Universal (México), el New York Times (USA), el Jerusalem Post (Israel), Al Jazeera (Arabia Saudita), The Guardian (Inglaterra) y muchos más, me siento autorizado para recomendarle con entusiasmo a mi amable lector la lectura de fabuloso periódico electrónico ruso, Russia Today (www.rt.com). Muy bien, pero ¿hay otras razones por las cuales ocuparse de un periódico electrónico particular?

Sí las hay y es que el caso de Russia Today ilustra a la perfección las mañas, las trampas, la ineptitud y más en general el despotismo no ilustrado de los medios masivos de comunicación que reinan en Occidente, de todos esos afamados periódicos de gran circulación y que se erigen como “autoridades” para la opinión pública pero sólo, ya quedó claro, cuando o porque no tienen competidores reales. Tan pronto éstos aparecen, todo mundo automáticamente percibe la mediocridad y el carácter tendencioso de sus productos. Pero les guste o no, lo cierto es que frente a Russia Today los “grandes” periódicos occidentales, estadounidenses, ingleses o de la nacionalidad que sean quedan exhibidos básicamente como burdos instrumentos ideológicos de sometimiento mental. De ahí que la atmósfera de frescura, de oxígeno que se siente al entrar en las páginas de Russia Todaysea un auténtico regalo cotidiano.

Pero ¿a qué condujo el increíble desplazamiento que por la calidad de sus reportajes y entrevistas Russia Today logró sobre sus contrincantes, sobre todo en los países de habla inglesa, esto es, en los países en donde mejor se practica la política más brutal y estridente de idiotización de la gente (no hay más que echarle un vistazo a los más prestigiosos periódicos ingleses para entender lo que quiero decir)? En Gran Bretaña en particular, los mass-media (incluyendo la BBC, con sus formatos acartonados y sus eternos mensajes de odio a Rusia, de solapamiento del apartheid israelí, de burla por los esfuerzos de liberación de los pueblos (Venezuela), etc.) clara y hasta vergonzosamente perdió lo que era un público cautivo en favor de Russia Today, convertido en muy poco tiempo tanto como periódico que como programa de televisión en el más popular. Por algo será. Una cosa es que la gente no tenga opciones y otra que sea tonta! Lo mismo está empezando a pasar en Estados Unidos, en donde poco a poco Russia Today ha venido desplazando a las hasta ahora intocables gigantescas corporaciones mediáticas de modo tal que éstas, al igual que en Inglaterra, no tuvieron otra opción que hacer trampa y obligar a su gobierno a intervenir. O sea, en la competencia pulcra, jugando con las mismas reglas de mercadotecnia, en igualdad de condiciones los rusos mostraron ser superiores. ¿Qué hizo el lacayuno gobierno, tan temeroso como lo es de su prensa y su televisión? Obligar a Russia Today a registrarse como “agente extranjera”, so pena de catear sus instalaciones y llevarse sus computadoras, documentos y demás. O sea, al mejor periódico del mundo se le obligó a auto-etiquetarse casi como agencia de espionaje, cuando no es otra cosa que genuina fuente de información para la población. De igual modo, el gobierno inglés ya no sabe qué mecanismo inventar para acallar Russia Today, lo cual explica que la deplorable primer ministro. Theresa May, no tiene otro tema para presentarse ante el público que la “agresión rusa” y la difusión de “noticias falsas”. Qué fácil y, a estas alturas, qué estéril y aburrido lenguaje político. No nos confundamos: la descarada política de estos gobiernos, hasta un niño lo entiende, representa un golpe terrible a la genuina libertad de expresión, a la expresión que ilustra, que informa, que nos hace entender los hechos; en otras palabras, a todo eso justamente que la prensa mundial no quiere que suceda, porque cuando sucede el ciudadano de inmediato percibe su carácter esencialmente mendaz, su desprecio por la gente común, su status de arma ideológica utilizada todos los días para mantener un sistema de vida que se alimenta de la miseria de millones de personas y para beneficio de detestables grupúsculos de privilegiados. Russia Today es un antídoto para esa clase de ponzoña ideológica.

Como era de esperarse, en su esfuerzo por detener a Russia Today, junto con el reconocimiento implícito de que ni todos los periódicos electrónicos occidentales juntos pueden con la extraordinaria agencia noticiosa rusa, vienen más cosas, por ejemplo, la instilación del odio. Lo que a través de sus instrumentos los magnates occidentales quieren es seguir gozando de su primacía y sembrar el odio en el corazón de quienes consumen sus productos. ¿Odio a qué o a quién? Odio a Rusia, esto es, a un hermoso país con una historia grandiosa, con pléyades de escritores, de músicos, de científicos, esto es, de hombres y mujeres que han contribuido con sus creaciones y aportaciones a la felicidad mundial, con una cultura popular espléndida y sobre todo con un maravilloso pueblo que ha estado unido a la humanidad por lazos de hermandad y no por sentimientos de superioridad o por ambiciones de sometimiento. Lo real, sin embargo, el fenómeno interesante e innegable es el triunfo deslumbrante de Russia Today en el frente ideológico occidental, es decir, su incuestionable victoria frente a sus amañados, tramposos e ineptos opositores, jugando además en los terrenos de estos últimos y con sus propias reglas. Ello no es sino una muestra más de la inevitable decadencia de ese sistema de explotación del hombre y la naturaleza por el hombre que ya debería exhalar su último suspiro.

Lecciones de la Historia

Oficialmente, octubre de hace un siglo fue el mes de la Revolución Rusa. Eso es inexacto en más de un sentido. Para empezar, en aquella época había dos calendarios, el que nosotros usamos y el juliano, que era el que se usaba en la Rusia zarista y de acuerdo con éste el mes de la revolución no fue octubre sino noviembre. Pero esa discrepancia cronológica no tiene en realidad ninguna importancia. Es mucho más radical el error consistente en pretender delimitar en el tiempo procesos tan complejos como la Revolución Rusa, una transformación social de magnitudes seculares y cuyos efectos no hemos acabado de apreciar. Ahora bien, en relación con un fenómeno tan importante como lo fue la Revolución Rusa, sin duda alguna la transformación social más decisiva del siglo XX, se puede adoptar una de por lo menos dos formas serias de posicionarse frente a ella (no me ocupo de la puramente ideológica, tipo New York Times, para no perder el tiempo y no hacérselo perder a nadie). Se puede adoptar una actitud de historiador y tratar de contribuir con nuevos datos, rectificando hipótesis, haciendo señalamientos supuestamente novedosos de fechas, de hechos y demás. En la medida en que yo no soy historiador más que como aficionado, esta vía está para mí clausurada. Pero nos queda otra, una que me es mucho más asequible sobre todo por las motivaciones que le subyacen. Mi idea es muy simple. En mi opinión, cuando uno siente la necesidad de librarse, aunque sea momentáneamente, de la espantosa garra del presente, cuando uno trata de olvidarse de lo que es nuestra realidad social (el auge de lo que habría que llamar ‘delincuencialismo’, el triunfo quizá definitivo de la corrupción, sobre todo en el sector gubernamental y en el de las grupos más privilegiados, el alarmante incremento de la violencia ejercida sobre todo en las clases populares, la conciencia de cómo tiene que ser nuestra vida cotidiana y de lo que racionalmente podemos pensar que son nuestros prospectos de vida), una receta saludable es volver la mirada hacia el pasado, adentrarnos en el fantástico universo de la historia para, sobre la base de los data que ésta nos proporciona, dejar que la imaginación cumpla con sus funciones de modo que, a la manera de un cuento de hadas pero sobre bases factuales, pueda uno especular o soñar sobre cómo habría podido desarrollarse el mundo y derivar del pasado lecciones respecto a lo que a nosotros nos tocó vivir y así comprender mejor nuestra realidad social. Es en esa tesitura con la que quisiera hacer algunos vagos recordatorios sobre la así llamada ‘Revolución Rusa’ y meditar unos cuantos minutos sobre su legado a la humanidad.

Lo primero que habría que decir es que eso que se conoce como ‘Revolución Rusa’ y que culmina en lo que debería llamarse la ‘Revolución Bolchevique’ es en el fondo el resultado de un proceso de varios siglos. Las raíces de este proceso se plantaron con la subida al trono del primer Romanov, ocurrida a raíz de la muerte del gran zar Boris Godunov. Con la llegada al trono de los Romanov se reforzó un régimen de servidumbre, de cuasi-esclavitud, muy semejante al que varios siglos después prevalecería en las haciendas mexicanas de la época del porfiriato. En efecto, así como en Rusia un boyardo podía poseer cientos de “almas”, así los campesinos mexicanos eran prácticamente propiedad del latifundista puesto que estaban atados a la hacienda y, a través de mecanismos como la tienda de raya y de la total carencia de oportunidades y alternativas, eran de facto esclavos en aquel régimen que alguno que otro desvergonzado pseudo-historiador local ha pretendido reivindicar. De hecho, el sistema de siervos y nobles que había en Rusia y el de hacendado-peón que prevalecía en México son de lo más parecido que podamos encontrar en la historia y tan odioso y despreciable el uno como el otro.

Fue sólo después de varios siglos de vivir en una sociedad jerarquizada socialmente de manera nítida, aunada a un sistema de represión policiaca bestial, que empezó a fraguarse en Rusia un gran descontento social, un descontento cuyas banderas fueron enarboladas por la inteligentsia rusa del siglo XIX. Un libro que da una idea muy clara de la atmósfera de protesta social y clandestinidad que se vivía en Rusia durante la segunda mitad del siglo XIX es la maravillosa novela de F. Dostoievski, Demonios (traducida también como Los Poseídos). Esta segunda etapa se intensificó con la paulatina industrialización de Rusia, que hasta entonces había sido un país eminentemente agrícola y campirano. Otro factor importante fue el siguiente: después de los tres repartos de Polonia, a finales del siglo XVIII, el imperio ruso súbitamente incrementó su número de súbditos con millones de personas que hasta entonces habían vivido en un régimen no liberal pero sí menos autoritario y que no estaban acostumbrados a las tradiciones autócratas rusas. La desgracia para el zarismo fue que con ellos irrumpieron en Rusia ideas nuevas venidas de Europa Occidental, ideas revolucionarias que tenían que ver con los derechos del hombre y del ciudadano y sobre todo ideas vinculadas con el marxismo. Ya para entonces se hacían sentir las contradicciones entre el orden medieval heredado y las exigencias que el surgimiento de nuevas clases sociales acarreaba consigo. Todo ello le dio al descontento del pueblo ruso una nueva orientación o, mejor dicho, una orientación mucho más definida, una orientación politizada. Pululaban los centros de oposición, de resistencia clandestina, hasta que finalmente brotaron los primeros focos de lucha armada. Como era de esperarse, la clase dominante, representada por el zar, se aferró a sus privilegios sin tomar conciencia de la fuerza del terremoto social que se estaba gestando. No obstante, así como los Borbones en el siglo XVIII se negaban a hacer concesiones sin percatarse de que estaban a un paso de la guillotina, así también el zar y la nobleza rusa se resistían al cambio cuando era obvio que éste sencillamente ya no era opcional. Su ceguera los llevó inclusive a rechazar en el momento crucial la única opción real que les quedaba para sobrevivir y que era la transformación del zarismo en una monarquía parlamentaria. Dado que los cambios políticos que se necesitaban fueron bloqueados, en 1917 la avalancha social arrasó con el régimen zarista. Fue entonces que jugaron de manera magistral el papel histórico que les correspondía los teóricos de la revolución, como Lenin, y los luchadores sociales propiamente hablando, como Stalin. No olvidemos que desde años atrás Lenin dirigía a su partido y la insurrección desde Suiza o desde Londres mientras que Stalin era el auténtico guerrillero que lideraba la lucha cotidiana contra las instituciones y las fuerzas del orden, sobre todo en el Cáucaso.

No hay duda de que, además de su soberbia, dos factores importantes contribuyeron a que el gobierno del zar se desmoronara: la desastrosa guerra contra Alemania y el hecho de que grandes sectores del ejército (sobre todo, la carne de cañón que regresaba del frente, los soldados rasos) le dieran la espalda. De esto podemos extraer una primera lección: si los militares fallan y no cooperan, el régimen, el sistema social, el gobierno, el Estado se derrumban. Esta verdad vale para los países en general pero a mí me parece, dicho sea de paso, que al que más claramente en este momento se le aplica es a los Estados Unidos: no sólo es evidente que el sector militar-industrial llevó a Trump a la Casa Blanca, que dicho sector social exige cada vez con más fuerza y de manera más vociferante que lo que a él le conviene se convierta en política de Estado y que si dicho sector deja de apoyarlo el periodo de Trump como presidente se acaba en un santiamén. A mi modo de ver, en relación con el papel de los militares y las policías la Revolución Rusa tiene encendida, para todo mundo pero sobre todo para el pueblo norteamericano, una luz de alarma de un rojo muy intenso. Pero regresando a nuestro tema: el gobierno zarista finalmente cayó en 1917 y la oposición se hizo del poder. El problema fue que la oposición estaba dividida y el efecto inmediato de dicha oposición era, como tenía que ser, la parálisis del Estado. Una situación así, sin embargo, no podía durar. Aquí la Revolución Rusa nos da una segunda lección interesante: las multi-alianzas partidistas, como las que aspiran a gobernar México, no pasan de constituir a final de cuentas una mera farsa política y en lo que desembocan es en el debilitamiento de las instituciones nacionales. Eso es obviamente algo que hay que evitar. Pero, independientemente de ello y regresando a nuestro tema, tenemos que enfatizar la grandeza histórica del teórico de la revolución, sobre todo cuando además de teórico se trata de alguien dispuesto a jugarse el todo por el todo. Es el caso de Lenin: con él a la cabeza, los bolcheviques audazmente tomaron el poder. Allí empezó una guerra civil, plagada de hechos heroicos y brutales, de grandes victorias y terribles derrotas, de un papel formidable de las masas y de uno a menudo errático y erróneo de los dirigentes y que costó millones de vidas. La Revolución de Octubre era un movimiento cuyo desenlace era desconocido para el 100% de la población mundial. En qué habría de desembocar era lógicamente imposible de predecir entre otras razones porque, además del rol unificador y sintetizador que desempeñaba Lenin, el movimiento era semi-caótico y hasta contradictorio. Este carácter contradictorio de un movimiento que a través de terribles luchas intestinas busca encontrar su verdadera orientación lo encontramos plasmado en Trostky. Su caso es el de una extraña mezcolanza de revolucionario y megalómano en grado extremo. A él se le confió la organización del Ejército Rojo, gracias al cual pudo acabarse con el pro-zarista Ejército Blanco, pero también es cierto que él más que nadie promovió la deshonrosa capitulación en Brest-Litovsk frente a los alemanes y fue él quien negoció con los banqueros norteamericanos de Nueva York créditos a tasas exorbitantes para que el nuevo gobierno pudiera sostenerse, con lo cual lo endeudó y lo hizo dependiente del sistema bancario mundial. El papel de Trotsky es y seguirá siendo asunto de debate, como lo ponen de manifiesto la derrota del Ejército Rojo frente a Polonia, a las puertas de Varsovia, en 1921, el uso descarnado de la población masculina para llevar soldados a los distintos frentes y su delirante convicción de que una revolución como la de Rusia era transferible a Europa occidental. Era obvio que una visión así no podría prevalecer ni imponerse, por lo que finalmente lo que triunfó fue la política stalinista del “socialismo en un solo país”. En todo caso, en 1922, después de más de 3 años de una espantosa guerra civil, fue proclamada la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Dicho de otro modo, la creación de la URSS es, aunque impredecible, el desenlace lógico de la Revolución Rusa.

Sobre la base de los hechos narrados podemos plantear lo siguiente: ¿cómo medir el éxito o el fracaso de un proceso revolucionario? Yo creo que la Revolución Rusa opera como una especie de paradigma, como un termómetro para medir qué tan fructífero y profundo fue o es un movimiento de transformación social. Sobre su herencia axiológica y política diré algunas palabras más abajo.

Todos sabemos que en el siglo XX se produjeron diversas revoluciones sociales, unas más importantes que otras. Está, desde luego, la Revolución Rusa, pero podemos mencionar también las revoluciones china, sudafricana, mexicana, cubana y bolivariana. Hubo otras, pero con estas nos basta. Como puede apreciarse, todas ellas comparten algunos rasgos pero también todas ellas son radicalmente diferentes entre sí. A las revoluciones china, sudafricana, cubana y bolivariana, por ejemplo, se les podría llamar las ‘revoluciones de Mao, de Mandela, de Fidel y de Chávez’, por el papel preponderante y decisivo de sus respectivos líderes supremos, pero es claro que no hay una etiqueta equivalente ni para la revolución rusa ni para la mexicana, en el primer caso porque hubo muchos líderes y en el otro porque no hubo ninguno que descollara frente a los demás. En Rusia proliferaron los grandes teóricos de la revolución, de la organización partidista y del cambio social, en tanto que en México sencillamente no hubo nadie así. La Revolución Rusa venía avalada por años de discusiones políticas, discusiones de las que posteriormente se alimentaron China y Cuba. La Revolución Mexicana, en cambio, fue una revolución acéfala, un movimiento social sin dirección y sin una bandera ideológica determinada. En México no hubo teóricos de la revolución (y sigue sin haberlos). Desde luego que había un trasfondo social que sostenía, validaba y le daba un sentido al movimiento armado y a los gobiernos de los años 20, pero es típico del movimiento armado mexicano el no haber rebasado nunca el nivel de movimiento más o menos espontáneo e improvisado. Podría argüirse que lo más claro de todo el proceso lo encontramos en el Plan de San Luis, que es el manifiesto de una nueva clase de empresarios agrícolas que luchaban por dejar atrás el latifundismo medieval, el cual se había convertido ya en un tremendo lastre económico y social, sostenido únicamente por las huestes porfiristas. También en el plan zapatista encontramos elementos interesantes de reivindicaciones campesinas, pero demasiado diluidas porque el campesinado mexicano estaba muy lejos de auto-representarse la lucha revolucionaria como algo más que lucha para obtener ventajas personales y más o menos inmediatas, aunque fueran mínimas. En Rusia, en China, y en Cuba circulaban ideales políticos que guiaban la acción de los revolucionarios en direcciones precisas. Como a veces sucede, la radicalización de una transformación social profunda depende mucho de factores externos, como la presión extranjera. Las revoluciones rusa, cubana y bolivariana son un buen ejemplo de ello.

El caso de la revolución mexicana es en verdad patético. La ausencia de teóricos de la revolución fue fatal para el movimiento revolucionario mexicano y, por sus secuelas, para México en su conjunto. Si el Gral. A. Obregón se hubiera re-electo en 1928 se habría demostrado que los movimientos sociales sin orientación ideológica clara desembocan en golpes de Estado y en toda clase de caudillismos, en el peor de los sentidos. Desde este punto de vista, es imposible no reconocer que el gran patriota fue el presidente Plutarco Elías Calles. Según, por ejemplo, el popular escritor Francisco Martín Romero, más que por el agente clerical, León Toral, el asesinato de Obregón habría sido perpetrado por el gobierno federal precisamente para impedir su re-elección. Una vez más, lo que esta situación indica es que sin un trasfondo ideológico sólido se desemboca o en el bonapartismo (que era lo que Obregón representaba) o en la institucionalización y con ello el fin del movimiento revolucionario, que es lo que sucedió en México con el presidente L. Cárdenas. La Revolución Mexicana tiene, por lo tanto, acta de defunción: el día en que asesinaron a Álvaro Obregón. Calles entonces dejó la presidencia, pero en la medida en que seguía siendo el “jefe máximo” el proceso revolucionario seguía todavía vivo. Sin embargo, su expulsión del país por Cárdenas, unos cuantos años después, significó precisamente que el movimiento revolucionario y progresista encarnado en su persona había fenecido. Resabios de la “ideología” revolucionaria, básicamente de carácter anti-clerical, sobrevivieron un tiempo, por ejemplo en la actuación política del gobernador Tomás Garrido Canabal. Desafortunadamente, éste se topó con el gran especialista en trampas políticas, el Gral. Cárdenas, quien se las arregló para que Garrido Canabal tuviera que huir de México. Cuando eso pasó, el proceso revolucionario mexicano ya estaba finiquitado. Se entraría entonces en el periodo conocido como ‘cardenismo’.

El proceso cubano fue también sui generis. Es un proceso en el que se combinaron varios factores decisivos. Por una parte, un cuadro de jóvenes revolucionarios de primer nivel, en todos los sentidos. A esto habría que añadir la política de un gobierno imperialista abiertamente torpe y sorprendentemente ineficaz. Por último, la presencia de la Unión Soviética, una potencia que ayudó económica, militar, diplomática, cultural y políticamente al incipiente movimiento de liberación nacional cubano. Al igual que pasó en Rusia, el movimiento de transformación social se radicalizó en parte por la intervención extranjera. La idea de “Unión Soviética” no existía no digamos ya entre los proyectos de los mencheviques, sino que ni siquiera en el partido leninista originario. Fue la intervención extranjera (las tropas checoeslovacas, los contingentes polacos, el apoyo militar inglés, el no reconocimiento como país, etc.) lo que llevó al país post-zarista a irse radicalizando y a convertirse en algo completamente nuevo y que no había sido diseñado. Algo muy similar pasó en Cuba. Se sigue, si no me equivoco, que en relación con la radicalización del movimiento cubano de liberación es sobre los norteamericanos, esto es los enemigos mortales de la Revolución Cubana, sobre quien recae la mayor responsabilidad.

A mí me parece que lo realmente importante en las reflexiones sobre las grandes transformaciones sociales que tuvieron lugar en el siglo XX es estar en posición de hacer sumas y restas, es decir, los balances definitivos. Yo creo que la Revolución Rusa fue un proceso social exitoso. Es cierto que fue sólo después de tremendas convulsiones, de luchas internas encarnizadas, de guerras indeseadas, etc., que el pueblo ruso pudo finalmente auto-colocarse en una plataforma francamente privilegiada. En la actualidad sus niveles de educación, de acceso a bienes y servicios, de distribución de la riqueza, de garantías sociales, laborales, de cohesión social, de seguridad frente a otras potencias, etc., son realmente envidiables. Podríamos decirlo de esta manera: el pueblo ruso ya pagó su boleto para un largo periodo de felicidad. Algo parecido aunque quizá no exactamente lo mismo, por un sinnúmero de razones que habría que proporcionar, podemos decir de los pueblos chino y cubano: ellos ya pasaron por las etapas terribles de la transformación social y están preparados para acceder a niveles superiores de bienestar, en un sentido amplio de la expresión. Así vistas las cosas, es decir, a distancia en el tiempo, sin duda las revoluciones son mecanismos sociales que sirven para darles a los pueblos nuevos impulsos y nuevos bríos. Pero ¿y nuestro México?¿Qué nos dejó la Revolución Mexicana? Me gustaría decir que con ella superamos el latifundismo, pero cuando veo cómo se pueden manejar miles de hectáreas con diferentes nombres me temo que ni eso estemos en posición de decir. Lo que la Revolución Rusa nos enseña es que un movimiento de protesta social legítimo pero sin una auténtica ideología, de una visión política bien estructurada, sin una orientación clara y decidida, es una revolución fallida y es debatible qué sea peor, si la “no revolución” o la revolución frustrada y trunca. Por carecer de una genuina ideología política, una doctrina política que dejara atrás la estéril retórica de la democracia y la libertad, México se encaminó por la vereda de la mera búsqueda del bienestar personal, por el camino de la ideología del aprovechamiento burdo de lo que se tenga enfrente, por las sendas del verdadero desinterés por la nación. La Revolución Rusa en cambio fue ciertamente un proceso muy costoso en términos humanos pero cumplió con todas sus fases y dejó al pueblo ruso listo para los retos del Siglo XXI. La Revolución Mexicana también fue un movimiento social muy costoso sólo que frustrado, un proceso social que no dio los frutos que hubiera podido dar.

La Revolución Rusa fue un proceso grandioso que llevó en lo interno de la miseria y la injusticia a la modernización y a un muy decoroso nivel de vida y en lo externo de una posición secundaria a la posición de segunda superpotencia mundial. No es poco, pero a decir verdad fue más que eso. Con la creación de la Unión Soviética se demostró que nuevas formas de cultura son viables, que los seres humanos pueden ser moldeados por relaciones sociales de las que la codicia, el ansia de lucro, la costumbre del desperdicio, el ideal del parasitismo, la permanente destrucción de la naturaleza, el delirante consumo de toda clase de productos, que todo eso y más puede quedar expulsado. De manera imperfecta probablemente, pero no por ello menos real y menos convincente, la Revolución Rusa mostró que se puede construir un mundo en el que los seres humanos valgan por sus cualidades personales y no por sus posesiones. La Revolución Rusa mostró que el socialismo no tiene por qué ser nada más un anhelo de unos cuantos, sino que puede ser la plataforma adecuada para una felicidad compartida. Así vista, la desaparición de la Unión Soviética no fue otra cosa que la transición hacia formas superiores de vida, formas de vida que ciertamente no son un mero retroceso hacia vulgares modalidades de vida capitalistas ya superadas, y a las que el esforzado pueblo ruso tiene no sólo derecho sino todas las garantías que su tremendo pasado le proporciona.

El Significado de Donald Trump

Hablando con toda franqueza, la cantidad de sandeces que se dicen y escriben día a día sobre Donald Trump es escalofriante. En el conjunto de las aseveraciones y descripciones que de él se hacen habría que distinguir, obviamente, entre las desfiguraciones y tergiversaciones deliberadas y las que brotan más bien de la ignorancia de multitud de hechos, de la superficialidad de la visión que las anima, de las emociones que el personaje suscita o de la simple reproducción de lugares comunes e historietas inventadas destinadas a perpetuar una imagen previamente diseñada. A mi modo de ver, habría que admitir que las “versiones” que de él se dan son en general ridículas y sencillamente no encajan con la realidad cada vez que se les confronta con ella. Lo importante de esto, sin embargo, es que deja en claro que el personaje mismo, esto es, el presidente Donald Trump, sigue siendo esencialmente incomprendido, es decir, se sigue sin entender su significación política. Una forma de hacer ver que en general Trump no ha sido debidamente entendido es que mucha de la gente que hoy lo denuesta sería incapaz de explicar por qué hace 50 años hubiera sido imposible que ese mismo individuo hubiera sido no ya presidente de los Estados Unidos, sino siquiera candidato a la presidencia de ese país. Una diferencia tan grande entre esas dos situaciones tendría que poder ser explicada. Parece, en efecto, innegable que hace unos cuantos lustros todavía, Trump (o alguien como él) hubiera sido visto por el ciudadano norteamericano medio como un vulgar payaso a quien no se debería tomar demasiado en serio, pero si este contraste es tan evidente: ¿por qué nadie nos lo explica? ¿Se deberá ello a que la gente se volvió, por así decirlo, más laxa en sus juicios y expectativas o más bien son la situación general, la vida social en los Estados Unidos, el rol político que a nivel mundial juega ese país lo que se modificó drásticamente y que hace que ahora gente como Trump sea no sólo viable sino hasta indispensable? En otras palabras ¿acaso la diferencia no tiene más bien que ver con una radical modificación en la situación objetiva de los Estados Unidos? Por mi parte, pienso que ahí está la clave para esclarecer nuestro pequeño misterio: Trump es comprensible sólo si se entiende la evolución de esa peculiar democracia imperialista que son los Estados Unidos. Intentemos poner esto en claro.

Quizá debamos empezar por el principio. Un hecho incuestionable es que la sociedad estadounidense en su conjunto es una sociedad clasista, racista y sexista, por lo que la primera pregunta que tendríamos que plantearnos es: ¿cómo es que estos rasgos, definitorios de esa sociedad, permanecieron ocultos o como meramente latentes durante tantos años? Desde mi perspectiva, lo que ocultó tan tremendas realidades fue un binomio que sólo se conjuga en muy peculiares circunstancias, a saber, la combinación de un muy elevado nivel de vida con la capacidad de, por así decirlo, exportar los problemas internos sobre otros países y esto a su vez sólo era posible porque los Estados Unidos eran simultáneamente el país más rico del mundo y la indisputable super-potencia militar. No estará de más señalar que, a raíz de la Segunda Guerra Mundial, los norteamericanos muy rápidamente comprendieron que la guerra era el negocio por medio del cual podían mantenerse como la potencia hegemónica en el mundo, tanto económica como militarmente. Naturalmente, este status tomaba cuerpo en un sistema de relaciones de explotación de pueblos de todos los continentes y en el permanente recurso a la guerra, la cual era el instrumento para mantener sus envidiables niveles de empleo, de inversiones, para impulsar a sus universidades integrando así investigación de punta (sobre todo en áreas estratégicas) y negocios. Fue así como se conformó el gran complejo militar-industrial, el cual desde entonces es una de las plataformas políticas fundamentales dentro de los Estados Unidos. La guerra se instauró, lenta pero sistemáticamente, como el gran mecanismo de solución para problemas económicos y sociales. Parte del problema para ellos fue que, como era previsible, este esquema de solución terminó corrompiendo a los norteamericanos mismos. Téngase en cuenta que si lo que se quiere es bombardear e invadir un país hay que preparar el escenario: hay que inventarse enemigos (pueden ser los alemanes, los comunistas, los terroristas, los narcotraficantes, etc. Etiquetas nunca faltarán), hay que desarrollar técnicas de desestabilización política, hay que entrenar a mucha gente, incorporar a los mass-media para ir justificando cada una de las agresiones que se vayan preparando, etc., y, sobre todo, hay que aprender a ser indiferente ante el dolor humano que uno deliberadamente causa, hay que auto-enseñarse a mirar hacia otro lado cuando los soldados, los marines o lo que sea bombardean, aniquilan, torturan, etc., a las poblaciones “enemigas”: puede tratarse de coreanos, de vietnamitas, de afganos, de iraquíes, de sirios, de libaneses, de panameños, de chilenos, de argentinos, de salvadoreños y así indefinidamente. Los norteamericanos se hicieron expertos en todo eso. Repitiendo algo que todos sabemos pero que no por ello deja de ser verdad: no hay crimen imaginable que los norteamericanos, ya sea a través de su ejército o a través de sus “agencias de inteligencia”, no hayan cometido. Esta situación favorable cada vez más sólo para ellos y que se gestó por lo menos desde la Segunda Guerra Mundial duró hasta hace poco. ¿Por qué? Porque la situación cambió, primero y sobre todo fuera de los Estados Unidos y después al interior de su propio país. Esta parte del cuadro tiene que quedar bien clara.

Lo que podríamos llamar la ‘desmoralización del pueblo norteamericano’ es el resultado de un muy largo proceso cultural y político. Durante mucho tiempo, sólo la Unión Soviética tuvo la capacidad de contener, en condiciones precarias, el brutal expansionismo norteamericano. El desmantelamiento de la Unión Soviética produjo en los medios políticos norteamericanos la agradable sensación de que se había por fin abatido al gran, al único real enemigo de los Estados Unidos (de la “democracia”) y los diversos gobiernos estadounidenses ocuparon hasta donde les fue posible el hueco dejado por la URSS. Eso les permitió, por medio de distintas mentiras como la de que Irak tenía armas de destrucción masiva, instalar bases militares en todo el mundo y en particular en el Medio Oriente y Asia. Pero el gusto no les duró mucho tiempo, porque casi podríamos decir que súbitamente la situación cambió: aparecieron dos rivales a los que los Estados Unidos no pueden tratar como tratan al resto de los países, a saber, Rusia y China. Aunque económicamente en una mejor situación que Rusia, militarmente no pueden con ella; la situación con China es la inversa: aunque militarmente podrían eventualmente destruirla sin ser destruidos, económicamente tienen perdida la batalla. Se sigue que el dúo “Rusia-China” sí puede parar el expansionismo norteamericano. Esto es relevante en relación con lo que hemos dicho, porque quiere decir que el fabuloso negocio de la guerra para la solución de los problemas internos tiene un límite infranqueable. Por otra parte, no estará de más notar que si bien es cierto que el ejército norteamericano está en todas partes y que los norteamericanos no han dejado de hacer la guerra prácticamente desde noviembre de 1941, los norteamericanos no han ganado las guerras que inventaron y en las que se hundieron: con Corea, a principios de los años 50, finalmente no pudieron, de Vietnam los sacaron a patadas, en Afganistán están empantanados y así sucesivamente. Eso sí: han causado con su estrategia de guerra permanente, columna vertebral de su política exterior, todo el dolor que se le pueda infligir a las personas, es decir, no sólo a quienes combaten contra ellos, sino a cientos de miles de civiles, a millones de inocentes que son víctimas sistemáticas de las intervenciones militares norteamericanas. Para acallar los reclamos de la conciencia, el ejército yanqui acuña expresiones como ‘daños colaterales’. Por ejemplo, el reporte a la prensa afirma que se destruyó un puesto militar si bien este ataque causó también “daños colaterales”, es decir, murieron decenas de niños, mujeres y ancianos, pero todos son meramente “daños colaterales”. De esta manera todos estamos conformes: el glorioso ejército norteamericano no quería ocasionar más pérdidas de vida, pero fue imposible no generar esos “daños colaterales”. Todo esto de hecho funciona (se llama ‘lavado de cerebro’), pero lo que no estaba previsto en todo este enfoque es justamente la desmoralización del ciudadano norteamericano. El que se le enseñe a la gente a regocijarse por el bombardeo de una ciudad, por la brutalidad cobarde de sus ejércitos de ocupación, tarde o temprano tendrá repercusiones en casa. Ese “dato” es importante para entender la situación actual y, con ella, a Trump.

Es evidente que si los grandes mecanismos de solución de problemas dejaban de operar la hasta entonces exitosa y triunfante sociedad capitalista norteamericana tenía que empezar a enfrentar dificultades que ya no iba a poder resolver como lo había venido haciendo. Por otra parte, los problemas sociales (económicos, raciales, culturales, etc.) que afectan a los Estados Unidos son obviamente acumulativos. Como ya señalé, aunque sumamente elásticos, de todos modos en la actualidad el gran mecanismo de la guerra tiene forzosamente límites por lo que, inevitablemente, habrán de surgir problemas al interior de los Estados Unidos que éstos ya no estarán en posición de resolver. ¿Qué clase de problemas? Todos aquellos precisamente que estaban ocultos o meramente latentes cuando los Estados Unidos mandaban, cuando eran la indiscutible superpotencia militar y cuando en ellos encarnaba el progreso del mundo: el racismo, el verdadero status mercantil de la mujer, el desempleo, un notorio descenso en el nivel de vida (i.e, de consumo), graves problemas de orden educacional (un sistema universitario sumamente elitista), obvios conflictos de intereses entre diversos sectores sociales, etc., etc. Y no debería perderse de vista el hecho de que conflictos morales, de desvalorización, problemas que brotan de la conciencia de ser odiados en todo el mundo y del reconocimiento de que a final de cuentas no se es portador de ninguna verdad trascendental, tampoco son menores cuando tienen un efecto masivo.

A los conflictos sociales y económicos de los Estados Unidos habría que añadir otros de carácter político, siendo probablemente el más importante el siguiente: por un sinnúmero de causas en las que no tenemos para qué entrar en este momento, en los Estados Unidos hay no uno sino dos gobiernos: el oficial, esto es, el asentado en la Casa Blanca, y el “profundo”, representado básicamente por el complejo militar-industrial, por el poderosísimo AIPAC (Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelí) y por grupúsculos conformados por gente sumamente rica y poderosa, todos ellos más o menos coordinados entre sí. Sin entrar en detalles, se puede afirmar que, por razones más bien obvias, el AIPAC por ejemplo tiene bajo su control (.i.e., en su nómina) al Senado, a la Cámara de Representantes y a la gran mayoría de los gobernadores, además de tener incrustada en la Casa Blanca a multitud de agentes políticos en todos los niveles y comités del gobierno oficial. Esto explica por qué es lógicamente imposible que el gobierno norteamericano tenga una política coherente y genuinamente pro-norteamericana: hay dos gobiernos que comparten muchos objetivos pero que, como era de esperarse, no comparten todo. Y eso genera muy fuertes tensiones.

Sobre la base del cuadro delineado, estamos ahora sí en posición de preguntarnos: ¿quién es realmente Donald Trump? La respuesta es bastante simple: Donald Trump es el presidente de la gran potencia económica, militar, industrial, financiera, etc., que son los Estados Unidos en su primera gran fase de descomposición; es el presidente de lo que todavía es la hiper-potencia militar pero que dejó hace ya algún tiempo de ser el país con el más alto nivel del mundo, con el mejor sistema educativo, representando los más bellos ideales de la humanidad y así indefinidamente. Sólo un fanático negaría que hay muchos lugares en el mundo en donde se vive mucho mejor que en los Estados Unidos, es decir, se tiene el mismo o un mejor estándar de vida y no se vive hundido en la violencia, en las tensiones raciales, en los conflictos de clase, en el terror ante la acción policiaca y en muchos otros fenómenos sociales que se padecen en ese país. Trump es, pues, el presidente de la gran potencia mundial en su primera fase de decadencia. Esto, sin embargo, requiere ser ilustrado para resultar un poquito más convincente.

Es probable que la mejor expresión de crisis o de descomposición de un país sea el hecho de que en él pululen contradicciones de diversa naturaleza. Es relativamente obvio, por ejemplo, que los dos gobiernos norteamericanos, el oficial y el oficioso, tienen objetivos distintos y, por consiguiente, promueven políticas divergentes. A grandes rasgos, el gobierno de Washington tiende a ser nacionalista en tanto que el “estado profundo” tiende más bien a ser de carácter cosmopolita. Examinemos entonces el caso de la matanza en Las Vegas llevada a cabo por el multimillonario Stephen C. Paddock. Si nos manejamos bajo el supuesto de que en los Estados Unidos hay sólo un gobierno, a saber, el constituido legalmente, el evento en cuestión sencillamente no tiene ninguna explicación. La vida completa de Paddock ya fue revisada de arriba abajo y al día de hoy no se le ha proporcionado a la población norteamericana ni siquiera un esbozo de explicación de semejante acto de barbarie. Pero la cosa cambia si asumimos que en efecto hay dos gobiernos en los Estados Unidos, tan inmoral el uno como el otro desde luego. Entonces sí podemos por lo menos formular una hipótesis. La mía es la siguiente: yo pienso que hay grupos políticos, conglomerados de personas que manejan billones de dólares y que por lo tanto son tremendamente influyentes, interesados en promover toda una serie de reformas constitucionales que ellos saben que serán sumamente anti-populares (becas estudiantiles, seguros médicos, retiros, deudas bancarias, libertad de expresión, etc.). El problema es que en los Estados Unidos el ciudadano medio puede adquirir legalmente el arma que quiera, desde una navaja hasta un Kalashnikov. ¿Qué hacer en esas circunstancias? Desde el punto de vista del Estado “profundo” lo que hay que hacer es generar acciones de tal naturaleza que la gente misma acepte que hay que limitar el negocio de la venta de armas dentro del país. ¿Y por qué querrían hacer eso? La respuesta es obvia: para evitar una potencial sublevación. Bien, pero ¿cómo se logra encauzar a la gente hacia la posición que ellos quieren que la gente adopte? Por las buenas es imposible. Se tiene entonces que recurrir a las ya muy bien estudiadas tácticas terroristas practicadas durante décadas en otros países. Se busca a la persona apropiada, se le presiona o se le chantajea o se negocia con él o con ella, se promueve una odiosa masacre de gente inocente e inmediatamente después se pone el grito en el cielo (para eso está la prensa, que es parte del organigrama del gobierno profundo) y así se presiona al gobierno oficial para modificar la así llamada ‘Segunda Enmienda’, esto es, el segundo artículo de la Constitución de los Estados Unidos de acuerdo con el cual todos tienen derecho a defenderse, si es necesario, con armas. Pero Trump y la Casa Blanca resisten la presión a pesar de una carnicería como la de Las Vegas (y como muchas otras que han sucedido, dentro y fuera de los Estados Unidos). En resumen: las instituciones políticas norteamericanas están entrampadas en una especie de guerra: un gobierno jala hacia un lado y el otro en dirección opuesta. El resultado: crímenes, desprotección civil, tensiones políticas, desinformación propagandística, etc. En esta confrontación ya casi oficial, uno de los dos gobiernos naturalmente va tomando poco a poco la delantera.

Un segundo buen ejemplo de grave conflicto interno nos lo proporciona la negociación del Tratado de Libre Comercio. Trump, como nacionalista que es, aspira a generar fuentes de trabajo dentro de su país, castigado ya por las crisis propias de un sistema capitalista que no dispone ya de los mecanismos usuales para resolver y exportar sus conflictos. Para ello presiona con todo lo que puede para imponer las mejores condiciones comerciales y laborales para los Estados Unidos, en detrimento claro está de los intereses de México (y de Canadá). El problema es que las leyes del mercado no se manejan por medio de decretos presidenciales, ni siquiera si éstos emanan de la Casa Blanca. El gobierno oficial de los Estados Unidos, por consiguiente, entra en un abierto conflicto con amplios sectores de la industria y el comercio norteamericanos, los cuales buscan la máxima ganancia posible, independientemente de lo que piensen los burócratas de Washington y del sino laboral de los norteamericanos. Así, los intereses naturales de multitud de industrias chocan con los intereses de la población local y de un gobierno que finalmente no puede hacer gran cosa al respecto. Realmente no sé quién podría dudar de que en los tiempos venideros los conflictos de orden laboral en los Estados Unidos sólo irán in crescendo.

Un tercer ejemplo de grave contradicción interna a los Estados Unidos lo tenemos en el caso de la República Popular de Corea del Norte. Hace 50 años nadie se habría atrevido a amenazar a los Estados Unidos ni éstos habrían dudado en arrasar con su potencial enemigo. Pero, como ya se dijo, el uso de la fuerza ya no es libre y los nor-coreanos tuvieron las agallas para enfrentar la terrible presión militar, diplomática, financiera, comercial, etc., norteamericana. Los nor-coreanos, en toda su sabiduría, desarrollaron el único instrumento que puede disuadir a los norteamericanos, a saber, las armas atómicas, armas que ellos tienen la capacidad de colocar en ojivas y enviarlas muy lejos de sus fronteras. La evidente moraleja a nivel mundial que se puede extraer de la confrontación entre los Estados Unidos y la República Popular Democrática de Corea es que eso es lo único que detiene a los estadounidenses. Ellos saben que acabar con Nor-Corea, algo que sin duda pueden hacer, tendría un costo sumamente elevado. Difícilmente, además, podría China contemplar impertérrita el bombardeo atómico de su vecino! El gobierno norteamericano oficial echa entonces marcha atrás, pero al hacerlo choca con los intereses del complejo militar-industrial. Los más altos representantes de este último, sin embargo, no están dispuestos a ceder y en concordancia presionan para que los coreanos cometan un error y entonces puedan ellos pasar a la acción, independientemente de las consecuencias que ello entrañe! Un peligro inmenso que ciertamente se corre con los Estados Unidos es que en efecto hay gente (léase: los militares y la casta industrial con ellos asociada) dispuesta a todo con tal de no ver menguados sus privilegios. Es razonable pensar que el actual conflicto con Nor-Corea se podría resolver con relativa facilidad si hubiera un único gobierno en los Estados Unidos, pero mientras que un sector gubernamental ofrece dialogar el otro sector realiza ejercicios militares en la frontera, ordena vuelos permanentes amenazantes en los límites entre las dos Coreas, espía por todos los medios, boicotea por todos los medios al gobierno coreano, la bloquea en todos los frentes y foros internacionales, etc., etc. Conclusión: los Estados Unidos no tienen una política congruente en relación con Corea del Norte y ese es un síntoma más de su descompostura como país, una descompostura que inevitablemente complicará los problemas cada día más.

Un último ejemplo para ilustrar la tesis de que Trump es el presidente de la época de la incipiente putrefacción de la democracia imperialista norteamericana: el sistema de seguros médicos, el famoso “Obamacare”. Todo mundo sabe que los seguros, las jubilaciones, etc., son auténticos dolores de cabeza para los ministros de finanzas, de economía y demás en todas partes del mundo. Lo interesante es que ahora los norteamericanos están empezando a vivir conflictos sociales que nunca antes habían padecido. Ahora bien: ¿por qué Trump se convirtió en el enemigo número uno de un sistema de seguridad social que si bien distaba mucho de ser perfecto de todos modos sí constituía un apoyo para el cuentahabiente? Porque a diferencia de Obama, Trump prefiere favorecer los intereses de las compañías privadas en detrimento de los intereses del ciudadano norteamericano medio. Pero entendamos la situación: hubo una época en la que los intereses de las compañías y los de los cuentahabientes concordaban. El problema es que eso ya cambió y los diferentes gobiernos toman decisiones contradictorias. Están, por lo tanto, en una situación en la que todos pierden. La imagen de la sociedad norteamericana como una sociedad idílica es cosa del pasado y de un pasado que es cada vez más remoto.

Sinteticemos lo que hemos dicho. Queríamos saber quién es, políticamente hablando, Donald Trump. Ya tenemos nuestra respuesta: Trump es el presidente oficial de un país escindido políticamente y que nunca resolvió realmente sus problemas de fondo, esos problemas que durante decenios logró hábilmente ocultar. Los Estados Unidos son un país que claramente muestra lo que es el choque entre el desarrollo incesante de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, las leyes incluidas. Por ejemplo, no es posible vivir la revolución computacional y no generar desempleo masivo o dejar de garantizarle al trabajador un nivel de vida alto. Las leyes de bienestar implementadas a lo largo de la segunda mitad del siglo XX se tienen que reformar y ello tiene que generar convulsiones sociales fuertes. Esa es la etapa en la que los Estados Unidos están entrando y Donald Trump es el gran símbolo de dicha fase, más allá de sus excentricidades y peculiaridades personales. Y aquí lo único que nos queda por preguntar y sobre lo que habría que reflexionar es si en su colosal proceso de cambio estructural los Estados Unidos lograrán transformarse para bien de sus grandes masas (y por lo tanto, para bien del mundo) o si no más bien, por su inmensa fuerza centrípeta, arrastrarán al resto del mundo en su proceso de decadencia y auto-destrucción.

Mediocridad Política y Opinión Pública

Una noción particularmente interesante pero singularmente elusiva es la idea de objetividad. No me propongo examinar dicho concepto aquí y ahora, sino que simplemente quiero llamar la atención sobre el hecho de que se es o no objetivo dentro de cierto marco conceptual y teórico y que lo que pasa por objetivo en un determinado contexto puede resultar no serlo en otro. A mi modo de ver, más que de objetividad total o a secas deberíamos en general hablar de grados de objetividad. Usaríamos entonces expresiones como ‘él es más objetivo que ella en eso’ o ‘esta explicación es más objetiva que aquella respecto a ese tema’, etc. Este enfoque de la objetividad nos ayuda a evaluar mejor multitud de situaciones y de juicios y resulta especialmente útil en ámbitos en los que con facilidad se mezclan pensamientos, emociones, pasiones, intereses y demás. Ese es claramente el caso de la política. Difícilmente podría ponerse en duda, por ejemplo, la idea de que mucho de las valoraciones y preferencias políticas que la gente manifiesta tener depende en gran medida del bagaje y del trasfondo ideológico del hablante sólo que, obviamente, el equipamiento ideológico varía de caso en caso. Así, el primer punto aclaratorio que hay que hacer es que nuestro trasfondo natural es el constituido por la clase política de nuestro país, por sus prácticas, su lenguaje, sus valores, etc. Sobre ese trasfondo se inscriben, primero, el sector constituido por toda clase de comentaristas y analistas políticos y, segundo, los ciudadanos en general. Esta estructuración de nuestro panorama político explica lo superficial de las evaluaciones o apreciaciones que día a día se hacen de nuestra vida política. Por ejemplo, es palpable, se siente la ausencia de un lenguaje político apropiado, por lo que los juicios, las evaluaciones y los análisis que se proponen rara vez rebasan el nivel de la charla coloquial y resultan en general ser increíblemente acríticos. Es cierto que, por su uso y abuso durante décadas, el léxico priista tradicional emanado de la Revolución Mexicana se fue desgastando al grado de convertirse en un lenguaje vacuo, pero no es menos cierto que cuando funcionó permitía generar explicaciones suficiente o al menos mínimamente aclaratorias de los sucesos políticos de la época, de los conflictos que se daban, de las decisiones que se tomaban. En la actualidad ya no tenemos ni eso. En nuestros tiempos las evaluaciones políticas brotan de valores y comparaciones que prácticamente no tienen nada que ver con la política en sentido estricto. No se usan categorías políticas para evaluar a los políticos. Más bien se les “evalúa” como personas, como mujeres u hombres, pero rara vez qua “animales políticos”. Así, dado que los políticos mexicanos constituyen una clase altamente homogénea, las posiciones políticas y los juicios de las personas sobre situaciones y personajes políticos se reducen a la mera expresión de gustos; la gente da a conocer sus opciones sobre la base de comparaciones pueriles, a menudo de orden personal y apelando a hechos por todos conocidos. Nos encontramos entonces entrampados en una especie de jaula en la que, por decirlo de algún modo, comparamos siempre lo semejante con lo semejante, lo mismo con lo mismo y eso hace que la gente quede satisfecha con las pseudo-explicaciones que se le dan o simplemente que acabe por volverse totalmente indiferente ante lo que sucede. En un contexto así, no es entonces difícil apelar a consideraciones de orden meramente individual para finalmente evaluar y jerarquizar a los políticos de que se trate: éste era más bien parecido que aquel, el otro tenía una esposa más distinguida que las de los demás, y así indefinidamente. Lo que todo esto indica es simplemente que es normal que dado nuestro trasfondo real de política mediocre el nivel de comprensión y de exigencia de explicación sea en México todavía brutalmente bajo. Es poco lo que el pueblo espera y es poco lo que los especialistas le dan.

Que en principio se podría disponer de un trasfondo diferente de manera que sobre dicha base se pudieran generar mejores explicaciones de los sucesos políticos de nuestro país es innegable, pero para ello tendríamos que tener a la mano no necesariamente teorías muy complejas, pero al menos sí estar en contacto con la vida y las realizaciones de grandes políticos (de antaño o contemporáneos), individuos que tuvieron objetivos impersonales grandiosos, personas a las que sencillamente no se les puede medir con el rasero con que se mide a, digamos, Vicente Fox, hombres que tenían intereses universales, objetivos que concernían al género humano en su conjunto y no meramente a ellos mismos y a sus acólitos. Pienso, desde luego, en seres como Alejandro el Grande, César, Napoleón, Bismarck o Fidel Castro. Si ese fuera nuestro trasfondo, automáticamente entenderíamos lo que es un político de alto nivel, un auténtico líder, alguien que efectivamente aspira a dirigir a su pueblo hacia la salvación y éxito. Un trasfondo así automáticamente exige mejores explicaciones de las acciones y las situaciones políticas de la vida cotidiana por parte de los comentaristas y entonces la gente puede conformarse una visión más objetiva de la realidad política en la que vive. Desgraciadamente, como dije más arriba, ese muy útil trasfondo está de facto vedado, por variadas razones, al ciudadano mexicano común.

Pero, se preguntaré el lector: ¿a qué viene todo esto? Lo que sucede es que, si le damos crédito a la prensa y a la televisión, tendríamos que estar conscientes de que además de los recientes temblores que padecimos se habría producido otro terremoto, sólo que uno político esta vez, a saber, el causado … por la renuncia de Margarita Zavala al PAN!!! Si hemos de creerle a los comentaristas, analistas, expositores, especialistas y demás, ello representaría casi una tragedia para México! Mi pregunta es: ¿no es esto una especie de burla? Por desgracia, creo que no: es simplemente la expresión del nivel de análisis y de discusión políticos del que disfrutamos en México, dado obviamente lo que denominé ‘nuestro trasfondo’. Una evaluación así no es una broma, puesto que quienes la enuncian creen ellos mismos en lo que están diciendo. Pero ¿cómo, sobre qué bases evaluar la tan trascendental decisión de tan trascendental agente político? Yo pienso que los ciudadanos mexicanos tenemos el derecho de preguntar: ¿quién, políticamente hablando, es Margarita Zavala?¿Por qué el hombre de la calle tendría que sentirse angustiado por la vergonzosa cuasi-expulsión de la Sra. Zavala de lo que fuera su partido, esto es, el PAN?¿Por qué la renuncia de la esposa del expresidente Calderón a dicho organismo político y su firme decisión de “seguir trabajando por México” habría de inquietar a la gente? Estas y otras preguntas semejantes exigen un examen, por veloz y limitado que sea.

Quizá debamos empezar por señalar, si queremos expresarnos con pulcritud, que en el fondo Margarita Zavala no renunció a nada sino que, habiendo perdido el juego de las intrigas y las presiones dentro de su propio partido, fue prácticamente expulsada del mismo sin mayores contemplaciones. Tampoco tenía muchas opciones. Su salida es hasta cierto punto comprensible en términos de dignidad, pero lo que ya no resulta tan inteligible es su ulterior intención de lanzarse como candidata independiente para buscar la presidencia de México en 2018! Al respecto, lo primero que se nos ocurre preguntar es: ¿en qué se funda dicha pretensión? Más concretamente: ¿cómo puede alguien querer llegar a la presidencia de México cuando de lo que ha dado muestras es de carecer por completo de una doctrina política que la avale, de una concepción global de México, de su pasado, su presente y su futuro, sin ningún programa específico y sobre todo sin más declaraciones que un montón de banalidades de la forma “México es más grande que todos nosotros”, “Quiero seguir trabajando por México”, “Yo no soy la causa sino el efecto” y fracesillas por el estilo?¿De qué se trata? Su famosa “declaración” mediante la cual anunció su “renuncia” al PAN fue todo lo que se quiera menos una declaración política. Fue una especie de recriminación personal en contra de quien dentro del PAN jugó más habilidosamente que ella, una especie de amarga queja porque las decisiones en su partido y la orientación que se le imprimió a éste no se ajustaron a sus caprichos (o a los de cierto grupo), pero nosotros seguimos en la expectativa: ¿en dónde, en todo ello, aparece la figura realmente política, más allá de las maniobras partidistas? En ningún momento. Es con asombro que nos preguntamos: ¿cómo se atreve una persona en esas condiciones a expresar públicamente su deseo de tomar parte en la contienda por la presidencia de la República?¿Será acaso por sus extraordinarias dotes de oratoria? Pero si se expresa como ama de casa! ¿O se deberá quizá a su formidable ideario político? Hasta donde yo sé nunca se dio a conocer por nada semejante. ¿Por su agudísimo olfato político (nada que ver, por ejemplo, con el de un político avezado como Andrés Manuel López Obrador)? Los hechos hablan por sí solos: está fuera de su partido. Su “renuncia” es la mejor prueba de su ineptitud palaciega y su falta de carisma. ¿Y se supone que tenemos que estremecernos por semejante situación? Lo peor del caso es que el asunto no acaba ahí: lo peor (inclusive para ella) consiste en que todos los mexicanos entendemos que su gran deseo de “seguir trabajando por México” se deriva directamente de lo que parece ser la tremenda nostalgia de su esposo, el ex-presidente de México, Felipe Calderón, por el poder y por todo lo que éste entraña. Esa es la raíz de toda su motivación y de su intenso deseo de “seguir trabajando por los mexicanos”. Lo que ni ella ni sus allegados parecen entender es que políticamente su desempeño sencillamente no tiene otra lectura. Nosotros le diríamos: ¿quiere usted aspirar a la presidencia de México? Por favor prepárese un poquito! Aprenda a hilar ideas, a engarzar pensamientos, a desarrollar temas; háblenos de derechos, de inversión estatal, de soberanía, de libertad de expresión, de las relaciones entre el Estado y los ciudadanos, etc., etc., esto es, de temas políticos genuinos y no nos inunde con los “tengo ganas”, “yo quiero”, “no me dejaron”, etc., etc., que no sirven más que como termómetro para constatar el bajo nivel del juego político y del intercambio de ideas políticas en México. Seamos francos: espectáculo más lamentable en ese contexto es difícilmente visualizable.

Es, pues, evidente hasta para un infante que la fuerza motriz detrás de las aspiraciones de Doña Margarita lo es la colosal ambición de su marido y, sobre todo, lo que debe ser, como ya dije, una insoportable nostalgia por el poder, sentimiento que literalmente ha de agobiar al ex-presidente Calderón. Ese es, dicho sea de paso, otro fenómeno típico de nuestro mercado político digno de ser brevemente examinado. Aquí hay dos elementos involucrados. Por una parte, está el hecho de lo que significa llegar a un puesto (casi podríamos afirmar que el que sea), estar en la posición de ser quien toma (en el nivel que sea, si bien en este caso hablamos de la presidencia de México) las decisiones importantes y ser quien en primer lugar disfruta de todo lo que el poder supremo (en México) proporciona. Por la otra, está la triste realidad consistente en no estar ya en ese lugar clave y en constatar que a partir del momento en que se dejó de ocupar dicho puesto uno se encuentra súbitamente con que ya no es nadie (o casi), que a uno ya no le hacen caso, que de uno hasta se burlan sin que por ello corran a la gente de su centro de trabajo (como sucedió con Carmen Aristegui) y cosas por el estilo. Todo indica que ese es el caso del ex-presidente Calderón. No se necesita ser un vidente, por consiguiente, para adivinar quién sería el verdadero mandamás en México si Margarita Zavala se lanzara como candidata y si por alguna fantástica e inexplicable concatenación de contingencias ella ganara la presidencia de México. Si ese fuera el caso, tendríamos entonces que hablar de una nueva forma de re-elección! Afortunadamente, esa posibilidad es tan remota que cae en los límites de lo lógicamente absurdo.

Toda esta situación de mediocridad absorbente me lleva a compartir un pensamiento, que considero muy atinado, derivado de una experiencia familiar. Por razones de edad, yo tuve muy poco contacto con mi abuelo materno, el Lic. Narciso Bassols, pero creo recordarlo hablar en alguna ocasión y explicarle a alguien de la familia, en tono jocoso, que en relación con los puestos y las personas no había más que dos posibilidades: o el individuo hace al puesto, esto es, le da dignidad y lustre, lo realza, o es el puesto el que hace a la persona, al Don Nadie que momentáneamente lo ocupa. En el primer caso, cuando el hombre superior abandona un cargo es este último el que se ve empobrecido, no él; baja, por así decirlo, de calidad, puesto que de allí en adelante puede ser ocupado por cualquier mediocre con suerte. Cuando es lo segundo lo que sucede, como en la inmensa mayoría de los casos en nuestro país (y no sólo en él: piénsese en los Macri, los Busch, los Aznar, los Temer, etc.), quien ocupa un puesto importante se vuelve de pronto (en su contexto) el gran político, el eminente “doctor”, el supersabio. Naturalmente, tan pronto su periodo termina y él vuelve a ser el señor tal y tal, automáticamente se le deja de hacer caso y la persona en cuestión vuelve sin mucho entusiasmo al anonimato del cual quizá no debió nunca haber salido.

Regresando a Doña Margarita Zavala: ¿por qué tanta alharaca por su “dimisión”?¿Qué peligro corre México porque el grupo Calderón haya perdido la hegemonía dentro de su partido?¿Qué valores patrios están en entredicho?¿Por qué los mexicanos tendríamos que asustarnos por los dimes y diretes de una persona cuyo mayor mérito político es haber sido la esposa de un presidente de México? Respuestas genuinamente explicativas o aclaratorias a estas y a muchas otras preguntas como estas se generan de manera automática sólo cuando disponemos de un panorama de lo que es, como diría F. Nietzsche, la política del gran estilo, el juego político en el que intervienen personajes cuyos intereses personales ni siquiera afloran, cuando por lo que se lucha es por sólidos proyectos de bienestar social global. Si ese fuera nuestro trasfondo ideológico, entonces podríamos evaluar con un más alto grado de objetividad los diversos movimientos de los actores políticos y estaríamos en una mejor posición para apreciar los avances, los estancamientos y los retrocesos a que dan las tomas de decisiones de quienes en nuestro país le dedican su vida a “trabajar por los mexicanos”.

Venezuela 1 – México 0

Tal vez deba empezar por señalar que no me estoy refiriendo al partido de fútbol de la Copa Mundial Sub 20 en el que Venezuela venció a México por ese marcador. Me estoy refiriendo a la lastimosa derrota diplomática sufrida no por México sino por su representante ante los países del mundo, el candidato de Enrique Peña Nieto a la presidencia de la República, el mediocre Secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray. Dicha derrota tiene que ser explicada y comentada. Hagamos, pues, eso.

Lo primero que tenemos que hacer es sacar a la luz los elementos del bochornoso suceso. Cualquier evento, para ser debidamente comprendido, requiere ser contextualizado. En este caso son dos los ingredientes básicos: la creciente crisis del Estado venezolano y el despreciable y cada vez más descarado lacayismo del gobierno de México frente a las administraciones norteamericanas. Dado que esto último es algo a lo que se nos ha acostumbrado desde hace ya muchas décadas, mucha gente lo ve como algo más o menos normal, pero sería bueno que recordara que no siempre fue así y, sobre todo, que no tiene por qué ser así. Pero vayamos por partes.

Que la situación en Venezuela es desastrosa todos lo entendemos, pero lo que no siempre se entiende es por qué. La respuesta no es muy difícil de dar: muy a grandes rasgos, porque los Estados Unidos no van a dejar vivir en paz a ningún país, y menos de América Latina, en el que se pretenda implantar un modo de vida diferente al que conviene al status quo mundial y que básicamente ellos modelan e imponen. No es ciertamente el bienestar del pueblo de Venezuela lo que les importa, sino su petróleo, sus playas, su posición estratégica, etc. La Revolución Bolivariana luchó exitosamente en contra de multitud de vicios típicos del capitalismo tercermundista: analfabetismo, delincuencia organizada, feudalismo agrario, corrupción, saqueo de la riqueza nacional, etc., al tiempo que introdujo una nueva ideología de corte socialista hábilmente camuflageada bajo la inatacable imagen del Libertador, Simón Bolívar. Liderada por el comandante Chávez, Venezuela inició una nueva vida en la que, por primera vez en ese país, los intereses de clase de la población se hicieron valer y se vieron protegidos. Eso es verdadera democracia. Naturalmente, esa protección sólo se alcanza si se logra romper con el yugo de los industriales, los banqueros, los grandes terratenientes y demás miembros de la élite económica del país y Chávez lo logró. Con un líder tan carismático como él a la cabeza, Venezuela se convirtió en muy poco tiempo en el país políticamente vanguardista en América Latina y, por consiguiente, en el más incómodo para Washington. Desde el punto de vista de los intereses norteamericanos era imperativo detener a cualquier precio el proceso venezolano y ello empezó con el aniquilamiento físico del líder de la Revolución Bolivariana. No nos engañemos: Chávez murió como Arafat, es decir, asesinado. Es cierto que tuvo cáncer, pero lo que no se aclaró nunca es si el cáncer fue inducido. Nunca lo vamos a poder demostrar pero en realidad eso no importa, porque lo que importa es el significado político de su muerte: políticamente, el comandante Chávez fue asesinado puesto que ver en su deceso un mero fenómeno natural es políticamente dañino y en el fondo tanto torpe como ingenuo. Y la prueba política de que su muerte no fue un fenómeno de la naturaleza es que ya sin su líder resultó más fácil echar a andar el complejo proceso de desestabilización del país. Para eso no hay en el mundo nadie más apto que los aparatos de Estado norteamericanos: la CIA, el Departamento de Estado, el Pentágono. Lo que en cambio nadie se esperaba es que el sucesor de Hugo Chávez, Nicolás Maduro, resultara un hueso tan duro de roer y ello por varias razones. Primero, porque por su condición de clase, Maduro no traicionó los ideales del chavismo y, segundo, porque por su carácter mostró que es un hombre decidido y valiente. Él sabe perfectamente bien lo que le espera el día que lo saquen de la Casona, esto es, la residencia presidencial, y por lo tanto no va a titubear en la defensa de la soberanía de Venezuela. Ahora ¿cómo se orquesta un programa de desestabilización? La CIA debe tener manuales de ello. Detengámonos un momento en este punto.

¿Cómo se destruye un régimen político? Entran en juego muchos y muy diversos factores, pero por lo pronto podemos apuntar a acciones coordinadas en al menos los siguientes 5 frentes: el frente militar, el económico, el interno, el propagandístico y el político-diplomático. En el caso de Venezuela, hace lustros que la prensa mundial se ejercita cotidianamente desinformando a la población mundial. CNN, por ejemplo, ha sido atrapada en mentiras flagrantes, deformando de manera monstruosa lo que sucedía en las calles, con reportajes no ya tendenciosos sino abiertamente falseadores de la realidad. En los canales de televisión tanto nacionales como internacionales todos vimos una y otra vez lo que parecían inmensas manifestaciones populares en contra del gobierno legalmente establecido de Maduro, pero si veíamos la misma aglomeración desde otro punto de vista nos dábamos cuenta de que todo había sido una ilusión visual: no había masas, sino un reducido grupo de personas protestando. En cambio, de las colosales manifestaciones populares de apoyo al gobierno nunca se supo nada. Trucos como esos abundan y son aprovechados sistemáticamente. En el frente interno nunca faltan, como bien sabemos, los agitadores profesionales, los pseudo-héroes presentados como mártires caídos en la lucha “por la democracia”, una retórica tan vacua que ya se tornó inefectiva. Leopoldo López y Henrique Capriles ejemplifican a la perfección a los líderes del sabotaje interno, a los dirigentes encargados de sembrar el odio entre la población y las peores actitudes frente al gobierno. En el frente militar lo que hasta ahora encontramos son las bases en Colombia, los movimientos de tropas, los ejercicios militares, todos esos movimientos diseñados para generar temor entre la población, inquietud en los militares, preocupación entre los políticos. Sobre las agresiones comerciales y financieras habría tanto que contar que no podríamos hablar de otra cosa. Las fluctuaciones brutales en los precios del petróleo son el resultado de manipulaciones para acabar con la gran fuente de divisas con lo cual se le cierran a Venezuela las puertas a los mercados internacionales para la compra de medicinas, comida y toda clase de mercancías. ¿No recuerda nadie estas tácticas aplicadas en, por ejemplo, Chile, durante el gobierno de Salvador Allende? Dejemos que, velozmente, Neruda nos las traiga a la memoria:

Honor a la victoria apetecida
Honor al pueblo que llegó a la hora
A establecer su derecho a la vida
Pero el ratón acostumbrado al queso
Nixon, entristecido de perder,
Se despidió de Eduardo con un beso
Cambió de embajador, cambió de espías
y decidió cercarnos con alambres.
No nos vendieron más mercaderías
para que Chile se muriera de hambre
Cuando la Braden les movió la cola
Los momios apoyaron la tarea
gritando Libertad y Cacerolas
mientras que los patrones victimarios
pintaban de bondad sus caras feas
y disfrazándose de proletarios
decretaban la huelga de señores
recibiendo de Nixon los dineros
Treinta monedas para los traidores.

El esquema de la agitación, el sabotaje, el boicot y todas las demás técnicas de desestabilización han sido puestas en práctica en Venezuela. Nos faltaba la presión política y diplomática. Y es aquí que el gobierno de Peña Nieto hace su aparición a través de deplorables y ridículas denostaciones por parte de un Secretario de Relaciones Exteriores que a ojos vistas no tiene la menor formación ideológica y que no pasa de ser un burócrata infectado de aspiraciones presidenciales. Con un gesto acartonado e inexpresivo, Videgaray critica en los foros latinoamericanos en los que se presenta, el “ataque a la democracia” que en realidad no es otra cosa que la defensa que hace un gobierno legítimo de la soberanía de su país. Pero me parece que estamos hablando en un lenguaje que en México hace mucho tiempo dejó de emplearse: “soberanía”, “intervencionismo”, “defensa del patrimonio nacional”, etc. Ese no es el léxico que manejan los políticos mexicanos desde por lo menos la época de Miguel de la Madrid. El problema es que en este caso las cosas no le funcionaron al pobre aprendiz de diplomático, porque ni tarda ni perezosa la Ministra de Relaciones Exteriores de Venezuela le hizo un recordatorio muy pertinente de su falta total de autoridad moral para criticar al gobierno bolivariano de Venezuela. ¿Qué le señaló la Ministra Delcy Rodríguez al canciller mexicano? La verdad es que estuvo formidable, clara y directa. Empezó por recordarle el enojoso caso de su enriquecimiento semi-incomprensible al adquirir una propiedad de millones de pesos justo cuando estallaba el escándalo de la Casa Blanca que tan mal parado dejó al presidente y a su esposa. Le recordó que México es el país en donde más mueren periodistas y en donde, por lo tanto, la libertad de expresión se ha ido reduciendo a su más mínima expresión. No tuvo empacho en señalarle que en Venezuela no ha habido casos como el de Ayotzinapa, no aparecen decenas de cadáveres en decenas de tumbas clandestinas y que si bien Venezuela tiene problemas económicos graves por lo que de hecho es un bloqueo semi-continental no presenta el cuadro crónico de injusticia social y de desproporciones económicas que presenta nuestro país, un país con uno de los niveles más bajos en el sector educativo, dicho sea de paso (diga lo que diga el inefable Secretario de Educación Pública, quien nos exhorta a que convirtamos México “en el mejor país del mundo” (sic), frase pronunciada en una alocución en la que estaba presente el Ministro de la Defensa Nacional, una fantochada que sólo el pueblo de México se traga). La Ministra tuvo a bien recordarle a su par mexicano que México es un país en donde florece el narcotráfico, el tráfico de personas y que se vive en una atmósfera de permanente violencia. Yo creo que nosotros podríamos añadir que vivimos también en el país del fraude electoral por excelencia y que ese fraude lo orquesta el partido político al que el Secretario Videgaray pertenece. La pregunta es entonces: ¿le vamos a conferir, por lo menos nosotros, los mexicanos, algún valor a las palabras de un individuo que adquieren peso sólo porque ocupa un puesto importante en la actual administración, de un sujeto que dejó su puesto en la Secretaría de Hacienda un par de días antes del gasolinazo, que dejó un peso ultra-devaluado y cuyo único mérito político consiste en haber invitado a Trump durante la campaña de este último, una arriesgada apuesta política que habría podido costarle mucho a México si H. Clinton hubiera ganado? Yo coincido con el diagnóstico de Delcy Rodríguez: las acusaciones de Videgaray son simplemente “infames”.

Lo que no deja de ser francamente ridículo es la respuesta de Videgaray. Frente a una crítica tan explícita como la de la ministra venezolana, lo menos que se podía esperar era una contestación vigorosa, en términos de principios tanto políticos como morales, una defensa profesional y articulada de México. Pero no fue esa la posición de nuestro ilustre Canciller y ello, desafortunadamente, es hasta cierto punto comprensible. Lo indefendible es indefendible y no hay nada que hacer al respecto. Su respuesta fue (y lo cito verbatim): “México no responderá a los señalamientos en contra del gobierno mexicano que ha hecho la ministra de Relaciones Exteriores de Venezuela, Delcy Rodríguez”. Y afirmó también que “No vamos a responder a esas provocaciones, ni a responder calificativos con calificativos” (!). Pero es obvio que nadie estaba pidiendo un intercambio de insultos, porque lo que la ministra Rodríguez aseveró no era una injuria sino una descalificación plenamente justificada. Tampoco era México a quien le correspondía responder, porque la crítica de la ministra venezolana no estaba dirigida en contra del pueblo de México, sino en contra de alguien que se ostenta como su representante ante el mundo y que a final de cuentas no es más que un manipulador más. El Sr. Videgaray no debería echar en saco roto la idea de que para saltar a la tribuna y externar posiciones políticas críticas de otros hay que estar preparado, hay que tener un mínimo de autoridad moral, tener un respaldo político, porque a final de cuentas él está hablando no en su nombre sino en nombre del país, al que hace quedar mal. Pero todo se aclara cuando entendemos que el rol que se le asignó consiste simplemente en ser portavoz de puntos de vista dictados desde otras latitudes y que él repite como grabadora con no otro objetivo que el de congraciarse con quien (aunque por el momento lo niegue) habrá de darle el visto bueno para la carrera hacia la presidencia el año entrante. No hay en verdad otras palabras para calificar su desempeño que ‘vergonzoso’ y ‘patético’.

Yo me inclino a pensar que Venezuela ya pasó el peor momento, el más peligroso. Con el apoyo popular masivo a la Asamblea Nacional Constituyente y la consistente actuación del presidente Maduro, el estado de derecho queda automáticamente asegurado. El apoyo del pueblo a la iniciativa del gobierno ha sido una demostración palpable de participación democrática. Yo creo que nuestros conocidos, los priistas, deberían por fin entender que la fuerza popular no se logra con acarreados, así como los verdaderos ejércitos no pueden ser meramente ejércitos de mercenarios. Qué extraña coincidencia: Venezuela nos ganó uno a cero en futbol y nos volvió a ganar por el mismo marcador en el ring de la diplomacia y la dignidad.