Violencia y Represión

Una estrategia muy socorrida, tanto en un plano individual como en uno colectivo, consiste en acusar al otro (o a un grupo, una comunidad) de eso precisamente de lo que uno mismo es culpable. En un plano individual dicha estrategia es de las más empleadas: se acusa a la pareja de ser infiel cuando es uno quien lo es, se le dice a alguien que no tiene para qué esforzarse y hacer algo que se supone que tiene que hacer porque es uno quien se siente cansado y no quiere hacer un esfuerzo, se le reprocha al cónyuge que está gastando dinero en exceso cuando en realidad es uno quien se ha estado dando ciertos lujos, etc., etc. También en un plano social se aplica a menudo este mismo esquema: se acusa a un grupo, a una comunidad de algo de lo cual quienes elevan la acusación son obviamente culpables. Así, por ejemplo, somos ahora los recipientes de una campaña, desatada por el gobierno y reforzada por sus diversos portavoces, en contra de “la violencia” y de “los violentos”. Se trata de un auténtico bombardeo propagandístico complejo en sus motivaciones e implicaciones y que es importante, aunque sea brevemente, examinar. Reconocemos de inmediato dos elementos que es menester distinguir: el contenido de la acusación de ser violento y la autoridad moral de quien hace la acusación. Para ilustrar: si un hombre honrado me acusa de ser un ladrón y un deshonesto, en principio debería tomar en cuenta su crítica, pero si la acusación me la hace el delincuente más conocido de la zona: ¿tengo también que hacerle caso?¿Debo tomar en serio su queja contra mí de que soy un ladrón cuando él (o ella) es el ladrón más célebre de la región o de la comunidad? Si un ciudadano ejemplar nos dice que matar es inaceptable tenemos que respetar su punto de vista e inclusive si lo rechazamos debemos ponderarlo detenidamente. Pero si quien nos dice que matar es malo es un asesino serial: ¿qué valor tiene su afirmación? Este no pasa de ser un pequeño conundrum, pero como con éste nos topamos a menudo con muchos otros y es importante aprender a distinguir y separar los elementos involucrados. En el caso de la acusación de violencia se filtra de manera tan notoria un elemento de hipocresía que inevitablemente genera desconfianza, recelo y hasta animadversión. Examinar brevemente el tema de la acusación de violencia por parte de las autoridades es, pues, el reto de estas líneas.

Yo creo que lo primero que tenemos que hacer es tratar de elaborar un catálogo, aunque sea elemental o burdo, de las diversas formas que puede revestir la violencia. Quizá la distinción más general que habría que trazar es entre violencia física y violencia psicológica. Esta distinción, aunque hay que tenerla presente no es, sin embargo, la más importante para nuestros actuales objetivos. En segundo lugar, tenemos que la violencia, física o psicológica, puede ser individual o institucional. Esta distinción es más relevante para nosotros. Así, en el marco de esta última distinción (“violencia individual”-“violencia institucional”) nos encontramos con que la violencia puede ser ocasional o permanente. Asimismo, la violencia puede ser activa o pasiva y ni mucho menos es evidente de suyo que la violencia pasiva sea menos perjudicial o dañina que la activa. Por ejemplo, no ayudar a un país en donde se produjo un terremoto y hay miles de muertos y damnificados es una muestra palpable de violencia por omisión, de violencia pasiva. Describir así la situación no sólo no atenta en contra de nuestros modos normales de expresarnos sino que más bien encaja en ellos. No deberíamos olvidar que la violencia, por otra parte, puede también ser individual o grupal. Obviamente, todas estas formas de violencia se conectan entre sí de diverso modo, como por ejemplo lo pone en claro el hecho de que la violencia puede ser una expresión física e individual de ira ante una injusticia o puede ser la expresión institucional de fuerza por parte de alguna autoridad. Para ilustrar: un niño puede reaccionar violentamente porque su papá lo trató injustamente o bien su padre puede ser violento porque de esa manera muestra que no está dispuesto a que se cuestione su autoridad. Por es no se debe perder de vista el hecho de que la violencia puede ser una agresión, pero también puede ser una respuesta a una agresión. El cuadro siguiente nos da una idea de las complejidades del concepto de violencia:

Esquema-01Con esto en mente: ¿cómo entender el discurso actual, casi histérico, en contra de “la violencia”, en abstracto?¿Qué significan esas expresiones de repudio? Para poder ofrecer mínimamente útil un diagnóstico necesitamos tener presente cuál es la situación por la que atraviesa el país. Que los mexicanos constituyen un pueblo sometido a la violencia es algo que ni el más grande de los guasones podría poner en tela de juicio. El ciudadano mexicano medio está permanentemente expuesto, por un lado, al asalto, al secuestro, al robo a mano armada, etc., pero, por la otra, a la inefectividad policíaca, a la corrupción ministerial, a la ineficacia en los servicios de salud y, más en general, a la inoperancia institucional, todo esto con los matices y excepciones de siempre. Así, por ejemplo, unos criminales asesinan a gente indefensa y las instituciones encargadas de aclarar el caso y de impartir justicia no se mueven. ¿Qué hace entonces el individuo, la persona?¿Cómo se supone que debe reaccionar? La vocinglera respuesta institucional, que es la misma cantaleta de siempre: “no reaccionemos con violencia”, “la violencia no es una solución a los problemas”, “la violencia genera más violencia” y así indefinidamente, sólo puede servir para enardecer más a las personas, para generar odio. En el fondo, lo que se espera que pase es lo que en México desde la época de la conquista siempre casi siempre ha pasado: que el pueblo se calle, se someta, baje la cabeza. Pero lo que deberían tener presente los gobernantes y las élites, porque también la historia nos lo enseña, es que eso es viable sólo hasta cierto punto. ¿Cómo interpretar entonces el llamado a la no violencia por parte de quienes manejan las instituciones nacionales? A mi modo de ver de dos maneras diferentes: por una parte, es una exhortación a la sumisión, es decir, a que se acepte la realidad tal como ésta se da aquí y ahora y, por la otra, es una advertencia a la sociedad de que ciertos límites en las protestas no son transgredibles. Esto resulta evidente si entendemos que es la sociedad, personificada en algunos individuos, la que ocasionalmente da rienda suelta a su ira y empieza a protestar violentamente. Por lo tanto, es claro que el mensaje que se está transmitiendo es simplemente que si la protesta no es inocua lo que viene es la represión. Ese es el contenido de este mensaje transmitido mañana, tarde y noche por todos los medios posibles en contra de la horrorosa violencia popular (que yo llamaría más bien ‘simulacro de violencia’). Moraleja: la violencia es legítima si y sólo se ejerce desde el status quo. La violencia institucional, pasiva o activa, es en todo momento justificable; la no institucional es en todo momento inadmisible.

Como todo mundo entenderá, el ejercicio que estamos realizando consiste en tratar de sacar a la luz las presuposiciones de la violencia, individual o colectiva, cuando ésta es una reacción frente a agresiones institucionales permanentes, las condiciones que cuando se dan lo que inevitablemente generan es precisamente violencia. Un caso particular del tema general de la violencia es el del así llamado ‘terrorismo’. El análisis puntual de este caso requeriría muchas páginas y es evidente que no es este el lugar ni el momento para intentar realizarlo, pero consideremos rápidamente lo siguiente. El así llamado ‘terrorismo’ es un fenómeno que no se comprende por sí solo. Es analíticamente verdadero decir que el terrorismo no surge súbitamente de la nada. El terrorismo tiene presuposiciones y la más importante de todas es el terrorismo de estado. No hay tal cosa como terrorismo espontáneo. El terrorismo es siempre una reacción frente a un terrorismo anterior y superior y ese terrorismo es precisamente el practicado por un estado. Lo mismo con la violencia: la violencia física individual o colectiva, cuando es de carácter político, tiene causas concretas. Entonces: ¿cómo se erradica la violencia? No con verborrea, con prédicas, con exhortaciones, ni siquiera con amenazas. Se erradica la violencia eliminando sus causas. ¿Conocemos las causas de la violencia en México? Claro que sí. ¿Por qué no se eliminan esas causas entonces? Porque es más fácil predicar y amedrentar que modificar estructuras, alterar componendas, cambiar prácticas, tocar intereses creados.

Estamos ahora sí en posición de diagnosticar la lucha institucional en contra de “la violencia”: se trata de una campaña ideológica de aletargamiento político, un intento por invertir roles y presentar como violentos a quienes en general son víctimas de la violencia. La violencia en Michoacán, en Guerrero y en otros estados de la República es una violencia causada desde los órganos del poder, desde la plataforma de los ambiciosos sin límite, desde la esfera constituida por gente que perdió el rumbo en un mundo reducido para ellos a los valores más prosaicos posibles, casi podríamos decir “meramente orgánicos” (tener mucha ropa, muchos autos, muchos perros, muchos collares, muchas camisas, etc. ¿Es eso el fin de la vida? Lo dudo!). La violencia nacional, que puede extenderse como un incendio incontrolable, responde a una situación de desesperación, por sentirse víctima de traiciones y estafas políticas, por estar desprotegido institucionalmente. Desde este punto de vista, la prédica en contra de la violencia no sólo es estéril, sino que es hipócrita. Desde luego que quisiéramos que no se tuviera que recurrir a la violencia, pero la pregunta que a mi modo de ver hay que plantearse es: ¿quién tiene derecho a pedirle a las víctimas de la violencia que practiquen la no violencia?¿El inspirado analista de televisión?¿El ministro corrupto de la suprema corte?¿El diputado que trafica con influencias y que vende al mejor postor contratos multimillonarios?¿Son esos violentos institucionales quienes pretenden exigirle a la gente que no incurra en la violencia física para intentar solucionar sus problemas?¿Qué valor moral tiene esa exhortación? A primera vista, ninguno. Pero si una exhortación no tiene ningún fundamento moral, entonces ¿para qué sirve? La respuesta es igualmente inequívoca: pragmáticamente no tiene otra función que la de ser una advertencia.

Lo que debería quedarle claro a todo mundo es que la supresión violenta de la violencia es un expediente pasajero. Los alaridos de todos los representantes del status quo son exactamente lo mismos que habrían proferido Don Porfirio o Hernán Cortés. La violencia no se combate sino que se extirpa y se le extirpa realmente cuando se eliminan sus causas. ¿Cuáles son las causas de la violencia en México? La respuesta la conocen hasta los niños: el bajo nivel de vida de la población (no hay más que echarle un vistazo a lo que es la canasta básica o el salario mínimo para darse una idea de ello. Por increíble que sea, se vivía mejor en tiempos de Echeverría que ahora! Quienes en aquellos tiempos formaban parte de la clase media ahora son parte de clases bajas y no gozan de muchas cosas a las cuales tenían acceso todavía en los años 70), el incremento desmesurado de la criminalidad, la ineficiencia de las instituciones (sobre todo la de las instituciones relacionadas con la impartición de justicia), la venta de lo que queda de la riqueza nacional, la desaparición misma de la idea de nación, su identidad y su pasado, el sometimiento ignominioso hacia los Estados Unidos, un aspecto de la vida nacional que sobre todo a partir de de la Madrid los presidentes no supieron defender, la destrucción del sistema educativo nacional y así sucesivamente. Es como consecuencia de todo eso que surgen las auto-defensas, que se dan las manifestaciones, las huelgas, etc., y que, poco a poco, va haciendo su aparición el espectro de la violencia. No parece, pues, posible extraer más que una conclusión: hacer llamados al aire en contra de “la violencia” en una situación de violencia institucional permanente es en el mejor de los casos perder el tiempo y, en el peor, hacerse cómplice de la situación que genera la violencia y por ende contribuir a que ésta se intensifique. A estas alturas, los llamados demagógicos en contra de la violencia más que otra cosa son contraproducentes. Lo único que puedo comentar es que me gustaría pensar que estoy equivocado.

2 Comments

  1. Estimado Alejandro,

    Gracias por compartir tu pensamiento de forma tan majestuosa.

    He tenido la oportunidad de seguir de muy cerca el movimiento que se despertó a raíz de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y me consta que las personas que estamos participando en él, lo hemos hecho de forma pacífica y continuamos con la intensión de seguir haciéndolo así.

    Gracias a las redes sociales, hoy muchas de las personas que dudaban de los movimientos, se han dado cuenta de que los actos violentos, han sido infiltrados por el propio Estado, pues es a ellos a quienes les conviene desvirtuar nuestro movimiento y así evadir su responsabilidad ante nuestras exigencias y seguir gobernando bajo la corrupción y abuso.

    Por otra parte, es muy cierto lo que dices, pienso en el dolor, la impotencia, la indignación y la rabia que deben estar sintiendo los padres y familiares de nuestros 43 muchachos y no puedo evitar sentir ese coraje y odio que nos pueden hacer perder la razón y desear vengar su desaparición, su tortura y en los que ya sabemos que perdieron la vida, vengar su muerte; pero ese sentimiento, no hace más que rebajar nuestro espíritu a la misma categoría inmunda de quienes se los llevaron o arrebataron la vida.

    Cuando pienso en todos los crímenes de Estado que venimos arrastrando y que mi amado pueblo ha soportado durante décadas, el coraje y la indignación que experimento, me alimentan para seguir difundiendo información y participar activamente en lo que pueda.

    Las 11 detenciones que hoy enfrentamos, terminan por demostrarnos la bajeza con la que el Estado se conduce y como bien citas, el terrorismo no se crea de la nada, surge con un objetivo, con un fin muy claro, sembrar el miedo entre los civiles y por lógica no somos los propios civiles los que queremos tener miedo al salir a manifestarnos, así que lo que mi amado México vive hoy es un Terrorismo de Estado, pues es a éste último a quien le conviene que la población se quede callada.

  2. Por supuesto que no está equivocado doctor Tomasini. Los problemas se atienden y resuelven yendo a sus raíces y a su origen, y sobre todo reconociendo su prevalencia y dominio en nuestras conductas y actitudes; y tal como dice en este claro análisis de la violencia, lo que no se puede tolerar se proyecta. Adicionalmente, porque al no saber cómo actuar ante el alud aniquilador que los mexicanos estamos experimentando, se han ido perdiendo los valores y la ética a todos los niveles sociales; en unos más que en otros desde luego,

    Una dolorosa verdad nos ha expuesto, que es preferible al dolor de la mentira en la que se pretende que el pueblo continúe.

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