En Contra de Todas las Formas de Terrorismo

1) A principios de la semana tuvo lugar un suceso sangriento y ciertamente reprobable en uno de los lugares donde menos nos imaginaríamos que pudiera producirse: ni más ni menos que en el corazón de la capital de Francia. El suceso en cuestión, como todos sabemos, fue el ataque a la sede de un conocido semanario caracterizado por sus sátiras y críticas políticas. Me refiero al ahora internacionalmente famoso Charly Hebdo. El resultado del ataque fueron 12 muertos, pero si contamos sus secuelas la acción habrá producido por lo menos una veintena de ellos.

Yo pienso que cualquier persona no imbuida de fanatismo, mínimamente sobria, con dos dedos de sesos, condenaría la acción a la que, en la medida en que causa la muerte de personas inocentes o que no están directamente vinculadas con los hechos controvertibles que generaron el ataque, habría que calificar de ‘terrorista’. Yo en lo particular me uno a la condena. Sin embargo, me parece que, como en tantas otras ocasiones, en este caso el evento en cuestión es de inmediato aprovechado por la mafia política universal, es utilizado negativamente para generar más odio entre las poblaciones y es descaradamente canalizado para sacarle provecho en detrimento de la comprensión del acto, de sus motivaciones profundas y de su significado. Yo creo que, como en cualquier otra situación, de la naturaleza que sea, salvo si estamos directa y personalmente inmersos en la situación, es importante tratar de entender las dos perspectivas involucradas, reconociendo de entrada que todo lo que sea atentar en contra de inocentes es inaceptable. Pero ¿quién es totalmente inocente en este caso? El que esté libre de culpe que arroje la primera piedra!

2) Me parece que lo primero que se tiene que hacer es dimensionar correctamente el asunto. La muerte de una persona es tan dolorosa en París como en el Chad, que dicho sea de paso durante más de un siglo fue propiedad (i.e.., colonia) precisamente de los franceses. En México todos los días se encuentran fosas clandestinas con cadáveres en estado de descomposición y la prensa mundial no hace mayor alharaca al respecto. Todos entendemos, naturalmente, que por tratarse de París además de lamentar sinceramente el suceso en cuestión tenemos también que rasgarnos las vestiduras y expresar nuestra pena hasta desgañitarnos. Pero esa exigencia cultural me parece un poco fuera de lugar, porque podemos preguntar: ¿acaso Francia no llevó el horror, la muerte y la explotación a Argelia, a Marruecos, a toda África Central, al Medio Oriente, a Vietnam? Como dije, cualquier persona sensata desde luego que está en contra de los asesinatos de personas inocentes, pero hay que preguntar: ¿quién tiene la autoridad moral (no nada más el poder militar y policiaco) para quejarse y hablar de “actos de barbarie” (como lo hace el renegado socialista, el actual presidente de Francia) cuando se ha hecho exactamente lo mismo o peor aún?¿Estoy acaso históricamente equivocado al afirmar que Francia construyó en gran medida su riqueza, llenó sus hermosos museos, colocó su magnífico obelisco, se benefició de las riquezas naturales de muchos países durante siglos, traficó con esclavos, etc., etc., a costa de otros pueblos y que eso exigió la implantación del terrorismo francés en múltiples lugares de este planeta? Si se piensa un poquito en las poblaciones de África del Norte lo que dan son escalofríos (para no ir tan lejos: piénsese en el bombardeo de Libia para acabar de tajo con un estado reconocido por la ONU). Una vez más: lo sucedido en París es inadmisible, pero colocado sobre el trasfondo de lo que de hecho ha sucedido y sucede todos los días en Palestina, en Irak, en Siria, en México y en muchos otros lugares la perspectiva cambia y lo que vemos es otra cosa. La pregunta es: ¿qué?

3) Europa encarna mejor que nadie la civilización occidental. Esta civilización ha generado muchos de los productos más espléndidos creados por el ser humano: el Partenón, la filosofía, el contrapunto, Shakespeare, etc. Desafortunadamente, Europa ha sido también la cuna de guerras sin fin (territoriales, comerciales, culturales, etc.), un continente con países beligerantes y expansionistas, un continente de campos de concentración, de bombardeos, de masacres en grande (nada más la Segunda Guerra Mundial cobró la vida de más de 50 millones de personas. Eso no se ha visto en otros continentes, hasta donde yo sé. Ni en China!). En particular, esta hermosa civilización europea fue durante un par de siglos la plataforma para el ataque sistemático al Islam, porque si no me equivoco eso fueron las Cruzadas. Desde sus orígenes, siempre ha habido una gran rivalidad entre civilización cristiana y civilización islámica. Ya en nuestros tiempos, la lucha por razones de orden religioso resulta un tanto obsoleta, porque la vida contemporánea ya no gira en torno a la religión como lo hizo durante más de 10 siglos. El problema es que la disminución del encono religioso y el que las distintas religiones hayan poco a poco aprendido a convivir unas con otras no anula las rivalidades en otros terrenos y contextos. Los diamantes de África, el petróleo de Irak, el gas de Afganistán, etc. etc., siguen siendo razones para seguir odiando o despreciando a otros pueblos y, desde luego, a tratar de seguir sojuzgándolos. La diferencia es que, como dije, las bases de dicha rivalidad (en particular con el Islam) ya no es de carácter religioso, sino más bien económico (como siempre lo fue) y político.

Dado lo anterior, la situación de algunos países de Europa Occidental resulta ser paradójica, por no decir absurda. Por un lado, el imperio francés (como el de los ingleses y hasta me atrevería a decir también que el de los españoles, si examinamos lo que año tras año extraen sus bancos de América Latina) se aprovechó de múltiples regiones, zonas, poblaciones, etc., a lo largo y ancho del planeta por lo cual inevitablemente se establecieron vínculos fuertes entre la metrópoli y sus provincias. Lo globalización, la internacionalización del capitalismo, obligó a los antiguos imperios a abrirles las puertas a los nacionales de sus antiguas colonias. Éstos, obviamente, (como los mexicanos en Estados Unidos, quienes – permitiéndome citar verbatim al inefable Vicente Fox – “hacen el trabajo que ni los negros quieren hacer”), es decir, los marroquíes, los nigerianos, los libaneses, etc., se fueron integrando poco a poco a la vida en Francia, de la cual hoy son una parte inalienable. Como era de esperarse, ellos llevaron consigo desde luego su fuerza de trabajo, pero también sus tradiciones, sus costumbres, sus religiones. Llegan entonces a un lugar en donde se les prohíbe a sus mujeres que lleven el velo, se les encajona en zonas concretas de las ciudades, se les hostiga de muchas maneras y, lo cual ya es llegar a un límite, se burlan de su religión. Preguntémonos y respondámonos con franqueza: ¿qué le pasaría a un desorientado en México que escribiera panfletos burlones sobre Cristo, que hiciera caricaturas del Papa, que se burlara de la Virgen María? Uno también podría apelar a ideas magníficas como la de “libertad de expresión” o “privilegios de la democracia”, etc., etc., pero no creo que sirvieran de mucho. La respuesta a la pregunta recién planteada es obvia: lo lincharían y en ese caso ni la policía intervendría. Pero entonces, tratando de ser equilibrados, hay que tratar de contestar a la pregunta: ¿cómo se supone que tiene que reaccionar una musulmán cuando, viviendo en las condiciones en las que vive, con el pasado que lo acompaña, es testigo de una mofa descarada de lo que son los fundamentos de su cultura?¿Tiene que soportar eso y más por la “libertad de expresión”?¿Hasta dónde llega ésta? Intentando visualizar una posibilidad de reacción no violenta: ¿se supone que él tiene que ir al semanario y hacerle ver a sus periodistas, jefes, directores, etc., que hacen mal en ridiculizar al profeta Mahoma? O ¿podría darse el caso de que le permitieran a él escribir un artículo y que se lo publicaran? Es evidente que no. Pero entonces: ¿qué se supone que tiene hacer un musulmán cuando es agredido culturalmente? Yo desde luego repudio el asesinato, pero la verdad es que me quedo sin respuesta. La pregunta es más general: ¿cómo tiene que actuar el sojuzgado para romper las cadenas de su esclavitud? Le dejo al lector la respuesta.

4) Quiero terminar estas líneas diciendo que yo tengo confianza en la sabiduría política del pueblo francés, un pueblo políticamente mucho más maduro y avanzado que, por ejemplo, los pueblos anglosajones. Yo creo que los franceses tienen la capacidad de extraer las moralejas adecuadas de este lamentable evento y una de ellas es que deben aprender a entender que no hay forma imaginable de sometimiento que no desemboque tarde o temprano en la rebelión y en la violencia, porque la sumisión total (que es lo que buscan algunos) es sencillamente imposible. Los franceses pueden aprovechar la ocasión para mostrarle al mundo que efectivamente son más maduros si no permiten que se use lo que pasó para excitar más los odios inter-raciales, para denigrar más las costumbres, tradiciones y religiones de otros pueblos (y en particular los de aquellos con los, quieran o no, tendrán que convivir), si hacen un esfuerzo para entender al “otro”, al meteco, y, sobre todo, si no se dejan manipular por una prensa amarillista, vitriólica y tendenciosa, al servicio como siempre de las peores causas. El ciudadano francés tiene que entender que la acción terrorista individual, por injustificada que sea, es una reacción frente al terrorismo estatal y cultural, que es permanente, anónimo e impersonal. Si el amable lector tuvo a bien echarle un vistazo a un artículo anterior mío, “Sabiduría Popular y Análisis Filosófico”, entenderá que, según yo, se puede comprender un fenómeno humano sin por ello justificarlo. Lo importante de hechos como el ataque al semanario francés es que deben servir para encontrar la forma de reforzar la armonía entre las personas y las culturas, para acabar con los detestables segregacionismos (de la índole que sean), para borrar odios, para eliminar deseos insanos de venganza, para combatir la intolerancia y la cacería de brujas. Después de todo, el suceso en cuestión no es sino una expresión de una situación que llega ya a sus límites. Como dicen en Francia, À bon entendeur, salut!

 

 

2 Comments

  1. Apreciable Dr. Tomasini:

    Le agradezco mucho que haya publicado un artículo como este, lo cual hace falta en las redes. El título es muy claro: no hay una sola forma de terrorismo, i.e. la de los ‘bárbaros’, sino muchas. Las otras formas de terrorismo que usted menciona aquí son importantísimas y son las más difíciles de erradicar porque son las institucionalizadas, las occidentalizadas y las aceptadas, a pesar de ser anónimas. Me gusta su sugerencia de que, antes de gritar a los cuatro vientos frases como “yo soy Charlie”, seamos capaces de analizar más a profundidad las consecuencias que esta clase de frases tienen. Deberé aclarar, como usted bien lo hace, que el respectivo análisis no implica estar de acuerdo con dichos actos…
    Reitero mi agradecimiento por esta clase de aclaraciones, no sólo conceptuales, sino útiles para toda clase de reflexión de lo social.
    Cecilia Beristain Beristain

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