¿Temores Infundados?

“La religión”, dijo Karl Marx, “es el opio del pueblo”. Y en más de un sentido no le faltaba razón! En un contexto de miseria y de opresión, un contexto en el que el Estado fundaba su ser en todo lo que se quiera menos en la justicia, como fue el caso de algunos regímenes capitalistas europeos durante la primera mitad del siglo XIX, parecía en efecto que la única opción para que el ciudadano muerto de hambre no se hundiera en la desesperación total sólo podía consistir en la asimilación de creencias que le garantizan a la gente (al “proletario”) en el otro mundo algo al menos de todo lo que le faltó en este: comida, educación para sus hijos, un lugar decente donde dormir, un poquito de afecto por parte de los “inversionistas” de la época, etc. En verdad, un ensueño político así es lo que el ser humano necesita cuando vive físicamente esclavizado y encadenado, sólo que ese ensueño, que contrasta con su horrenda realidad cotidiana, lo aleja sistemáticamente de la única vía para su liberación real, esto es, la senda de la acción política. Bajo los efectos de ese narcótico eidético que puede ser la religión infantilmente entendida se puede entonces hablar libremente de un topos uranus en donde todos nos veríamos como hermanos y nos trataríamos como tales: en ese reino ya no habrá más explotación, más niños muertos de hambre (o separados de sus padres, por ejemplo) y los malos sentimientos que ahora envenenan las almas de las personas se habrán para entonces disipado. Ahora bien, es precisamente en ese esfuerzo por visualizar una situación así y por interiorizarla bajo la forma de creencia que las personas se vuelven a agotar mentalmente y quedan ya sin fuerzas para modificar físicamente su entorno, depositando toda su confianza en la promesa de que allá, en la otra vida, se restablecerá la justicia, sin desquites y sin venganzas. Así, al igual que un drogadicto idiotizado por el opio inhalado, también la religión opera en las masas de manera que las hace pasivas frente a un mundo en el que su vida es algo así como un tormento infernal.

Yo pienso que Marx tenía razón, pero no completamente. En otras palabras, no estaba equivocado, pero se pueden decir más cosas sobre la religión y sus efectos. Para empezar, es obvio que la genuina vida religiosa no tiene por qué ser una vida de pasividad y de aceptación acrítica del sufrimiento, pero no me abocaré aquí a debatir sobre tan excelso tema. Más bien quisiera llamar la atención sobre otro aspecto del asunto, un aspecto que, por las razones que sean, Marx no tomó suficientemente en cuenta, a saber, que no sólo la religión (mal entendida) puede tener los efectos que él atinadamente señala. Muchas otras cosas también pueden operar como elementos embrutecedores de las masas. El futbol, por ejemplo. También la Copa del Mundo funciona como un narcótico que hace que la gente obedientemente consuma más cervezas, coca-colas, se exalte y en general cometa toda clase de desfiguros. De hecho yo diría que precisamente productos como el futbol (entendido como una forma de vida, con instituciones, presupuestos, clubes, organizaciones, campeonatos, públicos, etc.) desempeñan en la actualidad la función de embrutecimiento que antaño desempeñaban las religiones tradicionales. Yo creo que el paralelismo podría desarrollarse fructíferamente, pero a mí simplemente me interesaba establecer la comparación entre algunos efectos negativos de la religión y los de otros productos sociales, como el futbol. En este sentido, el caso de la Copa del Mundo es interesante por lo que en principio a través de ella se podría lograr y eso es algo en lo que nosotros los mexicanos deberíamos estar particularmente interesados.

Un ejemplo concreto de eso de lo que estoy hablando lo tenemos en los últimos decretos del todavía presidente, E. Peña Nieto. Aprovechando sagazmente el adormilamiento de la población por la gran “victoria” de la selección mexicana ante la selección alemana (un pobre triunfo por el cual casi habría más bien que llorar antes que regocijarse y ello por razones evidentes de suyo), el presidente Peña tuvo a bien firmar decretos por medio de los cuales se abre la posibilidad de privatizar ni más ni menos que el agua de México (o lo que queda de ella)! Súbita y como distraídamente se abrió la posibilidad de la inversión privada para mercantilizar nuestra agua: para venderla embotellada como producto de consumo directo, como un producto para la industria o para la ganadería, etc. O sea, un elemento que visto con el lente que se quiera tendría que ser considerado como un asunto de seguridad nacional, de un plumazo, con desparpajo y elegancia, en uno de sus últimos movimientos, el presidente de México se lo cede a los “inversionistas”, naturalmente los mismos de siempre. ¿Cómo es eso posible? Desde luego que muchos factores entraron en juego, desde intereses particulares hasta directivas del Banco Mundial, pero ciertamente contribuyó a hacerlo posible lo que en la actualidad opera como “opio del pueblo”, esto es, el futbol. Ahora sí que más claro ni el agua!

El asunto del agua es como para ponerle los cabellos de punta al más pintado, pero no es ni mucho menos lo único que habría que temer en estos tiempos de adormecimiento social. Estamos en vísperas de unas elecciones que sin duda alguna representan un parte aguas en la historia moderna de México. Si los datos que se pueden recabar y los cabos que se pueden ir atando no están totalmente falseados, el Lic. Andrés Manuel López Obrador habrá de ser el nuevo presidente de nuestro país. El proceso, sin embargo, ha sido agitado. Yo creo que podemos afirmar que básicamente, en lo que es una bastante obvia división del trabajo, se pueden distinguir dos grandes campos políticos: el del candidato de MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional) y el resto. La función de los adversarios menores (como Anaya, un descarado demagogo) era ante todo quitarle todos los votos que se pudiera a AMLO y dejar para el final a “Pepe Meade” en su enfrentamiento con el Lic. López Obrador. Las cosas, sin embargo, rara vez salen como estaban planeadas y no se puede perder de vista el hecho de que los agentes políticos vienen todos con su propia agenda secreta y eso cambia los planes. En todo caso, el conflicto está ahora suficientemente bien decantado, más allá de las personas mismas: éstas representan modelos de gobierno no drásticamente diferentes, pero sí considerablemente divergentes. Están, por una parte, quienes quieren un país de saqueo, de inversión privada, de venta de agua, aire, aeropuertos, petróleo, oro, plata, etc., con todo lo que una política así acarrea y están, por la otra, quienes aspiran a rescatar como bienes de la nación elementos tan importantes como el agua, las playas, el petróleo, la educación y cosas por el estilo. A todos nos queda claro, supongo, que el potencial gobierno de Andrés Manuel López Obrador no es ni pretende ser un gobierno revolucionario. Yo diría que aspira simplemente a ser un gobierno sensato, dirigido por el sentido común y nada más. Eso es a la vez muy poco y mucho, dadas las condiciones del país. Lo que transforma a su proyecto en “revolucionario” es más bien la colosal e insaciable ambición del grupo opositor, un grupo de oligarcas entre los cuales encontramos desde gente sumamente rica hasta ex–presidentes y operadores políticos de diversa envergadura (todos ellos expertos en intrigas y complots, como todos sabemos). Es claro que el gobierno del Lic. López Obrador no sería un enemigo ni de oligarcas ni de plutócratas pero sí sería un gobierno que, para expresarme coloquialmente, los mantendría a raya y eso basta para convertirlo a él en el enemigo público número 1. Y es aquí que en el horizonte de la imaginación empiezan a vislumbrarse situaciones que no podríamos calificar de otra manera que como espeluznantes. ¿Cómo cuáles, por ejemplo?

Como todo mundo sabe, en lo que va de este proceso electoral ya llevamos más de 114 políticos muertos, asesinados de manera artera e indignante, como lo fue el caso del ex-alcalde priista Fernando Purón Johnson, un hombre joven ostentosamente ejecutado a la salida de un mitin. Y como él hay muchos otros, hombres y mujeres. Lo mismo matan a gente en Coahuila que en Guerrero que en cualquier otra entidad federativa. ¿Y qué une a todos esos casos? La respuesta de siempre: todos fueron víctimas “de la delincuencia organizada”. ¿Qué quiere decir eso? Todo y nada. Pero intentemos avanzar en nuestro intento por comprender qué está pasando. Una pregunta crucial es: ¿qué se logra con todos esos asesinatos? La verdad es que no lo sé, pero sí me queda claro que uno de sus efectos es que a través de esos delitos se genera caos, desconfianza, miedo. Nadie sabe quién, nadie sabe por qué, nadie sabe para qué. ¿Y eso a quién beneficia? Bueno, si a toda costa hubiera que evitar el triunfo del Lic. López Obrador ya se tiene el trasfondo apropiado: nadie sabe ni de dónde vienen los golpes ni quién los da. Eso es lo que se necesita o al menos algo de lo que se necesita para cometer lo que sería en nuestro contexto la imprudencia mayúscula. ¿Cuál podría ser el objetivo último? Evitar que el Lic. López Obrador sea presidente. Intentaré aclarar esto, aunque difícilmente podría estarlo más.

Supongamos que hay un grupo político muy fuerte (el Lic. López Obrador usa la expresión ‘la mafia en el poder’ para referirse a él) que está decidido a impedir a toda costa que el candidato de MORENA gane las elecciones y que si las gana que sea investido como presidente. La primera estrategia ya falló: las elecciones las tiene ganadas el Lic. López Obrador desde hace meses y no hay trampa electoral imaginable que le arrebate el triunfo. Con más del 50% de la intención del voto a su favor, tendrían que contabilizar más votos que ciudadanos para poder ganarle. Esta vez eso no va a ser factible. Queda otra estrategia: eliminarlo a él físicamente. Ya hubo un pseudo-periodista irresponsable que hizo circular la idea por las redes sociales, un mequetrefe que después de una reprimenda ya se reincorporó a sus actividades “periodísticas” “normales”. Ahora bien, la idea de atentar en contra del Lic. López Obrador es sumamente problemática mas no imposible, como lo pone de manifiesto el caso Colosio: cuando era evidente que Colosio se encaminaba hacia la presidencia de la República fue salvajemente asesinado en Tijuana y un memorable video nos puede en todo momento traer a la memoria aquel odioso crimen. Por lo tanto, experiencia respecto a cómo eliminar a un personaje político importante en México se tiene. Pero ¿cómo hacerlo? Lo que hay que hacer es tratar de visualizar lo que podría suceder para tomar las medidas pertinentes y proceder en concordancia.

En primer lugar, es claro que no tiene mucho sentido eliminar a un candidato que todavía no ha ganado, porque aunque es muy poco probable de todos modos no es lógicamente imposible que su adversario, en este caso “Pepe” Meade, gane. Por lo tanto, eliminar al candidato de MORENA antes de que oficialmente gane las elecciones es absurdo, puesto que puede no ganar y entonces se habría cometido un acto no sólo moralmente repugnante sino también políticamente innecesario y con un costo muy alto por nada. Por lo tanto, de aquí al día de la elección, AMLO está seguro.

Supongamos ahora que el Lic. López Obrador efectivamente gana y toma posesión el primero de diciembre. A partir de ese momento eliminarlo sería lo mismo que dar un golpe de Estado. Eso no es nada más un acto criminal: sencillamente, no se puede realizar sin la aprobación y el concurso de otras fuerzas políticas, como la Embajada norteamericana. Aquí no se puede dar un golpe de Estado sin su consentimiento y yo dudo mucho, por un sinnúmero de razones, de que el gobierno norteamericano estuviera dispuesto a inmiscuirse en un asunto tan delicado como ese. Por lo tanto, una vez convertido en presidente de México, el Lic. López Obrador estaría a salvo y los problemas serían otros.

Pero queda otra posibilidad: la de tratar de desembarazarse de él entre el 2 de julio y el 31 de noviembre. Ese es el lapso crítico, el periodo en el que el Lic. López Obrador tiene que estar cuidado 24 horas al día, porque su vida corre peligro.  Yo inclusive diría lo siguiente: a partir del día de la elección él ya no tiene el derecho de no cuidarse! Pero la experiencia nos enseña que no son ni los militares ni los policías quienes deben ocuparse de la protección del candidato ganador. En este caso quien debe proteger al presidente electo es el pueblo mismo. Se deben formar brigadas populares para protegerlo permanentemente. El potencial asesino debe saber que si comete su fechoría no podrá salvarse, que no habrá policías que lo encubran ni militares que actúen para salvaguardar sus “derechos humanos”. No queremos “comisiones investigadoras” ex-post facto, comisiones que no sirven más que para estancar un proceso, detener una decisión, desviar la atención, hacer perder el tiempo, hacer perder oportunidades y cosas por el estilo. Lo que queremos es que algo concreto no suceda y eso sólo se puede garantizar si el pueblo interviene. El caso Colosio, una vez más, podría proporcionarnos muchos datos relevantes que a su vez permitirían trazar paralelismos alarmantes entre él y una potencial situación de ataque al candidato de MORENA. (Véase, e.g., mi artículo (del año 2000) en el que hago algunas aclaraciones en torno a la “investigación” realizada por el último fiscal encargado del caso Colosio y actualmente presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. El artículo se puede ver en http://www.filosoficas.unam.mx/~tomasini/Vol1/Colosio.htm).

¿Por qué entonces estamos preocupados? Las razones saltan a la vista. Primero, porque el Lic. López Obrador tiene enemigos a la vez acérrimos y poderosos; segundo, porque sus enemigos están movidos por ambiciones realmente desmedidas, obscenas, satánicas y porque están dispuestos a incendiar el país si con ellos logran satisfacer su capricho; tercero, porque si algo tan terrible sucediera México quedaría hundido para los próximos 50 años en la misma clase de procesos históricos como los que aquejaron a América Latina a lo largo del siglo XX. Y es perfectamente imaginable que se hubiera pactado algo con la FIFA para permitir que México avanzara hacia, digamos, octavos de final, con lo cual el pueblo estaría tan contento por los logros de la Selección Nacional que podría no reaccionar con la furia que normalmente lo movería si en otras circunstancias se atentara contra su candidato. Así vistas las cosas, lo único que no deseamos es que la Selección Mexicana vuelva a ganar!

Alguien podría responder con indignación que la FIFA no es un organismo que pudiera prestarse a semejantes tejes-manejes. Debo responder que si alguien me dijera algo así yo sí pensaría que me las estoy viendo con alguien muy desorientado, con un ingenuo total. Yo creo que ya es hora de abandonar lo que habría que llamar el ‘enfoque infantil’ del deporte y, en particular, del futbol. Así como no hay un gobierno en el mundo que quiera acabar con el narcotráfico sino que lo que quieren los gobiernos es controlarlo y manejarlo, así tampoco hay juego, evento deportivo, campeonato, etc., que no esté coordinado, pactado, arreglado o como se le quiera describir. Ni los caballos en los hipódromos, ni las peleas de peso completo ni los campeonatos de tenis (por prestigiosos que sean) ni las carreras de autos ni …, etc., etc., son eventos deportivos puros, limpios, pulcros, impolutos, inmaculados. Hay demasiado dinero de por medio. La FIFA en particular es un enorme organismo trasnacional que maneja miles de millones de dólares anualmente y que tiene un peso político incuestionable. Una institución así: ¿deja al azar el triunfo de tal o cual selección? Yo digo que es infantil creer algo así. La historia de los campeonatos mundiales no deja lugar para muchas dudas: Inglaterra en 1966, Argentina en 1978, Francia 20 años después son ejemplos en los que claramente la política desempeñó un papel fundamental en el resultado final. En esas condiciones, el triunfo de México sobre Alemania es una situación que nos hace temblar, porque ¿por qué la FIFA estaría ahora al margen de la situación política mexicana, sobre todo a sabiendas de que puede influir en ella?

Es importante tener en cuenta que los enemigos del Lic. López Obrador son personas ubicadas más allá del mundo de la moralidad, de los escrúpulos y de los intereses impersonales. Ellos están preparados para cualquier eventualidad en la que ellos sean los actores, quienes tomen las iniciativas y quienes den los golpes. Pero ciertamente no están preparados para la derrota y llevar al país hacia el abismo por la comisión de un inmoral e injustificado políticamente magnicidio, tan sólo para salvaguardar sus mezquinos intereses personales no es algo que les pueda beneficiar, ni a corto ni a mediano ni a largo plazo. Tienen que entender que el escudo del Lic. López Obrador está formado por millones de personas. La furia política contenida durante muchos decenios puede explotar de un modo completamente imprevisible. El problema es la ceguera causada por el odio y el verse desplazado en el espectro político, inclusive si ello se logró jugando con las reglas de la democracia, que tanto ensalzan. ¿Son acaso nuestros temores infundados? Yo en todo caso preferiría con mucho equivocarme en un diagnóstico que confirmar una hipótesis letal para el país. Quiera Dios que ni la sombra de la FIFA se proyecte sobre el territorio de México!

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