Decisiones Judiciales

Los honorables miembros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación tuvieron a bien garantizarle al pueblo de México, mediante una decisión más que cuestionable, la legalidad de los matrimonios entre personas del mismo sexo. Con ello, México se habría sumado a lo que, superficialmente al menos, parecería ser una tendencia civil mundial irrefrenable, y por lo tanto justa, aunque ciertamente es un tema abierto el de si será irreversible. Eso es algo que, aunque no se puede descartar, en este momento es imposible de prever, pero si no se puede prever es precisamente porque la cuestión misma es controvertible en grado sumo, es decir, ni mucho menos se trata de un asunto de resolución obvia, evidente de suyo, por más que sea así como los partidarios del matrimonio homosexual gustan de presentarlo. Desde mi punto de vista, la cuestión de la legitimidad o ilegitimidad del matrimonio entre seres de un mismo sexo representa una maravillosa oportunidad para exhibir o hacer público lo que realmente son nuestros niveles de libertad de expresión. Esto lo digo porque, como puede fácilmente constatarse, con algunas muy raras excepciones (entre las cuales habría que incluir al Cardenal Norberto Rivera), lo que la prensa escrita o los programas de televisión abiertamente difunden es únicamente uno de los dos puntos de vista que hay al respecto, a saber, el que es favorable a esa nueva forma de unión legal de parejas. Yo, quiero enfatizarlo, no me he encontrado todavía con nadie que por escrito o en televisión públicamente haya defendido el punto de vista contrario al que es “políticamente correcto” defender. Este simple hecho hace que se tengan serias dudas respecto a la viabilidad y la conveniencia de expresarse en México en contra de lo que algunos quieren presentar como un acuerdo generalizado y que ciertamente dista mucho de serlo. No confundamos “no expresión” con “aceptación”. De hecho, como ya señalé, no hay en este contexto antecedentes no digamos ya de puntos de vista declaradamente opuestos a la institución del matrimonio homosexual, sino ni siquiera esfuerzos de análisis más o menos objetivos o neutrales. Por otra parte, por experiencia sí sabemos que hay multitud de demagogos que lanzan toda clase de juramentos estridentes y que se desgarran las vestiduras para hablar en abstracto de la sagrada “libertad de expresión”, pero que cuando efectivamente alguien hace uso de ella sólo que para decir algo que no les gusta, entonces son los primeros en manifestar su inclinación por la censura, su horror por el debate abierto y su profunda hipocresía. Es, pues, comprensible que en relación con el tema de los matrimonios entre personas del mismo sexo mucha gente se sienta inhibida y se resista a pronunciarse, por más que tenga puntos de vista fuertemente arraigados al respecto y contrarios a lo que la SCJN estipuló. Es por eso que pienso que, dadas las circunstancias, el tema representa un estupendo test para medir nuestros verdaderos niveles de libertad de expresión. Lo más deseable sería, me parece, que la gente efectivamente se pronunciara sin tapujos, lo cual por lo menos hasta ahora ciertamente no parece haber sido el caso. Pero vayamos al punto y olvidémonos, momentáneamente al menos, de toda clase de consideraciones externas a él.

Para empezar, no estará de más señalar que aparte de que realmente no ha habido en México ningún debate serio sobre el tema puesto que, como dije, solamente una parte habla y a los adversarios de la decisión judicial de facto no se les ha concedido la palabra, el tema en sí mismo es complejo y con esto quiero decir que su tratamiento presupone un diagnóstico general de la situación, exige diversas clases de análisis y de explicaciones causales y, sobre la base de lo anterior, de uno u otro modo conduce a que se emitan pronunciamientos de preferencia ponderados, pero no ambiguos. Este último paso es inevitable, porque hablar de matrimonios homosexuales, en favor o en contra, no es como hablar de los números irracionales o de las trayectorias de los cometas. No! Es abordar un tema que de entrada es fuertemente emocional y que lo reconocemos como tal, pero lo que esto a su vez implica es que tiene tanto derecho a expresarse emocionalmente quien está en favor de dicho procedimiento como quien está en contra. El problema es que en general prevalece aquí una flagrante asimetría: quien está en contra de inmediato es sumergido en una catapulta de calificativos y de epítetos, una conducta desde luego reprobable y que en general está terminantemente prohibida al opositor. Así, todo mundo encuentra natural que alguien que es “pro” matrimonio “gay” califique a su oponente como “machista” o como “retrógrada” o como homófobo, pero si el otro tilda a su adversario de “degenerado”, entonces eso ya no es válido, ya no es de buen gusto, ya no es permisible. Por mi parte, pienso que hay que intentar ser parejos: si es válido emplear calificativos en un sentido, entonces se debe tener el derecho de emplearlos en el sentido contrario. Lo mejor en todo caso será tratar de evitar, hasta donde sea posible, los calificativos, pero mucho me temo que éstos tendrán que formar parte del cuadro, sea el que sea, que uno se forme del tema. En otras palabras, el posicionamiento y el pronunciamiento parecen inevitables.

En el fondo, el tema de los matrimonios homosexuales es la homosexualidad misma, porque la cuestión de la legalidad de dichos matrimonios es simplemente la expresión jurídica de lo que se reconoce como una fuerza cultural que está ya operando en la sociedad y a la que se quiere integrar proporcionándole un marco legal. Pero todo mundo entiende (salvo quizá ellos mismos) que los juristas son simplemente articuladores de reglas para lo que ya es vigente socialmente, por lo que las decisiones jurídicas no iluminan el tema ni aportan absolutamente nada para su esclarecimiento. El tema del derecho es la justicia, no la verdad ni el conocimiento. El asunto que requiere ser explicado es, por consiguiente, el fenómeno social de la homosexualidad, no lo que al respecto dictaminen los ministros o los jueces o los litigantes. La pregunta es entonces: ¿cómo nos explicamos la realidad de la homosexualidad, esto es, de un fenómeno que para muchos es abiertamente contra natura? No pudo haber surgido así nada más, de la nada. ¿Cuáles son entonces sus condiciones de existencia? Yo creo que podemos apuntar a diversos factores, si bien habría que reconocer de entrada que la lista que aquí pueda uno proporcionar no pretende ser exhaustiva. No obstante, teóricamente yo estaría conforme si los factores que menciono son reales, aunque no sean suficientes. Ahora bien, lo que yo sostengo es que la descripción de ese especial caldo de cultivo cultural que es lo que en principio permite que se den ciertas expresiones de realización humana que eran simplemente impensables en otras épocas es parte de la explicación global que estamos buscando. Tenemos, pues, que inquirir acerca de cuáles son las condiciones de existencia de la homosexualidad, porque entonces estaremos en posición de comprender cómo es que éstas impulsan los cambios de los que somos testigos. Necesitamos entonces construir un marco referencial general dentro del cual se puedan ir acomodando diversas clases de explicaciones causales. Ahora bien, lo que es de primera importancia comprender es que el marco en cuestión es de carácter social, cultural e histórico, no biológico. El que la vida biológica misma se vea afectada por los cambios culturales y cómo lo es sin duda alguna es una cuestión interesante teóricamente, pero lógicamente subordinada a la primera fase de la investigación. En concordancia con lo dicho, yo quisiera pasar a mencionar algunos de los elementos que a mí me parece que son constitutivos del marco dentro del cual se gesta el fenómeno social contemporáneo de la homosexualidad y, por ende, de los matrimonios entre gente del mismo sexo.

Tal vez debamos empezar por traer a la memoria el hecho de que nos estamos ocupando de un fenómeno social que, más que meramente condenable desde todos puntos de vista (moral, estético, religioso, práctico, etc.), habría resultado simplemente impensable no sólo durante la Edad de Piedra, en la Antigüedad clásica, en la época de los aztecas y en general en las culturas indígenas precolombinas, durante la Edad Media europea, en China, en Egipto, etc., sino prácticamente en todo el planeta a lo largo de la historia de la humanidad. La pregunta inquietante y que es menester plantearse es, por lo tanto, la siguiente: ¿a qué se debe, cómo explicarnos el surgimiento de un fenómeno humano históricamente nuevo como lo es el de la homosexualidad a nivel masivo y que culmina en una drástica transformación de la superestructura de la sociedad (en especial de la legal, mas no únicamente)? De seguro que tiene que haber una respuesta a esta inquietud. En mi opinión, hay que considerar por lo menos los siguientes factores:

a) Individualismo y derechos humanos. Sin duda uno de los elementos que más contribuyeron al florecimiento del fenómeno social de la homosexualidad fue la paulatina implantación a nivel mundial de la cultura de los derechos humanos, la cual puede ser vista como una faceta del auge del individualismo a ultranza. En efecto, a partir sobre todo del fin de la Segunda Guerra Mundial, de las profundas transformaciones que dicho suceso acarreó y en estrecha conexión con la “Guerra Fría”, entramos en una etapa de reivindicaciones individuales frente al Estado como no se había visto antes. Se empieza a hablar abiertamente de derechos de grupos humanos hasta entonces reprimidos o nulificados (mujeres, niños, etc.) y a exaltar todo lo concerniente a la individualidad de la persona en detrimento de lo que tiene que ver con las relaciones del individuo con los demás (padres, maestros, vecinos, etc.). En la perspectiva contemporánea queda claro que el individuo tiene derecho a desarrollarse en todas las direcciones posibles, en relación con todas las facetas de su existencia y eso naturalmente atañe también a su vida sexual. O sea, un cambio político le abrió al individuo la posibilidad de materializar sus potencialidades de vida sexual en la dirección que él elija y quiera, sin restricción alguna (mientras no afecte a otros, etc.). Así como los padres perdieron el derecho de castigar físicamente a sus hijos, perdieron también el derecho de inmiscuirse en su orientación y desarrollo sexuales. Poco a poco todo en esta área se fue volviendo legítimo el cambio de orientación sexual de manera que ahora se pueden materializar las potencialidades sexuales del individuo como a éste le convenga y plazca, puesto que esta faceta de su existencia cae en el dominio de la vida individual, de la vida privada con la cual puede hacer lo que quiera y crea que más le conviene. Yo no sé si eso está bien o si es criticable, pero lo que sí sé es que constituyó de hecho una nueva mentalidad, una mentalidad que ciertamente no existía no digamos en tiempos pretéritos, sino hace dos generaciones. Es, pues, sobre la base de una nueva concepción política del individuo (una concepción en la que el individuo es considerado como una unidad autónoma, independiente, valiosa, etc., en sí misma) que puede en principio desarrollarse una nueva forma de vida sexual y, naturalmente, una vez desarrollada esa nueva forma tarde o temprano se requerirá la sanción legal que los gobiernos entonces imponen. Así, pues, la primera condición sine qua non para el surgimiento y expansión de la homosexualidad a nivel masivo es un cambio político.

b) La liberación de la mujer. Es un hecho que con la incorporación masiva de las mujeres en los procesos de trabajo (lo cual acarreó dinero propio, deseos personales de superación, independencia frente al hombre, etc.), el hombre perdió derechos, prioridades y prerrogativas a las que se aferraba, muchas de ellas ciertamente injustas y desproporcionadas, ventajas que lo ponían en una situación de superioridad injustificada frente a la mujer y que no tenía otra explicación que la dependencia económica de esta última frente al hombre. El cambio del status laboral de la mujer alentó el re-equilibrio entre el hombre y la mujer, pero es obvio que este re-equilibrio tenía que tener consecuencias. De éstas hay muchas, pero una que pocos han notado son los efectos de todos estos cambios en los hombres. Lo que hay que entender es que la independización de la mujer acarreó la auto-devaluación de muchos hombres vis à vis las mujeres. Muchos hombres, en efecto, sencillamente no resistieron el impacto de la pérdida de derechos, de la incorporación de la mujer en la vida social pública, de las relaciones al tú por tú, y muchos reaccionaron en forma timorata y debilitante frente a mujeres audaces, decididas, que sabían lo que querían etc., y eso los alejó de la mujer qua mujer. Francamente, no creo que se pueda razonablemente negar que el factor “miedo masculino” operó con fuerza en favor del surgimiento y del florecimiento de la homosexualidad.

c) Hartazgo de las guerras. Europa, todos lo sabemos, ha sido siempre un continente de guerra. Los europeos, tan creativos y tan cultos, no han dejado de guerrear con los pueblos de otros continentes y entre ellos mismos desde que ocuparon el continente. En la actualidad está el conflicto de Ucrania, pero antes se produjo la destrucción de Yugoeslavia, hubo dos guerras mundiales y si seguimos enumerando conflictos bélicos europeos tendremos que llegar a los Neanderthales para detenernos. En general, yo diría que los jóvenes del primer mundo están hartos del eterno, del insaciable militarismo de sus gobiernos sólo que este militarismo es asociado, consciente o inconscientemente, correcta o incorrectamente, con la masculinidad, con la virilidad. El repudio del militarismo reviste entonces la forma de repudio de lo masculino y de reorientación hacia lo femenino, lo cual abarca múltiples aspectos de la vida privada, entre ellos la vida sexual. Así, pues, el anti-militarismo es como un catalizador en el surgimiento del homosexualismo como fenómeno masivo o social.

4) Hollywood. Es evidente que el cine se ha constituido como la fuerza “educativa” colectiva más poderosa en el planeta. No hay nadie en el mundo que lea tantos libros como ve películas y no hay nadie en el mundo que no vea películas. Ahora bien, si se ven películas con lo que se entra en contacto es con Hollywood. De ahí que si algo ha moldeado la mentalidad occidental ese algo es el poderosísimo centro de creación de estereotipos, de promoción de valores (morales, estéticos, políticos, religiosos, etc.), de educación espiritual colectiva, que es Hollywood. No hay ministerio de educación en el mundo que se le compare en poder y en influencia. La presencia de Hollywood se hace sentir en prácticamente todo el mundo pero, naturalmente, sobre todo en el occidental y Hollywood, a través de sus programas televisivos, sus películas, sus premios, sus héroes y heroínas, etc., (emulado en todas partes y patéticamente por empresas como Televisa, en donde se remplaza el humor o la eficacia por la vulgaridad y la estupidez) promueve abiertamente las relaciones homosexuales. El problema es que Hollywood no sólo influye en las mentes de niños, de hombres, de mujeres, de adultos, de gobernantes, de militares, de delincuentes, etc., sino que las conforma. Yo en lo personal pondría a Hollywood como la fuerza espiritual actual más importante en la promoción sistemática de la homosexualidad. Ahora bien, por qué los mandamases hollywoodenses están tan interesados en promover la transmutación de los valores tradicionales, por qué se promueven cambios hasta en el nivel del instinto, por qué se intenta destruir instituciones basadas en éstos (como la idea tradicional de familia), todo eso es algo sobre lo que podemos y debemos meditar, pero no es este el momento de hacerlo. Desde luego que hay en todo esto intereses ocultos, prácticamente imposibles de discernir, y siniestros, pero no es este nuestro tema y por lo tanto no ahondaré en ello.

En resumen: una utilización peculiar de la idea de derechos humanos, la liberación de la mujer, el antimilitarismo y el imperio de los mass-media (con Hollywood a la cabeza y como emblema) son algunos elementos importantes sólo sobre la base de los cuales el surgimiento de la homosexualidad como fenómeno social se vuelve en principio comprensible. Dichos factores, como es obvio, no tienen absolutamente nada que ver con la biología, lo cual no obsta para que contribuyen a explicarnos la génesis y el triunfo de la homosexualidad. Lo importante es entender que estos factores funcionando de manera conjunta constituyen una corriente cultural que se impone y que es tan fuerte que de hecho barre con la oposición. Hay un sentido en el que condenar públicamente la homosexualidad, atreverse a afirmar en público que uno por nada del mundo quisiera que sus hijos o sus nietos fueran homosexuales, manifestar repulsión por ella, etc., es conducirse torpemente, porque equivale a hacer declaraciones en el contexto más inapropiado posible, puesto que todo habla en favor de ella: la idea de derechos humanos, el repudio del “machismo” (signifique lo que signifique esta palabra, pero en todo caso permitiendo la fácil identificación de la vida varonil y la masculinidad con algo que todos condenamos, generando así una muy útil definición persuasiva), el inmenso poder del cine y la televisión, etc., y ahora las leyes. Cuando se tiene claro el panorama se entiende mejor por qué no ha habido y muy probablemente no habrá una discusión real sobre el tema de la homosexualidad y su sub-producto, el de los matrimonios homosexuales (y ya viene otro, más delicado todavía, que es el de la adopción, pero podemos estar seguros de cuáles serán las resoluciones que se tomen; yo estaría dispuesto a apostar al respecto). Queda claro que la sociedad mexicana actual no es suficientemente auto-crítica. Tenemos, pues, que contentarnos con señalar que es sólo con este turbio trasfondo de transformación cultural, en una atmósfera de prohibición de discusión abierta, como se toman medidas de suma importancia para el futuro del país y de las generaciones por venir en nuestra inefable Suprema Corte de Justicia.

 

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