Violencia de Géneros

Tal vez lo primero que habría que hacer para enfrentar con un mínimo de objetividad un tema tan espinoso y resbaladizo como lo es el de la violencia de género – un tema que por concernir a asuntos caros a los seres humanos muy fácilmente logra que la razón se extravíe y se convierta en lo que quería el filósofo escocés David Hume, a saber, en la esclava de las pasiones – sea hacer un veloz recordatorio de un mosaico de hechos del que en general todos de uno u otro modo tenemos conocimiento, pero rara vez una visión completa. El tema es en sí mismo interesante, entre otras razones porque podemos estar seguros de que, al tratarse de cuestiones de importancia álgida para la gente, habrá un estrato en la discusión reservado (legítimamente, en mi opinión) para la expresión de la subjetividad y por lo tanto es altamente improbable que pueda haber un acuerdo generalizado y que sobre la base de los mismos datos y hechos aceptados por todas las personas que reflexionen sobre ellas extraigan conclusiones que nadie más comparta. Esta posibilidad, sin embargo, no debe disuadirnos de plantear el tema, intentado hacerlo de la manera más objetiva posible y sin olvidar que, dado que somos seres humanos, tomamos parte en la discusión desde una plataforma particular, dato válido para todos y que sería fútil pretender ignorar. Dicho de otro modo, no se encontrará para el tratamiento de temas como el que nos ocupa la objetividad propia de un laboratorio de física y quien pretenda lo contrario muy probablemente estará conscientemente mintiéndole tanto a los demás como a sí mismo. Y para evitar ambigüedades, debo quizá advertir desde ahora que para la redacción de estas líneas voy a reconocer como géneros sólo el masculino y el femenino. Sobre lo transgenérico me pronunciaré en otro artículo cuando aborde el tema, pero por razones metodológicas no me ocupo de él en estas líneas.

Me parece entonces que lo aconsejable es partir de verdades obvias, por no decir triviales, y a partir de ellas desarrollar nuestro punto de vista. Así, pues, yo creo que lo primero que habría que reconocer es que la confrontación y la violencia entre géneros es un hecho tan antiguo como la existencia de los seres humanos. Es una modalidad de forma de ser de los humanos que siempre la ha habido. Obviamente, ésta se ha ejercido recurriendo a las “armas” disponibles respectivamente al alcance de los hombres y de las mujeres. Dada la estructura natural de los cuerpos, que no nos alimentamos del aire sino que hay que ir a buscar la comida, que los miembros de la raza humana buscan reproducirse y que este fenómeno natural es un proceso con determinadas características, que tiene sus tiempos, etc., el peso de la vida, por así decirlo, tenía que recaer sobre quien fuera físicamente más fuerte. De manera “natural”, por lo tanto, tenía que haber una nítida división del trabajo que en más de un sentido no era opcional. Lo hubiera sido si, por ejemplo, tanto los hombres como las mujeres dieran a luz, pero como ello está cancelado por la naturaleza, todo el proceso de procreación se tenía que enmarcar dentro de ciertas reglas y comportamientos. Para lo que a nosotros interesa, sin embargo, lo importante es entender que es impensable que la fuerza masculina fuera un poder que sólo se aplicara en la cacería o en el trabajo. Se trata más bien una capacidad susceptible de ser utilizada en todo momento. Es muy importante observar que a partir de la superioridad física del hombre se fue gestando una situación de fundamental importancia, a saber, la dependencia económica de las mujeres. En esto no interviene ninguna clase de verdad subjetiva: el ser humano fuerte trabaja y al trabajar recibe un salario del cual depende el ser humano físicamente menos fuerte. No hay ningún misterio al respecto.

La realidad de la fuerza física y de la preponderancia económica alienta una posibilidad inscrita en todo ser humano y que sin duda fascina, por decirlo de alguna manera, al 99 % de la raza humana, hombres y mujeres, a saber, el dominio y control sobre las personas del entorno y de más allá si ello resulta factible. Pero aquí debemos introducir un elemento de re-equilibrio, porque si bien es cierto que la fuerza física es preponderante, también lo es que no es la única y que a los humanos si bien les gusta el conflicto y la manipulación, también los motivan otros deseos y otras aspiraciones. Es eso lo que permite que la mujer responda con los elementos, tanto naturales como sociales, de los que ella dispone. Éstos pueden ser sumamente efectivos y tanto la historia como la vida cotidiana lo ponen de manifiesto, si bien sigue siendo cierto que en última instancia la fuerza bruta se impone. Esto se puede constatar sin mayores dificultades más allá del conflicto “hombre-mujer”.

Dada la desventaja física inicial del género femenino frente al masculino, la naturaleza y la sociedad tenían que proporcionar elementos compensatorios. Es cierto que la lucha por la sobrevivencia y el triunfo se tenía que dar en el marco de lo fijado por la superioridad física, pero dentro de dicho marco las “armas” de la mujer podían ser igualmente efectivas y temibles. Nada más común que ver a un sujeto de dos metros y de bíceps crecidos llorar como niño y arrastrarse cuando la mujer que ama lo desdeña o prefiere a otro para reproducirse con él. La moraleja es que la fuerza bruta puede ser neutralizada y se hace de manera natural, porque la naturaleza proporciona los elementos para que se dé y se sostenga un equilibrio básico entre los dos géneros. Si no lo hubiera, lo más probable es que la vida humana ya se habría acabado. ¿Podemos apuntar a algunas de las “armas” propias del género femenino en el contexto de la confrontación con el hombre y en el marco de la vida social más o menos estable? Yo creo que sí. Se trata de “armas” que son, por así decirlo, olfateadas por todos y en todas las culturas, sólo que cuando la gente que las percibe intenta enunciarlas lo más que produce son generalizaciones vagas, verdades a medias, prejuicios sistematizados y cosas por el estilo. Así, por ejemplo, a lo largo de los siglos la mujer fue desarrollando una resistencia psíquica peculiar, puliendo sus técnicas de conquista y seducción, aprendió a convertirse en objeto de deseo y por lo tanto a manipular a quien la desea, etc. La cultura entró en juego y fue sancionando dicho estado de cosas a través de, por ejemplo, la literatura y el cine, de manera que quedaron establecidos de manera oficial los roles sociales a jugar para los miembros de los dos géneros. Es así como se crean los estereotipos, los modelos, los esquemas a través de los cuales fluye la vida humana y como surge la idea misma de felicidad. Para millones de personas, ser feliz no es otra cosa que vivir en concordancia con los esquemas histórica y culturalmente establecidos de su época.

Ahora bien, los esquemas y los estereotipos a los que hemos aludido se van arraigando y conforman lo que podríamos llamar ‘tradiciones’. Es probable que haya un momento en la historia en la que el modo como la sociedad se reproduce coincida plenamente con los esquemas culturales prevalecientes, pero las más de las veces hay discordancias: los modos de producir y de repartir los bienes, las mercancías, la riqueza van cambiando, pero los esquemas están estacionados, no se van modificando a la misma velocidad. Eso se puede ver muy fácilmente con los conflictos generacionales: los muchachos viven en condiciones que ya no son estrictamente hablando las mismas que las de sus progenitores y entonces se producen choques entre ellos. Por ejemplo en México, dado el modo medieval de vivir de millones de personas hasta hace algunas décadas, era parte de las tradiciones besarle la mano a los padres o que las esposas les pusieran las pantuflas a los maridos cuando llegaban a la casa. Ahora no hay condiciones para conductas así. Tan quedaron rebasadas que ni siquiera son atractivas, pero hay que entender que todo ello tenía un fundamento objetivo, que correspondían al rol social (económico, de seguridad, etc.) del hombre en la casa (un rol que ya muchos hombres no juegan) y la verdad es que, aunque había inconformidades (porque por si fuera poco, nunca faltan los abusivos), en general no se le cuestionaba. Lo menos que se podían imaginar los hombres de hace 60 años es que esa situación cambiaría y que lo haría de manera radical.

No creo que pueda cuestionarse la idea de que la raíz de la transformación en las relaciones hombre-mujer se produjo con el desarrollo del capitalismo y el requerimiento de mano de obra masiva para mantener e incrementar los niveles de producción de mercancías de toda especie. Con el trabajo de las mujeres vinieron los ingresos y con ello poco a poco el reforzamiento paulatino de un marco legal en el que la faceta “productor-trabajador” tiene prioridad sobre la faceta biológica de las personas y todo ello desembocó en la independización de la mujer vis à vis el hombre. Lo que no era fácil de percibir eran las consecuencias a mediano y largo plazo de estos cambios en los fundamentos de la vida social, esto es, las repercusiones en los sistemas de relaciones humanas y en particular en el de las relaciones “hombre-mujer”. Pero era adivinable que cambios tan fundamentales como esos tenían que traer consecuencias sorprendentes, puesto que a mayor legalidad menor uso de la fuerza y ahora es una realidad el que, con muchas imperfecciones, asimetrías, desbalances y demás, de todos modos hombre y mujer están, para decirlo coloquialmente, “al tú por tú”. Yo creo que podemos preguntar: ¿qué queda de la violencia de género?

Para empezar, no perdamos de vista que lo que tenemos ahora es un conflicto entre modos de vida o modos de reproducción de la vida social, tradiciones que no desaparecen y que difícilmente podrían hacerlo del todo y nuevos esquemas y estereotipos sociales. Es de imaginar que tarde o temprano habrá ajustes entre estos factores, pero que por el momento lo que generan es una crisis. A mí me parece que la evolución del feminismo es un buen termómetro para visualizar la situación actual. Se puede defender la idea de que el feminismo pasó de reivindicatorio de derechos de la mujer, lo cual era indispensable para que la nueva sociedad funcionara, a ser un movimiento cada vez más anti-masculino y eso ya no tiene por qué ser aceptable. Que la mujer proteste y se rebele frente a un yugo históricamente rebasado me parece inobjetable, pero que se le convierta en un instrumento del eterno conflicto entre hombre y mujer ya no resulta aceptable. El problema con movimientos como el feminista es que, por un lado, están histórica y culturalmente condicionados pero, por el otro, muy fácilmente pueden “desvirtuarse”. Puede argumentarse por ello que el feminismo ya cumplió su rol histórico, pero entonces ya es hora de que ceda el lugar a otras propuestas, a propuestas conciliatorias y constructivas y no meramente reivindicatorias y destructivas. En nuestra sociedad actual, pretender rechazar la igualdad esencial entre hombre y mujer en lo que a roles sociales concierne es simplemente hacer el ridículo. No conozco a nadie sensato que se oponga (ni siquiera “teóricamente”, no digamos “en la práctica”) a la situación de autonomía e independencia de la mujer y la verdad es que ni siquiera logro imaginar qué clase de argumentos no fácilmente desbaratables podría ofrecer alguien que postulara un regreso a situaciones pasadas (hablo de todo lo que usualmente está implicado en las relaciones entre hombres y mujeres: posesión, virginidad, fidelidad, matrimonio, etc.). El problema es que el asunto no termina ahí. Las transiciones culturales tienen consecuencias que hay que aprender a extraer, so pena de no comprender en qué mundo se vive. En relación con los cambios operados creo que hay que señalar dos puntos importantes.

El primero es que independientemente de los momentos históricos por los que se pase, la confrontación “hombre-mujer” va a seguir sólo que ahora las condiciones se invirtieron: la mujer disfruta de sus “eternas” armas y además de la nueva cultura y de la nueva legalidad que sin duda alguna la benefician. Esto último es sumamente laudable en la medida en que es un freno para la preponderancia secular del hombre. Todos entendemos que la perspectiva prevaleciente en la cultura ya no es de carácter biológico, sino económico y en este terreno el sexo de las personas es irrelevante. Pero ¿hasta dónde va a llegar lo que en un momento fue un movimiento de defensa de la mujer? Parecería que lo que hay ahora es (por lo menos en las mentes de muchas personas) un movimiento de venganza de la mujer. La agresión ahora va a menudo en otro sentido. Ahora es de lo más común que una mujer le quite los hijos a un sujeto, que se descuente de su sueldo sin siquiera consultarlo, que se le acuse penalmente por toda una gama de conductas supuestamente agresivas (algunas de ellas francamente ridículas), etc. Aquí hay un problema serio, porque muy fácilmente transita de una situación de injusticia a otra también de injusticia.

Relacionado con lo anterior está el segundo punto que quería mencionar, de importancia vital en mi opinión, y que tiene que ver con la reacción masculina frente a lo que muchos hombres viven como agresión femenina. Esto es muy importante, porque lo más probable es que tenga repercusiones negativas para la mujer. ¿Cuál ha sido la reacción del hombre frente a los cambios y qué podría razonablemente proyectarse que será su evolución? Hay multitud de fenómenos asociados de muy diverso modo (aunque no como mera relación simple de causa-efecto) y que están a la vista. Para empezar, hay una marcada tendencia por parte de los hombres a no casarse. Si eso era algo que la mujer quería lograr en las nuevas condiciones es probable que no lo obtenga. También la forma “clásica” del matrimonio (unión para toda la vida, etc., etc.) parece cosa del pasado. El incremento en la homosexualidad también tiene que ver con el sentimiento de derrota del hombre actual frente a la mujer de nuestros días. Hay muchos hombres que sencillamente no resisten el impacto de un cambio y buscan refugio en algo diferente. El multi-divorcio está a la orden del día, con la consabida banalización de lo que era el lazo socialmente sagrado del matrimonio; el oficio más antiguo del mundo pasó de ser una práctica semi-oculta y un complemento al matrimonio estable (los Rolling Stones, dicho sea de paso, tienen una canción formidable al respecto, de los años 60, que se llama ‘Back Street Girl’ y que expresa muy bien – artísticamente – en unas cuantas frases esta situación) a ser una práctica impúdica ejercida a la luz pública, sin ninguna otra función que inducir consumo sexual bestial, conectado además con el crimen organizado y el sufrimiento de millones de mujeres a lo largo y ancho del mundo. No son éstas consecuencias positivas de algo que en su origen ciertamente fue positivo.

Yo creo que debería quedar claro que la violencia, sea quien sea quien la ejerza, debería quedar proscrita, si bien esto es algo que habría que matizar, pero no entraré en el tema aquí y ahora. Lo que es muy importante entender es que se puede ser violento de muy diferentes maneras, no sólo físicamente. La violencia física, básica mas no únicamente masculina, puede ser una mera expresión de mentalidad primitiva, que es lo que pasa en México, y hay que repudiarla, pero puede también ser una reacción frente a una situación en la que el hombre se siente en desventaja, con derechos disminuidos, es decir, agredido genéricamente por una cultura que lo asfixia. Es violencia física contra lo que se resiente como violencia (y que conste que no estoy defendiendo a nadie por actuar violentamente. Lo mío es un diagnóstico social, no un ejercicio de casuística). Esta otra forma de violencia física se extirpa de otro modo que nada más mediante represión y códigos penales. De ahí que una triste conclusión que habría que extraer es no que se logró acabar con la violencia de género, sino más bien que el progreso consistió en que se capacitó a ambos géneros para agredirse de aquí en adelante cada vez más en un plano de igualdad.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *