La “Perspectiva de Género”

Pocas cosas pueden resultar tan estimulantes como entrar en controversia con dogmas aparentemente bien establecidos, que todo mundo da por supuesto que son de aceptación universal, ideas con las que se trafica libremente porque (se nos quiere hacer pensar) son evidentes de suyo y que sería insensato poner en cuestión. La verdad es que de entrada siempre resultan sospechosas las tesis y convicciones que son presentadas por sus adeptos como verdades últimas, transparentes e incuestionables, pues de inmediato nos colocan ante una cierta situación un tanto paradójica: si efectivamente credos así son tan novedosos: ¿por qué habría tardado tanto la humanidad en llegar a ellos, en formularlos, en aprehender su luminosa verdad? Pero ¿podríamos acaso dar un ejemplo de dogma así? Me parece que no tenemos que ir muy lejos para encontrarlo. Un ejemplo paradigmático de esa clase de instrumentos ideológicos es lo que se conoce como ‘perspectiva de género’, una noción de fácil y muy cómoda utilización, como lo pone de manifiesto el hecho de que no hay político, demagogo, funcionario o líder que no la adopte para adornar su programa, su discurso o su persona. De entrada esto huele mal, es decir, presenta todas las apariencias de una noción de naturaleza esencialmente anti-científica, de uso declaradamente “politiquero” y, contrariamente a lo que suponen quienes de buena fe la hacen suya, sumamente dañina. Como el lector sin duda admitirá, se trata de una noción que de hecho nadie somete al más mínimo de los escrutinios, al más superficial de los exámenes, puesto que precisamente parte de su potencia consiste en que por medio de ella se intimida a quien quisiera elevar dudas concernientes a su legitimidad. Por mi parte quisiera, aunque sea en unas cuantas líneas, someterla a un análisis, el cual será sin duda incompleto, de su contenido y de algunas de las consecuencias de su adopción.

La idea de que hay tal cosa como una “perspectiva de género” es la idea de un proyecto o programa en el que dicha noción constituye la plataforma fundamental para el estudio de multitud de temas de carácter social, político, psicológico, histórico, cultural, para lo cual se toma como punto de partida la distinción “hombre/mujer”, una distinción que eventualmente podría ramificarse. La adopción seria de esta “perspectiva” implicaría una nueva forma de encarar toda clase de sucesos y de procesos, es decir, acarrearía consigo una nueva forma de pensar y de dar cuenta de la realidad social. En breve veremos ejemplos de su aplicación, pero no quiero pasar a escudriñar la noción sin antes señalar que es altamente probable que, dadas las consecuencias que acarrea dicha perspectiva, sus partidarios de buena fe no estén del todo conscientes de lo que en realidad están defendiendo.

La idea de perspectiva de género se ha hecho presente en multitud de áreas de la vida cotidiana y una de primera importancia es el área del delito. Para los defensores del sentido común, que es con lo que la perspectiva de género automáticamente choca, si se produce un asesinato lo que se tiene que realizar es una investigación policíaca, en el sentido estricto de la expresión. ¿Qué quiere decir eso? Que se tienen que aplicar las técnicas de investigación policíaca para la elucidación del caso: recopilación de datos (huellas digitales, cabellos, muestras de sangre, de semen, etc.), búsqueda de videos, confrontación de testigos o testimonios de diversa índole, estudio de antecedentes, de potenciales beneficiarios, etc., etc. Pero ahora preguntémonos: ¿tiene en principio alguna importancia para la investigación policíaca el que la víctima sea hombre, mujer o lo que se quiera?¿Podría ello en principio alterar el curso de la investigación? La respuesta brota espontáneamente: no! Lo que cándidamente la gente tendería a pensar es que el sexo de la víctima es tan relevante para la investigación policiaca como su hígado o el color de sus ojos. Pero desde la perspectiva de género no es así y estaría faltando sistemáticamente el factor “género”. ¿No fue justamente para colmar ese hueco que se introdujo en nuestro vocabulario el término ‘feminicidio’? Dejando de lado la cuestión de si esa palabra no es más bien un barbarismo y si éste es superfluo o no, lo que sí tenemos derecho a exigir es una respuesta a la pregunta: ¿en qué concretamente contribuye la perspectiva de género a la investigación policiaca?¿Cómo la enriquece? Aparte de la gratificación verbal que genera en algunas personas el que se hable de “feminicidio” para no tener que recurrir al término ‘homicidio’ y dejando de lado la aportación lingüística: ¿con qué contribuye la “perspectiva de género” al trabajo de la policía? Seamos francos: lo más que puede hacer es desviar la investigación, entorpecerla, por la sencilla razón de que al trabajo policiaco, que es básicamente de carácter empírico, se le está añadiendo una premisa enteramente a priori, es decir, una afirmación que es totalmente independiente por completo de la experiencia, con lo cual lo único que logra es desorientar a los investigadores. Es absolutamente ridículo pensar que frente a un asesinato (espero que no se nos quiera obligar a decir ‘asesinata’) la policía tenga que funcionar de dos maneras distintas según el sexo de las víctimas. La investigación policiaca tiene que realizarse lógicamente sobre la base de datos empíricamente recopilados y no dejarse guiar por principios ideológicos y mucho menos por superficiales consideraciones de sexo.

¿Cuál es la falacia en el razonamiento genérico, esto es, en el que hace del género un factor determinante en todos los dominios en los que en principio se le puede emplear?¿Cuál es su premisa oculta? Me parece que ésta es relativamente fácil de detectar: es simplemente la creencia de que la distinción “hombre/mujer” es conceptual y cognitivamente fundamental, es decir, que dicha distinción es no sólo primordial, sino que es con ella que lógicamente arrancan nuestros razonamientos. El problema es que eso es palpablemente falso. La noción fundamental es obviamente la de ser humano o persona y hay una forma bastante fácil de demostrar que ello es así: partiendo de la noción de ser humano podemos construir las de ser humano masculino y ser humano femenino, en tanto que las nociones de hombre y mujer presuponen ya a la de ser humano (o persona). El enfoque de género, por lo tanto, no puede tener prioridad sobre el enfoque de especie. Ser hombre o ser mujer es algo que está implícito en la noción de persona. Por lo tanto, enfatizar el género al hablar de las personas es ser innecesariamente redundante. Para el lenguaje natural y el sentido común, por lo tanto, el enfoque de género es perfectamente ocioso. De hecho, lo mismo podríamos decir del enfoque en cuestión en relación con el trabajo científico. Tiene tanto sentido hablar de perspectiva de género en biología como hablar de ciencia proletaria o de matemáticas femeninas. Pero si ni la ciencia ni el sentido común son los contextos apropiados para el uso de la perspectiva de género ¿cuál es entonces su contexto natural?¿Hay alguno en el que sí encaje?

Antes de responder a esta pregunta quisiera intentar mostrar algunas consecuencias abiertamente negativas del enfoque que nos ocupa. Preguntémonos: ¿quiénes de manera natural hacen suya dicha perspectiva? Ciertamente no las mujeres de la aristocracia, las mujeres del jet set, para las cuales un enfoque así es claramente contraproducente y ridículo. Pero ¿lo adoptan entonces las campesinas o las mujeres que trabajan en fábricas y maquiladoras? Para mujeres así, el enfoque de género es pura y llanamente inútil y hasta nocivo. ¿Quiénes son entonces quienes activamente están en la raíz del movimiento de género? Básicamente mujeres de clase media, maestras, mujeres pletóricas de aspiraciones que van desde objetivos sensatos hasta posiciones de megalomanía delirante, mujeres que han ganado espacios en los ámbitos culturales y educativos y que ahora incursionan abiertamente en el universo de la política. En este punto hay que ser sumamente cuidadosos, porque tenemos que decir en voz alta una y otra vez que no estamos en contra de las reivindicaciones justas de tales o cuales grupos humanos, sino de su engañoso revestimiento ideológico. Precisamente por su origen “clasemediero”, el enfoque de género tiene obvias consecuencias ideológicas y políticas negativas, puesto que sirve para empañar u ocultar el verdadero conflicto social, esto es, la lucha de clases. Es evidente que una trabajadora de una fábrica de hilados y tejidos tiene mucho más en común con un obrero que con la hija de un banquero (o de un sindicalista exitoso), con la cual sólo comparte la anatomía y la fisiología sólo que, y este es el punto importante, la anatomía y la fisiología no son susceptibles de generar un movimiento político, en tanto que la ideología vinculada a los intereses de clase sí. Se sigue, según mi leal saber y entender, que el enfoque de género sirve para desviar la atención sobre temas que, para las personas que se ubican desfavorablemente frente a los medios de producción y frente al capital, son auténticas nimiedades.

Era de esperarse que, dado el carácter poco científico del enfoque de género, lo que éste promueve no sea prácticamente nunca un debate abierto en el que se intercambian argumentos, sino más bien intercambios de injurias y descalificaciones. Así, el enfoque de género, por ser en su origen tendencioso y parcial, fomenta inevitablemente la gestación de puntos de vista radicalmente tendenciosos y equivocados. Tómese el caso de las mujeres de Juárez, en relación con las cuales precisamente se acuño el término ‘feminicidio’. En los peores años de la crisis de Juárez se llegó a tener algo así como 65 mujeres asesinadas anualmente, una cantidad imperdonable de muertas, muchas de ellas asesinadas por cónyuges, parientes, vecinos, etc., es decir, personas que las conocían. Se inventó entonces el término ‘feminicidio’ fundándose para ello en la ininteligible idea de que en Cd. Juárez mataban mujeres por el mero hecho de ser mujeres! Hasta donde yo sé, el núcleo del problema era un coctel de criminalidad constituido por factores como corrupción ministerial y policiaca, tráfico de personas, prostitución, impunidad, pésima infraestructura, etc. La situación era obviamente de repudio total, sin ambigüedades, pero ¿se le ocurrió siquiera a alguien preguntar si también había hombres asesinados? Esa pregunta hubiera sido útil, porque quien la hubiera hecho se habría enterado de que había un promedio de 6 o 7 hombres por cada mujer, pero hasta donde yo sé al menos a nadie se le ocurrió decir que en Juárez mataban hombres por el mero hecho de ser hombres. Estoy de acuerdo en que una idea así habría sido absurda, pero lo habría sido tanto como lo es cuando se le aplica a mujeres. Más bien habría que tener presente que la idea de “feminicidio” le sirvió a grupos políticos y de intereses particulares para obtener apoyos, financiamientos y demás. Pero, y esto hay que enfatizarlo, no le sirvió para nada a las mujeres que estaban en peligro allá. Esto hasta cierto punto confirma lo que he estado insinuando, a saber, que la motivación de la noción de perspectiva de género es básicamente de orden grupal y político, en el sentido más amplio posible de la expresión.

Si no somos cuidadosos, podemos fácilmente confundir dos cosas. Están, por una parte, las reivindicaciones perfectamente justificables de ciertos grupos humanos que son tratados (por la cultura, por las leyes, por la historia, etc.) injustamente y en contra de las cuales no tenemos absolutamente nada y, por la otra, las pretensiones de ciertos grupúsculos de personas que enarbolan banderas y causas que presentan como de valor universal, tratando de imponer una cierta terminología y propuestas que son abiertamente ridículas porque a final de cuentas no pasan de ser meramente cuantitativas y puramente formales. Por ejemplo, que hablemos del Senado, de la Suprema Corte, de la Junta de Gobierno de la UNAM, del Departamento de Tránsito, etc., es decir, de lo que queramos, los partidarios de la perspectiva de género no saben hacer otra cosa que pedir 50 % de participación de mujeres. Con eso al parecer están satisfechos. Pero ese éxito se logra en detrimento de la preparación, la formación, las habilidades y aptitudes de los miembros del grupo de que se trate: lo único que importa es que haya “mitad y mitad”. Eso es claramente un descarado uso de un enfoque tendencioso transformado en instrumento en la lucha por el avance de posicionamientos, obtención de beneficios, triunfos gremiales y cosas por el estilo. Todo eso en última instancia puede ser legítimo, pero lo que resulta detestable e inaceptable es la maniobra que presenta como objetiva una propuesta que es de carácter netamente anti-científico y al servicio de intereses de grupo. Lo peor del caso es que hasta sus adversarios naturales han caído en el garlito y proclaman a diestra y siniestra el cuento de hadas de la perspectiva de género.

Salta a la vista que la dicotomía inicial básica del enfoque de género es completamente arbitraria. Con igual justicia podemos hablar de perspectiva de edades (dividiendo a la población en niños hasta de 10 años y el resto), de perspectiva de apetitos (clasificando a la humanidad en tragones y sobrios), de perspectiva de color de piel, de virtudes y vicios, etc., etc. Se pueden trazar las distinciones que se quiera, pero lo importante es: ¿cómo se les fundamenta y qué se gana con ellas? El caso de la perspectiva de género es curioso porque parecería ser, aparte de gratuito, contraproducente, por el simple hecho de que es un instrumento que muy fácilmente podría ser adoptado por el otro género. ¿Dejaría por ello de ser eo ipso “enfoque de género”?¿Qué pasaría si de pronto apareciera un líder que hiciera suyo el lema:

                                            Miembros del Género Masculino del Mundo

                                                                    Uníos!?

1 Comment

  1. Necesario el saneamiento conceptual de este término.
    La alerta de género no se emite porque haya muchas o pocas mujeres asesinadas en comparación al número de asesinatos de hombres, sino por el móvil de los asesinatos. Se enciende la alerta cuando se matan mujeres por cuestiones relativas a la percepción cultural del papel de la mujer (vulnerabilidad, cosificación, debilidad, inferioridad, etc.). Ese es el punto, no el número comparado con el de los hombres. Cuando los hombres se asesinan entre sí usualmente los móviles no tienen mucho que ver con su género: no se matan por que sean varones, sino por otro tipo de razones: ajustes de cuentas, rencillas, derecho de piso, etc. La alerta de género es un avance porque visibiliza la discriminación sistemática a una minoría. Las otras minorías también deben ser visibilizadas, pero ello no implica que la Alerta de Género sea fútil o hay que minorizar el avance que implica. Yo también pienso que hace falta algo más que la Alerta de Género. Una política más decidida no solo con respecto a la violencia contra las mujeres, sino contra todas las minorías vulnerables. Me gustó mucho el artículo

    Saludos, estimadísimo Doctor!

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