Mariguana: algunos pros y contras

En estos días, los sibilinos intérpretes oficiales de la Constitución, esto es, los miembros de la Suprema Corte de Justicia, parecen estar hundidos en un profundo océano de pensamiento y deliberación: tienen como misión  determinar si el “uso lúdico” de la cannabis es o no contrario a la Constitución, que es el marco normativo supremo del país. Dado que la palabra ‘mariguana’ no aparece en el texto constitucional, lo que se tiene que determinar es si el uso libre de la mariguana entra en conflicto o no con lo implicado por los artículos constitucionales. Podemos, por consiguiente, estar seguros de antemano de que el veredicto será controvertible. Es obvio que en ningún caso la interpretación por parte de los miembros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación será la conclusión de una deducción formalmente válida: o faltarán premisas o se incluirán premisas que se contraponen a otras o bien se aplicarán de manera dudosa ciertas reglas de inferencia o se aplicarán reglas de inferencia cuestionables. De lo que podemos estar seguros es de que nadie quedará satisfecho con el veredicto. Por consiguiente, nosotros podemos razonar libremente, puesto que lo que podamos afirmar sobre el tema podría ser usado tanto por los partidarios del “uso lúdico” de la mariguana como por sus oponentes.

Desde mi perspectiva, el modo como se ha venido planteando el asunto es de entrada tendencioso y tramposo. Se habla a diestra y siniestra, por ejemplo, del ‘uso lúdico de la mariguana’, pero eso no pasa de ser una formulación ridícula, porque ¿qué se podría querer decir con eso? Intentemos aclarar la idea. Por lo pronto, un primer contraste que habría que señalar se daría entre ‘uso lúdico’ y ‘uso medicinal’ de la mariguana. Se supone que no son lo mismo. ‘Lúdico’ tiene que ver con “juego”. Por lo tanto, ‘uso lúdico de la mariguana’ quiere decir algo como ‘uso de la mariguana para entretenimiento o diversión o por mera búsqueda de placer por parte de la persona que la consuma’. En otras palabras, cuando alguien se ampara a fin de que se le permita hacer un “uso lúdico” de la mariguana lo que está pidiendo es pura y llanamente que no sea ilegal que use mariguana como y cuando a él o a ella se le antoje. Así, en lugar de ‘lúdico’ realmente lo que se quiere decir es ‘individual’: la controversia constitucional, por lo tanto, tiene que ver con la pretensión de volver legal el uso de la mariguana. Ese es el punto importante. ‘Lúdico’ aquí es perfectamente redundante. ‘Uso lúdico de la mariguana’, estrictamente hablando, quiere sencillamente decir ‘uso personal libre e irrestricto de la mariguana’. Lo que con ‘lúdico’ se hace es engañar a los hablantes. Podríamos con el mismo derecho hablar del ‘uso lúdico de la morfina’, ‘uso lúdico de las pistolas’ y así indefinidamente. Quien habla de “uso lúdico” o es semi-tarado o es deliberadamente tendencioso en su enfoque. No hay de otra. Por consiguiente, el problema se puede plantear de manera más cruda, simple y comprensible como sigue: ¿debe el Estado mexicano permitir la venta y el consumo individual de la mariguana en el territorio nacional? Todo lo que tenga que ver con “lúdico”, “fantasioso”, “imaginativo”, etc., etc., es simplemente una cortina de humo para no plantear la cuestión en forma clara y de manera escueta.

Como dije, el enfoque del tema en estos días de entrada es equivocado por la simple razón de que la Constitución, por my mexicana que sea, no es perfecta. De hecho, se le altera y parcha constantemente mediante “iniciativas” de diversa índole. De ahí que pudiera darse el caso de que los miembros de la SCJN ofrecieran un dictamen que fuera coherente con la Constitución y que, no obstante, fuera errado (nada de eso podría sorprendernos a estas alturas!), o a la inversa. Infiero que no se puede alcanzar la decisión correcta mediante un enfoque puramente formal, confrontando sistemas normativos. En relación con la permisibilidad o no permisibilidad de la mariguana se tienen que hacer consideraciones que van más allá de una mera discusión de congruencia o incongruencia lógica. O sea, en este caso se requieren datos y argumentos, información, aprovechar la experiencia de otros pueblos, etc. Pudiera inclusive darse el caso de que todas las consideraciones apuntaran decididamente en favor de la despenalización de la mariguana, pero que dicha despenalización entrara en conflicto con algún precepto constitucional. Según mi leal saber y entender, lo que entonces habría que hacer sería modificar la Constitución. Esa posibilidad es, hasta donde logro ver, perfectamente legítima.

Abandonemos entonces el terreno del derecho y examinemos el tema mismo. Éste es en verdad sumamente complejo, es decir, está vinculado a otros, entre los cuales destacan problema de salud, tanto individual como colectiva, y problemas de producción y comercialización. ¿Qué se puede decir al respecto?

Lo primero que se tendría que hacer sería ofrecer una evaluación de los daños que causa el consumo de la mariguana. Sus consumidores aseguran con vehemencia que la mariguana no sólo es menos dañina que el alcohol, el cual no está prohibido, sino que de hecho no es dañina. Dicho punto de vista es poco creíble y es más que debatible. Tan simple como esto: no parece plausible sostener que se puede introducir humo a los pulmones, ya sea por madera, por nicotina o por mariguana, y que el organismo no se vea seriamente afectado. La mariguana, por lo tanto, es todo lo que se quiera menos inocua. Lo que no es del todo claro es si a la larga el uso de la mariguana no tiene efectos negativos irreversibles no ya en el sistema respiratorio, sino en el sistema nervioso y en la vida psíquica de la persona. La mariguana ciertamente afecta el sistema nervioso (el funcionamiento normal del cerebro), puesto que sirve para “aplatanar”, “tranquilizar”, “calmar” a quien la consume, pero es altamente probable que quien se haya dado un duchazo de aplatanamiento todos los días durante periodos largos tenga un su sistema nervioso seriamente afectado. Dado que la determinación del daño exige mucho tiempo, hay todavía discusiones acerca de cuán dañino es su consumo, pero nadie en sus cabales negaría que la mariguana afecta tanto la salud física como la psíquica de la persona que recurre a ella. Por si fuera poco, la mariguana acarrea otros males.

Quizá el más obvio de los males causados por el consumo de la mariguana sea la adicción. Quien rebasa el pequeño resquicio reservado a los meramente curiosos, quien empieza a recurrir a la mariguana de manera sistemática posteriormente encuentra muy difícil salir de ella, tanto para sentirse eufórico como para salir momentáneamente de alguna depresión o de algo parecido. Y eso no es todo: sin duda alguna, la mariguana es la mejor vía para la entrada al mundo de los psico-trópicos en general. En la primera etapa de su uso, la mariguana es un juego, refuerza la solidaridad con el grupo de amigos, excita la sensibilidad, etc., sólo que también es la mejor vía para probar otros productos más fuertes que muy fácilmente pueden modificar de manera radical (y no para bien) la vida mental de las personas. Si ello es así, entonces no es factible negar que la mariguana acarrea consigo peligros que no pueden ser ignorados. Ahora bien, podríamos aceptar que así como la eutanasia es en ocasiones la “solución racional” para un problema de salud que no tiene solución (e.g., cáncer en etapa terminal ), el consumo de mariguana es también un asunto de decisión personal, el cual en todo caso afecta sólo a la persona que a ella recurre. El problema es que ello no es así. Un problema muy serio ocasionado por el consumo de mariguana es precisamente que quienes la usan en múltiples ocasiones la usan cuando están frente o junto a otras personas que no quieren consumir mariguana y se ven forzados a hacerlo! La mariguana plantea exactamente el mismo problema que planteaba el tabaco: un fumador bastaba para inundar con humo un salón y con ello de facto forzaba a todos a fumar. Esa posibilidad es algo que no se puede permitir, es decir, los legisladores no pueden simplemente desentenderse de las consecuencias sociales indeseables de una práctica como la del consumo de mariguana. Esto es relevante para potenciales modalidades de despenalización de la hierba.

Hay dos formas de despenalizar la mariguana: convertirla en una mercancía más y, por lo tanto, dejar que su producción y comercialización quede en manos privadas, o convertirla en un producto que legalmente sólo el gobierno maneje, es decir, que la siembra, la cosecha y la distribución caigan totalmente bajo su jurisdicción, de manera que se pudiera controlar el consumo de la mariguana así como se controla la venta de antibióticos, por ejemplo, exigiendo siempre prescripciones médicas. Una vez más, sin embargo, nos encontramos frente a un problema, porque parecería obvio que lo primero definitivamente no es recomendable, pero lo segundo no parece siquiera factible; la tendencia hacia el adelgazamiento casi total del estado lo impide. Se puede argumentar entonces que una potencial solución podría consistir en una fusión de iniciativa privada y regulación pública. No se ve fácil, pero no es inviable. Si nos fijamos bien, algo así se logró en los Estados Unidos. Por ejemplo, la tristemente famosa DEA, operante en México desde luego, en realidad no es otra cosa que el ministerio norteamericano de asuntos relacionados con las drogas. En ese país, como todo mundo sabe y ellos cada vez menos lo ocultan, se lavan cantidades inmensas de dinero procedente del negocio del narcotráfico. Como auténticos Rambos, sus agentes heroicamente luchan en los territorios de los países que dominan (México, por ejemplo), para que el negocio se organice de modo que ellos lo controlen en todas sus fases. Es, pues, razonable pensar como ellos y establecer en México algo así como la Secretaría de Asuntos de Estupefacientes, no como un organismo subordinado a otros (por ejemplo, la Secretaría de Salud o a la de Defensa, pero sí en coordinación con ellas), sino como una institución independiente. Entonces sí se podría adoptar un enfoque científico: el Estado giraría permisos para la siembra y cosecha de mariguana, el compraría el producto a los campesinos y él lo procesaría y vendería en expendios, regulando los precios, extendiendo algo así como cartillas para su adquisición y consumo in situ, etc. A mí me parece que son propuestas como esa, desarrollada en todas sus ramificaciones, lo que permitiría de alguna manera mitigar los males de la venta y consumo de mariguana y hasta hacer decrecer, en un plazo relativamente corto, el interés en ella. El problema, a todas luces, no es que no se pueda elaborar una política de salud pública en relación con el producto del que nos hemos venido ocupando, sino que hay fuerzas superiores que sistemáticamente se van a oponer a ellas. Concretamente, los Estados Unidos se oponen a todo intento de legalización de la mariguana no ciertamente porque se preocupen por la suerte de los adictos, sino porque de implementarse millones de dólares dejarían anualmente de ingresar a  su país y se quedarían en los países en donde el Estado hubiera tomado las riendas del asunto. Son, de nuevo, las ganancias, las ambiciones, la codicia lo que impide que se tomen decisiones drásticas pero razonables de salud pública. De todos modos, me parece que tarde o temprano los gobiernos se van a volver a plantear el asunto. No tomar decisiones, por lo tanto, es dejar que el problema crezca.

El primer paso para quitarle a la mariguana su halo de fantasía es desligarla por completo de su carácter de producto clandestino. El acceso libre a ella bajo un control estatal la mata (por así decirlo, mata a la mata). El trilema para cualquier gobierno mínimamente nacionalista es obvio: o deja el negocio de la mariguana en manos privadas, esto es, en manos de “narcos” o se lo cede por completo a los vecinos del norte o se encarga él de ella través de instituciones y de las reglamentaciones correspondientes. En mi muy humilde opinión, las dos primeras posibilidades no representan genuinas opciones. Queda por ver cómo reaccionan, piensan y actúan los “representantes del pueblo”.

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