Lenguaje Político y Sentimientos Nacionales

Una de las funciones que todos los días cumplen (o deberían cumplir) los políticos profesionales es hacer declaraciones. Dependiendo de las épocas y de los personajes, las relaciones comunicativas entre individuos que ocupan puestos políticos importantes (presidentes, primeros ministros, líderes supremos) y la gente son de lo más variado y van desde el mutismo casi total hasta una relación cotidiana de explicación al pueblo sobre las decisiones que se toman. Andrés Manuel López Obrador, por ejemplo, cuando era Jefe de Gobierno del Distrito Federal tenía todos los días una entrevista de prensa a las 8 de la mañana, una sana pero pesada costumbre que, evidentemente, ningún otro político mexicano se ha auto-impuesto. El Comandante Chávez, por ejemplo, tenía un programa de radio todos los días de varias horas que se llamaba ‘Aló, Presidente?’ (retomado ahora por el presidente Nicolás Maduro) durante el cual él le explicaba a los radioescuchas (la ciudadanía en su conjunto) los problemas que aquejaban a su país y las soluciones que su gobierno iba implementando. Chávez le esbozaba a los venezolanos un cuadro de la situación general que prevalecía tanto al interior como al exterior de Venezuela, así como entraba en detalles sobre temas particulares (cambios en su gabinete, problemas con tal o cual empresa, etc.) de modo que la población estaba más o menos enterada de lo que realmente sucedía en el país y fuera de él. Es evidente que para poder hacer eso hay que tener algo que decir y eso por lo que se ve no se le da a todos. Otro ejemplo de político de altos vuelos que mantenía una comunicación permanente con su pueblo era Fidel. Éste, como todos sabemos, no se limitaba al radio: él aparecía por igual en televisión y, más importante aún, se presentaba personalmente en las fábricas, en los centros agrícolas, en las escuelas, etc., y permanentemente dialogaba con cubanos y cubanas de todas las edades. Para poder hacer eso hay que tener mucha confianza en sí mismo y estar seguro de que lo respalda a uno el bien social que ha logrado generar. Eso no lo hace cualquiera. Es inimaginable, por ejemplo, ver a Mauricio Macri conducirse de un modo parecido. Vale la pena notar, por otra parte, que las actitudes comunicativas genuinas no se limitan a los gobiernos (llamémosles así) “progresistas”. Tienen que ver más bien con una concepción de cómo debería ser la relación entre gobernantes y gobernados, independientemente de la ideología que se adopte. En los Estados Unidos, por ejemplo, la comunicación entre presidente y ciudadanos se daba básicamente por televisión y a través de entrevistas de prensa. Con D. Trump, sin embargo, eso cambió notoriamente, porque éste optó por hablarle directamente a su gente, por comunicarse con su pueblo de un modo como una política momificada como H. Clinton era totalmente incapaz de hacer suyo. Y ¿qué características tiene esa forma de comunicación? La respuesta está a la vista de todo mundo: Trump afirma a derecha e izquierda que el objetivo último de su política es el bienestar del pueblo norteamericano, informa a la población sobre muchos temas que los políticos profesionales de siempre mantienen en la oscuridad, como si fueran privados, habla en un lenguaje coloquial comprensible por todas las personas, dejando de lado el lenguaje acartonado y semi-vacuo de los políticos comunes; toma en serio a la gente  y se dirige a su público casi como si estuviera dialogando con él, lo cual es una evidente marca de respeto. Y hace además algo que le da mucho gusto a la gente: denuesta a la omniabarcadora prensa establecida, a las grandes cadenas de televisión y rechaza hablar con ellos, los denuncia y los acusa públicamente de mentir y de engañar a la gente en forma sistemática y cínica, lo cual es totalmente cierto. Aunque sin duda recurre a otros medios, lo que quiere decir lo transmite básicamente de manera presencial. Es importante que la gente se percate de que esa clase de interacción que se da entre Trump y el pueblo norteamericano es uno de los factores que lo hizo popular y lo llevó al poder. Desafortunadamente, hay que reconocerlo, es una forma de interactuar entre gobernantes y gobernados casi por completo desconocida en el México contemporáneo.

Dije unas cuantas palabras sobre una forma particular de comunicación entre políticos y pueblo, pero ¿podríamos decir algo sobre sus contenidos? En la forma de comunicarse con la gente a la que me refiero se tiende a dar datos precisos, se alude a problemas concretos y no se mantiene uno en el plano del discurso impersonal, como si se estuviera dando una clase, proporcionando datos que al 99 % de las personas no les dicen absolutamente nada. El político con el perfil delineado tiene en general, hay que decirlo, un lenguaje nacionalista y no se cansa de exaltar los valores de su país y de su cultura. Como es obvio, y dejando de lado una vez más a México, siempre encontraremos elementos de esta clase de discurso en cualquier político que se respete, en cualquier político serio. Hablaban o hablan así (y en ocasiones hasta fanáticamente) personas tan diferentes entre sí como Margaret Thatcher, Marie Le Pen o Vladimir Putin. Por otra parte, también es fácil reconocer a los políticos del estilo lingüístico opuesto. H. Clinton, M. Macri y los presidentes mexicanos de Miguel de la Madrid en adelante son buenos representantes de él. Nosotros, en México, ya estamos adaptados a esa otra forma de hacer declaraciones políticas, pero es justamente aquí que quisiera apuntar a un problema, un problema que es en parte social y en parte político: ahora podemos constatar que la clase de discurso que se impuso en México tiene efectos sociales negativos en tiempos más o menos apacibles y en épocas de conflictos más serios la ausencia del estilo vivaz de relacionarse con la población desde el poder tiene efectos pura y llanamente devastadores. Si en situaciones de peligro, de amenaza externa, de desasosiego, la comunicación entre la población y los miembros de la cúpula política sigue siendo la estándar, la aburrida, la de siempre, la gente se deprime y, como pasa ahora, se siente no sólo decepcionada sino, una vez más, defraudada y desprotegida. ¿Cómo se podría etiquetar el discurso político que hemos muy a grandes rasgos caracterizado? La respuesta es más que obvia: hablamos de lenguaje o de discurso (permítaseme emplear la palabra prohibida) populista. Dada la compleja situación actual, lo menos que podemos decir es: cómo nos hace falta!

Yo no sabría decir aquí y ahora si Trump es un presidente “populista”, en parte porque el concepto mismo de populismo ha sido tan manoseado que realmente casi no permite hacer ninguna descripción precisa de nada. Ahora bien, independientemente de cómo evaluemos su desempeño, lo cierto es que el actual presidente de los Estados Unidos se ganó la simpatía y el apoyo de millones de norteamericanos con su promesa, que como político populista parecería que tiene todas las intenciones de cumplir, de erigir un muro a lo largo de la frontera con nuestro país. Se trata de una decisión con importantes implicaciones para ambas partes a corto, mediano y largo plazo y desde muy diversos puntos de vista (comercial, político, de seguridad, cultural, etc.). Aquí mucha gente a título personal ha manifestado su repudio, su rechazo, su crítica de la política delineada en Washington, pero lo que no deja de asombrarnos es que siendo este un conflicto (porque lo es) entre dos gobiernos, los diversos personajes políticos de alto nivel que se han expresado al respecto lo han hecho en el lenguaje declaradamente no-populista y hasta anti-populista típico de los últimos 40 años. A estos políticos de lenguaje pulcro y rígido no parece importarles que hasta el más simple de los mexicanos hubiera esperado de ellos, y sobre todo del presidente y de sus allegados, un mínimo de alocuciones en defensa abierta de la soberanía nacional, una exposición seria por parte del presidente de cuál es la situación, de que amenazas se ciernen sobre México, de cómo puede México reaccionar para defenderse, de qué significa la unidad nacional, etc., frente a lo que a primera vista es una agresión. Pero ¿cuál ha sido más bien la retórica de los políticos nacionales? Hagamos un poquito de memoria.

Que el populismo en México, signifique éste lo que signifique, fue convertido en una postura política de antemano condenable e imperdonable lo muestra el hecho de que ser tachado de populista es para los políticos mexicanos la vergüenza mayúscula, la etiqueta que a toda costa hay que evitar. Esto explica quizá la bochornosa escena en la que Peña Nieto advierte sobre los peligros del populismo y el mismo Barack Obama le responde en esa reunión que hay que tener cuidado porque muy probablemente él (o sea, Obama) sea un presidente populista! O sea, ni en los Estadios Unidos es el populismo tan  temido y detestado como en México. Cuando se suscitó el problema de la cancelación del viaje del presidente Peña Nieto a los Estados Unidos para entrevistarse con el entonces recién nombrado presidente Trump, quienes primero hicieron declaraciones públicas fueron el Secretario José Antonio Meade y el actual Secretario de Relaciones Exteriores, el político consentido del sistema, Luis Videgaray. Y ¿cuál fue el tenor de sus dichos? Frente a un discurso de Trump que para nosotros era prepotente, chauvinista e impositivo pero para ellos era “populista”, la respuesta (si es que eso es una respuesta) vino en términos desde luego no populistas, sino más bien en términos de “intentos de negociación”, de recomendaciones de no abandonar nunca los “canales de la diplomacia” y, perdóneseme la expresión, burradas de esas magnitudes. A lo más que Videgaray ha llegado, movido sin duda por el hecho de que ya es imposible no percibir que se presenta casi oficialmente como el sucesor de Peña Nieto (y desde luego pontifica como si lo fuera) ha sido decir que de “ninguna manera México pagará por el muro”. Definitivamente: qué anti-populista!, pero también qué pobreza de expresión, qué débil vinculación con los ciudadanos! Da lo mismo decir eso que no decir nada. Aparte de timorata, hay que señalar de paso que se trata de una posición fácilmente desmontable. El gobierno norteamericano tiene muchos mecanismos para arrebatarle a México el dinero que cueste la construcción del famoso muro. Pero como Videgaray se limita a unas cuantas palabras, lo que se revela es su actitud de fondo, una actitud de “no hay nada que hacer. Ya lo decidieron por nosotros!”. Así precisamente es como se expresan los no populistas. Ahora bien, el punto culminante de la ignominia y la desvergüenza sin duda se produjo cuando el Secretario Meade expresó su opinión acerca de cómo tenía que reaccionar México. Como fenómeno más bien raro, fue tan indignante su respuesta y tan repulsiva su actitud (desde luego, no populistas) que inclusive periodistas de Televisa encontraron que lo que decía era inaceptable! El mismo Carlos Loret de Mola no aguantó y se atrevió a increparlo en vivo, reclamándole (con justa razón, pienso yo) por la tibieza (por no decir, ‘por la cobardía’) de su posición. Ante lo que obviamente era una afrenta al presidente de México, el Sr. Secretario Meade aconsejaba guardar la compostura, no olvidar la diplomacia y sandeces por el estilo. Aquí lo que me interesa enfatizar es que estamos precisamente en presencia de un típico discurso político no populista. ¿Qué quiere decir eso en nuestras circunstancias? Un discurso político miedoso, entreguista, sometido y a final de cuentas anti-mexicano, un discurso en el que no se alude a la nación en su conjunto, a la necesidad de integrarse en un nuevo pacto social, a la urgencia por encontrar mecanismos de defensa que tenga el aval y el apoyo del pueblo de México. Por ello, desde mi muy humilde punto de vista, esas declaraciones de Meade bastan para descalificarlo definitivamente de toda competencia por la candidatura del PRI a la presidencia de la República. Definitivamente, no puede ser candidato a la presidencia (si alguna vez tuvo esa ambición) y mucho menos presidente un sujeto que ante una situación de amenaza externa, una situación que dista mucho de ser una broma, se revela como un ser incapaz de expresar puntos de vista patrióticos, de diseñar políticas realistas pero nacionalistas, de defender el orgullo nacional (¿por qué los norteamericanos sí tendrían derecho a ello y nosotros no?) y aprovecha la ocasión para auto-presentarse más bien como alguien sensato que quiere congraciarse con quien nos ofende, como alguien sin voluntad de defensa de los intereses nacionales y doblando públicamente la cerviz de la manera más desvergonzada posible. El problema es que básicamente esa ha sido la dieta retórica con la que nos han alimentado, una dieta de carácter obviamente no populista.

¿Esperábamos algo grandioso por parte de las autoridades mexicanas? En relación con estos (y con muchos) temas, los mexicanos siempre han sido modestos. Esperábamos solamente una reacción digna, no una reacción cobarde y tonta. A nadie se le ocurre pensar en conflictos con los Estados Unidos de una naturaleza que no sea económica, comercial o política, pero es que ellos tampoco piensan en eso. El infame rumor de que Trump había amenazado con enviar tropas a México es, como todo mundo sabe ahora, una patraña más de la prensa mundial para intensificar las tensiones entre México y los Estados Unidos. El problema es de relaciones complicadas, no de odios insuperables, pero lo que a mí me interesaba destacar es cómo el lenguaje político “mesurado”, “pro-positivo”, “constructivo”, etc.,  de los políticos mexicanos hace nacer en la población un sentimiento de frustración y de traición. Cómo sería útil ahora un discurso más comprometido con los requerimientos y las expectativas nacionales, es decir, un discurso populista!

¿Por qué esa clase de discurso está vedada en México? Curiosamente, la expulsaron del país grupos que ahora más nunca la necesitarían. Ahora que la retórica y la vida política en los Estados Unidos cambió, porque de hecho cambió y lo hizo de un modo y en una dirección inesperados, quienes se solazaron criticando toda clase de visión nacionalista, de conexiones con nuestro pasado, minimizando políticas represoras y conflictos de clase, todos ellos carecen ahora de un discurso político vigorizante, útil; ahora vemos que son ellos los incapaces de generar un discurso que contenga otra cosa que tres datos baratos de economía y que les permita hacer algo más que prognosis que rayan en lo ridículo (hay, en este  sentido, un par de comentaristas de televisión que son verdaderamente de antología!). Pero el problema sigue y ahora tenemos no sólo el derecho sino la necesidad de preguntar: ¿cómo se unifica y encauza a la población?¿Con datos sobre las tasas de interés?¿Cómo puede un gobierno anti- populista tomar decisiones auténticamente nacionalistas, que es lo que ahora se necesita?¿Qué apoyo tiene un gobierno cuando ante una situación como la que enfrentamos se reúnen en torno al Ángel de la Independencia unos cuantos miles de personas? Ahí quedó exhibida la fractura entre el Estado mexicano y el pueblo de México. Esa es precisamente la clase de manifestaciones públicas a las que da lugar el discurso político usual. Eso se tiene que recomponer, aunque sea por estrictas razones de supervivencia, pero para ello es indispensable galvanizar a la población con un lenguaje político renovado, hacer valer mitos políticos nacionalistas (como los tienen todos los pueblos), desechar el aletargador discurso en torno a la “democracia” y cosas por el estilo. Se necesitan nuevos ideólogos, gente con mente fresca y consciente de que está en juego el futuro del país y de que los políticos de hoy no parecen ser capaces de defenderlo en su integridad y en sus derechos. Pero claro: un nuevo lenguaje político implicaría un drástico viraje en las políticas públicas y es eso lo que todavía y a toda costa se quiere evitar. Por eso el discurso político mexicano sigue siendo frío, aemocional, telegráfico, inútil. Por ello, aunque es obvio que tienes asegurado tu futuro y que tarde o temprano estarás de nuevo en circulación, lo menos que podemos decir por ahora, antes de que las cosas se pongan más difíciles todavía, es: Ay! Populismo, cómo te extrañamos!

 

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