Lecciones de la Historia

Oficialmente, octubre de hace un siglo fue el mes de la Revolución Rusa. Eso es inexacto en más de un sentido. Para empezar, en aquella época había dos calendarios, el que nosotros usamos y el juliano, que era el que se usaba en la Rusia zarista y de acuerdo con éste el mes de la revolución no fue octubre sino noviembre. Pero esa discrepancia cronológica no tiene en realidad ninguna importancia. Es mucho más radical el error consistente en pretender delimitar en el tiempo procesos tan complejos como la Revolución Rusa, una transformación social de magnitudes seculares y cuyos efectos no hemos acabado de apreciar. Ahora bien, en relación con un fenómeno tan importante como lo fue la Revolución Rusa, sin duda alguna la transformación social más decisiva del siglo XX, se puede adoptar una de por lo menos dos formas serias de posicionarse frente a ella (no me ocupo de la puramente ideológica, tipo New York Times, para no perder el tiempo y no hacérselo perder a nadie). Se puede adoptar una actitud de historiador y tratar de contribuir con nuevos datos, rectificando hipótesis, haciendo señalamientos supuestamente novedosos de fechas, de hechos y demás. En la medida en que yo no soy historiador más que como aficionado, esta vía está para mí clausurada. Pero nos queda otra, una que me es mucho más asequible sobre todo por las motivaciones que le subyacen. Mi idea es muy simple. En mi opinión, cuando uno siente la necesidad de librarse, aunque sea momentáneamente, de la espantosa garra del presente, cuando uno trata de olvidarse de lo que es nuestra realidad social (el auge de lo que habría que llamar ‘delincuencialismo’, el triunfo quizá definitivo de la corrupción, sobre todo en el sector gubernamental y en el de las grupos más privilegiados, el alarmante incremento de la violencia ejercida sobre todo en las clases populares, la conciencia de cómo tiene que ser nuestra vida cotidiana y de lo que racionalmente podemos pensar que son nuestros prospectos de vida), una receta saludable es volver la mirada hacia el pasado, adentrarnos en el fantástico universo de la historia para, sobre la base de los data que ésta nos proporciona, dejar que la imaginación cumpla con sus funciones de modo que, a la manera de un cuento de hadas pero sobre bases factuales, pueda uno especular o soñar sobre cómo habría podido desarrollarse el mundo y derivar del pasado lecciones respecto a lo que a nosotros nos tocó vivir y así comprender mejor nuestra realidad social. Es en esa tesitura con la que quisiera hacer algunos vagos recordatorios sobre la así llamada ‘Revolución Rusa’ y meditar unos cuantos minutos sobre su legado a la humanidad.

Lo primero que habría que decir es que eso que se conoce como ‘Revolución Rusa’ y que culmina en lo que debería llamarse la ‘Revolución Bolchevique’ es en el fondo el resultado de un proceso de varios siglos. Las raíces de este proceso se plantaron con la subida al trono del primer Romanov, ocurrida a raíz de la muerte del gran zar Boris Godunov. Con la llegada al trono de los Romanov se reforzó un régimen de servidumbre, de cuasi-esclavitud, muy semejante al que varios siglos después prevalecería en las haciendas mexicanas de la época del porfiriato. En efecto, así como en Rusia un boyardo podía poseer cientos de “almas”, así los campesinos mexicanos eran prácticamente propiedad del latifundista puesto que estaban atados a la hacienda y, a través de mecanismos como la tienda de raya y de la total carencia de oportunidades y alternativas, eran de facto esclavos en aquel régimen que alguno que otro desvergonzado pseudo-historiador local ha pretendido reivindicar. De hecho, el sistema de siervos y nobles que había en Rusia y el de hacendado-peón que prevalecía en México son de lo más parecido que podamos encontrar en la historia y tan odioso y despreciable el uno como el otro.

Fue sólo después de varios siglos de vivir en una sociedad jerarquizada socialmente de manera nítida, aunada a un sistema de represión policiaca bestial, que empezó a fraguarse en Rusia un gran descontento social, un descontento cuyas banderas fueron enarboladas por la inteligentsia rusa del siglo XIX. Un libro que da una idea muy clara de la atmósfera de protesta social y clandestinidad que se vivía en Rusia durante la segunda mitad del siglo XIX es la maravillosa novela de F. Dostoievski, Demonios (traducida también como Los Poseídos). Esta segunda etapa se intensificó con la paulatina industrialización de Rusia, que hasta entonces había sido un país eminentemente agrícola y campirano. Otro factor importante fue el siguiente: después de los tres repartos de Polonia, a finales del siglo XVIII, el imperio ruso súbitamente incrementó su número de súbditos con millones de personas que hasta entonces habían vivido en un régimen no liberal pero sí menos autoritario y que no estaban acostumbrados a las tradiciones autócratas rusas. La desgracia para el zarismo fue que con ellos irrumpieron en Rusia ideas nuevas venidas de Europa Occidental, ideas revolucionarias que tenían que ver con los derechos del hombre y del ciudadano y sobre todo ideas vinculadas con el marxismo. Ya para entonces se hacían sentir las contradicciones entre el orden medieval heredado y las exigencias que el surgimiento de nuevas clases sociales acarreaba consigo. Todo ello le dio al descontento del pueblo ruso una nueva orientación o, mejor dicho, una orientación mucho más definida, una orientación politizada. Pululaban los centros de oposición, de resistencia clandestina, hasta que finalmente brotaron los primeros focos de lucha armada. Como era de esperarse, la clase dominante, representada por el zar, se aferró a sus privilegios sin tomar conciencia de la fuerza del terremoto social que se estaba gestando. No obstante, así como los Borbones en el siglo XVIII se negaban a hacer concesiones sin percatarse de que estaban a un paso de la guillotina, así también el zar y la nobleza rusa se resistían al cambio cuando era obvio que éste sencillamente ya no era opcional. Su ceguera los llevó inclusive a rechazar en el momento crucial la única opción real que les quedaba para sobrevivir y que era la transformación del zarismo en una monarquía parlamentaria. Dado que los cambios políticos que se necesitaban fueron bloqueados, en 1917 la avalancha social arrasó con el régimen zarista. Fue entonces que jugaron de manera magistral el papel histórico que les correspondía los teóricos de la revolución, como Lenin, y los luchadores sociales propiamente hablando, como Stalin. No olvidemos que desde años atrás Lenin dirigía a su partido y la insurrección desde Suiza o desde Londres mientras que Stalin era el auténtico guerrillero que lideraba la lucha cotidiana contra las instituciones y las fuerzas del orden, sobre todo en el Cáucaso.

No hay duda de que, además de su soberbia, dos factores importantes contribuyeron a que el gobierno del zar se desmoronara: la desastrosa guerra contra Alemania y el hecho de que grandes sectores del ejército (sobre todo, la carne de cañón que regresaba del frente, los soldados rasos) le dieran la espalda. De esto podemos extraer una primera lección: si los militares fallan y no cooperan, el régimen, el sistema social, el gobierno, el Estado se derrumban. Esta verdad vale para los países en general pero a mí me parece, dicho sea de paso, que al que más claramente en este momento se le aplica es a los Estados Unidos: no sólo es evidente que el sector militar-industrial llevó a Trump a la Casa Blanca, que dicho sector social exige cada vez con más fuerza y de manera más vociferante que lo que a él le conviene se convierta en política de Estado y que si dicho sector deja de apoyarlo el periodo de Trump como presidente se acaba en un santiamén. A mi modo de ver, en relación con el papel de los militares y las policías la Revolución Rusa tiene encendida, para todo mundo pero sobre todo para el pueblo norteamericano, una luz de alarma de un rojo muy intenso. Pero regresando a nuestro tema: el gobierno zarista finalmente cayó en 1917 y la oposición se hizo del poder. El problema fue que la oposición estaba dividida y el efecto inmediato de dicha oposición era, como tenía que ser, la parálisis del Estado. Una situación así, sin embargo, no podía durar. Aquí la Revolución Rusa nos da una segunda lección interesante: las multi-alianzas partidistas, como las que aspiran a gobernar México, no pasan de constituir a final de cuentas una mera farsa política y en lo que desembocan es en el debilitamiento de las instituciones nacionales. Eso es obviamente algo que hay que evitar. Pero, independientemente de ello y regresando a nuestro tema, tenemos que enfatizar la grandeza histórica del teórico de la revolución, sobre todo cuando además de teórico se trata de alguien dispuesto a jugarse el todo por el todo. Es el caso de Lenin: con él a la cabeza, los bolcheviques audazmente tomaron el poder. Allí empezó una guerra civil, plagada de hechos heroicos y brutales, de grandes victorias y terribles derrotas, de un papel formidable de las masas y de uno a menudo errático y erróneo de los dirigentes y que costó millones de vidas. La Revolución de Octubre era un movimiento cuyo desenlace era desconocido para el 100% de la población mundial. En qué habría de desembocar era lógicamente imposible de predecir entre otras razones porque, además del rol unificador y sintetizador que desempeñaba Lenin, el movimiento era semi-caótico y hasta contradictorio. Este carácter contradictorio de un movimiento que a través de terribles luchas intestinas busca encontrar su verdadera orientación lo encontramos plasmado en Trostky. Su caso es el de una extraña mezcolanza de revolucionario y megalómano en grado extremo. A él se le confió la organización del Ejército Rojo, gracias al cual pudo acabarse con el pro-zarista Ejército Blanco, pero también es cierto que él más que nadie promovió la deshonrosa capitulación en Brest-Litovsk frente a los alemanes y fue él quien negoció con los banqueros norteamericanos de Nueva York créditos a tasas exorbitantes para que el nuevo gobierno pudiera sostenerse, con lo cual lo endeudó y lo hizo dependiente del sistema bancario mundial. El papel de Trotsky es y seguirá siendo asunto de debate, como lo ponen de manifiesto la derrota del Ejército Rojo frente a Polonia, a las puertas de Varsovia, en 1921, el uso descarnado de la población masculina para llevar soldados a los distintos frentes y su delirante convicción de que una revolución como la de Rusia era transferible a Europa occidental. Era obvio que una visión así no podría prevalecer ni imponerse, por lo que finalmente lo que triunfó fue la política stalinista del “socialismo en un solo país”. En todo caso, en 1922, después de más de 3 años de una espantosa guerra civil, fue proclamada la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Dicho de otro modo, la creación de la URSS es, aunque impredecible, el desenlace lógico de la Revolución Rusa.

Sobre la base de los hechos narrados podemos plantear lo siguiente: ¿cómo medir el éxito o el fracaso de un proceso revolucionario? Yo creo que la Revolución Rusa opera como una especie de paradigma, como un termómetro para medir qué tan fructífero y profundo fue o es un movimiento de transformación social. Sobre su herencia axiológica y política diré algunas palabras más abajo.

Todos sabemos que en el siglo XX se produjeron diversas revoluciones sociales, unas más importantes que otras. Está, desde luego, la Revolución Rusa, pero podemos mencionar también las revoluciones china, sudafricana, mexicana, cubana y bolivariana. Hubo otras, pero con estas nos basta. Como puede apreciarse, todas ellas comparten algunos rasgos pero también todas ellas son radicalmente diferentes entre sí. A las revoluciones china, sudafricana, cubana y bolivariana, por ejemplo, se les podría llamar las ‘revoluciones de Mao, de Mandela, de Fidel y de Chávez’, por el papel preponderante y decisivo de sus respectivos líderes supremos, pero es claro que no hay una etiqueta equivalente ni para la revolución rusa ni para la mexicana, en el primer caso porque hubo muchos líderes y en el otro porque no hubo ninguno que descollara frente a los demás. En Rusia proliferaron los grandes teóricos de la revolución, de la organización partidista y del cambio social, en tanto que en México sencillamente no hubo nadie así. La Revolución Rusa venía avalada por años de discusiones políticas, discusiones de las que posteriormente se alimentaron China y Cuba. La Revolución Mexicana, en cambio, fue una revolución acéfala, un movimiento social sin dirección y sin una bandera ideológica determinada. En México no hubo teóricos de la revolución (y sigue sin haberlos). Desde luego que había un trasfondo social que sostenía, validaba y le daba un sentido al movimiento armado y a los gobiernos de los años 20, pero es típico del movimiento armado mexicano el no haber rebasado nunca el nivel de movimiento más o menos espontáneo e improvisado. Podría argüirse que lo más claro de todo el proceso lo encontramos en el Plan de San Luis, que es el manifiesto de una nueva clase de empresarios agrícolas que luchaban por dejar atrás el latifundismo medieval, el cual se había convertido ya en un tremendo lastre económico y social, sostenido únicamente por las huestes porfiristas. También en el plan zapatista encontramos elementos interesantes de reivindicaciones campesinas, pero demasiado diluidas porque el campesinado mexicano estaba muy lejos de auto-representarse la lucha revolucionaria como algo más que lucha para obtener ventajas personales y más o menos inmediatas, aunque fueran mínimas. En Rusia, en China, y en Cuba circulaban ideales políticos que guiaban la acción de los revolucionarios en direcciones precisas. Como a veces sucede, la radicalización de una transformación social profunda depende mucho de factores externos, como la presión extranjera. Las revoluciones rusa, cubana y bolivariana son un buen ejemplo de ello.

El caso de la revolución mexicana es en verdad patético. La ausencia de teóricos de la revolución fue fatal para el movimiento revolucionario mexicano y, por sus secuelas, para México en su conjunto. Si el Gral. A. Obregón se hubiera re-electo en 1928 se habría demostrado que los movimientos sociales sin orientación ideológica clara desembocan en golpes de Estado y en toda clase de caudillismos, en el peor de los sentidos. Desde este punto de vista, es imposible no reconocer que el gran patriota fue el presidente Plutarco Elías Calles. Según, por ejemplo, el popular escritor Francisco Martín Romero, más que por el agente clerical, León Toral, el asesinato de Obregón habría sido perpetrado por el gobierno federal precisamente para impedir su re-elección. Una vez más, lo que esta situación indica es que sin un trasfondo ideológico sólido se desemboca o en el bonapartismo (que era lo que Obregón representaba) o en la institucionalización y con ello el fin del movimiento revolucionario, que es lo que sucedió en México con el presidente L. Cárdenas. La Revolución Mexicana tiene, por lo tanto, acta de defunción: el día en que asesinaron a Álvaro Obregón. Calles entonces dejó la presidencia, pero en la medida en que seguía siendo el “jefe máximo” el proceso revolucionario seguía todavía vivo. Sin embargo, su expulsión del país por Cárdenas, unos cuantos años después, significó precisamente que el movimiento revolucionario y progresista encarnado en su persona había fenecido. Resabios de la “ideología” revolucionaria, básicamente de carácter anti-clerical, sobrevivieron un tiempo, por ejemplo en la actuación política del gobernador Tomás Garrido Canabal. Desafortunadamente, éste se topó con el gran especialista en trampas políticas, el Gral. Cárdenas, quien se las arregló para que Garrido Canabal tuviera que huir de México. Cuando eso pasó, el proceso revolucionario mexicano ya estaba finiquitado. Se entraría entonces en el periodo conocido como ‘cardenismo’.

El proceso cubano fue también sui generis. Es un proceso en el que se combinaron varios factores decisivos. Por una parte, un cuadro de jóvenes revolucionarios de primer nivel, en todos los sentidos. A esto habría que añadir la política de un gobierno imperialista abiertamente torpe y sorprendentemente ineficaz. Por último, la presencia de la Unión Soviética, una potencia que ayudó económica, militar, diplomática, cultural y políticamente al incipiente movimiento de liberación nacional cubano. Al igual que pasó en Rusia, el movimiento de transformación social se radicalizó en parte por la intervención extranjera. La idea de “Unión Soviética” no existía no digamos ya entre los proyectos de los mencheviques, sino que ni siquiera en el partido leninista originario. Fue la intervención extranjera (las tropas checoeslovacas, los contingentes polacos, el apoyo militar inglés, el no reconocimiento como país, etc.) lo que llevó al país post-zarista a irse radicalizando y a convertirse en algo completamente nuevo y que no había sido diseñado. Algo muy similar pasó en Cuba. Se sigue, si no me equivoco, que en relación con la radicalización del movimiento cubano de liberación es sobre los norteamericanos, esto es los enemigos mortales de la Revolución Cubana, sobre quien recae la mayor responsabilidad.

A mí me parece que lo realmente importante en las reflexiones sobre las grandes transformaciones sociales que tuvieron lugar en el siglo XX es estar en posición de hacer sumas y restas, es decir, los balances definitivos. Yo creo que la Revolución Rusa fue un proceso social exitoso. Es cierto que fue sólo después de tremendas convulsiones, de luchas internas encarnizadas, de guerras indeseadas, etc., que el pueblo ruso pudo finalmente auto-colocarse en una plataforma francamente privilegiada. En la actualidad sus niveles de educación, de acceso a bienes y servicios, de distribución de la riqueza, de garantías sociales, laborales, de cohesión social, de seguridad frente a otras potencias, etc., son realmente envidiables. Podríamos decirlo de esta manera: el pueblo ruso ya pagó su boleto para un largo periodo de felicidad. Algo parecido aunque quizá no exactamente lo mismo, por un sinnúmero de razones que habría que proporcionar, podemos decir de los pueblos chino y cubano: ellos ya pasaron por las etapas terribles de la transformación social y están preparados para acceder a niveles superiores de bienestar, en un sentido amplio de la expresión. Así vistas las cosas, es decir, a distancia en el tiempo, sin duda las revoluciones son mecanismos sociales que sirven para darles a los pueblos nuevos impulsos y nuevos bríos. Pero ¿y nuestro México?¿Qué nos dejó la Revolución Mexicana? Me gustaría decir que con ella superamos el latifundismo, pero cuando veo cómo se pueden manejar miles de hectáreas con diferentes nombres me temo que ni eso estemos en posición de decir. Lo que la Revolución Rusa nos enseña es que un movimiento de protesta social legítimo pero sin una auténtica ideología, de una visión política bien estructurada, sin una orientación clara y decidida, es una revolución fallida y es debatible qué sea peor, si la “no revolución” o la revolución frustrada y trunca. Por carecer de una genuina ideología política, una doctrina política que dejara atrás la estéril retórica de la democracia y la libertad, México se encaminó por la vereda de la mera búsqueda del bienestar personal, por el camino de la ideología del aprovechamiento burdo de lo que se tenga enfrente, por las sendas del verdadero desinterés por la nación. La Revolución Rusa en cambio fue ciertamente un proceso muy costoso en términos humanos pero cumplió con todas sus fases y dejó al pueblo ruso listo para los retos del Siglo XXI. La Revolución Mexicana también fue un movimiento social muy costoso sólo que frustrado, un proceso social que no dio los frutos que hubiera podido dar.

La Revolución Rusa fue un proceso grandioso que llevó en lo interno de la miseria y la injusticia a la modernización y a un muy decoroso nivel de vida y en lo externo de una posición secundaria a la posición de segunda superpotencia mundial. No es poco, pero a decir verdad fue más que eso. Con la creación de la Unión Soviética se demostró que nuevas formas de cultura son viables, que los seres humanos pueden ser moldeados por relaciones sociales de las que la codicia, el ansia de lucro, la costumbre del desperdicio, el ideal del parasitismo, la permanente destrucción de la naturaleza, el delirante consumo de toda clase de productos, que todo eso y más puede quedar expulsado. De manera imperfecta probablemente, pero no por ello menos real y menos convincente, la Revolución Rusa mostró que se puede construir un mundo en el que los seres humanos valgan por sus cualidades personales y no por sus posesiones. La Revolución Rusa mostró que el socialismo no tiene por qué ser nada más un anhelo de unos cuantos, sino que puede ser la plataforma adecuada para una felicidad compartida. Así vista, la desaparición de la Unión Soviética no fue otra cosa que la transición hacia formas superiores de vida, formas de vida que ciertamente no son un mero retroceso hacia vulgares modalidades de vida capitalistas ya superadas, y a las que el esforzado pueblo ruso tiene no sólo derecho sino todas las garantías que su tremendo pasado le proporciona.

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