Violencia: desbocada e incomprendida

Difícilmente se podría, en mi opinión, poner en cuestión la afirmación de que la vida en México se está abaratando y cuando digo eso no estoy aludiendo a un casi inimaginable control estatal de precios o a una inexplicable recuperación del salario o del poder adquisitivo de la moneda. Me refiero simplemente al hecho de que en la actualidad es muy fácil perder la vida en este país. Cada vez somos más las personas que salimos todos los días para ir a nuestros trabajos o hacer las diligencias que tengamos que hacer haciendo votos para que podamos regresar a casa sanos y salvos, pero también conscientes de que no es improbable que lo atraquen a uno a la mitad del camino, si bien nos va, o que simplemente por defenderse de un asalto o por un banal altercado con algún automovilista exaltado le pongan a uno una bala en la sien o en el corazón. Eso no es un fenómeno inusual en el México de nuestros tiempos. El incremento y la intensificación de la violencia es una realidad en relación con la cual ya no podemos seguir fingiendo que no existe. Es evidente que las autoridades están rebasadas: las policías están infiltradas por el hampa, están plagadas de ineptos, encuadradas en marcos jurídicos absurdos, nunca debidamente coordinadas, etc. La verdad es que en condiciones así es difícil ganarle la batalla no sólo a la delincuencia organizada, sino a la delincuencia simpliciter. La pregunta que una y otra vez todos nos hacemos es: ¿por qué nos pasó eso?¿Cómo es que se permitió que el país se encaminara por la senda aparentemente irreversible de la criminalidad? A mí me parece que para que resultara realmente explicativa y aclaratoria la respuesta tendría que venir en muchos volúmenes puesto que, como es obvio, se trata de un fenómeno social tremendamente complejo, simultáneamente causa y efecto de muchos otros. Es infantil suponer, por ejemplo, que la corrupción, promovida ante todo desde las esferas del poder y de los sectores económicamente privilegiados de la sociedad, no tendría efectos contundentes en la criminalización de la vida nacional. Al respecto vale la pena señalar que una de las grandes falacias consiste en pasar en silencio, e.g., la evasión fiscal de miles de millones de pesos por parte de unos cuantos consorcios al tiempo que se pone el grito en el cielo porque un automovilista le paga su multa al policía que arbitrariamente lo detiene y en identificar esto último con la esencia de la corrupción! En todo caso, en lo que a la violencia atañe los índices actuales, espeluznantes dicho sea de paso, lo dicen todo. El resultado neto es que si bien es cierto que el ciudadano mexicano no está expuesto a los peligros a los que lo están los ciudadanos de, por ejemplo, Siria o Irak, de todos modos el ciudadano medio no vive con la tranquilidad con que viven cientos de millones de personas a lo largo y ancho del mundo. Se trata, obviamente, de una cuestión de grados. Es posible que en la actualidad no haya un país totalmente seguro, pero es innegable que a escala mundial México ocupa uno de los más deshonrosos lugares en lo que a la inseguridad personal concierne. Por eso es una verdad inatacable la afirmación de que en México en cualquier momento cualquier cosa le puede acaecer casi a cualquier persona.

En relación con el tema de la violencia que se ejerce en nuestra sociedad, me parece que deberíamos distinguir por lo menos tres enfoques distintos. Está en primer lugar el ámbito meramente factual de las acciones violentas realizadas por tales o cuales personas en detrimento de tales o cuales otras. Nos encontramos aquí en el plano de la descripción de lo sucedido: cómo mataron a una persona, con qué armas, por qué fue victimada, etc. Hay un segundo plano, un poco más abstracto, que tiene que ver con la investigación de las causas sociales de la violencia. De lo que se trata en este segundo nivel es de encontrar los fundamentos de las graves conductas anti-sociales que asolan al país y de, por así decirlo, hacernos entender la lógica y la dinámica de la violencia. En este caso corresponde a los científicos sociales explicar el fenómeno generalizado de la violencia: el papel desempeñado por los niveles de pobreza, las injustificables asimetrías económicas que marcan a la sociedad mexicana (el reciente aumento al salario mínimo es de alrededor de 8 pesos al día, es decir, de algo así como de 250 pesos mensuales. Es una burla desde todos puntos de vista, pero es evidente que los comerciantes, los industriales, los banqueros, etc., no están dispuestos a darle el visto bueno a un reparto un poquito más equitativo de la riqueza que aquí se produce), el embrutecimiento sistemático durante casi medio siglo de la población como resultado de una política de represión y corrupción de sindicatos de maestros, de privatización de la educación y de tolerancia absoluta con la nefanda programación de la televisión mexicana en general, el triunfo avasallador y desmoralizante de la impunidad, etc., etc. Por lo pronto queda claro que así como el primer plano era el de la investigación policiaca, este segundo plano es el de la investigación científica. Pero el tema de la violencia no queda agotado con esto. Falta un tercer plano, que es el del análisis filosófico, esto es, el del análisis conceptual. Y si en relación con los dos primeros encontramos carencias y huecos gigantescos, en relación con este tercer nivel nos encontramos prácticamente en medio del desierto. Antes de decir cualquier cosa sobre el tema de la violencia desde la perspectiva de este tercer nivel es menester dejar en claro por qué en efecto es éste fundamental.

Supóngase que se quiere estudiar un determinado grupo de mamíferos, pero que se incluyen en las caracterizaciones iniciales de éstos características propias más bien de los batracios. Es evidente que las descripciones, las explicaciones y las predicciones que se hagan inevitablemente serán las más de las veces un fracaso total. ¿Por qué? Porque el objeto de estudio quedó mal delineado ab initio. Si es así, aunque se hagan experimentos costosísimos, aunque se construyan nuevos laboratorios, aunque se traigan a especialistas de todos los rincones del mundo, etc., la investigación empírica de los mamíferos va a dar malos resultados porque su objeto de estudio quedó mal caracterizado. Deseo sostener que lo mismo sucede, mutatis mutandis, con la violencia: si ésta no es comprendida cabalmente, todo lo se investigue y se haga al respecto tendrá inevitablemente resultados pobres, equívocos, falseados y demás. Nuestra pregunta ahora es: ¿realmente pasa eso con la violencia en México, es decir, está en lo fundamental el concepto de violencia mal entendido y aplicado? Alternativamente: ¿es la violencia incomprendida? Yo creo que hay mucho de eso, como argumentaré en lo que sigue.

Para efectuar cualquier consideración sobre la violencia quizá lo más aconsejable sea partir de un dato que sea tan universal y tan obvio que sería ridículo tratar de cuestionarlo y el dato que en mi opinión habría que tomar como punto de partida es simplemente que en la historia del ser humano, del Homo sapiens sapiens, en la historia de la humanidad la violencia ha estado presente tanto como el hambre o la reproducción. Por simple que sea esta constatación, a mí me parece que de inmediato hacer ver que es semi-infantil hablar de la “erradicación total” de la violencia. Quien sugiere algo así sencillamente no puede ser tomado en serio. El problema con la violencia, por lo tanto, es un poco como el problema con la diabetes: desde luego que hay que tratar de erradicarla, pero lo urgente en todo caso es controlarla y mantenerla dentro de niveles manejables, asumiendo para no auto-engañarnos que hágase lo que se haga de todos modos se va a materializar. En segundo lugar, es importante insistir en que no hay tal cosa como la “esencia de la violencia”. De ahí que quien pretenda ofrecer una definición en términos de propiedades necesarias y suficientes en realidad se está burlando de la gente. El concepto de violencia se aplica de diverso modo en diversos contextos, siendo quizá el paradigmático la idea de violencia física. Es obvio, sin embargo, que además de la violencia física hay muchas otras formas de violencia: violencia psicológica, como cuando alguien chantajea sentimentalmente a otra persona o la aterroriza o la seduce y la maneja como quiere, etc., violencia intrafamiliar, violencia social (de clase, digamos), violencia gubernamental, violencia entre países, violencia institucional, violencia en defensa propia y así indefinidamente. En todo caso, de lo que podemos estar seguros es de que siempre que seres humanos interactúen unos con otros de uno u otro modo se hará patente alguna modalidad de violencia. Los humanos, a todas luces, no saben o no pueden vivir sin agredirse mutuamente. En todo caso, para nuestros propósitos lo que es crucial es entender que al hablar de violencia podemos estar aludiendo a líneas de conducta que son parecidas (la violencia que ejerce un esposo sobre su mujer se parece a la que ejerce un gobierno invasor sobre el gobierno invadido), pero nunca idénticas. O sea, no hay un elemento común a todas las formas de violencia. Por consiguiente, para que la lucha contra la violencia pueda ser efectiva es imperativo que se acote el ámbito o la forma de violencia que se tiene en mente y que se quiere contrarrestar. Hablar de la violencia en general termina siendo básicamente un entretenimiento conceptual baladí.

Habría que decir que es sobre la base de los errores mencionados (rechazo de la universalidad de la violencia y aceptación de una forma de esencialismo) que automáticamente se genera un tercer peligro “teórico” y por el cual la noción de violencia queda, por así decirlo, desfigurada. Me refiero al hecho de que se trata de un concepto de fácil ideologización. Por ejemplo, ahora está de moda, por decirlo de algún modo, el tema de la violencia contra la mujer. Huelga decir que sólo un psicópata o un depravado o alguien así podría cuestionar la validez del enojo, la indignación y la queja por la violencia física que algunos hombres ejercen en contra de algunas mujeres, pero eso no sirve para fundamentar la pretensión de erigir la violencia contra la mujer como el más horroroso de los casos. En el caso de la violencia padecida por mujeres, lo que potencia nuestra indignación natural es el hecho de que en incontables ocasiones los culpables no son castigados. Es la combinación de enojo profundo por el daño causado y la impunidad de la que gozan los delincuentes lo que hace que se tienda a singularizar el caso de la violencia contra las mujeres. Sin duda se ha producido, lo cual es más que deplorable, un incremento en los asesinatos de mujeres. Eso, que quede bien claro, es algo que debemos no sólo repudiar sino combatir. No obstante, dicho incremento no debería hacernos perder de vista dos cosas: primero, que concomitantemente se ha producido un aumento todavía mayor de asesinatos de hombres y, segundo, que también se genera en la sociedad mucha violencia de mujeres contra hombres, como lo pone de manifiesto el tristemente famoso caso de las así llamadas ‘goteras’ (mujeres que se ponían ciertos productos en el cuerpo gracias a los cuales dormían a los hombres con los que estaban para después desvalijarlos). Tampoco se debería olvidar que además de la violencia contra mujeres hay violencia contra niños y violencia contra ancianos, tan odiosas y repudiables unas como otras. Es, pues, muy importante entender que con quien tenemos un compromiso, hacia quien debe ir dirigida nuestra ayuda y nuestra conmiseración es hacia la víctima de la violencia, sea quien sea. Sufre tanto la pobre joven violada y estrangulada en los suburbios de Ciudad Juárez como el joven secuestrado durante un mes, torturado y posteriormente ejecutado, inclusive si sus familiares pagan lo que los secuestradores les pedían. Lo que desde mi punto de vista resulta inaceptable es la idea misma de jerarquización del dolor de las personas, como si de manera natural unas fueran más susceptibles de sufrir, más sensibles que otras (en todo caso si así fuera, los niños me parecerían, con mucho, los candidatos más viables para ocupar ese “primer lugar). Por ello, el intento por apropiarse del concepto de violencia para auto-victimizarse de manera excepcional es una especie de golpe de estado conceptual que resulta sencillamente inaceptable. Esto está conectado con un tema acerca del cual no puedo decir aquí más que unas cuantas palabras.

Lo que revela la pretensión de singularizar a un determinado grupo social como encarnando por excelencia la victimización y tratando de erigir a dicho grupo como el grupo no sólo más vulnerable posible sino como el que representa simbólicamente mejor que nadie el dolor humano, etc., etc., es que los conceptos relevantes, como los de violencia y sufrimiento, quedaron tergiversados y están siendo usados en conexión con intereses particulares. En el caso de la violencia contra las mujeres lo que obviamente está enturbiando el asunto es la yuxtaposición, por no decir la fusión, del concepto de violencia con el concepto de género. Es la idea misma de “perspectiva de género” dándole forma al concepto de violencia lo que inevitablemente promueve confusiones, complica el estudio de la violencia por parte de los científicos sociales (incluyendo a los juristas) y enreda innecesariamente las investigaciones policiacas. El concepto de género es totalmente irrelevante en relación con la violencia social, porque cuando se examinan casos de violencia física lo que nos incumbe son los statu y las relaciones sociales entre individuos, entre seres humanos, independientemente de si son de género masculino o de género femenino. El género sencillamente no entra en el escenario. Cuando se realiza una investigación policiaca la idea de género es no sólo redundante sino entorpecedora de la investigación misma, puesto que es un factor que sólo sirve para desviar la atención respecto a lo que es relevante para la investigación, como lo son los móviles, los antecedentes, los mecanismos, los utensilios, etc., del victimario y de la víctima. En cambio, con la idea de género no se aporta absolutamente nada para el esclarecimiento del crimen. Esto queda claro una vez que sacamos a la luz la presuposición fundamental, radicalmente falsa, del enfoque de género, a saber, que la mujer es víctima de violencia por parte del hombre sólo por ser mujer. Aquí se puede claramente percibir la diferencia entre el enfoque de género y un enfoque racista de la violencia, siendo el racismo una realidad imposible de negar. Cuando un racista ataca a un individuo de una minoría la motivación de su ataque es, por ejemplo, el color de su piel. La motivación es injustificable, pero es (en algún sentido emocional) entendible. En cambio, el que alguien mate a una mujer sólo por ser mujer es simplemente ininteligible y es algo que no concuerda con lo que de hecho sucede. Una mujer puede ser víctima de un bandolero porque fue violada y lo reconoció, porque tenían hijos con un sujeto a quien ella se los quitó, porque alguien quería robarle algo y ella se dio cuenta, porque ella lo engañó con su mejor amigo, etc. Todo eso y más es imaginable y factible, pero que alguien mate a una persona “sólo por ser mujer”, sin que medie ningún interés u objetivo, eso es un mito, una historieta inaceptable. Dicha idea es sospechosa a priori, puesto que si se le desarrolla en forma coherente a lo que da lugar es a un cuadro incomprensible y absurdo del ser humano. Desde luego que se ejerce violencia sobre los seres humanos de género femenino, pero siempre por causas concretas y el ser mujer no es una causa. Una vez desechado el presupuesto falso del enfoque de género podemos entender que es el maltrato y el abuso de una persona por otra lo que es repudiable, condenable, criticable y aborrecible, independientemente del género de los involucrados. Si entendemos esto entendemos eo ipso que el problema de la violencia es un problema que atañe y afecta a todos por igual y que no permite un tratamiento parcial o sectario.

Regresando a la realidad social: lo que nos debe importar es cómo bajar de manera palpable y rápida los índices de violencia que prevalecen en México en la actualidad, una tarea urgente porque de hecho todos los días la vida de miles de personas está siendo afectada por la violencia. Yo desde luego que me uno a las personas que gritan “Ni una mujer más asesinada”, pero de inmediato añado “ni un niño más asesinado” y también “ni un hombre más asesinado”. Lo que no logro considerar como algo laudable es la jerarquización del sufrimiento, la distribución selectiva del dolor, la auto-victimización. Con eso definitivamente no estoy de acuerdo. A mi modo de ver no puede darse una lucha genuina de defensa de la mujer que no sea al mismo tiempo una lucha en favor del hombre libre de violencia.

Atemos entonces cabos: es sumamente improbable, por no decir internamente incoherente, inclusive en la más utópica o fantasiosa de las teorías del ser humano, hablar de una sociedad, de una vida sin violencia. Eso ni infantil es; es simplemente tonto. Por consiguiente, el objetivo por alcanzar sólo puede ser el de cómo controlar las manifestaciones más brutales de violencia en el seno de una sociedad supuestamente estable, es decir, que no está oficialmente en estado de guerra ni nada semejante. ¿Se pueden obtener logros significativos en este dominio? ¿Se puede reducir el nivel de violencia en nuestro país? Aunque no sea una labor fácil, yo creo que sí. Aquí se produce, dicho sea de paso, lo que podríamos llamar la ‘paradoja de la violencia’, porque en mi opinión la naturaleza de la violencia es tal que el éxito de la lucha en su contra inevitablemente la involucra. A los violentos patológicos, a quienes no saben de otros mecanismos para la resolución de problemas que el llamado a la violencia más brutal posible, etc., a esos no se les doma con sermones. Tratando entonces de ser propositivos: ¿qué es lo que sensatamente se podría proponer como principios generales de una política de lucha sistemática en contra de la práctica de la violencia?

Yo pienso que lo primero que habría que hacer sería establecer un orden y determinar qué formas de violencia son las más dañinas, las más evidentes y concentrarse en ellas. Desde esta perspectiva, el primer objetivo es restarle lo más que se pueda el atractivo que pueda representar para muchas personas el recurso a la violencia física, la expresión de violencia más fácil de identificar. Pero ¿cómo se combate la violencia mayor? La violencia no va a desaparecer de nuestro horizonte vital por un acto de magia. Yo creo que la primera medida es la creación de un marco legal con castigos severísimos, vigilando que la impunidad sea desterrada y que no se hagan excepciones a la ley. El castigo fuerte y efectivo (i.e., muchos años de cárcel, cadena perpetua, etc.) es, por lo tanto, un instrumento fundamental para acabar con el fácil expediente del recurso a la violencia física. Pero obviamente eso no basta. Tenemos que entender, bajando al nivel de la investigación empírica, que la violencia es también una respuesta social de malestar generada por una insatisfacción permanente en relación con los temas más básicos de la vida: la alimentación, la habitación, la vida sexual, etc. La insatisfacción permanente en relación con los temas mencionados (y otros como ellos) es una fuente inagotable de violencia física (yo no usaría en relación con esto la noción de causa). Naturalmente, niveles decorosos de vida (no hablo de igualitarismos socialistas ni nada que se les parezca) bastan para aminorar la tendencia a tener reacciones violentas. Y está desde luego la violencia institucional, la cual me parece una de las más siniestras formas de violencia, puesto que es violencia efectiva y permanente pero silenciosa. Para una defensa efectiva de la mujer yo me centraría en la luchas contra la violencia institucional (oportunidades, salarios, derechos, etc.).

Por último, no hay que olvidar que siempre habrá temperamentos violentos y por lo tanto, como ya se dijo, siempre habrá acciones y reacciones violentas entre los humanos, vivan como vivan. Es claro también, sin embargo, que esta clase de violencia es en última instancia mínima, porque muchas de las reacciones violentas de las personas son una manifestación de incultura, la expresión de una incapacidad para resolver problemas de manera racional y esto es en última instancia un asunto de educación. Inclusive en la más civilizada de las sociedades habrá siempre un caníbal y un barbaján, pero serán como hongos, uno por aquí y otro por allá. Lo que es indudable es que en una sociedad de gente bien educada no tendrían muchas oportunidades para dar rienda a suelta a su violencia. Y ello hace nacer en nosotros el triste pensamiento de que si la violencia no ha sido extirpada de la vida social es a final de cuentas porque los seres humanos no han interiorizado todavía una idea tan simple como la de que se puede y es mejor vivir en paz.

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