Comentarios Malévolosi

1) Pocas cosas hay tan apasionantes como polemizar sobre algún tema interesante y más aún cuando con quien se polemiza es un individuo de talla, un erudito, un especialista en algún área del saber o en alguna esfera de la cultura. Naturalmente, este requerimiento emerge con particular urgencia cuando alguien de primer nivel en su disciplina emite puntos de vistas que nos resultan chocantes, inadmisibles, inaceptables. Sentimos entonces una intensa necesidad por intentar refutar los puntos de vista del sujeto en cuestión, por desmentirlo, por desenmascararlo quizá. Eso al menos, debo confesarlo, es lo que a mí me sucedió cuando leí la recopilación de notas de un seminario que a principios de los años 50 del siglo pasado preparara para la Universidad de Harvard el novelista y gran crítico literario de origen ruso, Vladimir Nabokov, sobre la obra maestra suprema de la literatura escrita en nuestro idioma, esto es, el español, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Debo de entrada advertir que me muevo en un área que no es la mía, pero es que el escrito de Nabokov me hace sentir como ostra a la que le echan dos limones ácidos antes de comérsela. La lectura de sus notas, sus comentarios, su evaluación me resultaron más que ácidos, corrosivos, lacerantes, en cierto sentido incomprensibles y, sobre todo, yo diría ‘descaradamente’ injustificados. Reconozco que Nobokov, para decirlo de manera colquial, me picó la cresta e hizo nacer en mí lo que tal vez no sería errado llamar ‘nacionalismo lingüístico’. Y reconozco que aguijoneó con particular intensidad mi deseo de protestar públicamente el hecho de que no me haya topado todavía ni siquiera con un esbozo de respuesta apropiada. Por sorprendente que parezca, los pocos comentarios a los que he tenido acceso no pasan de ser meros resúmenes más o menos aprobatorios de diversas secciones del contenido total del texto de Nabokov, pero todavía no he encontrado a nadie (ni en España ni en América Latina) que se enfrente a él con al menos la intención de rebatirlo. No sé si yo pueda aspirar a tanto, pero de lo que sí estoy seguro es de que no quiero quedarme callado.

Vladimir Nabokov2) Dejando de lado la multitud de detalles debatibles concernientes a las diversas partes del libro que Nabokov tiene en la mira, el mensaje general, crítico y reprobatorio, es bastante claro, dejando de lado el hecho de que él no intenta en lo mínimo ocultar su apreciación global de lo que para nosotros es de hecho el libro con el que se inicia la literatura en lengua hispana. Es cierto que está el romance del Cid campeador, que hay poesía como la del Marqués de Santillana, textos espléndidos previos al Quijote. Pero es igualmente cierto que el español de esos textos no es todavía el nuestro, el cual oficialmente arranca con la obra de Cervantes. A grandes rasgos entonces: ¿qué nos dice Nabokov al respecto?

En sus notas, Nabokov se pronuncia con displicencia tanto sobre Cervantes como sobre su Quijote. De Cervantes nos recuerda que “no es un topógrafo”, lo cual explicaría el caos geográfico de las andanzas del gran héroe de su novela. Dice el ruso “…el cuadro que Cervantes pinta del país viene a ser tan representativo y típico de la España del siglo XVII como Santa Claus es representativo y típico del Polo Norte en el siglo XX” (p.22). La burla es fuerte. Y prosigue señalando que prácticamente ninguna de sus descripciones es “verificable”: “El autor huye de las descripciones que, por descender a lo concreto, pudieran ser verificadas” (p. 23). Pero estas son minucias frente a lo que viene después, a saber, lo que Nabokov tiene que decir sobre el personaje mismo del Quijote. No sorprenderá a nadie que Nabokov se ensaña todavía más con quien para múltiples generaciones de lectores siempre pasó por un personaje simpático, esto es, el escudero del Quijote, el gran Sancho Panza. Una breve lista de juicios condenatorios nos será aquí muy útil para dejar en claro que no estoy ni mintiendo ni exagerando. De acuerdo con Nabokov:

a) “los chascarrillos y los refranes de Sancho no suscitan gran hilaridad, ni por sí mismos ni por su acumulación repetitiva” (p. 37)
b) “Sancho, el de la barba desaliñada y la nariz de porra, es, con algunas reservas, el payaso generalizado” (p. 37)
c) Don Quijote “No tiene malicia; es confiado como un niño” (p. 41)
d) Don Quijote: “demuestra una imaginación de escolar bastante limitada en materia de barrabasadas” (p. 41)
e) Más en general “Decir que en el humor de este libro se contiene, como dice un crítico, ‘un tesoro de hondura filosófica y humanidad genuina, cualidades en las que no le ha aventajado ningún otro escritor’, me parece una exageración fuera de toda medida. El caballero, desde luego, no tiene gracia. El escudero, a pesar de toda su prodigiosa memoria para los refranes, tiene todavía menos gracia que su señor” (p. 53)
f) No faltan las comparaciones afrentosas, en particular con Shakespeare: “Discrepo de afirmaciones como las de que ‘la percepción de Cervantes era tan sensible, su inteligencia tan flexible, su imaginación tan activa y su humor tan sutil como los de Shakespeare’. No, por favor: aunque redujéramos a Shakespeare a sus comedias, Cervantes seguiría yendo a la zaga en todas esas cosas. Del Rey Lear, el Quijote sólo puede ser escudero” (p. 29).

La lista podría extenderse mucho todavía (prácticamente todo el libro es así), pero para estas líneas con estas muestras de abierta animadversión basta. Nabokov acusa a Cervantes de haber escrito un libro esencialmente cruel, plagado de relatos de golpizas, engaños y burlas. En resumen, él sostiene que “Las dos partes del Quijote componen una auténtica enciclopedia de la crueldad” (p. 90). Posteriormente viene un escueto “análisis” del personaje de la Dulcinea y del papel de la muerte en el libro. Los documentos de Nabokov contienen un resumen de muchos capítulos del libro de Cervantes y en los que lo que hace es básicamente repetir el contenido insertando por aquí y por allá frases, comentarios, descripciones y evaluaciones que cualquier abogado decente calificaría de ‘dolosos’. Nabokov dio a conocer su repulsiva lectura de la gran obra de Cervantes ante una gran audiencia en Harvard y muy probablemente todo habría quedado allí si no hubiera sido porque sus notas fueron recopiladas y publicadas póstumamente. Es interesante y revelador, dicho sea de paso, que él mismo no las haya mandado imprimir.

3) Ese es nuestro material. Lo primero que se nos ocurre preguntar es: ¿por qué merecería ser considerado seriamente? ¿Por qué no simplemente ignorarlo? Después de todo, Don Quijote no necesita muletas para seguir andando. Pero entonces, una vez más: ¿amerita realmente una respuesta un texto así, inundado de insultos, de interpretaciones deliberadamente tergiversadas, plagado de lo que a todas luces son incomprensiones?¿Cómo nos explicamos entonces que quien sin duda alguna era un gran erudito y un novelista haya podido producir un texto tan obviamente errado en concepción y en sus objetivos? Y, lo más importante de todo: ¿es factible concederle la razón a Nabokov?¿Es sensato pensar que la razón podría asistirle?

Yo pienso que no. Yo creo, por lo pronto, que no es ni imposible ni inapropiado aplicarle a Nabokov sus propios métodos y su propio enfoque y disecarlo a él a través de un examen, por superficial e incompleto que sea, de sus notas. Algo así es, por consiguiente, lo que, de manera directa y breve trataré de hacer en lo que sigue.

4) Lo primero que llama la atención es el hecho de que Nabokov se pronuncia sobre un texto cuyo original es incapaz de leer, puesto que no sabía español. No importa qué versión al inglés haya elegido, pero de lo que podemos estar seguros es de que el texto al cual él tuvo acceso tenía que literariamente muy inferior al original. A mí por ejemplo siempre me ha divertido constatar que por lo menos en las traducciones al inglés, al francés y al polaco la primera oración del texto, la muy conocida “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme,…” ni dice lo mismo ni concuerda enteramente con la oración en español. Eso da una idea tanto de la originalidad del lenguaje de Cervantes como de las complejidades del lenguaje natural, pero no ahondaré en esta temática. Me interesaba simplemente indicar que de entrada el escritor ruso se coloca a sí mismo en una situación de desventaja: está criticando un texto cuya belleza y potencia literarias en alguna medida inevitablemente se le escapan.

Un segundo punto ilustrativo de la interpretación tendenciosa del libro de Cervantes por parte de Nabokov está en una flagrante contradicción que irradia la primera parte de sus notas. Afirma Nabokov. “Vamos a no tratar de conciliar la ficción de los hechos con los hechos de la ficción” (p. 19). En otras palabras, vamos a desproveer al Quijote de toda aspiración a ser un reflejo de la sociedad de los tiempos de Cervantes, vamos a considerar de entrada que no forma parte de los objetivos de Cervantes legar alguna clase de información sobre la vida y las costumbres de la gente de sus tiempos. Su libro es un mero “cuento de hadas”. Sea! Pero entonces ¿por qué acusa a Cervantes de ser tanto un mal geógrafo como un mal historiador? Yo aquí me atrevería a recordarle a Nabokov que, además de geógrafo e historiador Cervantes da muestras de ser un gran psicólogo y hasta podríamos hablar de él como de un perspicaz lógico, como lo pone de relieve el hecho de que plantea algo parecido a la paradoja de Russell cuando Sancho está en su ínsula y sus nuevos súbditos lo ponen a prueba retándolo con acertijos y enredos de diversa índole. Yo sinceramente dudo que Nabokov hubiera podido dar cuenta de la paradoja, pero regresando al punto crítico general: o Nabokov ve el Quijote como un libro de fantasía, pero entonces no puede acusar a Cervantes de ser un mal guía factual o bien Cervantes efectivamente es un mal guía, pero entonces su libro no es un mero cuento de hadas. Aquí el ilógico es claramente Nabokov y un error tan elemental como este de inmediato nos hace sospechar que nos las habemos con un texto que no es del todo serio.

Un aspecto un tanto más tenebroso del texto de Nabokov es lo que yo calificaría de ‘crimen literario primitivo o infantil’, consistente en una burda u obscena comparación entre autores, como lo sería si lo que comparáramosa fueran filósofos, músicos o pintores. ¿Quién es mejor: Mozart o Beethoven?¿Tolstoy o García Márquez?¿Picasso a Leonardo? Preguntas así son de un cretinismo exasperante. Bueno, pues algo así es precisamente lo Nabokov hace al equiparar a Shakespeare con Cervantes. El caso del que se vale es el rey Lear. A mí me parece hasta un mal ejemplo. Empero, yo no voy a caer en la trampa nabokoviana de denigrar a un gran autor sólo para ensalzar al de mi preferencia. A mí Shakespeare me parece espléndido desde todos puntos de vista y sólo vería un aspecto débil en algunas de sus obras: es en algunas de sus piezas esencial, excesivamente inglés (si cabe aquí el adverbio) y es en esa medida más difícil de disfrutar para lectores de otras culturas que otros escritores. El mundo de Ulises nos es totalmente ajeno en más de un sentido, pero es imposible no disfrutar de principio a fin de La Odisea; pero el mundo de Macbeth ya no resulta tan fácilmente compartible. Desde este punto de vista, Don Quijote ciertamente no es vulnerable. Por otra parte, en relación con esa semi-absurda comparación, lo primero que de inmediato quisiéramos preguntar es: ¿por qué viene a cuento?¿Por qué o para qué decir algo así? Y aquí inevitablemente tenemos que argumentar, aunque sea mínimamente, ad hominem. Lo que habría que entender es que la mentalidad, el perfil psicológico de Nobokov es típicamente el del emigrado, el del individuo que hace todo por ser asimilado a su nueva nación, en este caso los Estados Unidos, como si estuviera tratando de congraciarse con ellos quitándole méritos a un producto que es de otra sociedad y otra cultura que aquellas a las que aspira a integrarse. Así entendida, la conducta de Nabokov resulta aunque comprensible, patética. Es muy raro no encontrar rastros de odio en el alma del émigré, de quien se vio forzado a dejar su país, su pasado, su idioma por causas totalmente ajenas a él, como le pasó a la reaccionaria familia rusa de Nabokov al poco tiempo de haber estallado la revolución bolchevique. El problema es que ese odio lo encauzó en contra de un libro del que se nutren millones de personas y que no tiene nada qué ver con sus desgracias personales. Su comparación de Cervantes con Shakespeare automáticamente me hace pensar en otra: la del Quijote con Lolita. Sinceramente, dudo mucho que Nabokov mismo hubiera disfrutado dicho contraste.

5) Es evidente de suyo que no vamos a agotar en unas cuantas páginas un texto tan negativamente rico como el que Nabokov les legó a sus fans. Sus notas ciertamente son dignas de un curso semestral en el colegio de Letras Hispánicas de cualquier facultad de humanidades, a pesar de que podamos estar seguros de antemano de que una crítica puntual y definitiva de sus convicciones es factible. Lo único penoso en este asunto es la constatación de que a Nabokov se le escapó entre los dedos la grandeza de Don Quijote, el minucioso estudio de caracteres y costumbres fantásticamente descrito por Cervantes, la multitud de situaciones humanas de las que siempre se extrae alguna lección importante, su peculiar y originalísimo tratamiento de la locura, su crítica de las para entonces rebasadas novelas de caballería y más en general la crítica y superación de la literatura medieval y tantas otras cosas que podríamos sobre tan maravilloso texto.

Muy a grandes rasgos, yo diría que la producción literaria conforma una especie de espectro en el cual se transita desde las obras clásicas, desde las grandes joyas de la literatura universal, hasta los pasquines de calidad ínfima o nula, los best-sellers y los inacabables sub-productos del show-business del mercado literario de nuestros días, un bazar al que cualquiera puede entrar y que permite que cualquiera pueda sentirse novelista o poeta. Entre unas y otros encontramos toda una variedad de escritos de mayor o menor calidad. Todo éstos se pueden criticar, sobajar, convertirse en objeto de escarnio, etc., pero parece innegable que lo más torpe que podría hacerse es hacer precisamente eso con las obras ya consagradas, tratar de bajar de su pedestal a las que ya pasaron el test del tiempo. Intentar devaluar el Fausto o La Guerra y la Paz o El Sueño de una Noche de Verano o cualquiera de esas construcciones literarias que sólo pueden deparar un inmenso placer estético a quien las lee es lo más ridículo que pueda intentarse. Quien lo hace en el fondo realiza un esfuerzo, fallido de entrada, por llamar la atención sobre él; es a no dudarlo alguien con graves problemas de personalidad y de auto-imagen y mucho me temo que ese sea justamente el triste caso de Vladimir Nabokov.

Don_Quijote_y_Sancho_Panza

i Todas las citas están sacadas del texto de Vladimir Nabokov, Curso sobre el Quijote (Buenos Aires: Del Nuevo Extremo, 2010).

2 Comments

  1. Doctor Alejandro Tomasini. ¡¡¡ FELICIDADES POR ESA MENTE Y CRÍTICA BRILLANTE EN RELACIÓN A NUESTRO TESORO QUIJOTE DE LA MANCHA. Más tarde le haré más comentarios. Gracias por escribir tan inteligentemente.

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